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El prestigio de los caballos en Asiria y Chipre

En el mundo asirio, el caballo fue mucho más que un simple animal de guerra. Su fuerza y velocidad permitieron levantar algunos de los mayores imperios de la Antigüedad, pero también lo transformaron en un símbolo de prestigio reservado a reyes, nobles y élites militares. En los relieves de Nínive o Nimrud, los caballos aparecen avanzando entre carros ceremoniales, campañas militares y desfiles triunfales, siempre cubiertos con elaboradas bridas, borlas y adornos metálicos que convertían el equipo ecuestre en una auténtica exhibición de riqueza.

Aquella estética del poder no quedó limitada a Asiria. Desde las montañas de Urartu hasta Chipre, pasando por pueblos nómadas como los escitas, el lujo asociado al caballo se extendió por todo Oriente Próximo y el Mediterráneo oriental. La guerra y la ostentación terminaron unidas en un mismo lenguaje visual: plata repujada, marfiles tallados, discos ornamentales y arreos cuidadosamente decorados que elevaban al caballo desde el campo de batalla hasta el ceremonial cortesano.

Las piezas reunidas en la exposición Lujo. De los asirios a Alejandro Magno, celebrada en CaixaForum Madrid en 2019, permiten asomarse a ese universo donde el poder imperial también se expresaba a través de la elegancia de sus caballos y de la sofisticación de sus arneses.

Los carros fueron uno de los grandes símbolos de prestigio del mundo asirio y de las culturas influenciadas por él. Utilizados en la guerra, en la caza y en las ceremonias públicas, estos vehículos representaban mucho más que un simple medio de transporte: eran una manifestación visible del poder de las élites. Esta maqueta de piedra calcárea, hallada en el santuario de Apolo-Reshef en Idalión (Chipre) y fechada entre los siglos VI y V a. C., muestra una cuadriga tirada por cuatro caballos alineados, con dos figuras erguidas sobre el carro.

Aunque esquemática, la escena transmite todavía la importancia ceremonial de estos vehículos. La influencia asiria resulta evidente tanto en la concepción del carro como en el protagonismo otorgado a los caballos, convertidos en símbolos de riqueza y autoridad. Incluso lejos del corazón de Mesopotamia, en lugares como Chipre, la estética y la cultura visual asiria siguieron asociando el carro con la aristocracia, la guerra y la exhibición pública del prestigio.

Esta segunda maqueta, realizada en arcilla y también procedente de Chipre, conserva todavía restos de policromía que permiten imaginar el aspecto mucho más vistoso que debieron tener originalmente estas piezas. Los personajes representados llevan cascos cónicos de inspiración asiria; uno sostiene un escudo mientras otro parece prepararse para disparar un arco, evocando las escenas militares y de caza que decoraban los grandes palacios de Nimrud o Nínive.

Los caballos aparecen adornados con borlas colgantes y elementos decorativos que recuerdan los ricos arneses utilizados por las élites orientales. En el mundo asirio, el carro y sus caballos no eran solo herramientas militares, sino auténticos objetos de prestigio. La propia existencia de estas maquetas demuestra hasta qué punto aquellos vehículos habían adquirido un fuerte valor simbólico, asociado al poder, al ceremonial y a la representación pública de la autoridad.

Esta pequeña escultura de piedra calcárea procedente del santuario de Apolo-Reshef en Idalión (Chipre), fechada entre los siglos VI y V a. C., muestra hasta qué punto la imagen del caballo se había convertido en un símbolo asociado al prestigio y a la influencia cultural asiria. Aunque esquemática, la pieza conserva todavía detalles muy expresivos: la brida cuidadosamente representada, las borlas colgantes bajo el cuello y la actitud serena del animal recuerdan los modelos ecuestres difundidos por el Oriente Próximo.

Resulta llamativo cómo incluso una escultura tan reducida intenta transmitir elegancia y autoridad. En los grandes relieves de los palacios asirios, los caballos aparecían cubiertos con ricos arneses y adornos textiles destinados tanto a impresionar como a distinguir el rango de sus propietarios. Aquella estética terminó extendiéndose por territorios alejados de Mesopotamia, llegando también a Chipre, donde el caballo siguió representándose como un animal noble, ligado al ceremonial, a la guerra y al poder aristocrático.

El detalle de las borlas y de la brida, apenas insinuados en la piedra, permite imaginar unos animales que originalmente debieron lucir colores vivos y ornamentaciones mucho más complejas que las que han sobrevivido hasta nuestros días.

Este delicado adorno de marfil para una brida, hallado en la fortaleza de Salmanasar en Nimrud y fechado entre los siglos IX y VII a. C., muestra hasta qué punto incluso los accesorios ecuestres podían convertirse en auténticas obras de arte en el mundo asirio. La pieza, tallada con enorme minuciosidad, representa dos flores de loto en relieve sobre un fondo decorado con pequeñas figuras y motivos geométricos, todo ello rodeado por una refinada cenefa ornamental.

El marfil fue uno de los materiales más apreciados por las élites del Oriente Próximo. Procedente en muchas ocasiones de redes comerciales de larga distancia, era trabajado en talleres especializados para decorar muebles, cofres, armas y también los arneses de los caballos pertenecientes a reyes, nobles y altos militares. En este contexto, la brida dejaba de ser un simple elemento funcional para transformarse en un símbolo visible de riqueza y prestigio.

Resulta especialmente interesante la mezcla de influencias artísticas presentes en la pieza. El loto, muy difundido en el arte oriental y egipcio, aparece aquí integrado en un objeto vinculado al ceremonial ecuestre asirio. Esa combinación de lujo, simbolismo y poder refleja bien la sofisticación cultural de las cortes de Oriente Próximo, donde la guerra y la exhibición aristocrática caminaban muchas veces de la mano.

A pesar de su pequeño tamaño, el relieve transmite todavía una notable sensación de elegancia. Es fácil imaginar este adorno formando parte de una brida ricamente decorada, brillando sobre el caballo de algún personaje destacado durante un desfile, una ceremonia o una campaña militar.

Incluso los elementos más pequeños de los arneses ecuestres podían recibir una decoración extraordinariamente elaborada. Estos discos de plata, fechados entre los siglos VIII y VII a. C. y procedentes del noroeste de Irán, formaban parte de la ornamentación de las bridas utilizadas por caballos pertenecientes probablemente a miembros de las élites militares o aristocráticas.

El primero de ellos presenta una refinada decoración geométrica organizada en círculos concéntricos, mientras que el segundo conserva restos de una escena con cabras en movimiento, un motivo muy habitual en el arte del Oriente Próximo antiguo. Aunque hoy aparecen fragmentados y oscurecidos por el paso del tiempo, todavía transmiten la elegancia y la complejidad técnica de la orfebrería oriental.

Más allá de su función práctica, estos adornos convertían al caballo en una auténtica exhibición de prestigio. La plata repujada brillando sobre las bridas, los discos metálicos balanceándose durante el movimiento y los motivos simbólicos grabados sobre su superficie formaban parte de una escenografía cuidadosamente diseñada para impresionar. En el mundo asirio y en las regiones vecinas influenciadas por su cultura, la riqueza también se manifestaba a través de la apariencia de los animales destinados a la guerra, al ceremonial o a los desfiles públicos.

Resulta fácil imaginar estos discos reflejando la luz del sol sobre los caballos de un carro ceremonial, acompañando el sonido del metal y del cuero en medio de una procesión militar o cortesana.


Los caballos de guerra del Próximo Oriente antiguo no solo estaban entrenados para el combate: también eran cuidadosamente ornamentados como símbolo de prestigio y poder. Esta delicada placa de plata, hallada en el entorno cultural de Asiria y relacionada con el reino de Urartu, formaba probablemente parte de una compleja guarnición ecuestre.

En el centro aparece un león rugiente entre palmeras estilizadas, un motivo profundamente asociado al imaginario real y ceremonial del Oriente antiguo. El león simbolizaba fuerza, dominio y autoridad, mientras que las formas vegetales aportaban equilibrio y elegancia al conjunto.

La finura del trabajo resulta extraordinaria. A pesar de las fracturas y del paso del tiempo, todavía se aprecian los delicados relieves, las pequeñas esferas decorativas del borde y la armonía del diseño. Originalmente, esta pieza habría brillado sobre la frente o el arnés de un caballo ceremonial, reflejando la riqueza de su propietario y el refinamiento artístico de estas culturas.



Este relieve resume todo lo anterior.  Procedente de Jorsabad, fechado entre 710 y 705 a. C., muestra un elegante caballo de desfile ricamente ornamentado, probablemente perteneciente al entorno ceremonial de la corte de Sargón II.

Aunque la pieza ha llegado fragmentada hasta nosotros, todavía se aprecian numerosos detalles de la brida y de los adornos que cubrían al animal. Borlas, correajes y elementos decorativos transformaban al caballo en una auténtica manifestación de riqueza y estatus. Originalmente, muchas de estas partes estuvieron además pintadas con vivos colores, aumentando aún más el impacto visual de las procesiones y ceremonias militares asirias.

La cabeza del animal aparece cuidadosamente modelada, con un ojo grande y expresivo, mientras que sobre ella destaca una cimera semicircular que refuerza su carácter ceremonial. Más que un simple caballo de combate, parece un animal destinado a impresionar: una imagen de fuerza controlada al servicio del poder imperial.

Contemplar hoy este relieve junto a los adornos de brida, discos de plata y maquetas de carros permite entender hasta qué punto el caballo ocupó un lugar central en la cultura visual y militar del Oriente Próximo antiguo. No solo transportaba guerreros o reyes: también representaba el prestigio mismo del imperio.

A través de estos relieves, discos y adornos, todavía es posible imaginar el brillo de los caballos ceremoniales atravesando los palacios y avenidas en Asiria.

Arte de Asiria y Babilonia: tesoros de Mesopotamia en CaixaForum (I)

Hay exposiciones que se recorren con interés… y otras que obligan a detenerse desde el primer momento. Lujo. De los asirios a Alejandro Magno, organizada por el British Museum y CaixaForum Madrid entre septiembre de 2019 y enero de 2020, pertenece sin duda a estas últimas.

No tanto por el título —quizá demasiado rotundo— como por lo que realmente se despliega tras él: una sucesión de piezas que nos trasladan a uno de los grandes escenarios de la Antigüedad. Durante los siglos IX al VII a. C., Asiria llegó a dominar gran parte del Próximo Oriente, construyendo uno de los imperios más poderosos de la Antigüedad

El Imperio asirio, desde sus primeras fases en el II milenio a. C. hasta su expansión definitiva entre los siglos IX y VII a. C., construyó un poder sin precedentes en la región. Bajo reyes como Asurnasirpal II, Senaquerib o Asurbanipal, sus dominios se extendieron desde Mesopotamia hasta Egipto, articulando un territorio vasto mediante una combinación de fuerza militar, administración eficaz y una poderosa imagen del poder.

Ciudades como Nimrud, Khorsabad o Nínive no fueron solo capitales políticas, sino auténticos escenarios donde ese poder se hacía visible. Sus palacios, decorados con relieves monumentales, sus jardines —quizá origen de los célebres jardines colgantes—, y sus archivos de tablillas y prismas inscritos, nos hablan de una civilización que no solo dominó el territorio, sino también el relato de sí misma.

Estas piezas —procedentes en su mayoría del British Museum— no forman parte de nuestro paisaje habitual. No pertenecen a la tradición material que encontramos en la Península Ibérica, ni forman parte de ese legado romano o medieval que nos resulta cercano. Son objetos nacidos en un mundo lejano, tanto geográfica como culturalmente, que rara vez abandonan las grandes colecciones internacionales.

Por eso, recorrer esta muestra es algo más que una visita: es una oportunidad poco frecuente de situarse frente a testimonios directos de una civilización que admiramos desde la distancia, pero que difícilmente podemos contemplar de cerca. Emociona estar situados frente a ellas.

A partir de aquí, el recorrido nos lleva al corazón del mundo asirio, donde el lujo no es únicamente riqueza u ornamento, sino una herramienta más del poder: algo que se escribe, se representa, se construye y se exhibe.

La primera pieza nos sitúa, de forma directa y sin rodeos, en el corazón del poder asirio. Se trata de uno de los llamados anales de Senaquerib, prismas de arcilla inscritos en escritura cuneiforme que recogen, con minucioso detalle, las campañas y logros del monarca. Este en concreto, fechado entre los años 705 y 681 a. C., procede de Kuyunjik, la antigua Nínive, una de las grandes capitales del imperio.

A simple vista, el objeto puede parecer discreto: un bloque de arcilla, fragmentado, cubierto por una escritura que hoy apenas podemos descifrar sin ayuda. Pero en realidad estamos ante algo mucho más poderoso. Cada una de esas líneas fue concebida como parte de un relato oficial, una narración cuidadosamente construida para fijar la memoria del rey y de sus victorias.

Senaquerib, uno de los grandes soberanos de Asiria, gobernó en un momento de máxima expansión. Bajo su mandato, el imperio consolidó su dominio sobre amplias regiones del Próximo Oriente, desde Mesopotamia hasta el Levante mediterráneo. Sus campañas militares —incluidas las que enfrentaron a Asiria con Judá o Babilonia— quedaron registradas en textos como este, destinados no solo a informar, sino a legitimar su poder.

Estos prismas no eran objetos de contemplación casual. Se depositaban en los cimientos de palacios o templos, como una forma de dejar constancia duradera del reinado, casi como si el edificio mismo quedara impregnado de la memoria del rey. El poder no solo se ejercía: se escribía, se fijaba, se hacía permanente.

Nos encontramos ante un testimonio directo de cómo una de las grandes potencias de la Antigüedad quiso ser recordada. Un fragmento de un relato construido hace casi tres mil años… que, de forma excepcional, podemos contemplar hoy a pocos metros de distancia.


Este obelisco, procedente de Nimrud y fechado en el siglo IX a. C., durante el reinado de Asurnasirpal II, nos sitúa ante una de las formas más características de representación del poder en el mundo asirio: la imagen ordenada, narrativa y profundamente jerárquica.

Tallado en basalto, el monumento se organiza en registros horizontales donde se suceden escenas que, aunque fragmentarias en este ejemplar, permiten intuir su significado original. Figuras alineadas, animales, procesiones… todo responde a una lógica precisa, en la que cada elemento ocupa su lugar dentro de un discurso visual cuidadosamente construido.

Estos obeliscos no eran simples objetos decorativos. Eran, al igual que los prismas inscritos, instrumentos de memoria y propaganda. Si aquellos fijaban el relato mediante la escritura, estos lo hacían a través de la imagen: mostraban el orden del mundo tal y como lo concebía el poder asirio, con el rey en la cúspide y los territorios sometidos integrados en un sistema de dominio y tributo.

El hecho de que este ejemplar haya llegado hasta nosotros incompleto no le resta fuerza; al contrario, refuerza su condición de vestigio. Lo que vemos no es una pieza intacta, sino un fragmento de un discurso mayor, desgastado por el tiempo, pero aún capaz de transmitir la solidez de una civilización que construyó su poder tanto con la espada como con la imagen.

Tras las grandes narraciones del poder —escritas en arcilla o talladas en piedra—, el lujo asirio también se expresa en objetos de menor escala, pero no por ello menos significativos.

Esta placa de marfil, procedente de Nimrud y fechada entre los siglos IX y VII a. C., formaba parte originalmente de un conjunto decorativo mucho más amplio. Este tipo de piezas se utilizaban como incrustaciones en muebles de prestigio —tronos, lechos o paneles—, transformando objetos cotidianos en auténticos símbolos de estatus.

La figura representada, identificada como un rey asirio vestido para la guerra, responde a un modelo iconográfico bien conocido: barba cuidadosamente trabajada, túnica larga con flecos y un tocado que subraya su rango. Más allá de si se trata de un individuo concreto o de una representación idealizada, lo que transmite es una idea clara de autoridad, orden y control.

Aunque fueron halladas en el corazón del poder asirio, muchas de estas placas no fueron necesariamente producidas allí. El marfil, material exótico y valioso, llegaba a Asiria como tributo o botín desde regiones del Levante o Egipto, y su trabajo refleja con frecuencia influencias fenicias o sirio-palestinas. El lujo, en este sentido, no era solo acumulación, sino también circulación: un lenguaje compartido entre culturas, apropiado y reinterpretado por el poder imperial.

Contemplar hoy esta pieza implica, por tanto, enfrentarse a algo más que una imagen. Es observar el resultado de un mundo interconectado hace casi tres mil años, donde materiales, estilos y símbolos viajaban junto con ejércitos, comerciantes y emisarios.


Esta figura femenina, asomada a una ventana enmarcada por una arquitectura cuidadosamente definida, forma parte de uno de los motivos más enigmáticos del arte del Próximo Oriente antiguo. Procedente del palacio noroeste de Nimrud y datada entre los siglos IX y VII a. C., la pieza no fue concebida como obra independiente, sino como elemento decorativo de mobiliario de lujo, probablemente incrustada en tronos, lechos o paneles.

Durante mucho tiempo, algunos estudios interpretaron a esta mujer como una figura vinculada a cultos de fertilidad o incluso a la prostitución sagrada. Sin embargo, las investigaciones más recientes han matizado profundamente esa lectura. Lejos de mostrar una actitud seductora, la figura se limita a observar, a mirar hacia el exterior desde un espacio claramente definido. No hay gesto de invitación, ni insinuación narrativa evidente.

En el mundo antiguo, la imagen de una mujer asomada a una ventana aparece asociada con frecuencia a figuras de élite: reinas, princesas o madres de personajes destacados. La ventana, lejos de ser un elemento cotidiano, se convierte en un lugar simbólico desde el que se observa el mundo exterior sin pertenecer plenamente a él.

El propio marco arquitectónico refuerza esta idea. La estructura de triple retranqueo que rodea a la figura no es un simple recurso decorativo: evoca espacios palaciales e incluso sagrados, convirtiendo la escena en algo más que una imagen doméstica.

Y, como ocurre con muchas de las piezas de Nimrud, el objeto es también testimonio de un mundo interconectado. El marfil, material exótico y valioso, llegaba a Asiria desde regiones lejanas, y su estilo refleja influencias egipcias y fenicias. No estamos ante un arte aislado, sino ante el resultado de intercambios culturales que recorrían todo el Próximo Oriente.


Seguimos recorriendo la exposición y nos encontramos ante este gran bloque de piedra caliza, procedente del Palacio Norte de Nínive y datado en el siglo VII a. C., no es un relieve más: es un umbral. Un lugar de paso. Un punto de transición entre espacios.

Tallado con una precisión extraordinaria, su superficie reproduce el aspecto de una alfombra de lujo, con un intrincado patrón de círculos entrelazados que generan flores geométricas, enmarcadas por franjas de rosetas y motivos vegetales. Allí donde esperaríamos encontrar tejido, color y suavidad, encontramos piedra.

Estas piezas nos hablan de un mundo perdido: el de los textiles palaciegos, objetos de enorme valor que rara vez han sobrevivido al paso del tiempo. Pero más allá de esa evocación, el umbral cumple una función simbólica mucho más profunda.

Cada persona que accedía a las estancias del poder —embajadores, funcionarios, cortesanos— lo hacía cruzando este espacio cuidadosamente diseñado. Bajo sus pies, un orden perfecto, repetitivo, casi hipnótico, que transmitía una idea clara: el poder asirio no era caótico ni arbitrario, sino absoluto, estructurado y permanente.

Los motivos decorativos refuerzan esta lectura. Las rosetas, frecuentes en el arte asirio, se asocian con la realeza y con la esfera divina, mientras que los elementos florales y los lotos remiten a influencias egipcias, integradas aquí en un lenguaje visual propio del imperio. De nuevo, Asiria no copia: absorbe, adapta y transforma.

Entre las piezas más delicadas de la exposición, hay algunas que obligan a acercarse, a mirar con atención, casi en silencio. Esta pequeña placa de marfil, procedente de la fortaleza de Salmanasar en Nimrud y datada entre los siglos IX y VIII a. C., muestra una figura fascinante: una esfinge alada con cabeza humana, que avanza con una serenidad casi atemporal entre motivos vegetales. Muchos de estos marfiles, aunque encontrados en palacios asirios, fueron elaborados por artesanos fenicios o sirio-palestinos, reflejo de un mundo interconectado mucho antes de lo que solemos imaginar.

 La suavidad de los rasgos, la frontalidad del rostro y ciertos elementos del atuendo remiten claramente a la tradición egipcia, mientras que la ejecución y el lenguaje ornamental apuntan hacia los talleres fenicios, grandes especialistas en la producción de objetos de lujo en el Mediterráneo oriental.

Estas placas formaban parte de muebles ricamente decorados —tronos, lechos o arcas— y estaban concebidas para un entorno muy concreto: el espacio privado del poder. A diferencia de los grandes relieves monumentales, visibles para todos, estas obras estaban destinadas a una mirada cercana, casi íntima.

Hoy las vemos desnudas, fragmentadas, despojadas de su antiguo esplendor. Pero en origen, el marfil pudo estar recubierto de oro o enriquecido con incrustaciones de piedras preciosas, multiplicando su impacto visual.

La figura de la esfinge, híbrida y poderosa, resume bien este mundo de influencias cruzadas. Nacida en Egipto, reinterpretada por los fenicios y finalmente integrada en un contexto asirio, se convierte aquí en un símbolo universal del poder: fuerza, inteligencia y control en una sola imagen.

Porque más allá de su belleza, esta pieza nos habla de un imperio que no solo conquistaba ciudades, sino también ideas, formas y símbolos. Un imperio que, en su apogeo, era capaz de reunir en un mismo objeto todo el imaginario del mundo antiguo.


Uno de los objetos que más me impresionó fue este cilindro de arcilla, inscrito con escritura cuneiforme y fechado en el año 672 a. C., pertenece al reinado de Asarhaddón, uno de los grandes monarcas del Imperio asirio. A primera vista puede parecer un objeto más dentro de la exposición, pero basta acercarse para entender que estamos ante algo distinto.

Es un texto completo, continuo, perfectamente trazado hace más de dos mil seiscientos años, que aún hoy podría leerse si conociéramos la lengua y la escritura de quienes lo crearon. 

Estos cilindros no eran piezas decorativas. Funcionaban como documentos oficiales: se grababan en negativo y se hacían rodar sobre arcilla fresca para imprimir su contenido. Eran, en cierto modo, la voz del rey fijada en la materia. La escritura cuneiforme, grabada con precisión sobre la arcilla, fue el sistema que permitió a estas civilizaciones registrar leyes, historia y conocimiento durante milenios.

En ellos, los monarcas asirios también dejaban constancia de su linaje, de sus campañas y de sus obras. En este caso, el texto describe la utilización de madera de cedro procedente del Líbano —un recurso escaso en Mesopotamia— y su empleo en la restauración de edificios oficiales, algunos levantados generaciones antes.

Pero más allá del contenido, hay algo difícil de explicar hasta que se tiene delante: la escritura está intacta. No es un vestigio erosionado ni un resto incompleto. Es un mensaje que ha atravesado los siglos sin perder su forma. Un mensaje que, de algún modo, sigue esperando a ser leído.

Un vaso de calcita, procedente de Sippar y fechado entre los siglos VII y VI a. C., adopta la forma de una mujer de rasgos serenos, casi inexpresivos. Sus manos, hoy parcialmente dañadas, sostuvieron en origen dos objetos que probablemente fueron flores de loto, un motivo que remite a influencias egipcias integradas en el mundo mesopotámico.

No es una escultura. Es un recipiente. En esta pieza, lo humano y lo funcional se funden en un único objeto, como si la figura no fuera solo imagen, sino también soporte de algo invisible: un líquido, un perfume, quizá una ofrenda.

Lejos de la grandilocuencia de los relieves asirios o de la voz escrita de los reyes, aquí no hay relato explícito ni proclamación de poder. Solo una presencia.

Y quizá por eso, tras recorrer imperios, conquistas y monumentos, resulta inevitable detenerse un instante más ante ella. Porque ya no estamos ante la historia que se impone. Sino ante aquello que, simplemente, permanece.

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