Duomo di Amalfi (II): un recorrido por el interior de la catedral


 Tras contemplar durante un buen rato la extraordinaria fachada del Duomo, llegó el momento de cruzar sus puertas. Lo hicimos, además, en un instante muy especial. Acababa de terminar una misa y el templo recuperaba lentamente la calma. Los fieles abandonaban sus bancos mientras los últimos rayos de sol se filtraban entre las ventanas, iluminando el presbiterio y envolviendo el interior en una atmósfera de serenidad difícil de describir.

La primera impresión resulta casi inesperada. Quien contempla el exterior románico, con su marcada influencia árabe y bizantina, podría imaginar un interior de aspecto similar. Sin embargo, la realidad es muy distinta. A lo largo de los siglos, especialmente tras las profundas reformas emprendidas después del Concilio de Trento, la antigua basílica medieval fue transformándose hasta adquirir el elegante aspecto barroco que hoy contemplamos.

La nave principal, amplia y luminosa, está organizada en tres naves separadas por robustas columnas de granito procedentes de edificios más antiguos, reutilizadas siguiendo una práctica habitual desde la Edad Media. Sobre ellas se alzan grandes arcadas que conducen la mirada hacia el presbiterio, mientras el techo artesonado, ricamente decorado con dorados y pinturas, aporta una sensación de monumentalidad que contrasta con la sobriedad del exterior.

Durante unos minutos permanecimos prácticamente inmóviles, observando cada detalle. Después del bullicio de la Piazza del Duomo, el silencio del templo invitaba a recorrerlo sin prisas. Era como si, al cruzar el umbral, hubiéramos dejado atrás la Amalfi medieval para adentrarnos en otro tiempo distinto, fruto de siglos de historia y de sucesivas transformaciones artísticas.

La nave principal ofrece una de las mayores sorpresas de la visita. Quien acaba de contemplar la austera belleza románica de la fachada descubre aquí un espacio completamente distinto, fruto de las importantes reformas barrocas emprendidas durante los siglos XVII y XVIII. La antigua basílica medieval fue adaptándose a los nuevos gustos artísticos sin perder del todo la estructura heredada de épocas anteriores.

El templo conserva su planta basilical de tres naves, separadas por robustas columnas de granito reutilizadas de edificios romanos y paleocristianos. Sobre ellas descansan amplias arcadas que conducen la mirada hacia el presbiterio, mientras las paredes, revestidas de mármoles policromados, molduras y estucos, reflejan el esplendor que la catedral fue adquiriendo con el paso del tiempo. En contraste con la sobriedad exterior, el interior busca impresionar mediante la riqueza decorativa, la luz y la verticalidad del espacio.

En primer término también puede apreciarse el elegante púlpito, sostenido por ménsulas esculpidas y decorado con relieves, desde donde durante siglos se proclamó el Evangelio. Son detalles como este los que invitan a detenerse y recorrer el templo lentamente, descubriendo que cada rincón conserva la huella de una época distinta de la larga historia del Duomo de Amalfi.

Pocas veces merece tanto la pena detenerse unos instantes y levantar la vista. El magnífico artesonado de madera dorada, realizado entre 1702 y 1705 durante la gran reforma barroca del templo, transforma la cubierta de la nave central en una auténtica galería pictórica. La riqueza de sus molduras, dorados y motivos vegetales refleja el gusto exuberante del Barroco napolitano, muy alejado de la sobriedad que debió caracterizar la iglesia medieval original.

Enmarcados por una elaborada decoración de pan de oro aparecen cuatro grandes lienzos dedicados al martirio de San Andrés, pintados por el artista amalfitano Andrea dell'Asta. Las escenas recorren los momentos más importantes del suplicio del apóstol, culminando con su crucifixión en la característica cruz en aspa o cruz de San Andrés, símbolo que desde hace siglos identifica tanto al santo como a la propia ciudad de Amalfi.

Resulta curioso pensar que esta espectacular cubierta apenas puede apreciarse durante una visita rápida. La mayoría de los visitantes caminan hacia el altar mayor sin apartar la vista del frente del templo, cuando buena parte de la historia artística de la catedral se encuentra precisamente sobre sus cabezas. Es uno de esos detalles que invitan a detener el paso unos minutos y contemplar el conjunto con calma, descubriendo cómo arquitectura, pintura y escultura fueron concebidas para formar un único espacio de gran riqueza visual.

El presbiterio concentra la atención del visitante hacia el altar mayor, presidido por un gran lienzo que representa el martirio de San Andrés. La escena muestra el momento en que el apóstol es conducido a la cruz, aceptando serenamente el destino que, según la tradición cristiana, lo convertiría en uno de los grandes mártires de la Iglesia. La pintura, de marcada teatralidad barroca, utiliza fuertes contrastes de luz y sombra para acentuar el dramatismo de la composición, una característica muy propia de la pintura napolitana de los siglos XVII y XVIII.

La arquitectura que enmarca el altar es igualmente notable. Las altas columnas de mármoles polícromos sostienen un elegante templete coronado por una cúpula decorada con frescos, mientras que la abundancia de jaspes, mármoles de distintos colores y elementos dorados refleja la profunda transformación barroca que experimentó la catedral a partir del siglo XVII. Pese a ello, bajo esta apariencia aún se conservan los muros y parte de la estructura de la gran iglesia románica levantada durante el esplendor de la República de Amalfi.

Al acercarnos al presbiterio es posible apreciar la extraordinaria riqueza decorativa que lo envuelve. Sobre el altar mayor se eleva una elegante cúpula semicircular decorada con frescos de temática celestial, mientras que dos ángeles parecen custodiar el espacio sagrado desde los extremos del frontón. La combinación de mármoles policromos, columnas monolíticas y abundantes elementos dorados crea una escenografía típicamente barroca, concebida para dirigir la mirada del fiel hacia el lugar más importante de la celebración litúrgica.

Resulta interesante comprobar cómo cada reforma fue añadiendo una nueva capa artística sin borrar completamente la anterior. La estructura arquitectónica conserva el esquema heredado de la antigua catedral medieval, pero el lenguaje decorativo pertenece plenamente a los siglos XVII y XVIII. Esa superposición de estilos es, precisamente, uno de los mayores atractivos del Duomo de Amalfi: en un mismo espacio conviven el recuerdo de la gran república marítima medieval y el esplendor barroco del Reino de Nápoles.

Entre la riqueza decorativa del presbiterio llaman también la atención las elegantes lámparas de vidrio suspendidas sobre la nave. Sus brazos transparentes y las características tulipas de cristal verdoso recuerdan inmediatamente la tradición vidriera italiana, tan ligada desde hace siglos a los talleres de Murano. Más allá de su función práctica, estas lámparas forman parte de la propia escenografía barroca del templo, multiplicando los reflejos de la luz sobre los mármoles, los dorados y las pinturas que cubren el ábside.

Al observarlas con detenimiento se aprecia cómo los arquitectos barrocos cuidaban hasta el último detalle. La lámpara no aparece aislada, sino perfectamente integrada en la composición del presbiterio. Detrás de ella se distinguen los frescos de la cúpula, las molduras doradas y los ángeles que enmarcan el altar, creando una superposición de planos que aporta profundidad y una gran sensación de riqueza ornamental. Es uno de esos pequeños detalles que ayudan a comprender que en un edificio como el Duomo de Amalfi nada fue colocado al azar: cada elemento contribuía a crear una experiencia visual destinada a impresionar al visitante y reforzar el carácter solemne del espacio sagrado.

Uno de los monumentos que más llamó nuestra atención fue este elegante sepulcro de mármol, catalogado entre las obras históricas del Duomo de Amalfi. En su parte superior conserva una extensa inscripción latina que comienza con las palabras Andreas patria Amalphitanus ("Andrés, natural de Amalfi"), recordando a un arzobispo de la ciudad y ensalzando su trayectoria eclesiástica y sus méritos. Aunque no hemos podido identificar con absoluta certeza a qué prelado corresponde, el conjunto constituye un magnífico ejemplo de escultura funeraria renacentista.

La composición se organiza en dos niveles. En el registro superior aparecen la Virgen con el Niño acompañados por varios santos, mientras que en la parte inferior descansa la figura yacente del difunto revestido con los ornamentos episcopales y sosteniendo el báculo pastoral. El mensaje es el habitual en este tipo de monumentos: la esperanza en la vida eterna y la intercesión de la Virgen y los santos por el alma del fallecido.

Merece también detenerse en los pequeños detalles escultóricos. El delicado relieve de las figuras, la decoración vegetal de las pilastras laterales y el curioso atlante que sostiene simbólicamente el sarcófago muestran el refinamiento alcanzado por los talleres marmóreos italianos del Renacimiento. Son obras que suelen pasar desapercibidas para la mayoría de los visitantes, pero que cuentan una parte importante de la historia de quienes gobernaron la diócesis de Amalfi durante siglos.

En una de las capillas laterales se conserva este llamativo grupo escultórico, identificado tradicionalmente como el arcángel San Miguel junto a San Fedele. La escena representa al príncipe de las milicias celestiales, reconocible por sus alas, la espada y la armadura, mientras el santo aparece arrodillado en actitud de escucha y veneración. El conjunto, iluminado dentro de una vitrina, crea un efecto casi teatral, muy característico de la espiritualidad barroca, donde la luz y el movimiento buscaban hacer más cercana y emotiva la experiencia religiosa.

Antes de abandonar el templo merece la pena detenerse en una de las capillas situadas junto a la entrada. En ella se conserva este elegante conjunto renacentista de mármol, presidido por San Juan Evangelista, acompañado por San Benito y San Juan Bautista. Frente al exuberante barroco que domina la nave principal, esta composición destaca por la serenidad de sus líneas y el equilibrio clásico de su arquitectura, organizada como un pequeño templo de columnas y frontón triangular.

Con esta última mirada concluye nuestro recorrido por el interior de la catedral. Sin embargo, el conjunto monumental de Amalfi todavía guarda algunos de sus espacios más evocadores. En la próxima entrada cruzaremos una puerta lateral para adentrarnos en el Claustro del Paraíso, uno de los rincones más bellos de toda la Costa Amalfitana, y visitaremos la antigua Basílica del Crucifijo, donde aún pueden leerse las huellas de la larga historia de la antigua república marinera.

Duomo di Amalfi (I). El gran símbolo de la República Marinera


Pocas imágenes representan mejor la historia de Amalfi que la imponente fachada de su catedral. Dedicada a San Andrés Apóstol, patrón de la ciudad, sus orígenes se remontan al siglo IX, cuando la poderosa República Marítima de Amalfi vivía su época de mayor esplendor. A lo largo de más de mil años el edificio ha sido ampliado, reconstruido y embellecido en numerosas ocasiones, incorporando elementos románicos, bizantinos, árabes, normandos, góticos y barrocos. El resultado no es una simple suma de estilos, sino el reflejo de una ciudad que hizo del Mediterráneo su hogar y que recibió influencias artísticas procedentes tanto de Occidente como de Oriente.

Sin embargo, la imagen que hoy contemplamos no es exactamente la medieval. La fachada sufrió graves daños durante un temporal en 1861 y fue reconstruida pocas décadas después por el arquitecto Errico Alvino, quien se inspiró en el aspecto que debió tener el templo en la Edad Media. Aunque gran parte de esta fachada pertenece al siglo XIX, su diseño respeta el espíritu árabe-normando y bizantino que caracteriza a la arquitectura amalfitana, devolviendo al conjunto la monumentalidad que había perdido.

Lo primero que sorprende al visitante es la gran escalinata que eleva la catedral sobre la plaza. No se trata solo de un acceso funcional: obliga a levantar la vista y convierte la llegada al templo en algo mágico. Las bandas alternas de piedra clara y oscura, los elegantes arcos apuntados del pórtico, el brillante mosaico del frontón y el campanario que se alza a la izquierda forman una de las estampas más reconocibles de toda la Costa Amalfitana.

El autobús nos dejó en la Piazza Flavio Gioia y comenzamos a caminar por las calles del centro histórico siguiendo el bullicio de la gente. De pronto, tras girar una esquina, apareció ante nosotros la escalinata y, elevándose sobre las casas, la inconfundible silueta del campanario. Fue uno de esos momentos en los que uno se detiene instintivamente durante unos segundos. Había esperado mucho tiempo para conocer Amalfi, pero ninguna fotografía consigue preparar al visitante para ese primer encuentro.

El campanario, levantado entre los siglos XII y XIII, constituye uno de los elementos medievales más emblemáticos del conjunto. Su robusta base responde al románico, mientras que el cuerpo superior refleja claramente la influencia árabe y bizantina que caracterizó a la arquitectura de la Costa Amalfitana. Las ventanas geminadas, los pequeños arcos ciegos y, sobre todo, la espectacular decoración con cerámicas vidriadas de colores verdes, amarillos y azules recuerdan los intensos contactos comerciales que Amalfi mantuvo durante siglos con el Mediterráneo oriental. No es un campanario monumental por su altura, sino por su personalidad: basta verlo una vez para reconocerlo inmediatamente entre los grandes campanarios italianos.

La propia disposición de la plaza obliga además a contemplar simultáneamente el campanario y la fachada principal. Desde este ángulo puede apreciarse cómo ambos forman una única composición arquitectónica, con la escalinata actuando como nexo entre la ciudad y el templo. Más que un simple acceso, parece un escenario pensado para conducir lentamente la mirada desde el corazón de Amalfi hasta las puertas de su catedral.

Si la escalinata atrae la mirada hacia la catedral, es el gran mosaico del frontón el que termina por captarla. Sus intensos tonos dorados brillan con una luz especial bajo el sol de Amalfi y recuerdan inmediatamente a los grandes mosaicos bizantinos de Rávena, Venecia o Constantinopla. No es casualidad. Durante siglos, Amalfi mantuvo estrechos vínculos comerciales con el Imperio Bizantino, y esa influencia artística continúa siendo una de las señas de identidad del templo.

Sin embargo, este mosaico no pertenece a la catedral medieval. Forma parte de la gran restauración realizada a finales del siglo XIX, cuando el arquitecto Errico Alvino reconstruyó la fachada tras el derrumbe de la anterior. Su intención no fue crear una fachada moderna, sino devolver al edificio el esplendor que probablemente tuvo durante la época de mayor prosperidad de la República de Amalfi. Por ello recurrió deliberadamente a un lenguaje artístico inspirado en el mundo bizantino y árabe-normando, perfectamente integrado con el resto del conjunto.

En el centro de la composición aparece Cristo en majestad, sentado sobre un trono y sosteniendo el Evangelio abierto, mientras bendice con la mano derecha. A ambos lados, una multitud de ángeles lo rodea en una escena de gran solemnidad, realizada con miles de pequeñas teselas doradas que multiplican los reflejos de la luz. Bajo el frontón, una elegante galería de arquillos acoge las figuras de diversos santos, creando un interesante contraste entre la riqueza cromática del mosaico y la geometría de las bandas alternas de piedra clara y oscura que caracterizan toda la fachada.

Contemplado desde la plaza, el conjunto resulta extraordinariamente armonioso. La decoración no pretende impresionar por sus dimensiones, sino por la delicadeza de sus detalles y por el diálogo constante entre la arquitectura y el color. Quizá por eso, incluso entre el bullicio de los visitantes, es fácil quedarse unos minutos observando cada figura, cada arco y cada motivo decorativo. En mi fotografía, además, una gaviota parece sobrevolar la cruz que corona el frontón, un pequeño detalle casual que recuerda que, a apenas unos metros, el mar sigue siendo tan protagonista de Amalfi como lo fue hace mil años.

Al llegar al pórtico, la mirada se dirige de forma casi inevitable hacia el gran mosaico que preside la entrada principal. Sobre el dintel aparece representado San Andrés Apóstol, titular de la catedral y patrono de Amalfi, sosteniendo la cruz en forma de aspa que, según la tradición cristiana, fue el instrumento de su martirio en la ciudad griega de Patras. El fondo dorado vuelve a evocar el arte bizantino y establece un elegante diálogo con el gran mosaico del frontón que acabamos de contemplar desde la plaza.

La presencia de San Andrés no es meramente decorativa. En 1208, el cardenal Pietro Capuano trasladó desde Constantinopla a Amalfi las reliquias del apóstol, depositándolas en la cripta de la catedral. A partir de ese momento, el templo se convirtió en uno de los grandes centros de peregrinación del sur de Italia, reforzando aún más el prestigio religioso de una ciudad que ya había alcanzado una enorme relevancia comercial gracias a su poderosa flota y a sus intensas relaciones con Oriente.

La propia representación transmite una notable sensación de serenidad. El apóstol aparece bendiciendo al visitante mientras sostiene la cruz de su martirio, como si diera la bienvenida a quienes están a punto de cruzar el umbral del templo. Bajo él, el refinado trabajo escultórico del dintel, con delicados motivos vegetales y pequeñas figuras talladas, recuerda el extraordinario nivel artístico alcanzado por los talleres medievales de la Italia meridional.

Hay un detalle que también merece la pena observar. Sobre el mosaico aparece un fresco con una escena de la Anunciación, presidida por la inscripción Ave Maria. De esta forma, el acceso queda enmarcado por dos de las figuras fundamentales del cristianismo: la Virgen María, representada en la parte superior, y San Andrés custodiando la entrada. Es una composición cuidadosamente pensada para preparar espiritualmente al peregrino incluso antes de franquear las antiguas puertas de bronce.

En cierto modo, este mosaico marca el final del recorrido exterior. Tras contemplar la fachada, el campanario y los ricos elementos decorativos del pórtico, solo queda atravesar el umbral y descubrir el interior de una catedral que, desde hace más de ocho siglos, custodia uno de los tesoros espirituales más importantes de la Costa Amalfitana.

Antes de cruzar definitivamente las puertas de la catedral, el visitante atraviesa un amplio pórtico que actúa como una transición entre dos mundos. Tras dejar atrás el bullicio de la Piazza del Duomo, uno se encuentra de repente bajo un espacio de penumbra donde la arquitectura cobra todo el protagonismo. Las bóvedas de crucería, los robustos pilares y las bandas alternas de piedra clara y oscura envuelven al visitante en un ambiente muy diferente al del exterior, casi invitándolo a detenerse unos instantes antes de entrar.

Uno de los elementos más característicos son las elegantes celosías de piedra abiertas hacia la plaza. Sus arcos apuntados entrelazados recuerdan inmediatamente la influencia árabe que impregnó buena parte de la arquitectura amalfitana. No es una casualidad. Durante los siglos de esplendor de la República de Amalfi, la ciudad mantuvo una intensa actividad comercial con el mundo islámico y con el Imperio Bizantino, intercambiando no solo mercancías, sino también ideas, técnicas constructivas y modelos artísticos que terminaron integrándose de forma natural en edificios como este.

El contraste de luces es especialmente sugerente. Desde el interior del pórtico, la intensa claridad que entra desde la plaza perfila las tracerías de piedra y convierte el paisaje exterior en un marco luminoso donde asoman las fachadas de Amalfi y las laderas cubiertas de vegetación que rodean la ciudad. Es una imagen que resume muy bien la esencia del lugar: una catedral profundamente ligada a su entorno, donde la montaña, el mar y la arquitectura conviven en un espacio sorprendentemente reducido.

Entre los numerosos detalles que pasan fácilmente desapercibidos en el pórtico de la catedral se encuentra este escudo episcopal, un elemento que probablemente muchos visitantes cruzan sin detenerse a observar. Sin embargo, basta dedicarle unos instantes para descubrir que resume, mediante símbolos, buena parte del mensaje espiritual del templo.

En la parte superior aparece el característico capelo verde con sus borlas, distintivo heráldico de un arzobispo, acompañado por la cruz arzobispal de doble travesaño. En el centro del escudo destaca un libro abierto con las letras Alfa (Α) y Omega (Ω), evocando las palabras del Apocalipsis: «Yo soy el Alfa y la Omega», símbolo de Cristo como principio y fin de todas las cosas. Junto al libro aparece una espiga de trigo, clara referencia a la Eucaristía y al pan consagrado, uno de los pilares de la liturgia cristiana.

Bajo el escudo puede leerse la inscripción latina Eritis mihi testes, que significa «Seréis mis testigos». La frase procede de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,8), cuando Cristo resucitado se dirige a sus discípulos antes de la Ascensión y les encomienda anunciar el Evangelio «hasta los confines de la tierra». Resulta difícil imaginar un lema más apropiado para una catedral dedicada precisamente a San Andrés, uno de aquellos primeros apóstoles llamados a convertirse en testigos directos de la vida, muerte y resurrección de Jesús.

Es un detalle discreto, casi oculto entre la riqueza decorativa del pórtico, pero refleja muy bien cómo en las grandes catedrales cada elemento posee un significado. No se trata únicamente de ornamentación: la arquitectura, la pintura, la escultura e incluso la heráldica forman parte de un mismo lenguaje simbólico pensado para transmitir un mensaje a quien se detiene a contemplarlo.

Antes de atravesar las puertas de la catedral, merece la pena detenerse un momento y volver la vista hacia la plaza. Desde lo alto de la escalinata, Amalfi aparece desplegada como un pequeño anfiteatro entre el mar y la montaña. En primer plano se distingue la Piazza del Duomo, presidida por la fuente de San Andrés y rodeada de cafeterías y terrazas que llenan de vida el corazón de la ciudad. Más allá se elevan las casas, construidas unas sobre otras para adaptarse a la abrupta ladera, mientras la vegetación mediterránea asciende hasta los escarpados riscos que cierran el valle.

Resulta curioso comprobar, observando el plano de la ciudad, cómo la catedral ocupa una posición absolutamente central. Desde la cercana Piazza Flavio Gioia, junto al puerto, apenas hay unos minutos de paseo hasta llegar a la plaza, donde convergen las principales calles del casco histórico. Durante siglos, ese mismo recorrido fue realizado por mercaderes, marineros y peregrinos procedentes de todos los rincones del Mediterráneo, que encontraban en el Duomo el auténtico corazón religioso y también cívico de Amalfi.

Desde esta altura también se comprende mejor la estrecha relación entre la ciudad y su paisaje. A pocos metros, aunque desde aquí permanezca oculto tras los edificios, se extiende el mar Tirreno; hacia el lado opuesto, la montaña parece abrazar literalmente las viviendas. Esa convivencia entre roca, arquitectura y mar constituye una de las señas de identidad de la Costa Amalfitana y explica en buena medida el carácter tan singular de sus poblaciones.

Con esta última mirada termina nuestro recorrido por el exterior de la catedral. Hemos conocido su historia, admirado su fachada, descubierto algunos de sus símbolos y contemplado la ciudad desde el lugar privilegiado que ocupa el templo desde hace más de mil años. Ahora solo queda cruzar las antiguas puertas de bronce y adentrarnos en un espacio completamente diferente. Pero esa ya será otra historia, porque el interior del Duomo de Amalfi merece, sin duda, un capítulo propio.

La gran taberna de Herculano


 La llamada Gran Taberna (Insula IV, 16) fue uno de los establecimientos de restauración más amplios y mejor conservados de Herculano. Situada en una zona muy transitada de la ciudad, combinaba un amplio mostrador abierto a la calle con diversas dependencias interiores destinadas al almacenamiento y preparación de alimentos. A diferencia de los pequeños termopolios que encontramos repartidos por numerosas esquinas de Pompeya y Herculano, este local destaca por sus dimensiones y por la compleja organización de sus espacios, reflejo de una actividad comercial intensa y de un negocio probablemente muy próspero.

En esta vista general puede apreciarse el gran mostrador revestido con placas de mármol de distintos colores, una solución tan funcional como elegante. En él se abrían varios huecos circulares donde se encastraban los dolia, grandes recipientes cerámicos destinados a conservar vino, legumbres, guisos u otros alimentos preparados. Tras el mostrador se distribuían las zonas de trabajo y almacenamiento, mientras que el acceso situado al fondo comunicaba con otras estancias del edificio. Más que contemplar una simple ruina, estamos asomándonos al lugar donde, hace casi dos mil años, innumerables habitantes de Herculano se detenían cada día para comer, beber o conversar antes de continuar con sus ocupaciones.

El gran mostrador del establecimiento estaba concebido como una auténtica barra de servicio. En ella se abrían varios orificios circulares donde se encastraban los dolia, enormes recipientes de cerámica destinados a conservar alimentos y bebidas. Algunos podían contener vino o agua, mientras que otros mantenían legumbres, aceitunas, frutas o guisos ya preparados, permitiendo servir la comida con rapidez a una clientela que, en muchos casos, no disponía de cocina propia en sus viviendas.

Este primer plano permite apreciar también el cuidado acabado del mostrador, revestido con un vistoso opus sectile, una técnica decorativa que utilizaba fragmentos de mármol de distintos colores y procedencias formando un mosaico irregular. No se trataba únicamente de una solución resistente al uso diario, sino también de una forma de atraer la atención de los clientes y transmitir una cierta imagen de calidad y prosperidad. Detrás de la barra aún se conservan varios de los dolia originales, algunos parcialmente fracturados, que permanecen prácticamente en el mismo lugar donde los sorprendió la erupción del Vesubio hace casi dos mil años.

Desde el lateral del mostrador puede observarse cómo los dolia quedaban empotrados en la estructura de mampostería. Estos grandes recipientes cerámicos no eran simples tinajas apoyadas sobre el suelo, sino que se introducían parcialmente en el interior del mostrador. De este modo permanecían más estables y, además, la propia masa del muro ayudaba a mantener una temperatura relativamente constante para conservar mejor los alimentos y las bebidas. Algunos de ellos alcanzaban varios centenares de litros de capacidad, por lo que, una vez instalados, prácticamente ya no podían desplazarse.

Del mismo modo podemos apreciar la cuidada planificación del espacio de trabajo. Los recipientes se distribuían de forma que el tabernero pudiera acceder fácilmente a cada uno desde el interior del establecimiento, mientras que el cliente era atendido desde el lado opuesto del mostrador. Al fondo aún pueden distinguirse los restos de una pequeña estructura escalonada de obra, posiblemente utilizada como estantería o soporte para vasijas y utensilios, recordándonos que estos locales eran auténticos negocios perfectamente organizados y no simples puestos improvisados de venta de comida.

Tras el gran mostrador se abría una estancia interior comunicada mediante esta sencilla puerta. Era el auténtico corazón del establecimiento, un espacio reservado al trabajo diario donde se almacenaban provisiones, se preparaban los alimentos y se organizaba el funcionamiento del negocio lejos de la vista de los clientes. Las tabernas romanas no eran únicamente un lugar donde se servía comida; detrás de la barra existía toda una infraestructura destinada a mantener el abastecimiento y la actividad comercial.

Aunque hoy apenas se conservan los muros y algunos restos de los revocos pintados, la distribución del edificio permite imaginar un ambiente mucho más acogedor que el actual. Las paredes estuvieron enlucidas y decoradas, el suelo sería muy distinto al que vemos hoy y la estancia estaría llena de ánforas, utensilios de cocina, mesas de trabajo y recipientes para almacenar productos. La puerta constituía, en definitiva, la frontera entre el espacio abierto al público y la zona de servicio, por donde el tabernero entraba y salía continuamente para atender a sus clientes.

Abandonar hoy esta taberna de Herculano es hacerlo con la sensación de haber recorrido un negocio que permaneció congelado en el tiempo. El mostrador revestido de mármol, los grandes dolia aún encajados en su lugar, las dependencias interiores y la cuidada organización del espacio permiten comprender que estos establecimientos eran mucho más que simples lugares donde comer. Eran puntos de encuentro, escenarios de conversaciones, negocios y noticias, pequeños centros de la vida cotidiana de la ciudad.

Dos mil años después, el silencio ha sustituido al bullicio de los clientes y al ir y venir del tabernero. Sin embargo, pocas veces la arqueología consigue transmitir con tanta claridad la impresión de que sus propietarios acaban de ausentarse unos instantes. Quizá por eso esta gran taberna sigue siendo uno de los rincones más evocadores de Herculano: un lugar donde las piedras, más que contar una historia, parecen conservar todavía el eco de la vida que un día las llenó.

Paestum (IV): recorriendo el anfiteatro romano


 Al abandonar el comitium basta recorrer unos pocos metros para encontrarse con una de las calles mejor conservadas de toda Paestum. Aún hoy puede seguirse el trazado del antiguo pavimento, delimitado por altos muros de grandes sillares que han resistido más de dos mil años. Caminar por ella produce una sensación difícil de describir: por un instante desaparece la impresión de estar entre ruinas y uno tiene la sensación de recorrer una auténtica calle de la ciudad romana.

Este eje urbano separaba dos edificios muy diferentes pero estrechamente relacionados con la vida pública. A un lado quedaba el comitium, donde se reunían los ciudadanos para participar en las asambleas y en la actividad política. Al otro se alzaba el anfiteatro, destinado a los espectáculos que congregaban a buena parte de la población. En apenas unos pasos se pasaba del espacio del debate al del entretenimiento, dos facetas inseparables de la sociedad romana.

Resulta llamativo comprobar el excelente estado de conservación del pavimento y de los bordillos que delimitan la calzada. Son elementos mucho más modestos que los grandes templos dóricos, pero precisamente por ello permiten imaginar con mayor facilidad la vida cotidiana de la ciudad. Por esta misma calle caminaron magistrados, comerciantes, soldados y espectadores que se dirigían al anfiteatro. Hoy seguimos recorriendo el mismo itinerario, convertido en uno de los testimonios más elocuentes de la organización urbana de la antigua Paestum.

La entrada principal al anfiteatro conserva todavía uno de sus grandes arcos abovedados, una de las partes mejor preservadas del edificio. Al atravesarlo resulta fácil imaginar el ir y venir de los espectadores que, hace casi dos mil años, accedían a las gradas para presenciar espectáculos públicos. La sólida bóveda de mampostería, reforzada en algunos puntos con ladrillo, es un magnífico ejemplo de la capacidad constructiva romana y de cómo este tipo de estructuras distribuían el peso hacia los muros laterales, permitiendo cubrir amplios espacios con una notable resistencia. Aunque el graderío ha llegado hasta nosotros muy incompleto, este acceso monumental transmite la sensación de entrar en un edificio concebido para acoger a miles de personas.

Desde el interior del anfiteatro, la vista del gran arco de acceso permite apreciar la monumentalidad de una construcción que, aunque hoy solo la podamos ver muy incompleta, nos explica con claridad la ambición de la arquitectura romana. El arco principal constituía una de las entradas al recinto y daba paso a las galerías que distribuían a los espectadores hacia las diferentes zonas del graderío. La combinación de mampostería y refuerzos de ladrillo visibles en distintos puntos permite reconocer las diferentes intervenciones constructivas que experimentó el anfiteatro a lo largo de su historia, desde su construcción inicial hasta las reparaciones realizadas en época romana.

Esta perspectiva también permite comprender el enorme espesor de los muros que sustentaban la cavea, el graderío semicircular donde se acomodaba el público. El anfiteatro de Paestum, construido hacia mediados del siglo I a. C. y ampliado décadas después con un anillo exterior para incrementar su capacidad, figura entre los anfiteatros romanos más antiguos que se conservan. Lamentablemente, una parte importante del edificio desapareció durante el siglo XIX con la apertura de la carretera que atraviesa el yacimiento, dividiendo el monumento en dos. Aun así, los restos conservados permiten reconstruir mentalmente su disposición original y hacerse una idea de la intensa vida pública que acogió este espacio durante la época romana

Aunque el anfiteatro de Paestum ha perdido buena parte de su graderío, los restos conservados permiten comprender con bastante claridad la disposición de la cavea, el espacio destinado a los espectadores. Las sucesivas hileras de gradas ascendían aprovechando la pendiente de la estructura y ofrecían una visión completa de la arena, donde se desarrollaban los espectáculos públicos. Desde esta perspectiva resulta fácil apreciar la potente base de sillares que sostenía el conjunto y la robustez de una obra concebida para soportar el peso de miles de personas.

La imagen permite además relacionar dos de los elementos fundamentales del edificio: el graderío y el sistema de accesos. A la derecha puede verse el gran arco que comunicaba el exterior con las galerías interiores, desde donde el público se distribuía hacia las distintas zonas de la cavea. La parte conservada sigue ofreciendo una magnífica lección de arquitectura romana. Basta contemplar estas gradas para imaginar el ambiente que debieron vivir los habitantes de Paestum cuando acudían a presenciar juegos, exhibiciones o espectáculos que formaban parte de la vida pública de la ciudad

La parte exterior del anfiteatro permite apreciar otro de los aspectos más interesantes de su arquitectura: la combinación de grandes sillares de piedra con estructuras de mampostería y ladrillo. La sólida base de bloques calizos, perfectamente escuadrados, recorría todo el perímetro del edificio y actuaba como un poderoso muro de contención sobre el que descansaba el graderío. A pesar de la pérdida de buena parte de la cavea, este basamento sigue transmitiendo la sensación de solidez característica de las grandes obras públicas romanas.

Sobre esa base pétrea se conservan varios arcos y muros construidos en opus caementicium y revestidos con ladrillo, que formaban las galerías interiores por donde circulaban los espectadores antes de acceder a sus asientos. La imagen permite distinguir perfectamente esa superposición de técnicas constructivas, reflejo del extraordinario dominio que los ingenieros romanos alcanzaron en el uso de distintos materiales según la función de cada elemento. Incluso muy arruinado, el edificio continúa mostrando cómo la funcionalidad y la resistencia primaban sobre cualquier otro criterio en este tipo de construcciones destinadas a albergar a miles de personas

El recorrido concluye junto a una de las galerías abovedadas que recorrían el interior del anfiteatro. Estas estructuras no estaban pensadas para el espectáculo, sino para hacerlo posible: por ellas circulaban los espectadores, se distribuía el acceso a las distintas zonas del graderío y se garantizaba una evacuación rápida del recinto. Aunque hoy solo se conservan algunos tramos, basta observar la sucesión de arcos y pilares para comprender la complejidad de la organización interna de estos edificios, concebidos para albergar a miles de personas con una sorprendente eficacia.

Podemos apreciarse también el característico empleo del ladrillo en la construcción de las bóvedas, apoyadas sobre robustos pilares y combinadas con los grandes sillares de piedra que conforman la estructura exterior. Esta mezcla de materiales refleja una de las grandes virtudes de la ingeniería romana: utilizar cada técnica allí donde ofrecía mejores prestaciones. Los ladrillos permitían levantar arcos resistentes y relativamente ligeros, mientras que la piedra garantizaba la estabilidad de los muros principales. Más de dos mil años después, estas galerías siguen siendo uno de los testimonios más elocuentes del extraordinario dominio que Roma alcanzó en el arte de construir.

Paestum (III): el Comitium, el corazón político de la ciudad


Tras recorrer el foro de la antigua Paestum, nuestro camino continúa hacia el este. En apenas unos metros el paisaje urbano cambia por completo. Ante nosotros aparecen dos de los edificios más representativos de la ciudad romana: el comitium, donde se desarrollaba la vida política municipal, y el anfiteatro, escenario de los espectáculos públicos. Entre ambos discurre una antigua calle que todavía conserva gran parte de su trazado original y que sigue permitiendo recorrer el mismo itinerario que miles de habitantes realizaron hace casi dos mil años.

La imagen aérea ayuda a comprender la estrecha relación entre estos espacios. En el centro se distingue claramente la planta circular del comitium, una construcción poco frecuente que acogía las reuniones de los ciudadanos y las asambleas públicas. A su lado se encuentra el aerarium, el antiguo tesoro de la ciudad, mientras que al norte pueden reconocerse las estructuras del ágora y del gimnasio heredados de la etapa griega. El gran óvalo del anfiteatro, situado a la derecha, refleja ya la transformación de Poseidonia en una auténtica ciudad romana, donde el entretenimiento adquirió un papel cada vez más importante.

Resulta especialmente interesante observar cómo conviven en un mismo espacio urbano edificios pertenecientes a épocas muy distintas. A pocos pasos unos de otros encontramos el recuerdo de la antigua colonia griega y las grandes construcciones levantadas bajo dominio romano. Esa superposición de siglos convierte el recorrido por Paestum en una auténtica lección de historia al aire libre, donde cada edificio ayuda a comprender la evolución de una de las ciudades mejor conservadas de la Magna Grecia.

A primera vista puede parecer un pequeño teatro, pero en realidad nos encontramos ante el comitium, uno de los edificios públicos más singulares de la Paestum romana. Su característica planta circular, rodeada por gradas de piedra, estaba destinada a las reuniones de los ciudadanos y a determinadas ceremonias cívicas. Aquí no se representaban obras ni competían atletas: era un lugar para la palabra, el debate y la participación en la vida política de la comunidad.

Aunque hoy sólo se conservan los escalones y parte de la estructura original, el edificio sigue siendo sorprendentemente legible. Las gradas descienden hacia un espacio central donde se desarrollaban las asambleas, mientras los asistentes ocupaban los distintos niveles del graderío. La escala relativamente reducida del conjunto refleja que estas reuniones estaban reservadas a un grupo concreto de ciudadanos con derecho a intervenir en los asuntos públicos, muy lejos de las grandes concentraciones que tenían lugar en los anfiteatros o teatros romanos.

Impresiona detenerse unos minutos frente a estas piedras e imaginar el ambiente que debió de respirarse aquí hace más de dos mil años. Mientras los templos de Poseidonia evocan el mundo de los dioses, el comitium nos acerca a algo mucho más humano: magistrados exponiendo sus decisiones, ciudadanos escuchando, votando o defendiendo sus opiniones. Es uno de esos lugares donde la arqueología deja de hablar únicamente de monumentos y empieza a contar la historia de las personas que dieron vida a la ciudad.

Desde este ángulo se aprecia uno de los aspectos más interesantes del comitium: su adaptación al terreno. Lejos de levantarse sobre una gran plataforma, el edificio aprovecha parcialmente el desnivel natural del suelo para crear un espacio semicircular en torno al área central. La disposición semicircular concentraba naturalmente la atención sobre el espacio central, donde tomaban la palabra los magistrados o quienes intervenían en la asamblea, favoreciendo que todos los asistentes los pudieran ver y escuchar. Es una solución arquitectónica sencilla, pero extraordinariamente eficaz, que recuerda la importancia que los romanos concedían a la vida pública.

La imagen permite distinguir también la robustez de la construcción. Los graderíos fueron levantados con grandes bloques de travertino colocados en anillos concéntricos, muchos de los cuales permanecen aún en su posición original. A la derecha se conservan restos de otros edificios del foro, mientras que al fondo asoma el llamado Templo de la Paz, recordándonos que la actividad política y la religiosa compartían un mismo espacio urbano. En una ciudad romana, los principales edificios públicos no se entendían de forma aislada, sino como partes de un conjunto cuidadosamente organizado.

Esta perspectiva permite comprender de un solo vistazo la organización del comitium. Los graderíos semicirculares se disponen a ambos lados del espacio central, mientras un corredor de acceso divide el conjunto y comunica directamente con el foro. No se trata de una distribución casual: todo el edificio estaba concebido para favorecer la reunión de los ciudadanos alrededor del lugar donde intervenían los magistrados o quienes tomaban la palabra.

A diferencia de los grandes teatros romanos, capaces de albergar miles de espectadores, el comitium era un edificio mucho más reducido y reservado a la vida política local. Aquí se celebraban determinadas asambleas, actos públicos y ceremonias relacionadas con el gobierno de la ciudad. La proximidad entre los asistentes y el espacio central confería a estas reuniones un carácter mucho más directo que el de otros edificios públicos, recordándonos que la política romana también se construía en escenarios de dimensiones relativamente modestas.

Podemos apreciar igualmente cómo el paso del tiempo ha transformado el edificio sin ocultar su función original. Aunque sólo permanecen las gradas inferiores y algunos restos de los muros, la geometría del conjunto continúa siendo perfectamente reconocible. Es fácil imaginar este espacio ocupado por ciudadanos que debatían cuestiones de interés común mientras, a pocos metros, la vida cotidiana continuaba desarrollándose en el foro. Pocas ruinas transmiten con tanta claridad la organización de la vida cívica romana como este discreto rincón de Paestum.

Desde este ángulo el comitium deja de percibirse únicamente como un conjunto de gradas de piedra para convertirse en un verdadero lugar de encuentro. Aunque apenas se conservan los escalones inferiores y algunos restos de los muros, la estructura sigue transmitiendo con claridad su función original. La suave pendiente de las gradas dirige la mirada hacia el espacio central, donde hace más de dos mil años se reunían los ciudadanos para asistir a las asambleas de la comunidad.

Llama especialmente la atención la solidez de los sillares que aún permanecen en pie. Son fragmentos modestos si los comparamos con los majestuosos templos de Paestum, pero poseen un enorme valor histórico: representan uno de los pocos espacios donde todavía es posible imaginar con bastante precisión el funcionamiento cotidiano de las instituciones municipales romanas. Aquí no se celebraban ceremonias religiosas ni grandes espectáculos, sino algo mucho más silencioso y trascendente: la vida política de la ciudad.

Al abandonar el comitium resulta inevitable volver la vista atrás. Frente a los templos, que simbolizan la relación entre los hombres y los dioses, este edificio recuerda otra dimensión igualmente esencial del mundo clásico: la organización de la comunidad y la participación en los asuntos públicos. Entre estas sencillas gradas de piedra se debatieron decisiones que afectaron a generaciones de habitantes de Poseidonia y, más tarde, de la Paestum romana. Quizá por eso, pese a su estado fragmentario, sigue siendo uno de los rincones más sugerentes de todo el yacimiento.

Un paseo por la sala de los mosaicos del MANN

 Tras recorrer una primera selección de mosaicos pompeyanos, continuamos nuestro paseo por la extraordinaria Sala de los Mosaicos del Museo Arqueológico Nacional de Nápoles. Esta colección reúne algunas de las obras musivarias más refinadas conservadas de la Antigüedad, procedentes en su mayoría de Pompeya y Herculano. En ellas conviven escenas mitológicas, retratos, naturalezas muertas y motivos decorativos que permiten asomarse a los gustos estéticos y a la vida cotidiana de las élites romanas poco antes de la erupción del Vesubio.

El recorrido comienza con un elegante mosaico procedente de la Casa de las Vestales de Pompeya. En el centro destaca un medallón circular con el rostro de Medusa, una de las Gorgonas de la mitología griega, representada con una expresión serena y un extraordinario cuidado en el modelado del rostro y del cabello serpentino. Más que un monstruo aterrador, el artista parece haber buscado una imagen de gran belleza y equilibrio, propia del gusto helenístico.

El conjunto está enmarcado por un refinado borde geométrico en blanco y negro, mientras que en los registros superior e inferior aparecen pequeños motivos decorativos y paisajísticos, entre ellos edificios, vegetación y animales, que enriquecen la composición sin restar protagonismo a la cabeza de Medusa. Este tipo de mosaicos decoraba las estancias principales de las viviendas más acomodadas y combinaba el valor ornamental con el simbolismo protector asociado tradicionalmente a la Gorgona, cuya imagen se consideraba capaz de alejar el mal y proteger el hogar

Entre las obras más llamativas de la sala destaca este delicado retrato femenino, hallado en la Regio VI de Pompeya, donde decoraba el pavimento de un cubicolo o dormitorio. Ya la antigua guía del Museo Arqueológico de Nápoles lo calificaba como una pieza de especial importancia, no solo por la exquisita calidad de su ejecución, sino porque podría tratarse de un auténtico retrato realizado del natural, algo extraordinariamente poco frecuente en los mosaicos romanos.

La identidad de la mujer sigue siendo desconocida, aunque desde finales del siglo XIX algunos investigadores han planteado que pudiera tratarse de la propietaria de la vivienda, quien habría querido perpetuar su imagen en una de las estancias más privadas de la casa. Su peinado cuidadosamente recogido, los pendientes, el collar y la ligera transparencia de la vestimenta reflejan el refinamiento de la moda femenina de la época, mientras que el artista consigue transmitir una sorprendente sensación de individualidad mediante la mirada, la expresión serena y el sutil modelado del rostro.

Contemplar hoy este mosaico produce una sensación difícil de describir. A diferencia de las escenas mitológicas o de los motivos decorativos, aquí no observamos a un personaje legendario, sino muy probablemente a una mujer real que vivió en Pompeya hace casi dos mil años. Gracias al extraordinario dominio técnico del mosaista, su rostro continúa devolviendo la mirada al visitante con una naturalidad que hace olvidar que está compuesto por miles de diminutas teselas de piedra.

Este refinado mosaico en opus vermiculatum, realizado con diminutas teselas de menos de un milímetro, representa a un grupo de músicos ambulantes avanzando por una calle hacia la entrada de una vivienda. La escena fue descubierta en 1763 en la llamada Villa de Cicerón, a las afueras de la Puerta de Herculano de Pompeya, y constituye uno de los mejores ejemplos de la extraordinaria calidad técnica alcanzada por los mosaistas helenísticos. 

Los personajes aparecen caracterizados con las máscaras de la Comedia Nueva griega. A la derecha, un músico marca el ritmo golpeando un tympanon o pandero mientras parece iniciar un paso de danza; frente a él, otro hace sonar unos pequeños címbalos de bronce. Detrás, una mujer interpreta un doble aulos o flauta doble, seguida por un muchacho que sostiene un cuerno. Durante mucho tiempo se creyó que la escena representaba una procesión de sacerdotes mendicantes de la diosa Cibeles, aunque hoy también se relaciona con una representación teatral inspirada en una comedia de Menandro, en la que un grupo de músicos desfila ante una casa como parte de la acción dramática. 

Uno de los detalles más interesantes es la inscripción griega situada en el ángulo superior izquierdo: «Διοσκουρίδης Σάμιος ἐποίησε»Dioscúrides de Samos lo hizo»). Se trata de uno de los escasísimos mosaicos firmados conservados en Campania y constituye un valioso testimonio del prestigio alcanzado por este artista. El propio MANN señala que la obra traduce a mosaico una pintura griega del siglo III a. C., hoy desaparecida, convirtiéndose así en una ventana excepcional hacia un capítulo casi perdido de la pintura helenística. 

Este mosaico reúne varias escenas de animales en una composición sorprendentemente dinámica. En la parte superior, un gato salvaje acaba de atrapar un ave entre sus fauces, mientras otra levanta el vuelo en un intento desesperado por escapar. Bajo esta escena de caza aparecen dos patos, rodeados de peces, moluscos y conchas marinas representados con un notable realismo, como si se tratara de un refinado bodegón inspirado en los productos de la naturaleza.

La composición combina dos temas muy apreciados en el mundo romano: por un lado, la observación directa del comportamiento animal y, por otro, la abundancia de alimentos procedentes de la caza, la pesca y el mar. Cada especie está representada con gran fidelidad, desde el plumaje de las aves hasta las escamas de los peces o las formas de las conchas, demostrando el extraordinario dominio técnico alcanzado por los mosaistas pompeyanos.

Más allá de su evidente valor decorativo, el mosaico transmite una curiosa sensación de movimiento. El instante elegido por el artista —el depredador sujetando a su presa mientras otra ave intenta escapar— convierte una escena cotidiana de la naturaleza en una pequeña narración congelada en piedra. Es precisamente esa capacidad para captar un momento fugaz lo que hace que muchas de estas obras sigan pareciendo sorprendentemente modernas dos mil años después.

A primera vista podría parecer un sencillo catálogo de peces y aves acuáticas, pero este pequeño mosaico revela el extraordinario dominio técnico alcanzado por los artistas romanos. Procedente de la Casa del Gran Duque de Toscana de Pompeya (IX, 2, 27), fue realizado entre finales del siglo II a. C. y el siglo I a. C. mediante la refinada técnica del opus vermiculatum, utilizando diminutas teselas que permiten modelar volúmenes, escamas y plumajes con una precisión casi pictórica.

La composición se organiza en dos registros. En la parte superior aparecen varios peces mediterráneos representados con notable fidelidad anatómica, mientras que en la inferior se disponen dos patos junto a un conjunto de aves de caza, frutas y otros alimentos. Más que una escena natural, el mosaico constituye una elegante evocación de los productos que podían servirse en un banquete romano, un motivo muy apreciado para decorar los espacios destinados a recibir a los invitados.

Aunque sus dimensiones apenas alcanzan los 36 × 38 centímetros, la calidad de la ejecución resulta extraordinaria. La sutileza con la que el mosaista reproduce los reflejos plateados de los peces, las variaciones del plumaje o las sombras entre los distintos elementos demuestra hasta qué punto el mosaico romano había llegado a convertirse en una auténtica pintura realizada con piedra y vidrio.

Muy próximo al anterior, este delicado mosaico vuelve a trasladarnos al mundo de la naturaleza. Dos aves acuáticas avanzan entre la vegetación de un estanque, representadas con un realismo sorprendente gracias a la técnica del opus vermiculatum. Las diminutas teselas permiten reproducir con precisión el plumaje, los matices del color y el movimiento de los animales, demostrando una vez más el extraordinario dominio técnico alcanzado por los mosaistas romanos.

La pieza procede también de Pompeya y probablemente formaba parte de la decoración de una de las grandes residencias de la ciudad, quizá también de la Casa del Gran Duque de Toscana —aunque algunas publicaciones la relacionan con la Casa del Fauno—. Este tipo de escenas naturalistas, inspiradas en paisajes de estanques o incluso en ambientes nilóticos tan apreciados durante la época helenística y romana, evocaban la abundancia, la tranquilidad y el refinamiento cultural de sus propietarios.

Más allá de su belleza decorativa, el mosaico revela la capacidad de los artistas romanos para observar la naturaleza con una sensibilidad casi moderna. Lejos de limitarse a representar animales de forma esquemática, estudiaron sus proporciones, posturas y comportamiento, convirtiendo pequeñas escenas como esta en auténticas pinturas.

Cerramos este recorrido con una de las escenas más curiosas y delicadas de la colección. Durante mucho tiempo este pequeño mosaico fue descrito como un "colombo" o paloma, tal como aparece en la antigua guía del museo. Sin embargo, actualmente se identifica al ave como una perdiz, sorprendida mientras hurta un objeto brillante de una cesta abierta, probablemente un espejo u otro pequeño utensilio doméstico.

La composición destaca por su extraordinaria sencillez. Sobre un fondo oscuro, toda la atención se concentra en el ave y en el gesto de introducir el pico en la cesta, una escena cotidiana tratada con el mismo cuidado y refinamiento que las grandes composiciones mitológicas. El modelado del plumaje, el volumen del cesto de mimbre y los reflejos del objeto que asoma entre las teselas vuelven a demostrar la calidad de los mosaistas pompeyanos.

Este tipo de imágenes, aparentemente anecdóticas, revela el gusto romano por los pequeños episodios de la vida diaria y por la observación de la naturaleza. No todo en los mosaicos estaba destinado a representar dioses o héroes: también había espacio para escenas ingeniosas capaces de arrancar una sonrisa a quienes recorrían las estancias de una casa hace casi dos mil años.

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