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Herculano II – La Casa del Relieve de Télefo

 

Avanzamos por una de las calles principales de Herculano, quizá la antigua via Mare, que descendía suavemente en dirección al antiguo litoral.

El empedrado irregular, desgastado por siglos de tránsito, todavía conserva la huella de la vida cotidiana: carros, peatones, agua de lluvia canalizada hacia los bordes… Todo parece detenido, pero no muerto. Hay una continuidad silenciosa entre aquel mundo y el nuestro.

A ambos lados, las casas se elevan en distintos niveles, adaptándose a la pendiente natural del terreno. No es una ciudad rígida: es una ciudad que respira con la topografía, que se abre poco a poco hacia el horizonte.

Y es precisamente en este tramo, en la zona más próxima al antiguo litoral, donde se encontraba una de las residencias más ambiciosas de toda Herculano: la Casa del Relieve de Télefo.

No se presenta de forma espectacular. No hay una fachada monumental que la anuncie desde lejos. Pero basta con acercarse unos pasos más para empezar a intuir que estamos ante algo distinto.


Y de pronto, casi sin aviso, la casa aparece. No hay una fachada monumental en el sentido clásico, pero sí algo que llama inmediatamente la atención: un pórtico sostenido por columnas, todavía cubiertas por restos de estuco rojo, que debieron de brillar con intensidad en su momento.

El espacio se abre ligeramente respecto a la calle, como creando una transición entre lo público y lo privado. No estamos aún dentro, pero tampoco seguimos en la vía. Es ese umbral tan característico de las domus romanas, donde la arquitectura empieza a hablar de quien vive al otro lado.

Las columnas, con su acabado acanalado y su base más desgastada, muestran bien el paso del tiempo… pero también el cuidado original. Forman parte de una escenografía pensada para impresionar desde el primer instante.

Las columnas, construidas en ladrillo y recubiertas de estuco, conservan aún restos de su decoración original. El rojo intenso, aplicado en forma de acanaladuras, no era solo un recurso estético: imitaba materiales más nobles, transformando una estructura relativamente sencilla en un elemento de prestigio.

A sus espaldas, los muros conservan restos de pintura en tonos rojos y amarillos, pertenecientes al llamado cuarto estilo pompeyano. Aunque fragmentarias, estas superficies nos permiten intuir la riqueza cromática que envolvía a quienes cruzaban este espacio.


Lo más llamativo cuelga sobre nuestras cabezas. Entre las columnas aparecen varios discos suspendidos, los llamados oscilla. 

Suspendidos entre las columnas, estos discos decorativos —originalmente de mármol y con relieves en ambas caras— formaban parte de la ornamentación de jardines, pórticos y atrios. Su nombre proviene del latín oscillare, “balancearse”, y no es casual: estaban concebidos para moverse suavemente con el viento.

Ese movimiento no era solo estético. En el mundo romano, los oscilla podían tener también un valor simbólico, relacionado con la protección del espacio doméstico y con antiguas tradiciones vinculadas al culto y a la fertilidad.

Aquí los vemos como silenciosos testigos, inmóviles tras siglos de historia. Pero no es difícil imaginar cómo, en otro tiempo, colgaban entre las columnas, girando lentamente, proyectando sombras cambiantes sobre los muros pintados. En combinación con el rojo intenso de las columnas y los restos de pintura mural del fondo, crean una escena que todavía hoy conserva algo de su antigua teatralidad.

En el centro del espacio aparece una pila que recuerda al impluvium de las casas romanas, el sistema destinado a recoger el agua de lluvia.

Sin embargo, aquí no nos encontramos ante el atrio cerrado tradicional, sino ante un espacio más abierto, casi a medio camino entre el interior y el exterior. Esta disposición responde a la compleja evolución de la casa, adaptada a la pendiente hacia el mar y transformada a lo largo del tiempo.

El resultado es un atrio que pierde parte de su carácter cerrado para convertirse en un espacio más escenográfico, donde el agua, la arquitectura y la decoración se integran en una misma composición.

Y entonces, en uno de los muros, aparece algo distinto. No destaca por su tamaño ni por su ubicación privilegiada. De hecho, podría pasar desapercibido entre la textura irregular de la pared, construida en opus reticulatum, donde las piedras parecen dibujar una red que ha resistido el paso del tiempo.

Sin embargo, hay algo en ese pequeño relieve que rompe la continuidad del conjunto. No forma parte de la arquitectura en sí, pero tampoco es un añadido cualquiera. Está colocado con intención, como si esperara ser descubierto más que mostrado.

En un espacio donde ya hemos visto cómo la casa combina lo funcional con lo escenográfico, este elemento introduce una nueva dimensión: la del relato.

Al acercarnos, la escena se vuelve legible. Podemos ver un episodio del mito de Télefo, hijo de Heracles, herido por Aquiles durante la expedición griega hacia Troya. Según la tradición, la herida no podía cicatrizar… hasta que el propio Aquiles, utilizando la misma lanza que la había causado, logró curarla.

A la derecha, el héroe es atendido mientras otro personaje interviene en la curación. A la izquierda, figuras que parecen asistir o presenciar la escena completan la composición, creando una narrativa continua, casi teatral.

El mito de Télefo habla de herida y sanación, de conflicto y resolución. En el contexto de una casa de alto nivel como esta, el relieve no solo decoraba: comunicaba. Era una forma de inscribir en el espacio doméstico una historia cargada de significado, vinculada al mundo heroico y a la tradición griega.

Además, este tipo de relieves, de estilo neoático, eran muy apreciados en época romana por su aire clásico y culto. Tener uno así no solo implicaba riqueza, sino también una voluntad clara de asociarse a ese universo cultural.

Aquí, en un rincón aparentemente discreto de la casa, el relato se hace piedra.

Y de pronto entendemos que esta domus no solo se construyó para habitarla… sino también para ser leída.

Y al final del recorrido, la mirada se eleva. En la cercana terraza monumental, la figura de Marco Nonio Balbo domina el espacio. Antiguo pretor y uno de los grandes benefactores de Herculano, su presencia está ligada a algunos de los programas constructivos más ambiciosos de la ciudad.

No sabemos con certeza si esta casa le perteneció, pero su ubicación, su escala y su riqueza invitan a pensar en un entorno estrechamente vinculado a las élites que controlaban este sector privilegiado, abierto hacia el mar.

Tras recorrer sus espacios —las columnas, los oscilla, el impluvium reinterpretado y, sobre todo, el relieve de Télefo—, la figura de Balbo aporta una última clave de lectura. Porque más allá del mito, más allá de la escenografía, estas casas hablan de poder,  prestigio y de identidad.

En Herculano, como en cualquier otro yacimiento, los restos de casas que muchos ven solo como piedras, nos están contando su historia. Nos están llevando a un tiempo en el que brillaron con luz propia y fueron tan impresionantes que incluso hoy, dos milenios después, nos siguen admirando. 

Herculano I: la ciudad detenida bajo el Vesubio


 La visita a Herculano comienza casi con una sorpresa. Desde este mirador, la antigua ciudad aparece hundida varios metros por debajo de la cota de la población moderna, como si el tiempo hubiese quedado atrapado en una hondonada al pie del Vesubio. A primera vista no impresiona por su extensión, como ocurre en Pompeya, sino por otra cosa aún más poderosa: por la sensación de cercanía. Herculano parece menos una ruina y más una ciudad detenida de forma brusca, conservada bajo la lava y el barro endurecido de la erupción del año 79 d. C.

Según la tradición, su origen se vinculaba a Hércules, de quien tomaría el nombre. En época romana fue una ciudad más pequeña que Pompeya, pero también más acomodada, con un carácter residencial muy marcado y una estrecha relación con el mar. Sus villas, sus terrazas panorámicas y la calidad de muchas de sus decoraciones revelan un núcleo urbano refinado, habitado por familias de cierto nivel social que buscaban aquí una vida cómoda, entre negocios, otium y vistas al golfo de Nápoles.

La imagen permite entender además una de las grandes singularidades del yacimiento. Lo que vemos no son solo muros aislados, sino un entramado urbano reconocible, con edificios de varias alturas, fachadas, terrazas, patios y espacios públicos que todavía conservan una notable volumetría. En Herculano, la violencia de la erupción fue también, paradójicamente, la causa de su excepcional conservación: el flujo piroclástico selló la ciudad bajo una enorme masa de materiales volcánicos, preservando no solo piedra y ladrillo, sino también elementos orgánicos que en otros yacimientos desaparecieron.

En la parte baja de la fotografía se distinguen los arcos del sector portuario, los célebres fornici donde aparecieron decenas de esqueletos de habitantes que intentaron refugiarse junto al mar. Sobre ellos se eleva la gran plataforma urbana, con edificios de muros robustos, cubiertas restituidas y espacios abiertos que ayudan a imaginar la fisonomía original de la ciudad. A la derecha destaca además un amplio espacio monumental presidido por una estatua, anticipo de la zona vinculada a Marco Nonio Balbo, uno de los personajes más importantes de la Herculano romana.

También resulta muy elocuente el contraste entre la ciudad antigua y la moderna. Al fondo, las casas actuales de Ercolano se asoman literalmente sobre el borde de la excavación, recordándonos que la ciudad romana permaneció sepultada durante siglos bajo el tejido urbano posterior. Esa superposición de épocas convierte la contemplación del yacimiento en algo especialmente emocionante: abajo, la vida interrumpida del siglo I; arriba, la continuidad de una ciudad que siguió existiendo sin sospechar del todo lo que dormía bajo sus pies.

Y quizá sea eso lo que hace tan especial a Herculano desde la primera mirada. No se presenta solo como un conjunto arqueológico, sino como una frontera visible entre dos mundos: el de la ciudad romana que el Vesubio inmovilizó para siempre y el de la ciudad moderna que creció encima. Desde este punto de vista, antes incluso de entrar en sus calles, ya se entiende que Herculano no va a ser solo una visita a unas ruinas, sino un verdadero descenso a la memoria.

La escena es sobrecogedora incluso antes de comprenderla. En la penumbra de estos espacios abovedados, los cuerpos aparecen tal como quedaron en su último instante: tendidos, agrupados, algunos abrazados, otros aislados, todos sorprendidos por una muerte que llegó demasiado rápido.

Nos encontramos en los antiguos almacenes portuarios de Herculano, los fornici, situados junto a la línea de costa romana. Hoy el mar se encuentra más lejos, pero en el año 79 d. C. este era el punto donde la ciudad se abría al Mediterráneo. Aquí acudieron decenas de habitantes buscando una salida. Probablemente esperaban ser evacuados por mar, aferrándose a la última posibilidad de salvación.

Durante siglos se pensó que Herculano había sido evacuada con éxito. A diferencia de Pompeya, apenas aparecían víctimas. Pero el hallazgo, en la década de 1980, de más de doscientos esqueletos en este lugar cambió por completo esa interpretación. La ciudad no había escapado a la tragedia: simplemente había guardado su secreto bajo una capa más profunda.

La posición de los cuerpos habla por sí sola. Algunos conservaban consigo monedas, joyas o pequeños objetos personales, como si en medio del caos hubieran tenido tiempo de elegir qué llevar consigo. Familias enteras se agruparon en estos espacios, intentando protegerse. Pero la llegada de la nube piroclástica fue fulminante. Con temperaturas de varios cientos de grados, la muerte debió de producirse en cuestión de segundos.

Aquí no hay moldes de yeso como en Pompeya. Son los propios huesos los que permanecen, expuestos, reales. Y eso cambia la percepción. No estamos ante una reconstrucción, sino ante la presencia directa de quienes vivieron aquel momento. La tragedia deja de ser un episodio histórico para convertirse en algo inmediato, casi tangible.

Es difícil no detenerse más de lo previsto en este lugar. No por morbo, sino por respeto. Porque entre estos muros no solo terminó una ciudad, sino cientos de historias individuales que nunca llegaron a contarse. Herculano, en este punto, deja de ser arqueología para convertirse en memoria.

Apenas unos metros separan estos restos anónimos de la memoria cuidadosamente construida de la ciudad. Tras dejar atrás el sector portuario, el recorrido asciende hacia este amplio espacio abierto que funciona casi como una antesala monumental de la ciudad. No es una plaza en el sentido tradicional romano, como lo sería el foro, sino una gran terraza artificial que articula la transición entre la zona baja, vinculada al antiguo litoral, y el entramado urbano superior.

Su posición no es casual. Desde aquí, en época romana, la vista se abría directamente al mar, convirtiendo este lugar en un punto privilegiado tanto desde el punto de vista paisajístico como simbólico. La arquitectura refuerza esa idea: muros potentes, estructuras elevadas y un espacio despejado que parece pensado para ser recorrido, contemplado y, sobre todo, mostrado.

La presencia de esculturas y elementos decorativos —hoy fragmentarios— indica que nos encontramos ante un espacio cargado de significado público. No es un lugar doméstico ni comercial, sino un escenario donde la ciudad se representa a sí misma. Aquí se concentraba la memoria oficial, el reconocimiento a quienes habían contribuido al prestigio y desarrollo de Herculano.

Hoy, al recorrer este espacio, resulta fácil percibir esa doble función: por un lado, lugar de paso entre distintos niveles de la ciudad; por otro, escenario de representación, donde arquitectura, paisaje y memoria se combinaban para proyectar una imagen de poder y continuidad.

La figura que domina este espacio no es decorativa. Es un nombre, una historia, un símbolo de lo que significaba el poder local en una ciudad romana como Herculano. Nos encontramos ante Marco Nonio Balbo, uno de los personajes más influyentes de la ciudad en época de Augusto.

Natural de Nuceria, Balbo desarrolló una destacada carrera política que lo llevó a ocupar cargos relevantes dentro de la administración romana, entre ellos el de procónsul de Creta y Cirenaica. Pero fue en Herculano donde dejó una huella especialmente profunda. Actuó como benefactor, financiando obras públicas y contribuyendo al embellecimiento de la ciudad, lo que le valió el reconocimiento de sus habitantes incluso después de su muerte.

La estatua lo representa en actitud solemne, con el brazo alzado en un gesto que puede interpretarse como saludo o como acto de autoridad. La iconografía es claramente oficial: no estamos ante un retrato íntimo, sino ante una imagen construida para proyectar prestigio, dignidad y poder. Es la manera en la que una ciudad romana perpetuaba la memoria de quienes habían contribuido a su desarrollo.

Este homenaje no se limitaba a una sola imagen. Sabemos que Herculano levantó varias estatuas en su honor, distribuidas en distintos puntos clave, creando así una auténtica presencia simbólica dentro del espacio urbano. La memoria de Balbo se integraba en la vida cotidiana de la ciudad, recordando constantemente su papel como protector y benefactor.

Parte de ese programa escultórico puede contemplarse hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, donde se conservan otras representaciones del personaje, entre ellas una estatua togada y una impresionante figura ecuestre que ya tuvimos ocasión de analizar en otra entrada. Allí, fuera de su contexto original, las esculturas adquieren un carácter más museístico; aquí, en cambio, recuperan su sentido pleno: el de formar parte de un paisaje urbano y de una memoria colectiva.

Y es precisamente este contraste el que resulta más sugerente. Tras la visión de los esqueletos en el puerto, donde la muerte se presenta anónima y colectiva, la figura de Balbo introduce la otra cara de la ciudad: la del individuo que aspira a perdurar, a ser recordado, a inscribirse en la historia. Entre ambos extremos —la memoria oficial y la tragedia silenciosa— se mueve la identidad de Herculano.

Si la estatua proyecta la imagen del poder, es aquí, en el pedestal, donde ese poder se convierte en palabra. La inscripción grabada en la piedra no es un simple complemento decorativo: es el documento que fija para siempre la memoria de Marco Nonio Balbo en la historia de Herculano.

Este tipo de textos formaban parte esencial del paisaje urbano romano. No solo identificaban al personaje representado, sino que enumeraban sus méritos, sus cargos y, sobre todo, las razones por las que la ciudad decidía honrarlo públicamente. En el caso de Balbo, la epigrafía confirma lo que ya intuimos por su presencia monumental: su condición de benefactor, su relevancia política y el profundo reconocimiento que le profesaron los habitantes de Herculano.

La piedra, a diferencia de la memoria oral, no olvida. Aquí queda fijado el vínculo entre el individuo y la comunidad, entre la acción política y su recompensa simbólica. Es un lenguaje directo, sin ambigüedades, pensado para ser leído por quienes recorrían este espacio hace dos mil años… y, de algún modo, también por nosotros.

Sobre el pedestal, sin embargo, aparece un elemento que introduce un matiz distinto. Las pequeñas figuras infantiles —a menudo interpretadas como erotes o motivos decorativos de inspiración helenística— suavizan la solemnidad del conjunto. No todo es poder y política: también hay lugar para la estética, para la tradición artística y para ese gusto romano por integrar lo simbólico con lo ornamental.

Este contraste resulta especialmente sugerente en el contexto de Herculano. Tras haber descendido al puerto y contemplado la tragedia de sus habitantes anónimos, aquí la ciudad nos habla de otra forma de permanencia: la del nombre inscrito, la del reconocimiento público, la del recuerdo construido deliberadamente para sobrevivir al tiempo.

Y, sin embargo, ambos mundos —el de los esqueletos y el de las inscripciones— conviven en apenas unos metros. Herculano no es solo la ciudad que el Vesubio destruyó, sino también la ciudad que quiso ser recordada. Y quizá sea ahí, entre piedra y silencio, donde sigue hablándonos

Los Balbi de Herculano: poder, memoria y familia en el MANN

Tras dejar atrás la colección Farnesio, seguimos recorriendo el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles a través de las esculturas procedentes de Herculano. Entre ellas sobresale el conjunto dedicado a la familia de Marcus Nonius Balbus, gran benefactor de la ciudad, cuya memoria quedó perpetuada en varias estatuas que no solo exaltan a un individuo, sino también a todo un linaje.

Lo primero que llama la atención en esta escultura es la sensación de autoridad tranquila. No hay gesto violento ni teatral: el caballo avanza con una elegancia contenida, levantando una de sus patas en un paso casi ceremonial, mientras el jinete alza el brazo en un gesto que no parece tanto militar como cívico, casi de saludo o reconocimiento público. Aquí no estamos ante un general en plena batalla, sino ante un notable local elevado a símbolo político.

Esta estatua representa a Marcus Nonius Balbus padre. Procedente de Nuceria, se estableció en Herculano, donde se convirtió en uno de los grandes benefactores de la ciudad. Su carrera fue notable —tribuno, pretor, procónsul— y su riqueza le permitió financiar importantes construcciones públicas, como la basílica y partes del sistema defensivo .

Este tipo de honores públicos se inscribe dentro de una práctica muy extendida en el mundo romano: el evergetismo, mediante el cual las élites financiaban obras y servicios para la ciudad a cambio de prestigio y reconocimiento duradero. Se colocaban en espacios destacados para recordar permanentemente sus méritos. Es decir, lo que vemos aquí es la materialización de la gratitud colectiva de Herculano.

Hay además un detalle importante que no se percibe a simple vista: la escultura que contemplamos hoy no es completamente original. Fue hallada fragmentada en las excavaciones del siglo XVIII, y partes como la cabeza fueron restauradas posteriormente . Esto introduce un matiz interesante: lo que vemos es, en parte, también una reconstrucción moderna de la memoria romana.

Tras la imagen ecuestre, más monumental y simbólica, esta escultura nos acerca de forma mucho más directa al personaje.

Aquí desaparece el caballo, el gesto amplio, la puesta en escena. Lo que queda es la figura humana, envuelta en la toga, en una actitud contenida, casi introspectiva. El brazo se recoge sobre el pecho mientras la otra mano sostiene lo que probablemente fue un volumen o documento, en una clara alusión a su papel público.

La inscripción, cuidadosamente tallada, no solo identifica al personaje, sino que fija de forma permanente su carrera y su memoria en el espacio público. Marcus Nonius Balbus, pretor y procónsul, uno de los grandes benefactores de Herculano. Es la misma figura que veíamos elevada sobre el caballo, pero aquí presentada de una forma distinta, más cercana a la tradición del retrato romano.

Porque frente a la idealización inherente a la estatua ecuestre, aquí el tratamiento es más sobrio. El rostro, aunque restaurado en parte, transmite una cierta gravedad, una dignidad sin artificios. La toga, con sus pliegues profundos y ordenados, no busca espectacularidad, sino autoridad.


Si en la escultura anterior percibíamos una autoridad serena, aquí la sensación es distinta: todo resulta más juvenil, más idealizado, casi más clásico en el sentido griego del término.

El cuerpo es más atlético, las proporciones más estilizadas y el rostro carece de la dureza o el peso de la experiencia. No estamos ante un hombre que ha construido su prestigio, sino ante alguien que lo hereda y lo representa.

Esta estatua corresponde a Marcus Nonius Balbus hijo, descendiente directo del gran benefactor de Herculano. A diferencia de su padre, su relevancia no radica tanto en una trayectoria política excepcional, sino en su pertenencia a una familia ya consolidada en la élite local. Aun así, desempeñó cargos públicos y recibió honores, lo que explica la presencia de esta escultura ecuestre.

Hay, sin embargo, un detalle fundamental que convierte a esta pieza en especialmente valiosa: es la mejor conservada de las dos.

A diferencia de la del padre, que llegó fragmentada y fue parcialmente reconstruida, esta se encontró en un estado mucho más completo. Eso permite apreciar mejor la concepción original: la tensión controlada del caballo, el equilibrio del conjunto y ese gesto del brazo alzado que, de nuevo, remite más a la esfera pública y ceremonial que a la militar.

Si las esculturas anteriores nos hablaban del poder y del reconocimiento público, aquí el foco se desplaza hacia algo más silencioso, pero igualmente fundamental: el origen de ese prestigio.

La inscripción del pedestal permite identificar a la figura como Vibidia Arachadia, madre de Marcus Nonius Balbus. Con ella, el discurso cambia: ya no estamos ante un magistrado ni ante un benefactor, sino ante una mujer cuya presencia en este conjunto escultórico revela la importancia de la familia como institución en la sociedad romana.  

La figura aparece envuelta en un amplio manto, con la cabeza cubierta en señal de respeto y dignidad. El gesto es contenido, casi recogido, con una mano sobre el pecho que introduce una dimensión más íntima, más doméstica, frente a la exposición pública de las estatuas ecuestres.

Estas esculturas construyen una memoria familiar. La inclusión de Vibidia Arachadia dentro de este programa honorífico sugiere que el prestigio de los Balbi no se entendía únicamente como una acumulación de méritos personales, sino como una continuidad generacional cuidadosamente afirmada en el espacio público.

Ya no vemos solo a un hombre honrado por la ciudad, ni a su heredero, sino a toda una familia proyectándose en el tiempo: desde la figura materna que representa el origen, hasta el nieto que encarna la continuidad.

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