Centuriones, libertos y familias: las estelas de la Padua romana

Después de las estelas paleovénetas, el recorrido por el Museo Arqueológico de Padua nos introduce ya plenamente en el mundo romano. Y lo hace con una obra difícil de pasar por alto: la monumental estela funeraria de Minucius Lorarius, un centurión de la legio Martia, realizada durante las últimas décadas del siglo I a. C.

La estela adopta la forma de un pequeño edículo, con dos pilares que enmarcan una profunda hornacina. En su interior aparece el difunto de frente y a tamaño mayor que el natural, vestido con una túnica corta y un manto militar o sagum, sujeto sobre el pecho mediante una fíbula. Del cinturón militar —el cingulum— cuelga un pequeño puñal o pugio, mientras que con la mano izquierda sostiene el gladius. En uno de sus dedos todavía puede distinguirse el anillo propio de su rango.

En la mano derecha llevaba una vara de vid, la vitis, uno de los signos más reconocibles de la autoridad de un centurión. Los dos orificios conservados a los lados de la cabeza pudieron servir para sujetar una corona metálica, relacionada con el privilegio concedido a los miembros de la legión Martia de portar una corona de olivo durante determinadas ceremonias públicas.

La inscripción, aunque incompleta, permitió recuperar su nombre y su condición militar. La legión Martia desempeñó un papel destacado durante los convulsos años finales de la República romana: abandonó a Marco Antonio y pasó al bando de Octaviano poco antes de la guerra de Módena, en el año 43 a. C. La extraordinaria presencia del monumento parece proclamar que la carrera militar no solo había definido la vida de Minucius Lorarius, sino que también le había proporcionado prestigio y ascenso social.


Muy diferente es esta estela funeraria griega del siglo I a. C., cuya procedencia original se desconoce. Concebida como la fachada lateral de un pequeño templo, queda enmarcada por dos semicolumnas acanaladas y reúne en su interior a Doroteo y a su hija Nice.

Ambos visten el quitón característico del mundo griego. Doroteo, situado a la izquierda, sostiene un rollo en la mano derecha, mientras que Nice apoya una mano sobre el hombro de su padre en un gesto sencillo pero cargado de afecto. Más que mostrarlos como figuras solemnes y distantes, el escultor quiso conservar el vínculo que los unía.

La inscripción grabada en el arquitrabe identifica a la joven como «Nice, hija de Doroteo, de la tribu de los Meliteos». De nuevo, una estela funeraria logra algo que las grandes narraciones históricas rara vez consiguen: rescatar del anonimato a dos personas y dejar fijado en la piedra un instante de intimidad familiar.

Fechada a comienzos del siglo I d. C., esta estela funeraria de traquita reúne en una misma hornacina los bustos de cuatro integrantes de la familia de los Oppii. Las figuras, reducidas prácticamente a la cabeza y el arranque de los hombros, forman una austera galería familiar que todavía conserva una sorprendente fuerza expresiva.

De izquierda a derecha aparecen Gaio Oppio, su esposa Rutilia Prima, su nuera Cassia Secunda y su hijo, también llamado Gaio Oppio. No debemos imaginar necesariamente una muerte simultánea: la estela los reúne simbólicamente dentro de una misma memoria familiar.

La inscripción añade una historia aún más precisa. Gaio Oppio hijo dispuso en su testamento la construcción del monumento en recuerdo de su padre, de su madre y de su esposa. Tras su muerte, su hermano Publio Oppio Pollione se encargó de hacer cumplir aquella voluntad. De este modo, junto a las cuatro personas representadas existe un quinto miembro de la familia que no aparece esculpido, pero cuya intervención permitió que todos ellos llegaran hasta nosotros.

Mucho más sencilla es la inscripción de esta estela de comienzos del siglo I d. C. Apenas nos proporciona un nombre y una filiación: «Maxsuma, hija de Antonio Rufo». Sin embargo, el retrato parece compensar ese silencio y lo convierte en una presencia difícil de olvidar.

Maxsuma aparece frontalmente dentro de una hornacina, enmarcada por una pequeña arquitectura funeraria. Sobre ella todavía se distinguen dos aves enfrentadas, varias rosetas y unos remates en espiral que quizá sean una estilización de las habituales palmetas. El monumento fue tallado en traquita y su procedencia exacta es desconocida.

El rostro, de facciones muy marcadas, conserva una extraordinaria intensidad. Los grandes ojos, la boca entreabierta y el cabello separado mediante una raya central le proporcionan una expresión casi expectante. Su peinado podría ser una adaptación provincial del que puso de moda Antonia la Menor, sobrina de Augusto y madre del emperador Claudio.

También llama la atención el tratamiento lineal de los pliegues del manto, que caen formando curvas paralelas sobre el pecho. Entre ellos emerge una mano de tamaño desproporcionado que sostiene un pequeño objeto redondo, quizá una manzana. Son precisamente esas pequeñas irregularidades las que conceden personalidad a la escultura: el artesano local tomó como referencia los modelos más refinados del arte oficial romano, pero los reinterpretó con un lenguaje propio, más esquemático y directo. 

El paso del tiempo ha borrado casi por completo los rostros de esta estela de las primeras décadas del siglo I d. C. Sin embargo, todavía podemos distinguir a una mujer a la izquierda y a un hombre a la derecha, reunidos bajo un pequeño frontón. Son Fannia y Gaio Fannio Felice, dos libertos que, tras obtener la libertad, adoptaron el nombre familiar de su antiguo propietario.

La inscripción cuenta que el monumento fue encargado por Gaio Fannio Aucto, también liberto, en memoria de su patrono Gaio Fannio Felice y de Fannia, probablemente la esposa de este último. La historia resulta especialmente reveladora: Felice había sido esclavo, pero después de alcanzar la libertad llegó a convertirse a su vez en patronus de otro liberto. La estela refleja así uno de los caminos de integración y ascenso social que ofrecía la sociedad romana, aunque el vínculo con el antiguo dueño no desaparecía por completo.

Sobre los retratos, dentro del frontón, todavía se adivinan escudos y cabezas de guerreros con casco. En los extremos aparecen también un jinete al galope y una figura armada con una lanza, escenas que quizá estuvieran relacionadas con alguna actividad militar del difunto.

Una de las estelas más importantes del museo es la dedicada a la familia de los Cartorii, realizada alrededor del cambio de era y encontrada durante las excavaciones efectuadas junto a la estación ferroviaria de Padua en 1877-1878. Con sus 2,26 metros de altura, debió de señalar una sepultura familiar de dimensiones considerables.

El monumento adopta la forma de una pequeña arquitectura, coronada por un frontón decorado con una roseta de seis pétalos y hojas de acanto. En su interior se abren dos hornacinas superpuestas, cada una de las cuales contiene tres retratos. La fila superior reúne a los padres y al hijo mayor, mientras que en la inferior aparecen la hija y otros dos hijos. Los rostros son esquemáticos y severos, pero cada personaje conserva algunos rasgos diferenciadores, especialmente en los peinados. La madre, Cartoria Ampelio, aparece velada en el extremo izquierdo de la fila superior.

La inscripción comienza con una expresión especialmente reveladora: viva posuit, «lo mandó colocar estando viva». Fue la propia Cartoria Ampelio quien encargó el monumento para su esposo, Manio Cartorio, para ella misma y para sus cuatro hijos. Las indicaciones vivus y viva muestran que buena parte de la familia todavía vivía cuando se preparó la sepultura; solo uno de los hijos parece haber fallecido ya. Más que recordar una muerte colectiva, la estela dejaba organizada la memoria futura de toda la familia.

Cartoria Ampelio y su marido habían sido esclavos del mismo propietario y, al obtener la libertad, adoptaron su nombre familiar. Sus hijos nacieron ya como miembros libres de la sociedad romana. La estela se convierte así en la afirmación pública de una familia que había dejado atrás la esclavitud y quería transmitir a las siguientes generaciones su nueva posición social. La inscripción señala incluso las dimensiones del recinto funerario: unos 28 pies de fachada por 35 de profundidad.

Pero la historia de los Cartorii no termina en la piedra. La familia estuvo vinculada a una importante producción de ladrillos y otros materiales de construcción. Los ejemplares estampillados con el sello CARTORIAN han aparecido no solo en el territorio de Padua, sino también en otras zonas del Véneto, Emilia, la costa adriática y Dalmacia. Es poco frecuente que podamos relacionar de forma tan directa una familia representada en un monumento funerario con los productos salidos de sus talleres.

Los seis rostros de la estela y el sello impreso sobre un humilde ladrillo cuentan, en realidad, una misma historia: la de una familia de antiguos esclavos que logró prosperar, fundar una actividad productiva de gran alcance y asegurar que su nombre continuara circulando muchos siglos después de su muerte. Entre todas las estelas del museo, pocas permiten acercarnos de una manera tan directa a la vida social y económica de la antigua Padua.

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