Tras dejar atrás la colección Farnesio, seguimos recorriendo el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles a través de las esculturas procedentes de Herculano. Entre ellas sobresale el conjunto dedicado a la familia de Marcus Nonius Balbus, gran benefactor de la ciudad, cuya memoria quedó perpetuada en varias estatuas que no solo exaltan a un individuo, sino también a todo un linaje.
Lo primero que llama la atención en esta escultura es la sensación de autoridad tranquila. No hay gesto violento ni teatral: el caballo avanza con una elegancia contenida, levantando una de sus patas en un paso casi ceremonial, mientras el jinete alza el brazo en un gesto que no parece tanto militar como cívico, casi de saludo o reconocimiento público. Aquí no estamos ante un general en plena batalla, sino ante un notable local elevado a símbolo político.
Esta estatua representa a Marcus Nonius Balbus padre. Procedente de Nuceria, se estableció en Herculano, donde se convirtió en uno de los grandes benefactores de la ciudad. Su carrera fue notable —tribuno, pretor, procónsul— y su riqueza le permitió financiar importantes construcciones públicas, como la basílica y partes del sistema defensivo .
Este tipo de honores públicos se inscribe dentro de una práctica muy extendida en el mundo romano: el evergetismo, mediante el cual las élites financiaban obras y servicios para la ciudad a cambio de prestigio y reconocimiento duradero. Se colocaban en espacios destacados para recordar permanentemente sus méritos. Es decir, lo que vemos aquí es la materialización de la gratitud colectiva de Herculano.
Hay además un detalle importante que no se percibe a simple vista: la escultura que contemplamos hoy no es completamente original. Fue hallada fragmentada en las excavaciones del siglo XVIII, y partes como la cabeza fueron restauradas posteriormente . Esto introduce un matiz interesante: lo que vemos es, en parte, también una reconstrucción moderna de la memoria romana.
Tras la imagen ecuestre, más monumental y simbólica, esta escultura nos acerca de forma mucho más directa al personaje.
Aquí desaparece el caballo, el gesto amplio, la puesta en escena. Lo que queda es la figura humana, envuelta en la toga, en una actitud contenida, casi introspectiva. El brazo se recoge sobre el pecho mientras la otra mano sostiene lo que probablemente fue un volumen o documento, en una clara alusión a su papel público.
La inscripción, cuidadosamente tallada, no solo identifica al personaje, sino que fija de forma permanente su carrera y su memoria en el espacio público. Marcus Nonius Balbus, pretor y procónsul, uno de los grandes benefactores de Herculano. Es la misma figura que veíamos elevada sobre el caballo, pero aquí presentada de una forma distinta, más cercana a la tradición del retrato romano.
Porque frente a la idealización inherente a la estatua ecuestre, aquí el tratamiento es más sobrio. El rostro, aunque restaurado en parte, transmite una cierta gravedad, una dignidad sin artificios. La toga, con sus pliegues profundos y ordenados, no busca espectacularidad, sino autoridad.
Si en la escultura anterior percibíamos una autoridad serena, aquí la sensación es distinta: todo resulta más juvenil, más idealizado, casi más clásico en el sentido griego del término.
El cuerpo es más atlético, las proporciones más estilizadas y el rostro carece de la dureza o el peso de la experiencia. No estamos ante un hombre que ha construido su prestigio, sino ante alguien que lo hereda y lo representa.
Esta estatua corresponde a Marcus Nonius Balbus hijo, descendiente directo del gran benefactor de Herculano. A diferencia de su padre, su relevancia no radica tanto en una trayectoria política excepcional, sino en su pertenencia a una familia ya consolidada en la élite local. Aun así, desempeñó cargos públicos y recibió honores, lo que explica la presencia de esta escultura ecuestre.
Hay, sin embargo, un detalle fundamental que convierte a esta pieza en especialmente valiosa: es la mejor conservada de las dos.
A diferencia de la del padre, que llegó fragmentada y fue parcialmente reconstruida, esta se encontró en un estado mucho más completo. Eso permite apreciar mejor la concepción original: la tensión controlada del caballo, el equilibrio del conjunto y ese gesto del brazo alzado que, de nuevo, remite más a la esfera pública y ceremonial que a la militar.
Si las esculturas anteriores nos hablaban del poder y del reconocimiento público, aquí el foco se desplaza hacia algo más silencioso, pero igualmente fundamental: el origen de ese prestigio.
La inscripción del pedestal permite identificar a la figura como Vibidia Arachadia, madre de Marcus Nonius Balbus. Con ella, el discurso cambia: ya no estamos ante un magistrado ni ante un benefactor, sino ante una mujer cuya presencia en este conjunto escultórico revela la importancia de la familia como institución en la sociedad romana.
La figura aparece envuelta en un amplio manto, con la cabeza cubierta en señal de respeto y dignidad. El gesto es contenido, casi recogido, con una mano sobre el pecho que introduce una dimensión más íntima, más doméstica, frente a la exposición pública de las estatuas ecuestres.
Estas esculturas construyen una memoria familiar. La inclusión de Vibidia Arachadia dentro de este programa honorífico sugiere que el prestigio de los Balbi no se entendía únicamente como una acumulación de méritos personales, sino como una continuidad generacional cuidadosamente afirmada en el espacio público.
Ya no vemos solo a un hombre honrado por la ciudad, ni a su heredero, sino a toda una familia proyectándose en el tiempo: desde la figura materna que representa el origen, hasta el nieto que encarna la continuidad.




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