Seguimos recorriendo el Museo de los Eremitani de Padua y nos detenemos ahora ante sus estelas funerarias. Estas losas de piedra, decoradas con figuras y en ocasiones con inscripciones, servían para mantener la memoria de los difuntos. Entre los siglos VI y I a. C., se convirtieron en una manifestación característica de la aristocracia de la Padua prerromana.
Lo más atractivo es que cada una cuenta esa memoria de una manera distinta. Sus escenas, algunas interpretadas como representaciones del viaje al más allá, nos acercan a las creencias y a la imagen que aquellas personas querían dejar de sí mismas. Vamos a detenernos en sus detalles: hay mucho que descubrir en estas piedras.
Un hombre y una mujer aparecen frente a frente. La escena se interpreta como la despedida de dos esposos antes del viaje al más allá. La mujer, cubierta con un manto y un velo, ofrece al hombre un ave, quizá un pequeño pato silvestre, que podría simbolizar el alma del difunto. Son interpretaciones, pero permiten contemplar estos trazos sencillos como el recuerdo de una separación.
La inscripción recorre los bordes superior e izquierdo y se lee de derecha a izquierda. Según la lectura que ofrece el museo, la propia sepultura habla en primera persona: «Yo, ekupetaris, para Pupone Rako». El significado exacto de ekupetaris sigue siendo discutido, aunque se relaciona con el monumento funerario. También hay dudas sobre cómo interpretar el nombre del destinatario. La piedra conserva sus palabras, pero todavía no nos ha entregado todas sus claves.
En esta estela del siglo V a. C., realizada en piedra caliza de los montes Berici, una pareja de caballos arrastra un carro hacia la izquierda. La pieza apareció en 1962 en la vía G. B. Belzoni de Padua, durante las obras de una nueva red de alcantarillado. Le falta la parte superior, por lo que desconocemos si tuvo una inscripción que identificara al difunto.
El detalle más curioso se encuentra bajo los caballos: un pequeño animal alado, quizá un perro o un caballito. El museo lo relaciona con los seres fantásticos representados en las sítulas, recipientes metálicos decorados con figuras en relieve. Su presencia sugiere que la escena nos lleva al terreno del mito y de lo sobrenatural. Entre las ruedas y las patas de los caballos, esta criatura diminuta nos invita a mirar el conjunto con otros ojos.
El viaje al más allá vuelve a aparecer en esta estela del siglo V a. C., tallada en piedra de Nanto. Una mujer viaja en un carro tirado por dos caballos, junto al auriga que los anima con la fusta. La difunta viste a la manera véneta y lleva sobre la cabeza un curioso disco con círculos concéntricos, interpretado por el museo como un atributo solar o lunar. Es uno de esos detalles que invitan a detenerse: en la representación de su último viaje también había lugar para un símbolo celeste.
Desconocemos dónde fue encontrada, aunque parece que ya se conservaba en la casa Bassani de Padua desde el siglo XVI. En el marco que rodea la escena hubo una inscripción en lengua véneta, de la que apenas quedan algunas letras, quizá borradas durante el Renacimiento. Hemos perdido el nombre de esta mujer, pero todavía podemos contemplar la imagen con la que se quiso conservar su memoria.
Esta otra estela del siglo V a. C., realizada en caliza de los montes Berici, conserva muy desgastada la escena del viaje al más allá en un carro tirado por dos caballos. Apenas distinguimos una figura sobre él; pudieron existir otros personajes, pero la abrasión de la superficie impide asegurarlo. Fue recuperada en 1975 de manos de un particular y se desconoce su procedencia original.
Aquí, sin embargo, las letras permiten recuperar parte de una identidad. La lectura reconstruida que presenta el museo dedica el monumento a una mujer llamada Ivanta Voltiomnina. La inscripción está incompleta y se ha restituido mediante comparaciones con otras estelas, de modo que no todas esas letras se conservan en la piedra. Como en la estela de Camin, es la propia sepultura la que habla en primera persona: un breve mensaje que ha sobrevivido, aunque fragmentado, durante unos veinticinco siglos.
Esta estela, fechada entre finales del siglo V y la primera mitad del IV a. C., reúne una escena llena de detalles. Dos caballos, probablemente enganchados a un carro, se encuentran ante una figura femenina que sostiene un objeto, quizá una pequeña copa. La mujer lleva una larga falda de pliegues verticales y un manto que le cubre la cabeza y los hombros. Sobre ella aparece un disco cuyo significado no es seguro, aunque se interpreta como un símbolo solar. Según la cartela del museo, su participación en la escena ritual permite pensar que podría tratarse de una divinidad.
Los animales añaden otro componente enigmático. Bajo los caballos hay un ave de cuerpo robusto, probablemente una gran rapaz; por encima se conservan las patas delanteras y parte del cuerpo de otro animal, quizá un ser fantástico o un caballo alado. La pérdida de parte de la piedra nos impide contemplar la composición completa, pero lo conservado basta para intuir la riqueza de sus imágenes.
También resulta curiosa su historia más reciente: estuvo empotrada en una pared exterior de una vivienda de la zona de San Gregorio, en Padua. Una pieza concebida para acompañar la memoria de los muertos terminó formando parte de una casa, antes de ser donada por los hermanos Paggiaro en 1987.
En esta estela del siglo IV a. C., realizada en traquita, un guerrero cabalga hacia la izquierda con una lanza y un escudo redondo. Lo sigue un pequeño perro, mientras que en la esquina superior derecha vuela un ave que el museo relaciona con la simbología funeraria. Las figuras están trazadas mediante incisiones y una inscripción rodea la escena por sus cuatro lados.
Esta vez conocemos el nombre del destinatario. La lectura que ofrece el museo es «Enogenei Enetioi eppetaris Albarenioi», traducida como «(Yo), eppetaris para Enógenes Enetio Albarenio». La fórmula identifica al difunto mediante tres términos, aunque se discute qué relaciones familiares expresan los dos que acompañan al nombre individual. La sepultura vuelve a hablar en primera persona y conserva la identidad de alguien que quiso ser recordado mediante la imagen de un jinete armado.
La piedra apareció por casualidad al excavar los cimientos de un edificio entre las calles Cerato y Acquette, en Padua. El arquitecto Silvio Malatesta la donó al Museo Cívico en 1965.
Esta estela de traquita, fechada en el siglo IV a. C., conserva una inscripción que recorre tres lados del marco, de derecha a izquierda: «Fugioi Uposedioi epetaris». El museo la traduce como «(Yo), epetaris para Fugio Uposedio». Volvemos a encontrar la fórmula en la que el monumento habla por su destinatario, identificado aquí mediante un nombre individual y un segundo término que lo acompaña.
En la escena, un hombre sentado conduce un carro tirado por dos caballos. Lleva un sombrero o gorro y sostiene las riendas y la fusta. Bajo las patas de los animales aparece una gran flor de tallo retorcido, interpretada como un posible símbolo del más allá. Ese pequeño detalle vegetal introduce una nueva variante en las imágenes del viaje funerario que venimos contemplando.
La pieza fue recuperada en 1967 entre materiales de desecho en Altichiero, a las afueras de Padua. Entre aquellos restos sobrevivía el nombre de Fugio Uposedio, del que hoy conocemos poco más que estas palabras y la escena que las acompaña.
Esta estela de finales del siglo IV o comienzos del III a. C. conserva una de las escenas más intensas de toda la colección. Dos guerreros avanzan de perfil hacia la izquierda, aferrados a sus caballos, que aparecen representados en movimiento. Llevan grandes escudos ovales de tradición celta, con el borde reforzado y una larga espina que parte del umbo central.
Bajo las patas de los animales yace un guerrero decapitado. Su cabeza, de larga cabellera, aparece separada del cuerpo y tirada a poca distancia. La imagen resulta violenta, pero también muy expresiva: el estilo naturalista y lleno de movimiento revela influencias grecohelenísticas, mientras que el motivo de la cabeza cortada remite al imaginario guerrero celta.
La estela fue reutilizada y está rota longitudinalmente; de la inscripción funeraria en lengua véneta solo se conserva, en el margen izquierdo, el final «terioi», perteneciente al nombre masculino del difunto en dativo. No sabemos quién fue aquel hombre, pero la piedra conserva la escena que quiso acompañar su memoria: caballos, guerreros y una muerte convertida en imagen.
Esta estela de piedra caliza de Costozza, fechada en las primeras décadas del siglo III a. C., se aparta de las escenas de viaje funerario que hemos visto hasta ahora. En ella aparece un combate: un jinete con armadura avanza hacia la derecha con el escudo en la mano izquierda y la espada preparada en la derecha. Su caballo se abalanza sobre un guerrero desnudo, que se dobla para evitar el impacto.
La composición está tratada con un relieve profundo y muy expresivo. El movimiento del caballo, la postura forzada del combatiente y la diferencia entre ambos personajes hacen que la escena parezca casi detenida en el instante del choque. El museo señala que el modelo recuerda a las representaciones de la tradición helenística griega o de la Magna Grecia.
Muchos investigadores han relacionado esta imagen con una «celtomaquia», una evocación heroica de los vénetos enfrentados a los galos invasores. Es una interpretación, no una certeza, pero encaja con el gusto de estas estelas por convertir la memoria funeraria en una escena cargada de identidad, valor y conflicto. La pieza fue encontrada en 1913, rota en cuatro fragmentos, durante las excavaciones de la necrópolis prerromana de via Loredan.
Esta estela, fechada en el siglo I a. C., nos sitúa ya en una Padua muy distinta de la de las piezas anteriores. La escena representa una biga tirada por dos caballos, con tres personajes sobre el carro: un auriga, un hombre togado y una mujer. El conductor viste a la manera romana y controla los caballos con las riendas y la fusta, mientras que el marido, cubierto con la toga, vuelve la mirada hacia la mujer en un gesto que el museo interpreta como una despedida.
La figura femenina conserva, sin embargo, elementos de la tradición paleovéneta. Lleva sobre la cabeza el disco simbólico que hemos visto en otras estelas y un manto sujeto sobre el pecho. Quizá se la representa ya muerta, emprendiendo el viaje al más allá. Bajo las patas de los caballos aparece un escudo redondo, posiblemente un recuerdo de las estelas paleovénetas más antiguas.
También la inscripción refleja ese momento de transición. Está escrita en lengua véneta, pero con caracteres latinos, y combina un nombre local, Ostiala, con el gentilicio romano Gallenia. Su lectura y su traducción siguen siendo discutidas, hasta el punto de que no está claro si la fórmula identifica a un matrimonio o expresa la relación del dedicante con la tumba. La estela fue encontrada en 1962, durante unas obras en la vía San Massimo, y parece resumir en una sola imagen el encuentro entre la tradición funeraria véneta y el nuevo mundo romano.
Una reconstrucción coloreada permite imaginar el aspecto que pudo tener originalmente la estela de Ostiala Gallenia. La mujer ocupa el centro del carro, junto a su esposo y el auriga, en una escena que reúne elementos vénetos y romanos.
Esta estela del siglo I a. C. conserva solo una parte de la escena, pero permite reconocer una cuadriga avanzando hacia la izquierda. Sobre el carro aparecen una mujer y, probablemente, el auriga; bajo las patas de los caballos se distingue un escudo redondo. El motivo vuelve a ser el del viaje hacia el más allá, aunque aquí la erosión y la pérdida de buena parte de la piedra nos obligan a imaginar muchos detalles.
La pieza fue encontrada en 1984, en las cimentaciones de la pequeña iglesia de San Massimo, en Padua. Su composición es muy parecida a la de la estela de Ostiala Gallenia, que acabamos de ver: ambas muestran un carro con caballos y personajes de distinta condición. Esta semejanza sugiere que, ya en época de fuerte influencia romana, la tradición funeraria paleovéneta seguía utilizando imágenes reconocibles para representar el último viaje.
Cerramos este recorrido con otra estela del siglo I a. C., conservada de forma fragmentaria pero todavía muy expresiva. Una biga avanza hacia la izquierda, tirada por dos caballos. Sobre el carro aparecen el auriga, que anima a los animales con la fusta, y una mujer cubierta con un velo. Bajo las patas de los caballos vuelve a aparecer el escudo redondo que ya vimos en la estela de Ostiala Gallenia.
La pieza tiene además una historia epigráfica curiosa. En la franja superior se conservan restos de una inscripción véneta, mientras que en la parte inferior aparece otra inscripción latina que el estudioso Furlanetto consideró una falsificación. La procedencia de la estela es desconocida, aunque parece que ya se encontraba en Padua, en la casa Bassani, desde el siglo XVI. Incluso mutilada, resume muy bien el mundo de estas piezas: el viaje funerario, la tradición paleovéneta y la progresiva presencia romana.
Después de contemplar estas estelas, resulta difícil verlas como simples monumentos funerarios. En sus carros, caballos, guerreros, mujeres, animales y símbolos celestes aparecen representadas las creencias, la identidad y la memoria de quienes vivieron en la antigua Padua. Algunas conservan nombres; otras solo escenas fragmentarias, pero todas nos permiten seguir el rastro de una sociedad que cambió profundamente entre los siglos VI y I a. C.
Las piedras están erosionadas y muchas preguntas siguen abiertas, pero quizá ahí reside parte de su atractivo. Cada figura incompleta, cada palabra discutida y cada inscripción apenas legible nos recuerda que el pasado no llega hasta nosotros como una historia cerrada, sino como una conversación que todavía podemos intentar continuar.













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