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La caída de Babilonia: el triunfo de Asurbanipal y el destino de los vencidos



 El relieve procede del Palacio Norte de Nínive y fue realizado hacia 645-640 a. C., pocos años después de los acontecimientos que conmemoraba. Como en los paneles anteriores, la pared palaciega convertía la historia reciente en una narración visual destinada a proclamar la victoria del rey asirio.

El origen del conflicto se remontaba a la sucesión de Asarhaddón, padre de ambos. Para evitar una disputa dinástica, el monarca había dispuesto que Asurbanipal heredase el trono de Asiria, mientras su otro hijo, Shamash-shum-ukin, gobernaría Babilonia. La solución pretendía mantener unido el imperio mediante un reparto de responsabilidades, aunque encerraba una evidente desigualdad: Babilonia conservaba un enorme prestigio religioso y cultural, pero su rey continuaba subordinado políticamente al soberano asirio.

Durante algunos años ambos hermanos mantuvieron una convivencia aparentemente estable. Sin embargo, hacia 652 a. C., Shamash-shum-ukin encabezó una gran rebelión contra Asurbanipal y buscó el apoyo de diferentes enemigos de Asiria, entre ellos grupos caldeos y arameos, poblaciones árabes y sectores de Elam. Lo que podía haber parecido una crisis regional se convirtió así en una auténtica guerra civil dentro de la familia real, extendida por buena parte de Mesopotamia.

La respuesta de Asurbanipal fue implacable. Después de varios años de combates, el ejército asirio cercó Babilonia y la sometió a un prolongado asedio. Las fuentes describen una situación de hambre extrema dentro de la ciudad. Finalmente, en 648 a. C., Shamash-shum-ukin murió —las circunstancias exactas continúan siendo discutidas— y Babilonia abrió sus puertas. Los bienes del palacio fueron confiscados, los responsables de la rebelión castigados y numerosos habitantes conducidos al cautiverio.

El panel no representa el momento dramático del asedio ni la muerte del hermano rebelde. La acción comienza cuando la victoria ya ha sido consumada y Asurbanipal inspecciona sus consecuencias. La composición principal se organiza en cuatro franjas horizontales, aunque la figura del rey aparece solamente a la derecha de las dos centrales. Esa repetición no significa que se encuentre en dos lugares al mismo tiempo: permite reunir en una única imagen dos momentos sucesivos de la inspección real.

El relieve fue concebido como una proclamación del restablecimiento del orden. Sin embargo, detrás de esa imagen oficial se encontraba una historia especialmente amarga: la de dos hermanos convertidos en enemigos y la de una de las grandes ciudades de Mesopotamia castigada por haber tomado partido por uno de ellos. En las siguientes imágenes recorreremos por separado sus cuatro episodios, comenzando por el asedio elamita de la parte superior y descendiendo después hasta la procesión final de soldados, cautivos y mujeres del palacio.

Estas recreaciónes han sido coloreadas solo con finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

En la parte superior del panel abandonamos por un momento Babilonia y nos trasladamos a Elam, uno de los principales aliados de Shamash-shum-ukin durante su rebelión contra Asurbanipal. Conviene señalar, sin embargo, que esta pequeña franja pertenece a una escena distinta de las tres que componen la inspección del botín babilónico. Su colocación encima de ellas permite relacionar visualmente ambos conflictos, pero no debemos leerla como el primer registro de una secuencia continua.

A pesar de su estado fragmentario, todavía podemos reconocer el ataque contra una ciudad elamita fortificada. Las construcciones se disponen en diferentes alturas, adaptándose a un paisaje recorrido por canales y poblado de palmeras. Como sucede en otros relieves asirios, no se intenta reproducir una perspectiva realista: edificios, soldados y elementos naturales se distribuyen de manera que puedan contemplarse simultáneamente las distintas acciones del asalto.

En la zona mejor conservada, los soldados asirios penetran en la ciudad y comienzan su saqueo. Algunos avanzan entre los edificios, mientras otros parecen transportar objetos arrebatados a sus habitantes. No vemos ya solamente una fortaleza resistiendo desde sus murallas, como en el relieve egipcio anterior, sino una población cuyas defensas han sido superadas y cuyo espacio urbano está siendo ocupado por los vencedores.

Las llamas que brotan de varias construcciones son uno de los detalles más expresivos de la escena. El fuego aparece representado mediante lenguas ondulantes que se elevan sobre los tejados y descienden por las fachadas. Nuestra recreación coloreada permite distinguirlas con mayor facilidad, pero incluso en la piedra desnuda su repetición deja claro que la destrucción no es accidental: los soldados están incendiando deliberadamente la ciudad después de conquistarla.

El paisaje contribuye a situar la acción. Las palmeras y los cursos de agua evocan las llanuras irrigadas de Elam y de la Baja Mesopotamia, donde ciudades, cultivos y comunicaciones dependían de una compleja red de ríos y canales. El agua aparece poblada de peces, uno de los recursos habituales empleados por los escultores asirios para indicar que nos encontramos ante una corriente fluvial. Junto a ella se distinguen también formas vegetales que sugieren terrenos húmedos o pantanosos.

Esa combinación resulta especialmente intensa: mientras el agua continúa circulando y las palmeras permanecen en pie, las construcciones levantadas por sus habitantes son entregadas al fuego. El paisaje no actúa como un simple fondo decorativo, sino como el escenario vivo en el que se desarrolla la conquista. También permite representar la amplitud del ataque: los soldados avanzan entre edificios, canales y vegetación, como si ningún rincón del territorio pudiera servir de refugio.

No podemos identificar con seguridad la población representada. La ficha del British Museum habla prudentemente de una ciudad elamita capturada y saqueada, sin asignarle un nombre concreto. Por ello, sería mejor no confundir esta franja con el relieve de Hamanu que comentamos anteriormente, aunque ambos pertenezcan a las campañas de Asurbanipal contra Elam y compartan motivos semejantes: la entrada de los soldados, el traslado del botín y la destrucción mediante el fuego.

La escena servía, en último término, para mostrar el destino reservado a quienes habían colaborado con el hermano rebelde. Elam había proporcionado apoyo militar y político a Shamash-shum-ukin; una vez sometida Babilonia, Asurbanipal emprendió nuevas campañas contra sus antiguos aliados. La pequeña franja superior amplía así el escenario de la guerra: la rebelión no terminó a las puertas de Babilonia, sino que su violencia se extendió también hacia las ciudades elamitas.

Aunque apenas se conserva una parte, el mensaje continúa siendo perfectamente reconocible. Los hombres avanzan, los bienes son retirados y las llamas ascienden sobre las casas. Para la propaganda real era una nueva demostración del poder de Asurbanipal; para quienes habitaban aquella ciudad, significaba la pérdida de cuanto hasta entonces había formado su mundo. Antes de descender hacia las insignias y riquezas de Babilonia, el relieve nos deja contemplando otra ciudad vencida que comienza a desaparecer entre el fuego. La ficha del British Museum identifica el conjunto principal con la inspección del botín tras la caída de Babilonia y la franja superior con el saqueo de una ciudad de Elam.

Esta segunda franja nos devuelve a las consecuencias de la caída de Babilonia en 648 a. C.. El combate ha terminado y los soldados asirios transportan aquello que simbolizaba la autoridad de Shamash-shum-ukin. La ficha del British Museum identifica el conjunto como el botín capturado tras la derrota del hermano de Asurbanipal y destaca, en esta zona superior, la entrega de la corona y las insignias reales de Babilonia. No son simples objetos valiosos: representan el poder político del monarca vencido.

La escena avanza entre palmeras y cursos de agua, dentro del característico paisaje de la Baja Mesopotamia. Los soldados caminan ordenadamente, llevando sobre los hombros grandes objetos ceremoniales. Algunos parecen rematados por medias lunas, discos u otras formas simbólicas. No siempre resulta posible identificar cada uno con precisión, pero el conjunto incluye las insignias vinculadas a la dignidad de Shamash-shum-ukin: emblemas que antes lo distinguían como rey y que ahora son trasladados como trofeos ante su vencedor.

El relieve convierte así la caída de Babilonia en una especie de desposesión pública. Shamash-shum-ukin no aparece en ninguna parte; solo contemplamos los objetos que acreditaban su condición real. Esta ausencia resulta especialmente significativa. Asurbanipal evita representar directamente la muerte de su hermano —un asunto incómodo dentro de la propia familia real—, pero muestra su corona y sus insignias en manos de soldados asirios. El monarca derrotado desaparece de la narración y su antigua autoridad queda reducida a botín.

Los portadores no avanzan de manera desordenada. Sus cuerpos, orientados en una misma dirección, forman una comitiva que conduce nuestra mirada hacia la parte derecha del panel, donde aparecerá Asurbanipal. Como en tantos relieves palaciegos, la marcha expresa también una relación de poder: todos los caminos, todos los prisioneros y todos los objetos capturados terminan llegando ante el rey de Asiria.

Bajo la procesión se extiende un curso de agua señalado mediante líneas onduladas y poblado de peces. Sin embargo, lo que aparece en él no constituye una segunda vía para trasladar ordenadamente el botín. Entre las ondas flotan los restos violentos de la derrota: un carro elamita, caballos y el cuerpo desnudo de un enemigo. La corriente se convierte así en el escenario posterior a la batalla, donde los despojos humanos, animales y materiales permanecen mezclados con la vida habitual del río.

El contraste con la marcha de la orilla resulta muy expresivo. Arriba, los soldados asirios avanzan de manera organizada transportando las insignias y posesiones capturadas; abajo, el agua conserva el desorden dejado por la guerra. Frente a la disciplina de los vencedores, el carro inutilizado, los animales y el cadáver resumen la destrucción sufrida por sus enemigos.

La presencia constante de palmeras, peces y corrientes de agua sitúa la escena en un territorio perfectamente reconocible para el espectador asirio. Frente a las montañas y bosques que caracterizan otras campañas, aquí domina un mundo llano, irrigado y atravesado por canales. Es el paisaje de Babilonia, pero también un paisaje sometido.

Para Asurbanipal, aquella entrega proclamaba que el orden había sido restablecido. Pero existe algo profundamente amargo en la imagen: los dos hermanos habían recibido sus respectivas coronas por decisión de su padre y, años después, una de ellas era conducida como trofeo ante el otro. Shamash-shum-ukin ya no está; lo único que queda de él en el relieve son los emblemas de una realeza extinguida, transportados entre las palmeras y los canales de Babilonia. La ficha del British Museum identifica el panel con la presentación del botín obtenido tras la caída de la ciudad.

Esta tercera franja constituye el verdadero centro visual y político de todo el relieve. Si en las escenas anteriores veíamos los símbolos de la realeza babilónica convertidos en botín, ahora asistimos al momento en que las consecuencias de la victoria son presentadas ante Asurbanipal. El rey ocupa la parte derecha, elevado sobre su carro y rodeado por soldados y servidores; desde la izquierda llegan los vencidos, los animales capturados y el resultado del inventario realizado tras la caída de Babilonia. Toda la composición converge hacia él.

La figura de Asurbanipal se encuentra de pie sobre el carro, bajo el parasol real, mirando hacia quienes se aproximan. Delante de él aparece el auriga, encargado de controlar los caballos, y detrás, el servidor que sostiene el parasol. Junto a una de las ruedas se distingue además un hombre sujetando uno de sus radios, mientras otros cortesanos portan abanicos o espantamoscas. El rey no realiza ninguna acción: contempla, recibe y juzga. Su inmovilidad contrasta con el movimiento de todos los demás.

El gran caballo, magníficamente trabajado, es uno de los elementos más espectaculares del panel. Su cuerpo ocupa una extensión mucho mayor que la propia figura del monarca y conserva con extraordinaria delicadeza los detalles de la cabeza, la musculatura y el arnés. No forma parte del botín —como podría parecer al contemplar aisladamente el recorte—, sino del tiro del carro real de Asurbanipal. El escultor engrandeció así el vehículo desde el que el soberano inspeccionaba la escena, convirtiéndolo en una especie de plataforma elevada sobre hombres, armas y prisioneros.

Ante el carro se despliega una barrera de seis soldados asirios. Los dos primeros portan grandes escudos redondos, mientras los demás sostienen lanzas y protegen el acceso al monarca. No parecen combatir: forman una escolta ceremonial que separa físicamente al rey de los extranjeros arrodillados ante él. La repetición de escudos, lanzas y cuerpos refuerza la impresión de orden y disciplina, pero también recuerda que aquel homenaje se desarrolla bajo la presencia intimidatoria del ejército vencedor.

Frente a ellos aparecen cuatro extranjeros. Uno parece levantar las manos en actitud de súplica, mientras los demás se inclinan o realizan gestos de homenaje. Su escala es menor y su posición más baja que la del soberano: Asurbanipal los contempla literalmente desde arriba. El relieve utiliza así la disposición espacial para expresar una jerarquía política. A la derecha se eleva el rey protegido por su ejército; a la izquierda, los sometidos deben aproximarse desarmados y reconocer su autoridad.

La identificación de estos cuatro personajes no es completamente segura. John Reade propuso que podrían ser el rey elamita Tammaritu II, los dirigentes árabes Abī-Yate y Aya-ammu, y el rey Natnu. Sin embargo, no existe ningún texto que afirme que los cuatro comparecieran juntos ante Asurbanipal después de la caída de Babilonia. Incluso es posible que el escultor reuniera en una sola composición varios actos de sumisión ocurridos en fechas y lugares diferentes. Por ello, conviene presentarlos prudentemente como cuatro extranjeros que suplican o rinden homenaje, sin convertir sus nombres propuestos en identificaciones definitivas. Novotny y Watanabe analizan estas dudas en su estudio del relieve.

En la mitad izquierda de la franja, varios soldados conducen los caballos capturados, integrados en la larga procesión del botín arrebatado tras la caída de Babilonia. Los animales aparecen entre palmeras, sujetos por las riendas y encaminados hacia el lugar donde se realiza el recuento. Caballos, carros, armas, objetos preciosos y personal palaciego no constituyen elementos aislados: forman parte de la apropiación sistemática de todo cuanto había sostenido material y simbólicamente el poder de Shamash-shum-ukin.

Al final de este grupo aparecen dos escribas realizando sobre el terreno el inventario de lo capturado. Podemos reconocerlos con claridad: son las dos figuras de larga túnica situadas a la derecha de los montones. Uno parece registrar la información sobre una tablilla de arcilla, probablemente en escritura cuneiforme; el otro utiliza un soporte flexible, asociado habitualmente a la escritura aramea. La presencia simultánea de ambos refleja la diversidad de lenguas y soportes empleados por la administración asiria.

Ante ellos se acumulan dos conjuntos muy diferentes. Uno está compuesto por arcos y carcajes, cuidadosamente apilados como armamento confiscado; el otro está formado por cabezas cortadas de enemigos. Unos y otras son contabilizados: las armas permiten evaluar la capacidad militar destruida y las cabezas certifican el número de adversarios muertos. La conquista no concluía con la batalla; después llegaba una minuciosa operación administrativa destinada a contar y clasificar personas, animales, armas y bienes. La escritura transformaba la violencia de la guerra en cifras e inventarios.

Las palmeras y el terreno ligeramente ondulado sitúan nuevamente la acción en el paisaje de la Baja Mesopotamia. No obstante, la escena probablemente no reproduce un único acontecimiento contemplado por un testigo. Combina el traslado del botín, su recuento, la comparecencia de los extranjeros y la inspección real para crear una imagen total de la victoria. El relieve no intenta decirnos exactamente dónde se encontraba cada persona, sino mostrar que todo terminaba sometido a la mirada de Asurbanipal.

La recreación coloreada ayuda mucho a comprender esa organización. El gran caballo y el carro establecen el núcleo visual de la derecha; los escudos separan al rey de quienes le rinden homenaje; y, a la izquierda, los escribas, las armas y los caballos revelan la dimensión administrativa y material de la conquista. Lo que parecía una multitud confusa se convierte en una composición rigurosamente ordenada: los extranjeros suplican, los soldados custodian, los escribas cuentan y el rey contempla.

Esta franja resume de manera extraordinaria el funcionamiento del Imperio asirio. La victoria no dependía solamente de quienes combatían: necesitaba oficiales que organizaran el botín, escribas que lo registraran, soldados que custodiaran a los sometidos y una imagen final capaz de atribuir todo el éxito al soberano. Asurbanipal permanece inmóvil en su carro, pero todo cuanto lo rodea existe para proclamar su autoridad. Ante él se acumulan armas, caballos y cabezas humanas; a sus pies se inclinan los vencidos. La guerra ha terminado y comienza la contabilidad de la victoria.


En la parte superior de esta franja, justo por encima del caballo y carruaje, se puede leer una inscripción que refleja este momento:

«Yo, Asurbanipal, rey del universo, rey de Asiria, que por orden de los grandes dioses alcancé los deseos de mi corazón. Hicieron desfilar ante mí las vestiduras y joyas, las insignias reales de Shamash-shum-ukin, el hermano traidor; las mujeres de su palacio, sus cortesanos, sus tropas de combate, un carro, un carruaje procesional —vehículo de su majestad—, todo cuanto se encontraba en su palacio y personas —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos—».

La franja inferior cierra el relato con una escena menos solemne, pero quizá más humana y dolorosa que las anteriores. Ya no contemplamos a Asurbanipal en su carro, las insignias arrebatadas a su hermano ni el inventario de las riquezas del palacio. Aquí aparece una larga procesión de prisioneros, todos obligados a avanzar en una misma dirección después de la caída de Babilonia. Son las personas que formaban parte de aquel mundo derrotado.

Entre los cautivos destacan numerosas mujeres con vestidos largos, algunas de las cuales transportan sacos, recipientes, fardos y otras pertenencias. La inscripción del propio relieve menciona expresamente a «las mujeres de su palacio» entre todo aquello que fue presentado ante Asurbanipal. Por ello, es probable que varias de estas figuras pertenecieran a la casa de Shamash-shum-ukin: mujeres que habían vivido o trabajado en el palacio y que ahora eran conducidas al cautiverio junto con los bienes que habían logrado llevar consigo.

No todas las cargas tienen que entenderse como parte del botín oficial. Algunas parecen más bien pertenencias personales, objetos apresuradamente reunidos antes de abandonar la ciudad. El escultor no nos permite conocer sus historias individuales, pero esos pequeños bultos introducen una dimensión cotidiana en la escena. Frente a las coronas, sellos, carros y caballos de las franjas superiores, aquí aparecen las modestas posesiones de quienes han perdido su hogar.

Entre las mujeres se distinguen también figuras masculinas, aunque el deterioro y la superposición de los cuerpos dificultan precisar la condición de cada una. Los textos de Asurbanipal hablan de los cortesanos y soldados de su hermano, pero también de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. El relieve parece querer mostrar precisamente esa amplitud: no asistimos al traslado de un único grupo social, sino al vaciamiento de la casa real y, probablemente, de una parte de la población vinculada a ella.

Los soldados asirios se intercalan en la procesión y controlan su avance. Podemos reconocerlos por sus armas, sus túnicas más cortas y su posición dentro de la marcha. No necesitan recurrir a gestos especialmente violentos: su sola presencia basta para dejar claro que aquellas personas no se desplazan libremente. La repetición de los cuerpos y el movimiento uniforme convierten a los cautivos en una masa ordenada bajo la vigilancia de los vencedores.

La escena conserva el mismo paisaje de palmeras que acompaña al resto del panel. Sin embargo, aquí adquieren un significado distinto. Antes servían para situar el transporte del botín por las tierras de la Baja Mesopotamia; ahora jalonan el camino recorrido por quienes abandonan Babilonia. Los árboles permanecen en su lugar mientras las personas pasan ante ellos, alejándose de la ciudad y de cuanto había formado parte de sus vidas.

La mitad izquierda permite contemplar el verdadero comienzo de la procesión. La marcha no está formada únicamente por cautivos: junto a ellos avanzan numerosos caballos y dos carros arrebatados al palacio babilónico, conducidos por soldados asirios. Personas, animales y vehículos se integran en una misma corriente que avanza hacia la derecha. Todo cuanto había pertenecido al mundo de Shamash-shum-ukin es trasladado y presentado como prueba de su derrota.

Los dos carros aparecen separados por un grupo de cinco prisioneros. El primero, situado más cerca de la continuación de la escena, es arrastrado por dos soldados asirios y lleva depositado sobre su caja un gran escudo redondo, representado de perfil. Tras él, un soldado conduce además dos caballos. Más hacia la izquierda aparece el segundo carro, sobre el que se distingue un curioso objeto triangular. Su identificación continúa siendo incierta, por lo que conviene no convertirlo en una tienda, un estandarte o una parte del vehículo, aunque su forma invite a buscarle una explicación.

Estos vehículos no deben interpretarse como simples medios utilizados para transportar a los prisioneros. Forman parte del propio botín: la inscripción grabada en el relieve menciona expresamente un carro y un carruaje procesional, «vehículo de su majestad», entre los bienes de Shamash-shum-ukin presentados ante Asurbanipal. Los textos relativos a la conquista enumeran también los tiros de caballos del palacio. Al apoderarse de ellos, el vencedor no confiscaba únicamente objetos valiosos, sino también los medios mediante los cuales el rey de Babilonia se desplazaba y se mostraba públicamente como soberano.

La abundancia de caballos y carros confiere a esta mitad un movimiento mucho más agitado que el de la derecha. Allí domina la marcha compacta de los cautivos; aquí, las patas y cabezas de los animales, las ruedas, los arneses y las figuras que sujetan las riendas se superponen hasta llenar casi por completo el espacio. Sin embargo, todos avanzan en la misma dirección. El escultor convierte esa variedad en una única procesión ordenada por los soldados asirios: primero se desmantelan los símbolos y recursos del palacio; después, sus antiguos habitantes son conducidos fuera de Babilonia.

La disposición de las cuatro franjas construye así una progresión implacable. Arriba son retirados los símbolos del poder de Shamash-shum-ukin; en el centro, las armas, los animales y las cabezas de los enemigos son contabilizados ante Asurbanipal; abajo, los supervivientes son conducidos al cautiverio. La derrota abarca todos los niveles: la realeza pierde sus insignias, el palacio sus riquezas y las personas su libertad.

Para la propaganda asiria, esta procesión demostraba que la victoria había sido completa. Todo lo perteneciente al hermano rebelde —sus emblemas, sus vehículos, sus servidores y su población dependiente— pasaba a manos del vencedor. Pero, contemplada desde nuestra mirada, la franja inferior introduce una consecuencia que las escenas ceremoniales podían ocultar: detrás de cada gran victoria celebrada por los reyes antiguos existían innumerables vidas arrancadas de su lugar de origen.

Quizá por eso esta última parte actúa como el verdadero desenlace del panel. Asurbanipal ni siquiera necesita aparecer: su poder se hace visible en el movimiento forzado de todos los demás. La rebelión de Shamash-shum-ukin había comenzado como una lucha entre dos hermanos por el dominio de Mesopotamia, pero termina aquí, en los cuerpos de unas mujeres y unos hombres que avanzan cargando cuanto han podido conservar. La historia de los reyes concluye convertida en el exilio de quienes tuvieron que sufrir sus guerras.

Arte de Asiria y Babilonia: tesoros de Mesopotamia en CaixaForum (I)

Hay exposiciones que se recorren con interés… y otras que obligan a detenerse desde el primer momento. Lujo. De los asirios a Alejandro Magno, organizada por el British Museum y CaixaForum Madrid entre septiembre de 2019 y enero de 2020, pertenece sin duda a estas últimas.

No tanto por el título —quizá demasiado rotundo— como por lo que realmente se despliega tras él: una sucesión de piezas que nos trasladan a uno de los grandes escenarios de la Antigüedad. Durante los siglos IX al VII a. C., Asiria llegó a dominar gran parte del Próximo Oriente, construyendo uno de los imperios más poderosos de la Antigüedad

El Imperio asirio, desde sus primeras fases en el II milenio a. C. hasta su expansión definitiva entre los siglos IX y VII a. C., construyó un poder sin precedentes en la región. Bajo reyes como Asurnasirpal II, Senaquerib o Asurbanipal, sus dominios se extendieron desde Mesopotamia hasta Egipto, articulando un territorio vasto mediante una combinación de fuerza militar, administración eficaz y una poderosa imagen del poder.

Ciudades como Nimrud, Khorsabad o Nínive no fueron solo capitales políticas, sino auténticos escenarios donde ese poder se hacía visible. Sus palacios, decorados con relieves monumentales, sus jardines —quizá origen de los célebres jardines colgantes—, y sus archivos de tablillas y prismas inscritos, nos hablan de una civilización que no solo dominó el territorio, sino también el relato de sí misma.

Estas piezas —procedentes en su mayoría del British Museum— no forman parte de nuestro paisaje habitual. No pertenecen a la tradición material que encontramos en la Península Ibérica, ni forman parte de ese legado romano o medieval que nos resulta cercano. Son objetos nacidos en un mundo lejano, tanto geográfica como culturalmente, que rara vez abandonan las grandes colecciones internacionales.

Por eso, recorrer esta muestra es algo más que una visita: es una oportunidad poco frecuente de situarse frente a testimonios directos de una civilización que admiramos desde la distancia, pero que difícilmente podemos contemplar de cerca. Emociona estar situados frente a ellas.

A partir de aquí, el recorrido nos lleva al corazón del mundo asirio, donde el lujo no es únicamente riqueza u ornamento, sino una herramienta más del poder: algo que se escribe, se representa, se construye y se exhibe.

La primera pieza nos sitúa, de forma directa y sin rodeos, en el corazón del poder asirio. Se trata de uno de los llamados anales de Senaquerib, prismas de arcilla inscritos en escritura cuneiforme que recogen, con minucioso detalle, las campañas y logros del monarca. Este en concreto, fechado entre los años 705 y 681 a. C., procede de Kuyunjik, la antigua Nínive, una de las grandes capitales del imperio.

A simple vista, el objeto puede parecer discreto: un bloque de arcilla, fragmentado, cubierto por una escritura que hoy apenas podemos descifrar sin ayuda. Pero en realidad estamos ante algo mucho más poderoso. Cada una de esas líneas fue concebida como parte de un relato oficial, una narración cuidadosamente construida para fijar la memoria del rey y de sus victorias.

Senaquerib, uno de los grandes soberanos de Asiria, gobernó en un momento de máxima expansión. Bajo su mandato, el imperio consolidó su dominio sobre amplias regiones del Próximo Oriente, desde Mesopotamia hasta el Levante mediterráneo. Sus campañas militares —incluidas las que enfrentaron a Asiria con Judá o Babilonia— quedaron registradas en textos como este, destinados no solo a informar, sino a legitimar su poder.

Estos prismas no eran objetos de contemplación casual. Se depositaban en los cimientos de palacios o templos, como una forma de dejar constancia duradera del reinado, casi como si el edificio mismo quedara impregnado de la memoria del rey. El poder no solo se ejercía: se escribía, se fijaba, se hacía permanente.

Nos encontramos ante un testimonio directo de cómo una de las grandes potencias de la Antigüedad quiso ser recordada. Un fragmento de un relato construido hace casi tres mil años… que, de forma excepcional, podemos contemplar hoy a pocos metros de distancia.


Este obelisco, procedente de Nimrud y fechado en el siglo IX a. C., durante el reinado de Asurnasirpal II, nos sitúa ante una de las formas más características de representación del poder en el mundo asirio: la imagen ordenada, narrativa y profundamente jerárquica.

Tallado en basalto, el monumento se organiza en registros horizontales donde se suceden escenas que, aunque fragmentarias en este ejemplar, permiten intuir su significado original. Figuras alineadas, animales, procesiones… todo responde a una lógica precisa, en la que cada elemento ocupa su lugar dentro de un discurso visual cuidadosamente construido.

Estos obeliscos no eran simples objetos decorativos. Eran, al igual que los prismas inscritos, instrumentos de memoria y propaganda. Si aquellos fijaban el relato mediante la escritura, estos lo hacían a través de la imagen: mostraban el orden del mundo tal y como lo concebía el poder asirio, con el rey en la cúspide y los territorios sometidos integrados en un sistema de dominio y tributo.

El hecho de que este ejemplar haya llegado hasta nosotros incompleto no le resta fuerza; al contrario, refuerza su condición de vestigio. Lo que vemos no es una pieza intacta, sino un fragmento de un discurso mayor, desgastado por el tiempo, pero aún capaz de transmitir la solidez de una civilización que construyó su poder tanto con la espada como con la imagen.

Tras las grandes narraciones del poder —escritas en arcilla o talladas en piedra—, el lujo asirio también se expresa en objetos de menor escala, pero no por ello menos significativos.

Esta placa de marfil, procedente de Nimrud y fechada entre los siglos IX y VII a. C., formaba parte originalmente de un conjunto decorativo mucho más amplio. Este tipo de piezas se utilizaban como incrustaciones en muebles de prestigio —tronos, lechos o paneles—, transformando objetos cotidianos en auténticos símbolos de estatus.

La figura representada, identificada como un rey asirio vestido para la guerra, responde a un modelo iconográfico bien conocido: barba cuidadosamente trabajada, túnica larga con flecos y un tocado que subraya su rango. Más allá de si se trata de un individuo concreto o de una representación idealizada, lo que transmite es una idea clara de autoridad, orden y control.

Aunque fueron halladas en el corazón del poder asirio, muchas de estas placas no fueron necesariamente producidas allí. El marfil, material exótico y valioso, llegaba a Asiria como tributo o botín desde regiones del Levante o Egipto, y su trabajo refleja con frecuencia influencias fenicias o sirio-palestinas. El lujo, en este sentido, no era solo acumulación, sino también circulación: un lenguaje compartido entre culturas, apropiado y reinterpretado por el poder imperial.

Contemplar hoy esta pieza implica, por tanto, enfrentarse a algo más que una imagen. Es observar el resultado de un mundo interconectado hace casi tres mil años, donde materiales, estilos y símbolos viajaban junto con ejércitos, comerciantes y emisarios.


Esta figura femenina, asomada a una ventana enmarcada por una arquitectura cuidadosamente definida, forma parte de uno de los motivos más enigmáticos del arte del Próximo Oriente antiguo. Procedente del palacio noroeste de Nimrud y datada entre los siglos IX y VII a. C., la pieza no fue concebida como obra independiente, sino como elemento decorativo de mobiliario de lujo, probablemente incrustada en tronos, lechos o paneles.

Durante mucho tiempo, algunos estudios interpretaron a esta mujer como una figura vinculada a cultos de fertilidad o incluso a la prostitución sagrada. Sin embargo, las investigaciones más recientes han matizado profundamente esa lectura. Lejos de mostrar una actitud seductora, la figura se limita a observar, a mirar hacia el exterior desde un espacio claramente definido. No hay gesto de invitación, ni insinuación narrativa evidente.

En el mundo antiguo, la imagen de una mujer asomada a una ventana aparece asociada con frecuencia a figuras de élite: reinas, princesas o madres de personajes destacados. La ventana, lejos de ser un elemento cotidiano, se convierte en un lugar simbólico desde el que se observa el mundo exterior sin pertenecer plenamente a él.

El propio marco arquitectónico refuerza esta idea. La estructura de triple retranqueo que rodea a la figura no es un simple recurso decorativo: evoca espacios palaciales e incluso sagrados, convirtiendo la escena en algo más que una imagen doméstica.

Y, como ocurre con muchas de las piezas de Nimrud, el objeto es también testimonio de un mundo interconectado. El marfil, material exótico y valioso, llegaba a Asiria desde regiones lejanas, y su estilo refleja influencias egipcias y fenicias. No estamos ante un arte aislado, sino ante el resultado de intercambios culturales que recorrían todo el Próximo Oriente.


Seguimos recorriendo la exposición y nos encontramos ante este gran bloque de piedra caliza, procedente del Palacio Norte de Nínive y datado en el siglo VII a. C., no es un relieve más: es un umbral. Un lugar de paso. Un punto de transición entre espacios.

Tallado con una precisión extraordinaria, su superficie reproduce el aspecto de una alfombra de lujo, con un intrincado patrón de círculos entrelazados que generan flores geométricas, enmarcadas por franjas de rosetas y motivos vegetales. Allí donde esperaríamos encontrar tejido, color y suavidad, encontramos piedra.

Estas piezas nos hablan de un mundo perdido: el de los textiles palaciegos, objetos de enorme valor que rara vez han sobrevivido al paso del tiempo. Pero más allá de esa evocación, el umbral cumple una función simbólica mucho más profunda.

Cada persona que accedía a las estancias del poder —embajadores, funcionarios, cortesanos— lo hacía cruzando este espacio cuidadosamente diseñado. Bajo sus pies, un orden perfecto, repetitivo, casi hipnótico, que transmitía una idea clara: el poder asirio no era caótico ni arbitrario, sino absoluto, estructurado y permanente.

Los motivos decorativos refuerzan esta lectura. Las rosetas, frecuentes en el arte asirio, se asocian con la realeza y con la esfera divina, mientras que los elementos florales y los lotos remiten a influencias egipcias, integradas aquí en un lenguaje visual propio del imperio. De nuevo, Asiria no copia: absorbe, adapta y transforma.

Entre las piezas más delicadas de la exposición, hay algunas que obligan a acercarse, a mirar con atención, casi en silencio. Esta pequeña placa de marfil, procedente de la fortaleza de Salmanasar en Nimrud y datada entre los siglos IX y VIII a. C., muestra una figura fascinante: una esfinge alada con cabeza humana, que avanza con una serenidad casi atemporal entre motivos vegetales. Muchos de estos marfiles, aunque encontrados en palacios asirios, fueron elaborados por artesanos fenicios o sirio-palestinos, reflejo de un mundo interconectado mucho antes de lo que solemos imaginar.

 La suavidad de los rasgos, la frontalidad del rostro y ciertos elementos del atuendo remiten claramente a la tradición egipcia, mientras que la ejecución y el lenguaje ornamental apuntan hacia los talleres fenicios, grandes especialistas en la producción de objetos de lujo en el Mediterráneo oriental.

Estas placas formaban parte de muebles ricamente decorados —tronos, lechos o arcas— y estaban concebidas para un entorno muy concreto: el espacio privado del poder. A diferencia de los grandes relieves monumentales, visibles para todos, estas obras estaban destinadas a una mirada cercana, casi íntima.

Hoy las vemos desnudas, fragmentadas, despojadas de su antiguo esplendor. Pero en origen, el marfil pudo estar recubierto de oro o enriquecido con incrustaciones de piedras preciosas, multiplicando su impacto visual.

La figura de la esfinge, híbrida y poderosa, resume bien este mundo de influencias cruzadas. Nacida en Egipto, reinterpretada por los fenicios y finalmente integrada en un contexto asirio, se convierte aquí en un símbolo universal del poder: fuerza, inteligencia y control en una sola imagen.

Porque más allá de su belleza, esta pieza nos habla de un imperio que no solo conquistaba ciudades, sino también ideas, formas y símbolos. Un imperio que, en su apogeo, era capaz de reunir en un mismo objeto todo el imaginario del mundo antiguo.


Uno de los objetos que más me impresionó fue este cilindro de arcilla, inscrito con escritura cuneiforme y fechado en el año 672 a. C., pertenece al reinado de Asarhaddón, uno de los grandes monarcas del Imperio asirio. A primera vista puede parecer un objeto más dentro de la exposición, pero basta acercarse para entender que estamos ante algo distinto.

Es un texto completo, continuo, perfectamente trazado hace más de dos mil seiscientos años, que aún hoy podría leerse si conociéramos la lengua y la escritura de quienes lo crearon. 

Estos cilindros no eran piezas decorativas. Funcionaban como documentos oficiales: se grababan en negativo y se hacían rodar sobre arcilla fresca para imprimir su contenido. Eran, en cierto modo, la voz del rey fijada en la materia. La escritura cuneiforme, grabada con precisión sobre la arcilla, fue el sistema que permitió a estas civilizaciones registrar leyes, historia y conocimiento durante milenios.

En ellos, los monarcas asirios también dejaban constancia de su linaje, de sus campañas y de sus obras. En este caso, el texto describe la utilización de madera de cedro procedente del Líbano —un recurso escaso en Mesopotamia— y su empleo en la restauración de edificios oficiales, algunos levantados generaciones antes.

Pero más allá del contenido, hay algo difícil de explicar hasta que se tiene delante: la escritura está intacta. No es un vestigio erosionado ni un resto incompleto. Es un mensaje que ha atravesado los siglos sin perder su forma. Un mensaje que, de algún modo, sigue esperando a ser leído.

Un vaso de calcita, procedente de Sippar y fechado entre los siglos VII y VI a. C., adopta la forma de una mujer de rasgos serenos, casi inexpresivos. Sus manos, hoy parcialmente dañadas, sostuvieron en origen dos objetos que probablemente fueron flores de loto, un motivo que remite a influencias egipcias integradas en el mundo mesopotámico.

No es una escultura. Es un recipiente. En esta pieza, lo humano y lo funcional se funden en un único objeto, como si la figura no fuera solo imagen, sino también soporte de algo invisible: un líquido, un perfume, quizá una ofrenda.

Lejos de la grandilocuencia de los relieves asirios o de la voz escrita de los reyes, aquí no hay relato explícito ni proclamación de poder. Solo una presencia.

Y quizá por eso, tras recorrer imperios, conquistas y monumentos, resulta inevitable detenerse un instante más ante ella. Porque ya no estamos ante la historia que se impone. Sino ante aquello que, simplemente, permanece.

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