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Las estelas de Padua: memoria, viaje y guerreros de la antigua Venecia

 Seguimos recorriendo el Museo de los Eremitani de Padua y nos detenemos ahora ante sus estelas funerarias. Estas losas de piedra, decoradas con figuras y en ocasiones con inscripciones, servían para mantener la memoria de los difuntos. Entre los siglos VI y I a. C., se convirtieron en una manifestación característica de la aristocracia de la Padua prerromana.

Lo más atractivo es que cada una cuenta esa memoria de una manera distinta. Sus escenas, algunas interpretadas como representaciones del viaje al más allá, nos acercan a las creencias y a la imagen que aquellas personas querían dejar de sí mismas. Vamos a detenernos en sus detalles: hay mucho que descubrir en estas piedras.


Esta estela me recordó a primera vista al arte egipcio: las figuras de perfil, sus gestos y los signos que bordean la escena favorecen esa impresión. Estamos, sin embargo, ante una pieza de la Padua prerromana, realizada en piedra de Nanto en el siglo VI a. C. Fue encontrada por casualidad en 1875 en Camin y adquirida por el Museo Cívico de Padua en 1881.

Un hombre y una mujer aparecen frente a frente. La escena se interpreta como la despedida de dos esposos antes del viaje al más allá. La mujer, cubierta con un manto y un velo, ofrece al hombre un ave, quizá un pequeño pato silvestre, que podría simbolizar el alma del difunto. Son interpretaciones, pero permiten contemplar estos trazos sencillos como el recuerdo de una separación.

La inscripción recorre los bordes superior e izquierdo y se lee de derecha a izquierda. Según la lectura que ofrece el museo, la propia sepultura habla en primera persona: «Yo, ekupetaris, para Pupone Rako». El significado exacto de ekupetaris sigue siendo discutido, aunque se relaciona con el monumento funerario. También hay dudas sobre cómo interpretar el nombre del destinatario. La piedra conserva sus palabras, pero todavía no nos ha entregado todas sus claves.

En esta estela del siglo V a. C., realizada en piedra caliza de los montes Berici, una pareja de caballos arrastra un carro hacia la izquierda. La pieza apareció en 1962 en la vía G. B. Belzoni de Padua, durante las obras de una nueva red de alcantarillado. Le falta la parte superior, por lo que desconocemos si tuvo una inscripción que identificara al difunto.

El detalle más curioso se encuentra bajo los caballos: un pequeño animal alado, quizá un perro o un caballito. El museo lo relaciona con los seres fantásticos representados en las sítulas, recipientes metálicos decorados con figuras en relieve. Su presencia sugiere que la escena nos lleva al terreno del mito y de lo sobrenatural. Entre las ruedas y las patas de los caballos, esta criatura diminuta nos invita a mirar el conjunto con otros ojos.

El viaje al más allá vuelve a aparecer en esta estela del siglo V a. C., tallada en piedra de Nanto. Una mujer viaja en un carro tirado por dos caballos, junto al auriga que los anima con la fusta. La difunta viste a la manera véneta y lleva sobre la cabeza un curioso disco con círculos concéntricos, interpretado por el museo como un atributo solar o lunar. Es uno de esos detalles que invitan a detenerse: en la representación de su último viaje también había lugar para un símbolo celeste.

Desconocemos dónde fue encontrada, aunque parece que ya se conservaba en la casa Bassani de Padua desde el siglo XVI. En el marco que rodea la escena hubo una inscripción en lengua véneta, de la que apenas quedan algunas letras, quizá borradas durante el Renacimiento. Hemos perdido el nombre de esta mujer, pero todavía podemos contemplar la imagen con la que se quiso conservar su memoria.

Esta otra estela del siglo V a. C., realizada en caliza de los montes Berici, conserva muy desgastada la escena del viaje al más allá en un carro tirado por dos caballos. Apenas distinguimos una figura sobre él; pudieron existir otros personajes, pero la abrasión de la superficie impide asegurarlo. Fue recuperada en 1975 de manos de un particular y se desconoce su procedencia original.

Aquí, sin embargo, las letras permiten recuperar parte de una identidad. La lectura reconstruida que presenta el museo dedica el monumento a una mujer llamada Ivanta Voltiom­nina. La inscripción está incompleta y se ha restituido mediante comparaciones con otras estelas, de modo que no todas esas letras se conservan en la piedra. Como en la estela de Camin, es la propia sepultura la que habla en primera persona: un breve mensaje que ha sobrevivido, aunque fragmentado, durante unos veinticinco siglos.

Esta estela, fechada entre finales del siglo V y la primera mitad del IV a. C., reúne una escena llena de detalles. Dos caballos, probablemente enganchados a un carro, se encuentran ante una figura femenina que sostiene un objeto, quizá una pequeña copa. La mujer lleva una larga falda de pliegues verticales y un manto que le cubre la cabeza y los hombros. Sobre ella aparece un disco cuyo significado no es seguro, aunque se interpreta como un símbolo solar. Según la cartela del museo, su participación en la escena ritual permite pensar que podría tratarse de una divinidad.

Los animales añaden otro componente enigmático. Bajo los caballos hay un ave de cuerpo robusto, probablemente una gran rapaz; por encima se conservan las patas delanteras y parte del cuerpo de otro animal, quizá un ser fantástico o un caballo alado. La pérdida de parte de la piedra nos impide contemplar la composición completa, pero lo conservado basta para intuir la riqueza de sus imágenes.

También resulta curiosa su historia más reciente: estuvo empotrada en una pared exterior de una vivienda de la zona de San Gregorio, en Padua. Una pieza concebida para acompañar la memoria de los muertos terminó formando parte de una casa, antes de ser donada por los hermanos Paggiaro en 1987.

En esta estela del siglo IV a. C., realizada en traquita, un guerrero cabalga hacia la izquierda con una lanza y un escudo redondo. Lo sigue un pequeño perro, mientras que en la esquina superior derecha vuela un ave que el museo relaciona con la simbología funeraria. Las figuras están trazadas mediante incisiones y una inscripción rodea la escena por sus cuatro lados.

Esta vez conocemos el nombre del destinatario. La lectura que ofrece el museo es «Enogenei Enetioi eppetaris Albarenioi», traducida como «(Yo), eppetaris para Enógenes Enetio Albarenio». La fórmula identifica al difunto mediante tres términos, aunque se discute qué relaciones familiares expresan los dos que acompañan al nombre individual. La sepultura vuelve a hablar en primera persona y conserva la identidad de alguien que quiso ser recordado mediante la imagen de un jinete armado.

La piedra apareció por casualidad al excavar los cimientos de un edificio entre las calles Cerato y Acquette, en Padua. El arquitecto Silvio Malatesta la donó al Museo Cívico en 1965.

Esta estela de traquita, fechada en el siglo IV a. C., conserva una inscripción que recorre tres lados del marco, de derecha a izquierda: «Fugioi Uposedioi epetaris». El museo la traduce como «(Yo), epetaris para Fugio Uposedio». Volvemos a encontrar la fórmula en la que el monumento habla por su destinatario, identificado aquí mediante un nombre individual y un segundo término que lo acompaña.

En la escena, un hombre sentado conduce un carro tirado por dos caballos. Lleva un sombrero o gorro y sostiene las riendas y la fusta. Bajo las patas de los animales aparece una gran flor de tallo retorcido, interpretada como un posible símbolo del más allá. Ese pequeño detalle vegetal introduce una nueva variante en las imágenes del viaje funerario que venimos contemplando.

La pieza fue recuperada en 1967 entre materiales de desecho en Altichiero, a las afueras de Padua. Entre aquellos restos sobrevivía el nombre de Fugio Uposedio, del que hoy conocemos poco más que estas palabras y la escena que las acompaña.

Esta estela de finales del siglo IV o comienzos del III a. C. conserva una de las escenas más intensas de toda la colección. Dos guerreros avanzan de perfil hacia la izquierda, aferrados a sus caballos, que aparecen representados en movimiento. Llevan grandes escudos ovales de tradición celta, con el borde reforzado y una larga espina que parte del umbo central.

Bajo las patas de los animales yace un guerrero decapitado. Su cabeza, de larga cabellera, aparece separada del cuerpo y tirada a poca distancia. La imagen resulta violenta, pero también muy expresiva: el estilo naturalista y lleno de movimiento revela influencias grecohelenísticas, mientras que el motivo de la cabeza cortada remite al imaginario guerrero celta.

La estela fue reutilizada y está rota longitudinalmente; de la inscripción funeraria en lengua véneta solo se conserva, en el margen izquierdo, el final «terioi», perteneciente al nombre masculino del difunto en dativo. No sabemos quién fue aquel hombre, pero la piedra conserva la escena que quiso acompañar su memoria: caballos, guerreros y una muerte convertida en imagen.

Esta estela de piedra caliza de Costozza, fechada en las primeras décadas del siglo III a. C., se aparta de las escenas de viaje funerario que hemos visto hasta ahora. En ella aparece un combate: un jinete con armadura avanza hacia la derecha con el escudo en la mano izquierda y la espada preparada en la derecha. Su caballo se abalanza sobre un guerrero desnudo, que se dobla para evitar el impacto.

La composición está tratada con un relieve profundo y muy expresivo. El movimiento del caballo, la postura forzada del combatiente y la diferencia entre ambos personajes hacen que la escena parezca casi detenida en el instante del choque. El museo señala que el modelo recuerda a las representaciones de la tradición helenística griega o de la Magna Grecia.

Muchos investigadores han relacionado esta imagen con una «celtomaquia», una evocación heroica de los vénetos enfrentados a los galos invasores. Es una interpretación, no una certeza, pero encaja con el gusto de estas estelas por convertir la memoria funeraria en una escena cargada de identidad, valor y conflicto. La pieza fue encontrada en 1913, rota en cuatro fragmentos, durante las excavaciones de la necrópolis prerromana de via Loredan.

Esta estela, fechada en el siglo I a. C., nos sitúa ya en una Padua muy distinta de la de las piezas anteriores. La escena representa una biga tirada por dos caballos, con tres personajes sobre el carro: un auriga, un hombre togado y una mujer. El conductor viste a la manera romana y controla los caballos con las riendas y la fusta, mientras que el marido, cubierto con la toga, vuelve la mirada hacia la mujer en un gesto que el museo interpreta como una despedida.

La figura femenina conserva, sin embargo, elementos de la tradición paleovéneta. Lleva sobre la cabeza el disco simbólico que hemos visto en otras estelas y un manto sujeto sobre el pecho. Quizá se la representa ya muerta, emprendiendo el viaje al más allá. Bajo las patas de los caballos aparece un escudo redondo, posiblemente un recuerdo de las estelas paleovénetas más antiguas.

También la inscripción refleja ese momento de transición. Está escrita en lengua véneta, pero con caracteres latinos, y combina un nombre local, Ostiala, con el gentilicio romano Gallenia. Su lectura y su traducción siguen siendo discutidas, hasta el punto de que no está claro si la fórmula identifica a un matrimonio o expresa la relación del dedicante con la tumba. La estela fue encontrada en 1962, durante unas obras en la vía San Massimo, y parece resumir en una sola imagen el encuentro entre la tradición funeraria véneta y el nuevo mundo romano.

Una reconstrucción coloreada permite imaginar el aspecto que pudo tener originalmente la estela de Ostiala Gallenia. La mujer ocupa el centro del carro, junto a su esposo y el auriga, en una escena que reúne elementos vénetos y romanos.

Esta estela del siglo I a. C. conserva solo una parte de la escena, pero permite reconocer una cuadriga avanzando hacia la izquierda. Sobre el carro aparecen una mujer y, probablemente, el auriga; bajo las patas de los caballos se distingue un escudo redondo. El motivo vuelve a ser el del viaje hacia el más allá, aunque aquí la erosión y la pérdida de buena parte de la piedra nos obligan a imaginar muchos detalles.

La pieza fue encontrada en 1984, en las cimentaciones de la pequeña iglesia de San Massimo, en Padua. Su composición es muy parecida a la de la estela de Ostiala Gallenia, que acabamos de ver: ambas muestran un carro con caballos y personajes de distinta condición. Esta semejanza sugiere que, ya en época de fuerte influencia romana, la tradición funeraria paleovéneta seguía utilizando imágenes reconocibles para representar el último viaje.

Cerramos este recorrido con otra estela del siglo I a. C., conservada de forma fragmentaria pero todavía muy expresiva. Una biga avanza hacia la izquierda, tirada por dos caballos. Sobre el carro aparecen el auriga, que anima a los animales con la fusta, y una mujer cubierta con un velo. Bajo las patas de los caballos vuelve a aparecer el escudo redondo que ya vimos en la estela de Ostiala Gallenia.

La pieza tiene además una historia epigráfica curiosa. En la franja superior se conservan restos de una inscripción véneta, mientras que en la parte inferior aparece otra inscripción latina que el estudioso Furlanetto consideró una falsificación. La procedencia de la estela es desconocida, aunque parece que ya se encontraba en Padua, en la casa Bassani, desde el siglo XVI. Incluso mutilada, resume muy bien el mundo de estas piezas: el viaje funerario, la tradición paleovéneta y la progresiva presencia romana.

Después de contemplar estas estelas, resulta difícil verlas como simples monumentos funerarios. En sus carros, caballos, guerreros, mujeres, animales y símbolos celestes aparecen representadas las creencias, la identidad y la memoria de quienes vivieron en la antigua Padua. Algunas conservan nombres; otras solo escenas fragmentarias, pero todas nos permiten seguir el rastro de una sociedad que cambió profundamente entre los siglos VI y I a. C.

Las piedras están erosionadas y muchas preguntas siguen abiertas, pero quizá ahí reside parte de su atractivo. Cada figura incompleta, cada palabra discutida y cada inscripción apenas legible nos recuerda que el pasado no llega hasta nosotros como una historia cerrada, sino como una conversación que todavía podemos intentar continuar.

Padua antes de Roma: tumbas y ajuares en el Museo de los Eremitani

Nuestra visita al Museo Arqueológico de los Eremitani comienza en una Padua muy anterior a los monumentos que hoy reconocemos al pasear por sus calles. Las primeras salas nos acercan al mundo de los antiguos vénetos, cuya cultura se desarrolló durante el primer milenio antes de Cristo, antes de la integración de este territorio en el mundo romano.

Los relatos antiguos envolvieron aquellos orígenes en la leyenda. Virgilio vinculó la fundación de Padua con Antenor, un troyano que habría llegado a estas tierras tras la caída de su ciudad. La arqueología ofrece una perspectiva diferente: los hallazgos muestran una continuidad entre las comunidades locales de la Edad del Bronce y la posterior cultura véneta de la Edad del Hierro. Bajo las calles de la ciudad actual se conservan las huellas de aquel pasado, con restos de asentamientos, lugares de culto y necrópolis.

Nos detenemos primero en sus tumbas y en los objetos que acompañaron a los difuntos. Son testimonios que permiten acercarse a las costumbres funerarias, pero también a la vida de quienes los utilizaron. De esas personas rara vez conoceremos el nombre; aun así, lo que dejaron tras de sí nos permite recuperar algo de su historia.

La primera tumba ante la que nos detenemos es la llamada «de los vasos con tachuelas» —Tomba dei vasi borchiati—, fechada entre finales del siglo VIII y comienzos del VII a. C. Fue descubierta en 1974, en la zona de las actuales vías Tiepolo y San Massimo de Padua. La exposición reconstruye su estructura de caja de madera reforzada con bloques de traquita, en cuyo interior se dispuso un ajuar extraordinariamente rico. El museo la atribuye a una pareja de rango principesco, un hombre y una mujer.

Lo más sugerente es que ambos llegaron a esta sepultura en momentos distintos. Tras el primer enterramiento, quizá el de la mujer, la tumba se abrió de nuevo para acoger al segundo difunto y reunir los huesos cremados de ambos en una misma urna. En aquella segunda intervención se rompieron los vasos del primer ajuar para dar cabida a los nuevos objetos. Los fragmentos formaban, por tanto, parte de la propia historia antigua del enterramiento.

Destaca el gran recipiente de bronce situado a la izquierda, una sítula que contenía el osario y cuya tapa se realizó con una lámina de escudo. Estuvo adornada con un tejido: el vaso se «vestía» como representación simbólica del difunto. A su alrededor se dispusieron recipientes y objetos personales, mientras que las pequeñas tachuelas de bronce que decoran las cerámicas dieron nombre a la tumba. Parte de esta vajilla formaba tres servicios destinados al consumo de alimentos y bebidas durante la ceremonia funeraria. Todo el conjunto habla del prestigio de aquella pareja y de la importancia que su comunidad concedió a su despedida.

Una de las presentaciones que más me llamó la atención fue esta reconstrucción, en la que una tela clara sugiere una figura humana junto a varios recipientes cerámicos y pequeños objetos de adorno. La disposición invita a pensar en la persona a la que acompañaron aquellas piezas, más allá de su interés como objetos arqueológicos.

Los paneles del museo explican que la cremación era el rito funerario habitual entre los antiguos vénetos: tras quemar el cuerpo, los restos se recogían en un vaso osario. También se documentan inhumaciones en Padua y Este, aunque las razones de esta coexistencia no están claras. Los ajuares aportan otro detalle sugerente: las cerámicas solían depositarse nuevas, fabricadas para ese destino, mientras que algunos recipientes metálicos y objetos de adorno conservan señales de uso e incluso reparaciones antiguas. Eran piezas con una historia anterior a la tumba, vinculadas a la vida de quienes acabaron siendo enterrados con ellas.

Entre los ajuares expuestos me llamó especialmente la atención el de la llamada «tumba del carpintero», identificada como Emo 318 y fechada entre los años 650 y 625 a. C. Fue descubierta en 2002 en el actual corso Umberto I de Padua, en el palacio Emo Capodilista. Los restos cremados de un hombre se habían depositado en una urna cerámica, cerrada con una copa utilizada como tapadera, dentro de una caja de madera.

Lo que distingue esta sepultura es el conjunto de herramientas para trabajar la madera: un hacha, una sierra, una lima, una escofina, tres cuchillos y un martillo. Originalmente estaban distribuidas a lo largo de los lados de la caja, quizá algunas dentro de un estuche de material perecedero. En la fotografía pueden verse varias de estas piezas delante de los recipientes. Su presencia permite entrever una identidad vinculada al trabajo artesanal, mientras que la riqueza del ajuar indica el elevado rango del difunto. Según explica el museo, estos conjuntos de herramientas podían expresar un prestigio aristocrático, situando al artesano junto a figuras como el guerrero y el jinete.

La sepultura guardaba además otro detalle: sobre la tapa de la caja se encontró un enterramiento infantil de cremación, con una pequeña urna y un ajuar que incluía una tacita y un brazalete de plomo. Es posible que estuviera estrechamente relacionado con el enterramiento principal, aunque desconocemos qué vínculo unía a ambos. De nuevo, los objetos nos permiten acercarnos a unas vidas de hace más de veintiséis siglos, pero dejan sin respuesta algunas de las preguntas más humanas.

Una de las imágenes más impactantes de estas salas es el esqueleto de un caballo, depositado de costado y con las patas recogidas. Procede de la necrópolis del Piovego y está fechado en el siglo V a. C. Ante él, la visita adquiere una dimensión diferente: junto a los recipientes y los objetos que acompañaban a las personas fallecidas, encontramos también animales que recibieron una sepultura propia.

Resulta tentador imaginar a este animal acompañando a su dueño después de la muerte. Lo que tenemos ante nosotros es el testimonio de una comunidad que reservó también a un caballo un lugar entre sus muertos, hace unos dos mil quinientos años.

Más adelante encontramos una sepultura todavía más sorprendente, también procedente de la misma necrópolis del Piovego y fechada en el siglo V a. C. En ella fueron enterrados juntos un joven y un caballo. La disposición resulta sobrecogedora: el cuerpo humano descansa sobre el del animal, con la cabeza próxima a la suya. El esqueleto humano que vemos es una reproducción; el original fue desmontado para su estudio.

La excavación permitió reconstruir una deposición cuidadosamente preparada. Primero se colocó al caballo, con las patas recogidas y el cuello curvado; después se rellenaron parcialmente los espacios de la fosa para disponer encima el cuerpo del joven, cuya edad se ha estimado entre los dieciséis y los veinte años. El caballo presenta una lesión craneal interpretada como evidencia de su muerte intencionada, mientras que en los restos humanos no se reconocieron señales evidentes de muerte violenta.

¿Quién era aquel joven y qué relación tenía con el animal? Se ha propuesto que pudiera ser su cuidador, pero esa identidad no está demostrada. También se ha planteado una interpretación sacrificial del conjunto, que debe mantenerse como hipótesis. Lo que sí revela la excavación es que ambos cuerpos fueron colocados juntos de forma deliberada. El significado último de aquel gesto sigue siendo una de las preguntas que acompañan a esta singular tumba.

En esta necrópolis se documentaron seis enterramientos individuales de caballos. Su presencia muestra la importancia de estos animales en el mundo funerario de los antiguos vénetos. Los enterramientos individuales se han relacionado con grupos de tumbas humanas, lo que sugiere vínculos entre los caballos y las personas allí sepultadas, aunque no podamos reconstruir la historia de cada uno.

Este conjunto pertenece a la tumba 28 de la necrópolis de vía Tiepolo, fechada a comienzos del siglo VI a. C. Aunque el museo presenta las piezas separadas para que podamos contemplarlas, originalmente formaban una disposición mucho más compacta. Una gran vasija, un dolio, servía como contenedor de la sepultura, y el recipiente de cuerpo ancho que vemos a la izquierda se colocó invertido para cerrar su boca.

En el fondo del dolio estaba el vaso alto situado a su derecha, utilizado como osario. Dentro de él se depositaron pequeños objetos de bronce, entre ellos una aguja de coser, fíbulas, anillos y un colgante en forma de media luna. Bajo su pie se encontraba una fusayola, una pieza perforada utilizada en el hilado. Otro vaso, decorado con bandas rojas y negras, se encajaba con el pie dentro del primer osario, mientras que a su alrededor se distribuían otros recipientes del ajuar.

La vitrina permite apreciar las formas de cada objeto, pero la cartela nos ayuda a recuperar algo que se pierde al separarlos: el lugar preciso que ocupaban en el enterramiento. Además de escoger qué piezas acompañarían a los difuntos, quienes prepararon la tumba decidieron cuidadosamente cómo disponerlas.

Otro conjunto especialmente vistoso es el de la llamada tumba «del vaso de bandas en forma de peonza», de la primera mitad del siglo VI a. C., recuperada en 1963 en la vía Tiepolo de Padua. Su nombre alude al gran osario con tapadera, decorado mediante franjas rojas y negras. Aunque hoy se presenta de pie, el informe del hallazgo señala que apareció colocado horizontalmente dentro de un gran dolio, acompañado por su ajuar.

Delante destaca una pequeña copa de dos asas opuestas. Fregonese, responsable de la recuperación, la describió con entusiasmo como una especie de «kílix paleovéneta», comparándola con las copas griegas de dos asas, y llegó a considerarla posiblemente única. Es una apreciación recogida en su informe de entonces, que conserva algo de la sorpresa del descubrimiento. Junto al osario se exponen también tazas, cuencos y dos fíbulas de bronce: un conjunto que permite apreciar el cuidado dedicado tanto a las formas como a la decoración de los objetos funerarios.

Entre los objetos expuestos también llaman la atención estos collares de cuentas rojizas, de tamaños y formas diversos. Algunas dejan pasar la luz, mientras que otras presentan superficies oscuras y desgastadas. Después de tantos recipientes funerarios, estos adornos nos acercan a una escala más íntima: la de los objetos elegidos para llevar sobre el cuerpo, con los que aquellas personas también construían su apariencia.

Los caballos vuelven a aparecer en este ajuar, ahora convertidos en figuras modeladas en cerámica. La llamada «tumba de los caballos», de la primera mitad del siglo VI a. C., fue recuperada en 1963 en la vía Tiepolo. Entre sus piezas destaca el gran recipiente de la izquierda, utilizado posiblemente como osario. Su parte superior está decorada con una escena en relieve de tres jinetes alternados con íbices, y presenta orificios en los que se insertaban cabezas de animales.

Todavía más singular resulta el objeto situado en primer plano, en el centro: una posible bandeja de uso ritual, con una estructura vertical calada rematada por cabezas de caballo. Su función no se conoce con certeza, pero su forma basta para distinguirla de los cuencos y vasos que la rodean. El conjunto incluía también pequeñas representaciones de carneros, bóvidos, otros caprinos y una lechuza. Esta variedad de figuras animales añade una dimensión diferente a los ajuares que hemos contemplado: junto a los recipientes y adornos personales, encontramos imágenes cuyo significado completo se nos escapa.

Terminamos este primer recorrido por los Eremitani con la sensación de habernos acercado a una Padua poco visible en sus calles. Las herramientas del carpintero, los adornos personales y las sepulturas de caballos conservan fragmentos de un mundo del que todavía nos separan muchas preguntas. Casi nunca conocemos los nombres de aquellas personas, pero los objetos que las acompañaron permiten entrever sus trabajos, sus gustos y el cuidado con que preparaban la despedida de sus muertos.

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