La caída de Babilonia: el triunfo de Asurbanipal y el destino de los vencidos



 El relieve procede del Palacio Norte de Nínive y fue realizado hacia 645-640 a. C., pocos años después de los acontecimientos que conmemoraba. Como en los paneles anteriores, la pared palaciega convertía la historia reciente en una narración visual destinada a proclamar la victoria del rey asirio.

El origen del conflicto se remontaba a la sucesión de Asarhaddón, padre de ambos. Para evitar una disputa dinástica, el monarca había dispuesto que Asurbanipal heredase el trono de Asiria, mientras su otro hijo, Shamash-shum-ukin, gobernaría Babilonia. La solución pretendía mantener unido el imperio mediante un reparto de responsabilidades, aunque encerraba una evidente desigualdad: Babilonia conservaba un enorme prestigio religioso y cultural, pero su rey continuaba subordinado políticamente al soberano asirio.

Durante algunos años ambos hermanos mantuvieron una convivencia aparentemente estable. Sin embargo, hacia 652 a. C., Shamash-shum-ukin encabezó una gran rebelión contra Asurbanipal y buscó el apoyo de diferentes enemigos de Asiria, entre ellos grupos caldeos y arameos, poblaciones árabes y sectores de Elam. Lo que podía haber parecido una crisis regional se convirtió así en una auténtica guerra civil dentro de la familia real, extendida por buena parte de Mesopotamia.

La respuesta de Asurbanipal fue implacable. Después de varios años de combates, el ejército asirio cercó Babilonia y la sometió a un prolongado asedio. Las fuentes describen una situación de hambre extrema dentro de la ciudad. Finalmente, en 648 a. C., Shamash-shum-ukin murió —las circunstancias exactas continúan siendo discutidas— y Babilonia abrió sus puertas. Los bienes del palacio fueron confiscados, los responsables de la rebelión castigados y numerosos habitantes conducidos al cautiverio.

El panel no representa el momento dramático del asedio ni la muerte del hermano rebelde. La acción comienza cuando la victoria ya ha sido consumada y Asurbanipal inspecciona sus consecuencias. La composición principal se organiza en cuatro franjas horizontales, aunque la figura del rey aparece solamente a la derecha de las dos centrales. Esa repetición no significa que se encuentre en dos lugares al mismo tiempo: permite reunir en una única imagen dos momentos sucesivos de la inspección real.

El relieve fue concebido como una proclamación del restablecimiento del orden. Sin embargo, detrás de esa imagen oficial se encontraba una historia especialmente amarga: la de dos hermanos convertidos en enemigos y la de una de las grandes ciudades de Mesopotamia castigada por haber tomado partido por uno de ellos. En las siguientes imágenes recorreremos por separado sus cuatro episodios, comenzando por el asedio elamita de la parte superior y descendiendo después hasta la procesión final de soldados, cautivos y mujeres del palacio.

Estas recreaciónes han sido coloreadas solo con finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

En la parte superior del panel abandonamos por un momento Babilonia y nos trasladamos a Elam, uno de los principales aliados de Shamash-shum-ukin durante su rebelión contra Asurbanipal. Conviene señalar, sin embargo, que esta pequeña franja pertenece a una escena distinta de las tres que componen la inspección del botín babilónico. Su colocación encima de ellas permite relacionar visualmente ambos conflictos, pero no debemos leerla como el primer registro de una secuencia continua.

A pesar de su estado fragmentario, todavía podemos reconocer el ataque contra una ciudad elamita fortificada. Las construcciones se disponen en diferentes alturas, adaptándose a un paisaje recorrido por canales y poblado de palmeras. Como sucede en otros relieves asirios, no se intenta reproducir una perspectiva realista: edificios, soldados y elementos naturales se distribuyen de manera que puedan contemplarse simultáneamente las distintas acciones del asalto.

En la zona mejor conservada, los soldados asirios penetran en la ciudad y comienzan su saqueo. Algunos avanzan entre los edificios, mientras otros parecen transportar objetos arrebatados a sus habitantes. No vemos ya solamente una fortaleza resistiendo desde sus murallas, como en el relieve egipcio anterior, sino una población cuyas defensas han sido superadas y cuyo espacio urbano está siendo ocupado por los vencedores.

Las llamas que brotan de varias construcciones son uno de los detalles más expresivos de la escena. El fuego aparece representado mediante lenguas ondulantes que se elevan sobre los tejados y descienden por las fachadas. Nuestra recreación coloreada permite distinguirlas con mayor facilidad, pero incluso en la piedra desnuda su repetición deja claro que la destrucción no es accidental: los soldados están incendiando deliberadamente la ciudad después de conquistarla.

El paisaje contribuye a situar la acción. Las palmeras y los cursos de agua evocan las llanuras irrigadas de Elam y de la Baja Mesopotamia, donde ciudades, cultivos y comunicaciones dependían de una compleja red de ríos y canales. El agua aparece poblada de peces, uno de los recursos habituales empleados por los escultores asirios para indicar que nos encontramos ante una corriente fluvial. Junto a ella se distinguen también formas vegetales que sugieren terrenos húmedos o pantanosos.

Esa combinación resulta especialmente intensa: mientras el agua continúa circulando y las palmeras permanecen en pie, las construcciones levantadas por sus habitantes son entregadas al fuego. El paisaje no actúa como un simple fondo decorativo, sino como el escenario vivo en el que se desarrolla la conquista. También permite representar la amplitud del ataque: los soldados avanzan entre edificios, canales y vegetación, como si ningún rincón del territorio pudiera servir de refugio.

No podemos identificar con seguridad la población representada. La ficha del British Museum habla prudentemente de una ciudad elamita capturada y saqueada, sin asignarle un nombre concreto. Por ello, sería mejor no confundir esta franja con el relieve de Hamanu que comentamos anteriormente, aunque ambos pertenezcan a las campañas de Asurbanipal contra Elam y compartan motivos semejantes: la entrada de los soldados, el traslado del botín y la destrucción mediante el fuego.

La escena servía, en último término, para mostrar el destino reservado a quienes habían colaborado con el hermano rebelde. Elam había proporcionado apoyo militar y político a Shamash-shum-ukin; una vez sometida Babilonia, Asurbanipal emprendió nuevas campañas contra sus antiguos aliados. La pequeña franja superior amplía así el escenario de la guerra: la rebelión no terminó a las puertas de Babilonia, sino que su violencia se extendió también hacia las ciudades elamitas.

Aunque apenas se conserva una parte, el mensaje continúa siendo perfectamente reconocible. Los hombres avanzan, los bienes son retirados y las llamas ascienden sobre las casas. Para la propaganda real era una nueva demostración del poder de Asurbanipal; para quienes habitaban aquella ciudad, significaba la pérdida de cuanto hasta entonces había formado su mundo. Antes de descender hacia las insignias y riquezas de Babilonia, el relieve nos deja contemplando otra ciudad vencida que comienza a desaparecer entre el fuego. La ficha del British Museum identifica el conjunto principal con la inspección del botín tras la caída de Babilonia y la franja superior con el saqueo de una ciudad de Elam.

Esta segunda franja nos devuelve a las consecuencias de la caída de Babilonia en 648 a. C.. El combate ha terminado y los soldados asirios transportan aquello que simbolizaba la autoridad de Shamash-shum-ukin. La ficha del British Museum identifica el conjunto como el botín capturado tras la derrota del hermano de Asurbanipal y destaca, en esta zona superior, la entrega de la corona y las insignias reales de Babilonia. No son simples objetos valiosos: representan el poder político del monarca vencido.

La escena avanza entre palmeras y cursos de agua, dentro del característico paisaje de la Baja Mesopotamia. Los soldados caminan ordenadamente, llevando sobre los hombros grandes objetos ceremoniales. Algunos parecen rematados por medias lunas, discos u otras formas simbólicas. No siempre resulta posible identificar cada uno con precisión, pero el conjunto incluye las insignias vinculadas a la dignidad de Shamash-shum-ukin: emblemas que antes lo distinguían como rey y que ahora son trasladados como trofeos ante su vencedor.

El relieve convierte así la caída de Babilonia en una especie de desposesión pública. Shamash-shum-ukin no aparece en ninguna parte; solo contemplamos los objetos que acreditaban su condición real. Esta ausencia resulta especialmente significativa. Asurbanipal evita representar directamente la muerte de su hermano —un asunto incómodo dentro de la propia familia real—, pero muestra su corona y sus insignias en manos de soldados asirios. El monarca derrotado desaparece de la narración y su antigua autoridad queda reducida a botín.

Los portadores no avanzan de manera desordenada. Sus cuerpos, orientados en una misma dirección, forman una comitiva que conduce nuestra mirada hacia la parte derecha del panel, donde aparecerá Asurbanipal. Como en tantos relieves palaciegos, la marcha expresa también una relación de poder: todos los caminos, todos los prisioneros y todos los objetos capturados terminan llegando ante el rey de Asiria.

Bajo la procesión se extiende un curso de agua señalado mediante líneas onduladas y poblado de peces. Sin embargo, lo que aparece en él no constituye una segunda vía para trasladar ordenadamente el botín. Entre las ondas flotan los restos violentos de la derrota: un carro elamita, caballos y el cuerpo desnudo de un enemigo. La corriente se convierte así en el escenario posterior a la batalla, donde los despojos humanos, animales y materiales permanecen mezclados con la vida habitual del río.

El contraste con la marcha de la orilla resulta muy expresivo. Arriba, los soldados asirios avanzan de manera organizada transportando las insignias y posesiones capturadas; abajo, el agua conserva el desorden dejado por la guerra. Frente a la disciplina de los vencedores, el carro inutilizado, los animales y el cadáver resumen la destrucción sufrida por sus enemigos.

La presencia constante de palmeras, peces y corrientes de agua sitúa la escena en un territorio perfectamente reconocible para el espectador asirio. Frente a las montañas y bosques que caracterizan otras campañas, aquí domina un mundo llano, irrigado y atravesado por canales. Es el paisaje de Babilonia, pero también un paisaje sometido.

Para Asurbanipal, aquella entrega proclamaba que el orden había sido restablecido. Pero existe algo profundamente amargo en la imagen: los dos hermanos habían recibido sus respectivas coronas por decisión de su padre y, años después, una de ellas era conducida como trofeo ante el otro. Shamash-shum-ukin ya no está; lo único que queda de él en el relieve son los emblemas de una realeza extinguida, transportados entre las palmeras y los canales de Babilonia. La ficha del British Museum identifica el panel con la presentación del botín obtenido tras la caída de la ciudad.

Esta tercera franja constituye el verdadero centro visual y político de todo el relieve. Si en las escenas anteriores veíamos los símbolos de la realeza babilónica convertidos en botín, ahora asistimos al momento en que las consecuencias de la victoria son presentadas ante Asurbanipal. El rey ocupa la parte derecha, elevado sobre su carro y rodeado por soldados y servidores; desde la izquierda llegan los vencidos, los animales capturados y el resultado del inventario realizado tras la caída de Babilonia. Toda la composición converge hacia él.

La figura de Asurbanipal se encuentra de pie sobre el carro, bajo el parasol real, mirando hacia quienes se aproximan. Delante de él aparece el auriga, encargado de controlar los caballos, y detrás, el servidor que sostiene el parasol. Junto a una de las ruedas se distingue además un hombre sujetando uno de sus radios, mientras otros cortesanos portan abanicos o espantamoscas. El rey no realiza ninguna acción: contempla, recibe y juzga. Su inmovilidad contrasta con el movimiento de todos los demás.

El gran caballo, magníficamente trabajado, es uno de los elementos más espectaculares del panel. Su cuerpo ocupa una extensión mucho mayor que la propia figura del monarca y conserva con extraordinaria delicadeza los detalles de la cabeza, la musculatura y el arnés. No forma parte del botín —como podría parecer al contemplar aisladamente el recorte—, sino del tiro del carro real de Asurbanipal. El escultor engrandeció así el vehículo desde el que el soberano inspeccionaba la escena, convirtiéndolo en una especie de plataforma elevada sobre hombres, armas y prisioneros.

Ante el carro se despliega una barrera de seis soldados asirios. Los dos primeros portan grandes escudos redondos, mientras los demás sostienen lanzas y protegen el acceso al monarca. No parecen combatir: forman una escolta ceremonial que separa físicamente al rey de los extranjeros arrodillados ante él. La repetición de escudos, lanzas y cuerpos refuerza la impresión de orden y disciplina, pero también recuerda que aquel homenaje se desarrolla bajo la presencia intimidatoria del ejército vencedor.

Frente a ellos aparecen cuatro extranjeros. Uno parece levantar las manos en actitud de súplica, mientras los demás se inclinan o realizan gestos de homenaje. Su escala es menor y su posición más baja que la del soberano: Asurbanipal los contempla literalmente desde arriba. El relieve utiliza así la disposición espacial para expresar una jerarquía política. A la derecha se eleva el rey protegido por su ejército; a la izquierda, los sometidos deben aproximarse desarmados y reconocer su autoridad.

La identificación de estos cuatro personajes no es completamente segura. John Reade propuso que podrían ser el rey elamita Tammaritu II, los dirigentes árabes Abī-Yate y Aya-ammu, y el rey Natnu. Sin embargo, no existe ningún texto que afirme que los cuatro comparecieran juntos ante Asurbanipal después de la caída de Babilonia. Incluso es posible que el escultor reuniera en una sola composición varios actos de sumisión ocurridos en fechas y lugares diferentes. Por ello, conviene presentarlos prudentemente como cuatro extranjeros que suplican o rinden homenaje, sin convertir sus nombres propuestos en identificaciones definitivas. Novotny y Watanabe analizan estas dudas en su estudio del relieve.

En la mitad izquierda de la franja, varios soldados conducen los caballos capturados, integrados en la larga procesión del botín arrebatado tras la caída de Babilonia. Los animales aparecen entre palmeras, sujetos por las riendas y encaminados hacia el lugar donde se realiza el recuento. Caballos, carros, armas, objetos preciosos y personal palaciego no constituyen elementos aislados: forman parte de la apropiación sistemática de todo cuanto había sostenido material y simbólicamente el poder de Shamash-shum-ukin.

Al final de este grupo aparecen dos escribas realizando sobre el terreno el inventario de lo capturado. Podemos reconocerlos con claridad: son las dos figuras de larga túnica situadas a la derecha de los montones. Uno parece registrar la información sobre una tablilla de arcilla, probablemente en escritura cuneiforme; el otro utiliza un soporte flexible, asociado habitualmente a la escritura aramea. La presencia simultánea de ambos refleja la diversidad de lenguas y soportes empleados por la administración asiria.

Ante ellos se acumulan dos conjuntos muy diferentes. Uno está compuesto por arcos y carcajes, cuidadosamente apilados como armamento confiscado; el otro está formado por cabezas cortadas de enemigos. Unos y otras son contabilizados: las armas permiten evaluar la capacidad militar destruida y las cabezas certifican el número de adversarios muertos. La conquista no concluía con la batalla; después llegaba una minuciosa operación administrativa destinada a contar y clasificar personas, animales, armas y bienes. La escritura transformaba la violencia de la guerra en cifras e inventarios.

Las palmeras y el terreno ligeramente ondulado sitúan nuevamente la acción en el paisaje de la Baja Mesopotamia. No obstante, la escena probablemente no reproduce un único acontecimiento contemplado por un testigo. Combina el traslado del botín, su recuento, la comparecencia de los extranjeros y la inspección real para crear una imagen total de la victoria. El relieve no intenta decirnos exactamente dónde se encontraba cada persona, sino mostrar que todo terminaba sometido a la mirada de Asurbanipal.

La recreación coloreada ayuda mucho a comprender esa organización. El gran caballo y el carro establecen el núcleo visual de la derecha; los escudos separan al rey de quienes le rinden homenaje; y, a la izquierda, los escribas, las armas y los caballos revelan la dimensión administrativa y material de la conquista. Lo que parecía una multitud confusa se convierte en una composición rigurosamente ordenada: los extranjeros suplican, los soldados custodian, los escribas cuentan y el rey contempla.

Esta franja resume de manera extraordinaria el funcionamiento del Imperio asirio. La victoria no dependía solamente de quienes combatían: necesitaba oficiales que organizaran el botín, escribas que lo registraran, soldados que custodiaran a los sometidos y una imagen final capaz de atribuir todo el éxito al soberano. Asurbanipal permanece inmóvil en su carro, pero todo cuanto lo rodea existe para proclamar su autoridad. Ante él se acumulan armas, caballos y cabezas humanas; a sus pies se inclinan los vencidos. La guerra ha terminado y comienza la contabilidad de la victoria.


En la parte superior de esta franja, justo por encima del caballo y carruaje, se puede leer una inscripción que refleja este momento:

«Yo, Asurbanipal, rey del universo, rey de Asiria, que por orden de los grandes dioses alcancé los deseos de mi corazón. Hicieron desfilar ante mí las vestiduras y joyas, las insignias reales de Shamash-shum-ukin, el hermano traidor; las mujeres de su palacio, sus cortesanos, sus tropas de combate, un carro, un carruaje procesional —vehículo de su majestad—, todo cuanto se encontraba en su palacio y personas —hombres y mujeres, jóvenes y ancianos—».

La franja inferior cierra el relato con una escena menos solemne, pero quizá más humana y dolorosa que las anteriores. Ya no contemplamos a Asurbanipal en su carro, las insignias arrebatadas a su hermano ni el inventario de las riquezas del palacio. Aquí aparece una larga procesión de prisioneros, todos obligados a avanzar en una misma dirección después de la caída de Babilonia. Son las personas que formaban parte de aquel mundo derrotado.

Entre los cautivos destacan numerosas mujeres con vestidos largos, algunas de las cuales transportan sacos, recipientes, fardos y otras pertenencias. La inscripción del propio relieve menciona expresamente a «las mujeres de su palacio» entre todo aquello que fue presentado ante Asurbanipal. Por ello, es probable que varias de estas figuras pertenecieran a la casa de Shamash-shum-ukin: mujeres que habían vivido o trabajado en el palacio y que ahora eran conducidas al cautiverio junto con los bienes que habían logrado llevar consigo.

No todas las cargas tienen que entenderse como parte del botín oficial. Algunas parecen más bien pertenencias personales, objetos apresuradamente reunidos antes de abandonar la ciudad. El escultor no nos permite conocer sus historias individuales, pero esos pequeños bultos introducen una dimensión cotidiana en la escena. Frente a las coronas, sellos, carros y caballos de las franjas superiores, aquí aparecen las modestas posesiones de quienes han perdido su hogar.

Entre las mujeres se distinguen también figuras masculinas, aunque el deterioro y la superposición de los cuerpos dificultan precisar la condición de cada una. Los textos de Asurbanipal hablan de los cortesanos y soldados de su hermano, pero también de hombres y mujeres, jóvenes y ancianos. El relieve parece querer mostrar precisamente esa amplitud: no asistimos al traslado de un único grupo social, sino al vaciamiento de la casa real y, probablemente, de una parte de la población vinculada a ella.

Los soldados asirios se intercalan en la procesión y controlan su avance. Podemos reconocerlos por sus armas, sus túnicas más cortas y su posición dentro de la marcha. No necesitan recurrir a gestos especialmente violentos: su sola presencia basta para dejar claro que aquellas personas no se desplazan libremente. La repetición de los cuerpos y el movimiento uniforme convierten a los cautivos en una masa ordenada bajo la vigilancia de los vencedores.

La escena conserva el mismo paisaje de palmeras que acompaña al resto del panel. Sin embargo, aquí adquieren un significado distinto. Antes servían para situar el transporte del botín por las tierras de la Baja Mesopotamia; ahora jalonan el camino recorrido por quienes abandonan Babilonia. Los árboles permanecen en su lugar mientras las personas pasan ante ellos, alejándose de la ciudad y de cuanto había formado parte de sus vidas.

La mitad izquierda permite contemplar el verdadero comienzo de la procesión. La marcha no está formada únicamente por cautivos: junto a ellos avanzan numerosos caballos y dos carros arrebatados al palacio babilónico, conducidos por soldados asirios. Personas, animales y vehículos se integran en una misma corriente que avanza hacia la derecha. Todo cuanto había pertenecido al mundo de Shamash-shum-ukin es trasladado y presentado como prueba de su derrota.

Los dos carros aparecen separados por un grupo de cinco prisioneros. El primero, situado más cerca de la continuación de la escena, es arrastrado por dos soldados asirios y lleva depositado sobre su caja un gran escudo redondo, representado de perfil. Tras él, un soldado conduce además dos caballos. Más hacia la izquierda aparece el segundo carro, sobre el que se distingue un curioso objeto triangular. Su identificación continúa siendo incierta, por lo que conviene no convertirlo en una tienda, un estandarte o una parte del vehículo, aunque su forma invite a buscarle una explicación.

Estos vehículos no deben interpretarse como simples medios utilizados para transportar a los prisioneros. Forman parte del propio botín: la inscripción grabada en el relieve menciona expresamente un carro y un carruaje procesional, «vehículo de su majestad», entre los bienes de Shamash-shum-ukin presentados ante Asurbanipal. Los textos relativos a la conquista enumeran también los tiros de caballos del palacio. Al apoderarse de ellos, el vencedor no confiscaba únicamente objetos valiosos, sino también los medios mediante los cuales el rey de Babilonia se desplazaba y se mostraba públicamente como soberano.

La abundancia de caballos y carros confiere a esta mitad un movimiento mucho más agitado que el de la derecha. Allí domina la marcha compacta de los cautivos; aquí, las patas y cabezas de los animales, las ruedas, los arneses y las figuras que sujetan las riendas se superponen hasta llenar casi por completo el espacio. Sin embargo, todos avanzan en la misma dirección. El escultor convierte esa variedad en una única procesión ordenada por los soldados asirios: primero se desmantelan los símbolos y recursos del palacio; después, sus antiguos habitantes son conducidos fuera de Babilonia.

La disposición de las cuatro franjas construye así una progresión implacable. Arriba son retirados los símbolos del poder de Shamash-shum-ukin; en el centro, las armas, los animales y las cabezas de los enemigos son contabilizados ante Asurbanipal; abajo, los supervivientes son conducidos al cautiverio. La derrota abarca todos los niveles: la realeza pierde sus insignias, el palacio sus riquezas y las personas su libertad.

Para la propaganda asiria, esta procesión demostraba que la victoria había sido completa. Todo lo perteneciente al hermano rebelde —sus emblemas, sus vehículos, sus servidores y su población dependiente— pasaba a manos del vencedor. Pero, contemplada desde nuestra mirada, la franja inferior introduce una consecuencia que las escenas ceremoniales podían ocultar: detrás de cada gran victoria celebrada por los reyes antiguos existían innumerables vidas arrancadas de su lugar de origen.

Quizá por eso esta última parte actúa como el verdadero desenlace del panel. Asurbanipal ni siquiera necesita aparecer: su poder se hace visible en el movimiento forzado de todos los demás. La rebelión de Shamash-shum-ukin había comenzado como una lucha entre dos hermanos por el dominio de Mesopotamia, pero termina aquí, en los cuerpos de unas mujeres y unos hombres que avanzan cargando cuanto han podido conservar. La historia de los reyes concluye convertida en el exilio de quienes tuvieron que sufrir sus guerras.

La conquista de Egipto: guerra y cautiverio en los relieves de Asurbanipal


Antes de detenernos en cada escena, conviene contemplar el relieve en su conjunto. Esta reproducción corresponde a un panel mural del Palacio Norte de Nínive, cuyo original fue tallado entre 645 y 635 a. C. para conmemorar las campañas de Asurbanipal en Egipto. Como en el relieve de Hamanu, la pared del palacio se convertía en una crónica visual de las victorias del rey; pero aquí la narración no aparece dividida en registros claramente delimitados, sino distribuida por un espacio continuo en el que se suceden combates, asedios, huidas y deportaciones.

Egipto llevaba años representando una amenaza para la frontera occidental del Imperio asirio. Asarhaddón, padre de Asurbanipal, había conquistado Menfis en 671 a. C., aunque el faraón kushita Taharqo consiguió escapar y recuperar posteriormente parte del territorio. Asarhaddón murió en 669 a. C. mientras preparaba una nueva campaña, de modo que correspondió a su hijo continuar la guerra. Las tropas de Asurbanipal volvieron a derrotar a Taharqo, que huyó hacia el sur, mientras los asirios trataban de asegurar su dominio mediante gobernantes egipcios sometidos a su autoridad.

La lucha, sin embargo, no terminó entonces. Tras la muerte de Taharqo, su sobrino Tanutamani intentó restaurar el poder de la dinastía kushita y avanzó nuevamente hacia el norte. La respuesta asiria culminó en 663 a. C. con el saqueo de Tebas, una de las ciudades más antiguas, ricas y prestigiosas de Egipto. Sus habitantes fueron deportados y sus tesoros conducidos como botín; incluso algunos obeliscos metálicos fueron trasladados o fundidos para adornar los templos asirios. Para Asurbanipal, la victoria demostraba que su poder podía alcanzar uno de los territorios más célebres y venerados del mundo antiguo.

El relieve condensa esa conquista en una narración abigarrada. En la parte superior aparecen dos núcleos de combate alrededor de ciudades fortificadas, mientras que la zona inferior muestra las consecuencias de la derrota: grupos de cautivos, soldados, animales y bienes avanzan junto a una corriente de agua poblada de peces, un recurso paisajístico que permite situar inmediatamente la acción en el valle del Nilo. No estamos, por tanto, ante la reproducción exacta de un único instante, sino ante una síntesis visual de la campaña, organizada para mostrar desde el ataque inicial hasta el sometimiento de la población.

Como ocurría en Hamanu, la imagen fue concebida desde la perspectiva del vencedor. El relieve transformaba una guerra larga e incierta en una sucesión ordenada que conducía inevitablemente al triunfo de Asiria. Sin embargo, al acercarnos a sus diferentes zonas, esa gran proclamación imperial se descompone en multitud de historias: hombres que defienden las murallas, soldados que ascienden por las escalas, figuras que caen, familias conducidas al cautiverio y animales arrastrados lejos de su lugar de origen. Para comprender mejor esa compleja narración, recorreremos por separado los dos focos superiores del asedio y, finalmente, la procesión inferior junto al Nilo.

Vamos a utilizar recreaciones coloreadas del original solo con una finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

En este primer núcleo de la composición contemplamos el momento culminante del asalto a una ciudad fortificada. La arquitectura aparece reducida a sus elementos esenciales: una elevada muralla, torres, puertas y remates almenados que permiten reconocer inmediatamente un recinto defensivo. Los soldados asirios atacan desde varios puntos al mismo tiempo, creando una escena abigarrada en la que cada grupo desempeña una función diferente. La ciudad todavía resiste, pero el relieve presenta su caída como algo ya inevitable.

Dos grandes escalas apoyadas contra la muralla concentran buena parte de la acción. Por ellas ascienden los atacantes mientras otros soldados permanecen en la base, protegiendo el avance y preparándose para seguirlos. La desproporción entre las figuras y los edificios no responde a un error: los escultores necesitaban que cada personaje y cada gesto pudieran reconocerse con claridad. La arquitectura se adapta así a la narración y no al contrario.

Algunos combatientes avanzan protegidos por enormes escudos redondos, mientras arqueros y lanceros cubren el asalto desde abajo. No estamos ante una masa indiferenciada, sino ante distintas unidades que actúan de manera coordinada. Los arqueros hostigan a quienes defienden la parte superior; los hombres de las escalas intentan alcanzar las murallas; y otros soldados atacan los puntos más vulnerables de la fortificación. El relieve quería mostrar no solo el valor de los combatientes, sino también la disciplina y la capacidad técnica del ejército asirio.

En la zona inferior, varios hombres parecen actuar directamente contra la estructura defensiva. La descripción del British Museum señala que unos soldados tratan de incendiar la puerta, mientras otros socavan la base de los muros. Esta última tarea correspondía a los zapadores: protegidos por grandes escudos, retiraban piedras o debilitaban los cimientos hasta abrir una brecha. La ciudad era atacada, por tanto, desde arriba mediante las escalas y desde abajo mediante el fuego y la demolición.

La resistencia egipcia se concentra sobre las murallas. Algunos defensores todavía combaten desde lo alto, pero otros aparecen precipitándose al vacío. Sus cuerpos giran y caen con posturas muy expresivas; uno de ellos lleva incluso el cabello suelto, extendido por efecto de la caída. El escultor ha congelado esos instantes para aumentar el dramatismo, aunque también para dejar claro quién controla ya el desarrollo de la batalla: mientras los asirios ascienden de forma ordenada, sus enemigos pierden pie y desaparecen detrás de las defensas que intentaban proteger.

Como ocurre tantas veces en los relieves palaciegos, el espacio está completamente ocupado por la acción. Escudos, armas, cuerpos, escalas y murallas se superponen hasta transmitir la sensación de que el ataque se produce simultáneamente en todas partes. Sin embargo, bajo ese aparente desorden existe una dirección muy clara: los asirios avanzan desde la parte inferior hacia lo alto de la fortaleza, mientras los defensores retroceden o caen.

La recreación coloreada nos ayuda precisamente a reconocer esa estructura. Al separar los escudos, las vestimentas, las armas y las figuras humanas, comprendemos mejor cómo las distintas unidades colaboran en el asalto. Pero el mensaje original sigue siendo el mismo: la fortaleza parece sólida y elevada, aunque ninguna muralla puede detener definitivamente al ejército de Asurbanipal.

No sabemos qué ciudad concreta quiso representar el escultor ni si estamos ante la reproducción fiel de un asedio determinado. Probablemente la escena condensa y ordena diversos acontecimientos de la campaña egipcia. Para quienes recorrían el palacio de Nínive, esa precisión geográfica resultaba secundaria: lo importante era contemplar cómo incluso las fortalezas de Egipto podían ser escaladas, incendiadas y derribadas por las tropas del rey. La ficha del British Museum identifica prudentemente la pieza como la captura asiria de una fortaleza en Egipto.

La parte derecha continúa el mismo ataque mostrado en la escena anterior. Aunque el deterioro central hizo conveniente dividir el relieve para observarlo mejor, la ficha del British Museum interpreta toda la zona superior como la toma de una fortaleza egipcia. No parece, por tanto, que debamos hablar con seguridad de una segunda ciudad o de otro asedio diferente, sino de un nuevo sector de una misma narración, en el que los escultores desarrollaron otras acciones simultáneas del ataque.

La composición está dominada por una gran escala inclinada que conduce nuestra mirada desde los soldados situados en la parte inferior hasta la fortificación. Varios asirios ascienden por ella armados, algunos con escudos redondos y lanzas. La postura resulta especialmente difícil: deben trepar, protegerse y combatir al mismo tiempo, expuestos a los proyectiles lanzados desde lo alto. Sin embargo, el relieve no insiste en su vulnerabilidad, sino en su determinación. Los atacantes continúan ascendiendo ordenadamente, como si ni la altura de los muros ni la resistencia de los defensores pudieran detenerlos.

Uno de los aspectos más interesantes es la coordinación entre quienes suben y los arqueros apostados en el extremo derecho. Estos aparecen alineados, con los cuerpos orientados en una misma dirección y los arcos tensados hacia la fortaleza. Su función sería mantener ocupados a los defensores y ofrecer cobertura a los soldados de las escalas. Mientras unos intentaban alcanzar la parte superior del recinto, otros disparaban desde una posición más segura para impedir que el enemigo pudiera concentrarse contra ellos.

La repetición de los arqueros produce un ritmo visual muy característico. Brazos, arcos y cuerpos adoptan posiciones semejantes, convirtiendo al grupo en una unidad perfectamente coordinada. No se representa a cada combatiente como un héroe individual: lo importante es el funcionamiento conjunto del ejército asirio. La victoria procede de esa combinación de especialidades —arqueros, lanceros, portadores de escudos y tropas de asalto— que actúan simultáneamente alrededor de la fortificación.

En lo alto todavía se distinguen algunos defensores. Unos parecen enfrentarse a quienes alcanzan la muralla, mientras otros han perdido el equilibrio o caen desde ella. Como en la parte izquierda, el escultor contrapuso dos movimientos: los asirios ascienden y los egipcios caen. Esa dirección opuesta resume por sí sola el resultado de la batalla. Los primeros avanzan desde abajo hacia el interior de la ciudad; los segundos son expulsados del espacio que intentaban defender.

La arquitectura vuelve a estar subordinada a la narración. Torres, muros, almenas y accesos no forman una representación topográfica precisa, sino una especie de escenario abierto que nos permite contemplar al mismo tiempo lo que sucede fuera, sobre las murallas e incluso entre sus estructuras. El objetivo no era enseñarnos cómo era realmente una ciudad egipcia determinada, sino hacer visible todo el proceso de su conquista.

La recreación coloreada ayuda especialmente a comprender esa coordinación. La diagonal de la escala organiza una escena que en la piedra desnuda parece inicialmente confusa, mientras los diferentes tonos permiten separar a los arqueros, los soldados que ascienden y los defensores de la fortaleza. Bajo la acumulación de figuras aparece entonces una estrategia perfectamente legible: unos disparan, otros escalan y, sobre las murallas, la resistencia comienza a derrumbarse. Para el visitante del palacio de Nínive, el mensaje era inequívoco: incluso en el lejano Egipto, ninguna fortificación podía contener el avance del ejército de Asurbanipal.

La franja inferior nos muestra las consecuencias inmediatas del asedio representado sobre ella. La acción militar ha quedado atrás y el protagonismo pasa ahora a la población civil egipcia, conducida fuera de la fortaleza junto con sus animales y sus escasas pertenencias.

La procesión ocupa casi toda la anchura del relieve y parece prolongarse más allá de sus límites. Hombres y mujeres avanzan en pequeños grupos, algunos cargando objetos sobre los hombros o transportando recipientes y fardos. No contemplamos aquí un botín formado por tronos, armas o riquezas palaciegas, como ocurría en Hamanu, sino algo mucho más íntimo: las pertenencias que una familia podía llevar consigo al abandonar forzosamente su hogar. El escultor convierte así una multitud anónima en una sucesión de pequeñas historias individuales.

Entre los cautivos destaca un asno sobre el que viajan dos niños, identificados expresamente en la descripción de la escena. Es un detalle diminuto, pero transforma por completo nuestra percepción del relieve. Los niños no aparecen caminando como los adultos, probablemente porque no podían mantener el ritmo de la marcha, y son transportados entre los bienes familiares. Su presencia confirma que no estamos ante una columna de soldados derrotados, sino ante el desplazamiento de una comunidad entera, con mujeres, menores y animales.

Los animales también formaban parte esencial de cuanto aquellas personas poseían. Asnos y otros animales de carga permitían transportar a los niños, los recipientes y los objetos recuperados antes de abandonar la ciudad. Para el ejército vencedor constituían además recursos aprovechables: podían ser requisados, redistribuidos o llevados junto con la población deportada. En el relieve, personas, animales y cargas forman una sola corriente en movimiento, como si todo el mundo que existía tras las murallas estuviera siendo vaciado y conducido hacia otro lugar.

Aunque algunas figuras parecen avanzar sin una vigilancia inmediata, no se trata de una huida libre. La presencia de soldados asirios y la propia organización de la marcha muestran que los civiles están siendo conducidos después de la conquista. Las deportaciones constituían una práctica habitual del Imperio neoasirio: servían para castigar la resistencia, impedir nuevas rebeliones y trasladar mano de obra hacia otras regiones. No conocemos el destino de estas personas, pero probablemente serían obligadas a comenzar una nueva vida lejos de Egipto y bajo la autoridad del vencedor.

La escena se desarrolla junto a una corriente de agua representada mediante varias líneas onduladas. En su interior nadan numerosos peces y aparecen también algunos cangrejos, un detalle señalado por la ficha del British Museum. La abundancia de vida acuática permite identificar el río con el Nilo y no solo sitúa geográficamente la campaña: crea una auténtica franja de paisaje que acompaña a la procesión de un extremo al otro. El agua unifica una composición que carece de las divisiones horizontales habituales en otros relieves asirios.

Resulta significativo que los escultores dedicasen tanta atención a los peces y crustáceos. No necesitaban representar cada especie con exactitud para comunicar su mensaje; bastaba con mostrar un río ancho y rebosante de vida, inmediatamente asociado con Egipto. Para quienes contemplaban el relieve en Nínive, el Nilo era además el símbolo de un territorio remoto y extraordinario. Su inclusión demostraba visualmente hasta dónde había llegado el poder militar de Asurbanipal.

La recreación coloreada nos permite seguir mejor esa larga marcha: distinguir a los adultos, localizar a los niños sobre el asno, separar las cargas y reconocer los animales, mientras el tono contenido del agua hace visible el curso del Nilo sin apartar la atención de los cautivos. También conserva los fragmentos del asedio situados sobre ellos, estableciendo una relación directa entre ambas acciones: arriba se conquista la fortaleza; abajo, sus habitantes son expulsados de ella.

Para la propaganda de Asurbanipal, aquella columna constituía una prueba más de la victoria. La población, los animales y los bienes de la ciudad pasaban a disposición del conquistador. Sin embargo, vista de cerca, la escena habla menos de la gloria militar que del desarraigo: adultos cargados con cuanto han podido conservar, niños transportados sobre un asno y familias obligadas a avanzar junto al río, sin saber quizá dónde terminaría su camino. El Nilo continúa fluyendo y los peces nadan bajo ellos con absoluta normalidad, mientras sobre sus orillas todo el mundo de aquellas personas acaba de desaparecer.

El saqueo de Hamanu: la guerra narrada en piedra

 Cuando Asurbanipal llegó al trono, hacia 669 a. C., heredó uno de los mayores imperios conocidos hasta entonces. Sus dominios se extendían desde las costas del Mediterráneo oriental hasta las montañas del actual Irán occidental y reunían pueblos, ciudades, lenguas y tradiciones muy diferentes. Un territorio tan vasto no podía ser gobernado solamente desde Nínive: se encontraba dividido en provincias administradas por funcionarios nombrados por la corona, mientras gobernadores, embajadores, mensajeros y una extensa red de comunicaciones transmitían las órdenes reales y vigilaban las regiones sometidas.

Asiria combinaba la negociación diplomática con la amenaza militar. Algunos reinos conservaron a sus propios soberanos a cambio de reconocer la supremacía asiria, pagar tributos y proporcionar tropas cuando fueran requeridas. La fidelidad podía ser recompensada; la rebelión, en cambio, provocaba campañas de castigo, destrucciones, saqueos y deportaciones. La violencia no era únicamente una reacción frente a los enemigos: constituía también un lenguaje político, cuidadosamente divulgado para convencer a las demás ciudades de que resistirse al rey resultaba inútil.

Las riquezas obtenidas mediante tributos, botines y redes comerciales fluían hacia el corazón del imperio. Metales, madera, caballos, marfil, tejidos y objetos preciosos alimentaban la economía y hacían posible la construcción de ciudades, templos y grandes palacios. Buena parte de cuanto hemos contemplado en las entradas anteriores —los relieves monumentales, los jardines irrigados, los recipientes suntuarios o la propia biblioteca— dependía de los recursos humanos y materiales movilizados desde todos los rincones del territorio.

Entre esos recursos se encontraban también las personas. Los asirios trasladaron por la fuerza a poblaciones enteras, separándolas de sus lugares de origen y asentándolas en otras regiones del imperio. Estos desplazamientos servían para debilitar posibles focos de resistencia, repoblar territorios, cultivar nuevas tierras y proporcionar artesanos y trabajadores especializados a los grandes centros urbanos. No todos los deportados fueron tratados de la misma manera y muchos pudieron reconstruir sus vidas en sus nuevos destinos, pero el proceso nacía de una imposición y debió de suponer para innumerables familias la pérdida de su hogar y de su mundo conocido.

Aquella movilidad forzada transformó profundamente el imperio. Las personas desplazadas llevaron consigo sus lenguas, conocimientos, técnicas, costumbres y tradiciones artísticas, contribuyendo a crear un espacio extraordinariamente diverso. Asiria no fue, por tanto, una cultura aislada que se extendió intacta sobre otros pueblos, sino una estructura imperial en la que circularon continuamente bienes, ideas y seres humanos, aunque esa circulación estuviera dirigida en gran medida por las necesidades y la violencia del poder.

Este apartado nos obliga así a mirar el reinado de Asurbanipal desde una perspectiva mucho más incómoda. El monarca culto que reunía tablillas y se enorgullecía de saber leer textos antiguos era también el rey guerrero que dirigía campañas, castigaba rebeliones y hacía representar la derrota de sus enemigos sobre los muros de su palacio. La biblioteca y el campo de batalla no pertenecían a dos Asurbanipal diferentes: eran las dos caras de un mismo poder imperial.


Antes de comenzar a recorrer cada una de las escenas, conviene detenerse ante el relieve completo. Este gran panel mural, procedente del Palacio Norte de Nínive y fechado entre 645 y 640 a. C., representa el saqueo de Hamanu, una de las ciudades del reino de Elam conquistadas durante las campañas de Asurbanipal. Tallado en alabastro yesoso, formaba parte del programa decorativo mediante el cual el monarca convirtió las paredes de su residencia en una crónica monumental de sus victorias.

Los relieves asirios no mostraban necesariamente un único instante. En una misma superficie podían reunir acciones sucesivas, escenarios diferentes y las consecuencias de una campaña, creando una narración que avanzaba ante los ojos del espectador. En este caso, el relato se distribuye en tres franjas superpuestas, cada una dedicada a un episodio distinto de la derrota elamita. La rendición, el saqueo, la destrucción y el destino de los vencidos quedan integrados así dentro de una secuencia ordenada.

Contemplado en su conjunto, el panel transforma la guerra en una historia perfectamente organizada y dirigida hacia un desenlace inevitable: el triunfo de Asiria. Sin embargo, al acercarnos comienzan a aparecer multitud de acciones, personajes y pequeños detalles que introducen historias dentro de la gran historia oficial. Por ello, después de esta primera visión general, recorreremos el relieve nivel por nivel, tratando de descubrir todo cuanto sus escultores quisieron contar —y también aquello que la propaganda del vencedor dejó involuntariamente grabado en la piedra—.

Vamos a utilizar recreaciones coloreadas del original solo con una finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

La franja superior nos sitúa ante la rendición oficial de un rey elamita, aunque la identidad concreta del soberano no puede determinarse con seguridad. La escena se organiza alrededor del carro real que aparece en el extremo derecho. Los caballos, ricamente enjaezados, avanzan precedidos y rodeados por soldados asirios, mientras el vehículo convierte la presencia del vencedor en el centro simbólico de toda la composición. Asurbanipal no necesitaba combatir personalmente para dominar la imagen: su carro, su escolta y el orden del ejército bastaban para representar la autoridad del rey.

Delante marcha una formación de soldados asirios armados con largas lanzas y escudos redondos. Las figuras se suceden con un ritmo casi repetitivo: cuerpos alineados, armas verticales y pasos dirigidos en una misma dirección. No contemplamos el desorden de una batalla, sino un ejército que avanza de manera disciplinada después de haber impuesto su superioridad. La guerra ya ha terminado y la formación militar se convierte ahora en una demostración pública de control.

En contraste con esta rigidez aparecen los elamitas vencidos. Algunos levantan las manos en señal de sumisión, un gesto fácilmente reconocible dentro del lenguaje visual asirio. No ofrecen ya resistencia ni portan armas: sus brazos alzados manifiestan que aceptan la autoridad del conquistador y suplican probablemente clemencia. La diferencia entre ambos grupos resulta deliberada: frente a las lanzas, los escudos y la marcha ordenada de los asirios, los elamitas solo pueden mostrar sus manos vacías.

La escena no pretende narrar una negociación entre iguales. La rendición se presenta como una ceremonia cuidadosamente jerarquizada en la que cada personaje ocupa el lugar que le corresponde: el poder real asociado al carro, el ejército asirio como instrumento de la victoria y los enemigos desarmados reconociendo públicamente su derrota. Incluso sin comprender las inscripciones, cualquier visitante del palacio podía interpretar el mensaje: Asiria estaba armada, organizada y en movimiento; Elam, detenido ante ella, no tenía otra alternativa que someterse.

Aquí la versión coloreada puede ayudarnos especialmente. Al diferenciar suavemente los escudos, las lanzas, los vestidos, los caballos y los distintos grupos humanos, comprendemos mejor una composición que en la piedra desnuda parece inicialmente abigarrada. Pero bajo esa multitud de pequeñas figuras existe una estructura muy clara: el vencedor avanza; el vencido levanta las manos. La propaganda asiria reducía así un conflicto complejo a una imagen sencilla e inevitable de dominio. 

La franja central nos introduce de lleno en el saqueo y la destrucción de Hamanu. Si en el nivel superior contemplábamos la rendición oficial de los elamitas, aquí vemos sus consecuencias: la ciudad ha quedado a merced de los soldados asirios, que avanzan entre sus edificios, arrancan sus riquezas y destruyen cuanto podía representar su poder. El relieve ya no muestra una acción ceremonial y ordenada, sino una multitud de pequeñas escenas que se desarrollan simultáneamente.

En la parte superior aparecen las construcciones de Hamanu, identificadas mediante una sucesión de torres y muros almenados. Sobre algunos edificios se elevan lenguas de fuego, representadas mediante formas onduladas que la recreación coloreada nos ayuda a reconocer inmediatamente. La ciudad no está siendo únicamente ocupada: está ardiendo. El incendio convierte la derrota militar en una destrucción física y simbólica, pues alcanza el espacio donde hasta entonces se había concentrado la vida política y material de sus habitantes.

Algunos soldados asirios participan directamente en la demolición. Provistos de picos, palancas y otras herramientas, golpean los muros, arrancan elementos constructivos y desmantelan las fortificaciones. La repetición de estos gestos transmite la impresión de una destrucción sistemática: no se trata del daño accidental producido durante el combate, sino de una operación organizada para inutilizar la ciudad y borrar su capacidad de resistencia. Los asirios no se limitan a vencer a Hamanu; se aseguran de que no pueda volver a levantarse fácilmente contra ellos.

Mientras unos destruyen, otros se llevan el botín. Entre los objetos transportados destaca un trono ricamente trabajado, probablemente procedente de un palacio o residencia de la élite. Su retirada poseía un significado que iba mucho más allá de su valor material: apropiarse del trono era apoderarse de uno de los principales símbolos de la autoridad elamita. Junto a él aparecen recipientes, muebles y otros bienes conducidos fuera de la ciudad. Todo aquello que había expresado la riqueza y el prestigio de Hamanu pasa ahora a manos del vencedor.

La escena está construida mediante una sucesión casi ininterrumpida de figuras: hombres que golpean, cargan, arrastran o transportan objetos. Esa acumulación hace que el saqueo parezca extenderse por toda la ciudad al mismo tiempo. Los escultores asirios condensaron así las distintas fases de la operación en una sola imagen: Hamanu arde, sus edificios son demolidos y sus riquezas salen de ella mientras todavía continúa la destrucción.

Pero el relieve no pretendía denunciar aquella violencia. Dentro del programa decorativo del palacio de Asurbanipal, todo esto constituía una demostración de eficacia militar y una advertencia dirigida a quienes contemplaran la escena. El rey podía castigar a una ciudad rebelde, derribar sus murallas, privarla de sus símbolos de poder y convertir sus bienes en botín. El orden minucioso de la composición transforma la devastación en una operación aparentemente controlada y legítima.

Al acercarnos a los pequeños personajes, sin embargo, la imagen resulta mucho menos impersonal. Cada gesto grabado en la piedra nos obliga a imaginar lo que está ocurriendo detrás de la propaganda: viviendas incendiadas, espacios saqueados y una ciudad entera despojada de cuanto había formado parte de su identidad. Para el palacio de Nínive, la escena representaba una victoria; para los habitantes de Hamanu, debía de significar la desaparición del mundo que conocían.

La franja inferior cambia por completo el ritmo de la narración. Después de la rendición oficial y de la destrucción de Hamanu, la violencia directa desaparece y encontramos una escena aparentemente cotidiana: varios prisioneros civiles comen en un campamento provisional. Sin embargo, esa calma resulta engañosa. Estas personas han sido arrancadas de su lugar de origen y esperan probablemente el momento de ser trasladadas a otra región bajo control asirio.

Los cautivos proceden, según el panel, de las zonas pantanosas del sur de Mesopotamia. Los escultores los distribuyeron en pequeños grupos: algunos permanecen sentados o acuclillados, mientras otros se acercan transportando alimentos y recipientes. Entre ellos aparecen grandes vasijas, cestos y sacos en los que se guardarían las provisiones. El relieve no representa un banquete ni una comida familiar, sino la alimentación organizada de una población cautiva durante una pausa en su desplazamiento.

Resulta especialmente interesante la estructura situada en el extremo derecho. Parece tratarse de una construcción temporal realizada con cañas o materiales vegetales, muy semejante a las viviendas propias de las regiones pantanosas de la Baja Mesopotamia. En su interior o ante su entrada aparecen varias personas, mientras un soldado asirio, reconocible por sus armas, controla el lugar. La arquitectura ayuda así a identificar la procedencia de los cautivos, pero también convierte el campamento en un espacio vigilado del que no pueden marcharse libremente.

La presencia de mujeres, niños y personas sin armas aleja esta escena de las imágenes heroicas del combate. Aquí no contemplamos guerreros vencidos, sino las consecuencias de la guerra sobre la población civil. Asiria recurrió habitualmente a las deportaciones para castigar rebeliones, desarticular comunidades y redistribuir mano de obra por el imperio. Agricultores, artesanos y otros trabajadores podían ser enviados a territorios muy lejanos, donde debían reconstruir sus vidas al servicio de las necesidades del Estado.

Para la propaganda palaciega, esta alimentación de los prisioneros podía expresar capacidad de organización: el ejército asirio no solo conquistaba ciudades, sino que clasificaba, custodiaba y mantenía a las poblaciones sometidas durante su traslado. Pero, observada desde nuestra perspectiva, la escena posee un sentido mucho más humano y doloroso. Los cautivos comen, conversan y atienden a sus hijos mientras a poca distancia —en la franja situada sobre ellos— la ciudad arde y sus riquezas son saqueadas. La aparente normalidad de la comida contrasta con la destrucción de todo cuanto hasta entonces había formado parte de sus vidas.

El panel concluye, por tanto, no con el fragor de la batalla, sino con sus consecuencias. Arriba, el vencido se somete; en el centro, la ciudad es desmantelada; abajo, sus habitantes esperan bajo vigilancia. La guerra ha terminado para los soldados, pero para aquellos prisioneros comienza ahora otra historia: la del destierro, la pérdida del hogar y la obligación de vivir lejos del mundo que conocían.


La caída de Babilonia: el triunfo de Asurbanipal y el destino de los vencidos

 El relieve procede del Palacio Norte de Nínive y fue realizado hacia 645-640 a. C. , pocos años después de los acontecimientos que conmemo...