Herculano I: la ciudad detenida bajo el Vesubio


 La visita a Herculano comienza casi con una sorpresa. Desde este mirador, la antigua ciudad aparece hundida varios metros por debajo de la cota de la población moderna, como si el tiempo hubiese quedado atrapado en una hondonada al pie del Vesubio. A primera vista no impresiona por su extensión, como ocurre en Pompeya, sino por otra cosa aún más poderosa: por la sensación de cercanía. Herculano parece menos una ruina y más una ciudad detenida de forma brusca, conservada bajo la lava y el barro endurecido de la erupción del año 79 d. C.

Según la tradición, su origen se vinculaba a Hércules, de quien tomaría el nombre. En época romana fue una ciudad más pequeña que Pompeya, pero también más acomodada, con un carácter residencial muy marcado y una estrecha relación con el mar. Sus villas, sus terrazas panorámicas y la calidad de muchas de sus decoraciones revelan un núcleo urbano refinado, habitado por familias de cierto nivel social que buscaban aquí una vida cómoda, entre negocios, otium y vistas al golfo de Nápoles.

La imagen permite entender además una de las grandes singularidades del yacimiento. Lo que vemos no son solo muros aislados, sino un entramado urbano reconocible, con edificios de varias alturas, fachadas, terrazas, patios y espacios públicos que todavía conservan una notable volumetría. En Herculano, la violencia de la erupción fue también, paradójicamente, la causa de su excepcional conservación: el flujo piroclástico selló la ciudad bajo una enorme masa de materiales volcánicos, preservando no solo piedra y ladrillo, sino también elementos orgánicos que en otros yacimientos desaparecieron.

En la parte baja de la fotografía se distinguen los arcos del sector portuario, los célebres fornici donde aparecieron decenas de esqueletos de habitantes que intentaron refugiarse junto al mar. Sobre ellos se eleva la gran plataforma urbana, con edificios de muros robustos, cubiertas restituidas y espacios abiertos que ayudan a imaginar la fisonomía original de la ciudad. A la derecha destaca además un amplio espacio monumental presidido por una estatua, anticipo de la zona vinculada a Marco Nonio Balbo, uno de los personajes más importantes de la Herculano romana.

También resulta muy elocuente el contraste entre la ciudad antigua y la moderna. Al fondo, las casas actuales de Ercolano se asoman literalmente sobre el borde de la excavación, recordándonos que la ciudad romana permaneció sepultada durante siglos bajo el tejido urbano posterior. Esa superposición de épocas convierte la contemplación del yacimiento en algo especialmente emocionante: abajo, la vida interrumpida del siglo I; arriba, la continuidad de una ciudad que siguió existiendo sin sospechar del todo lo que dormía bajo sus pies.

Y quizá sea eso lo que hace tan especial a Herculano desde la primera mirada. No se presenta solo como un conjunto arqueológico, sino como una frontera visible entre dos mundos: el de la ciudad romana que el Vesubio inmovilizó para siempre y el de la ciudad moderna que creció encima. Desde este punto de vista, antes incluso de entrar en sus calles, ya se entiende que Herculano no va a ser solo una visita a unas ruinas, sino un verdadero descenso a la memoria.

La escena es sobrecogedora incluso antes de comprenderla. En la penumbra de estos espacios abovedados, los cuerpos aparecen tal como quedaron en su último instante: tendidos, agrupados, algunos abrazados, otros aislados, todos sorprendidos por una muerte que llegó demasiado rápido.

Nos encontramos en los antiguos almacenes portuarios de Herculano, los fornici, situados junto a la línea de costa romana. Hoy el mar se encuentra más lejos, pero en el año 79 d. C. este era el punto donde la ciudad se abría al Mediterráneo. Aquí acudieron decenas de habitantes buscando una salida. Probablemente esperaban ser evacuados por mar, aferrándose a la última posibilidad de salvación.

Durante siglos se pensó que Herculano había sido evacuada con éxito. A diferencia de Pompeya, apenas aparecían víctimas. Pero el hallazgo, en la década de 1980, de más de doscientos esqueletos en este lugar cambió por completo esa interpretación. La ciudad no había escapado a la tragedia: simplemente había guardado su secreto bajo una capa más profunda.

La posición de los cuerpos habla por sí sola. Algunos conservaban consigo monedas, joyas o pequeños objetos personales, como si en medio del caos hubieran tenido tiempo de elegir qué llevar consigo. Familias enteras se agruparon en estos espacios, intentando protegerse. Pero la llegada de la nube piroclástica fue fulminante. Con temperaturas de varios cientos de grados, la muerte debió de producirse en cuestión de segundos.

Aquí no hay moldes de yeso como en Pompeya. Son los propios huesos los que permanecen, expuestos, reales. Y eso cambia la percepción. No estamos ante una reconstrucción, sino ante la presencia directa de quienes vivieron aquel momento. La tragedia deja de ser un episodio histórico para convertirse en algo inmediato, casi tangible.

Es difícil no detenerse más de lo previsto en este lugar. No por morbo, sino por respeto. Porque entre estos muros no solo terminó una ciudad, sino cientos de historias individuales que nunca llegaron a contarse. Herculano, en este punto, deja de ser arqueología para convertirse en memoria.

Apenas unos metros separan estos restos anónimos de la memoria cuidadosamente construida de la ciudad. Tras dejar atrás el sector portuario, el recorrido asciende hacia este amplio espacio abierto que funciona casi como una antesala monumental de la ciudad. No es una plaza en el sentido tradicional romano, como lo sería el foro, sino una gran terraza artificial que articula la transición entre la zona baja, vinculada al antiguo litoral, y el entramado urbano superior.

Su posición no es casual. Desde aquí, en época romana, la vista se abría directamente al mar, convirtiendo este lugar en un punto privilegiado tanto desde el punto de vista paisajístico como simbólico. La arquitectura refuerza esa idea: muros potentes, estructuras elevadas y un espacio despejado que parece pensado para ser recorrido, contemplado y, sobre todo, mostrado.

La presencia de esculturas y elementos decorativos —hoy fragmentarios— indica que nos encontramos ante un espacio cargado de significado público. No es un lugar doméstico ni comercial, sino un escenario donde la ciudad se representa a sí misma. Aquí se concentraba la memoria oficial, el reconocimiento a quienes habían contribuido al prestigio y desarrollo de Herculano.

Hoy, al recorrer este espacio, resulta fácil percibir esa doble función: por un lado, lugar de paso entre distintos niveles de la ciudad; por otro, escenario de representación, donde arquitectura, paisaje y memoria se combinaban para proyectar una imagen de poder y continuidad.

La figura que domina este espacio no es decorativa. Es un nombre, una historia, un símbolo de lo que significaba el poder local en una ciudad romana como Herculano. Nos encontramos ante Marco Nonio Balbo, uno de los personajes más influyentes de la ciudad en época de Augusto.

Natural de Nuceria, Balbo desarrolló una destacada carrera política que lo llevó a ocupar cargos relevantes dentro de la administración romana, entre ellos el de procónsul de Creta y Cirenaica. Pero fue en Herculano donde dejó una huella especialmente profunda. Actuó como benefactor, financiando obras públicas y contribuyendo al embellecimiento de la ciudad, lo que le valió el reconocimiento de sus habitantes incluso después de su muerte.

La estatua lo representa en actitud solemne, con el brazo alzado en un gesto que puede interpretarse como saludo o como acto de autoridad. La iconografía es claramente oficial: no estamos ante un retrato íntimo, sino ante una imagen construida para proyectar prestigio, dignidad y poder. Es la manera en la que una ciudad romana perpetuaba la memoria de quienes habían contribuido a su desarrollo.

Este homenaje no se limitaba a una sola imagen. Sabemos que Herculano levantó varias estatuas en su honor, distribuidas en distintos puntos clave, creando así una auténtica presencia simbólica dentro del espacio urbano. La memoria de Balbo se integraba en la vida cotidiana de la ciudad, recordando constantemente su papel como protector y benefactor.

Parte de ese programa escultórico puede contemplarse hoy en el Museo Arqueológico Nacional de Nápoles, donde se conservan otras representaciones del personaje, entre ellas una estatua togada y una impresionante figura ecuestre que ya tuvimos ocasión de analizar en otra entrada. Allí, fuera de su contexto original, las esculturas adquieren un carácter más museístico; aquí, en cambio, recuperan su sentido pleno: el de formar parte de un paisaje urbano y de una memoria colectiva.

Y es precisamente este contraste el que resulta más sugerente. Tras la visión de los esqueletos en el puerto, donde la muerte se presenta anónima y colectiva, la figura de Balbo introduce la otra cara de la ciudad: la del individuo que aspira a perdurar, a ser recordado, a inscribirse en la historia. Entre ambos extremos —la memoria oficial y la tragedia silenciosa— se mueve la identidad de Herculano.

Si la estatua proyecta la imagen del poder, es aquí, en el pedestal, donde ese poder se convierte en palabra. La inscripción grabada en la piedra no es un simple complemento decorativo: es el documento que fija para siempre la memoria de Marco Nonio Balbo en la historia de Herculano.

Este tipo de textos formaban parte esencial del paisaje urbano romano. No solo identificaban al personaje representado, sino que enumeraban sus méritos, sus cargos y, sobre todo, las razones por las que la ciudad decidía honrarlo públicamente. En el caso de Balbo, la epigrafía confirma lo que ya intuimos por su presencia monumental: su condición de benefactor, su relevancia política y el profundo reconocimiento que le profesaron los habitantes de Herculano.

La piedra, a diferencia de la memoria oral, no olvida. Aquí queda fijado el vínculo entre el individuo y la comunidad, entre la acción política y su recompensa simbólica. Es un lenguaje directo, sin ambigüedades, pensado para ser leído por quienes recorrían este espacio hace dos mil años… y, de algún modo, también por nosotros.

Sobre el pedestal, sin embargo, aparece un elemento que introduce un matiz distinto. Las pequeñas figuras infantiles —a menudo interpretadas como erotes o motivos decorativos de inspiración helenística— suavizan la solemnidad del conjunto. No todo es poder y política: también hay lugar para la estética, para la tradición artística y para ese gusto romano por integrar lo simbólico con lo ornamental.

Este contraste resulta especialmente sugerente en el contexto de Herculano. Tras haber descendido al puerto y contemplado la tragedia de sus habitantes anónimos, aquí la ciudad nos habla de otra forma de permanencia: la del nombre inscrito, la del reconocimiento público, la del recuerdo construido deliberadamente para sobrevivir al tiempo.

Y, sin embargo, ambos mundos —el de los esqueletos y el de las inscripciones— conviven en apenas unos metros. Herculano no es solo la ciudad que el Vesubio destruyó, sino también la ciudad que quiso ser recordada. Y quizá sea ahí, entre piedra y silencio, donde sigue hablándonos

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