Este eje urbano separaba dos edificios muy diferentes pero estrechamente relacionados con la vida pública. A un lado quedaba el comitium, donde se reunían los ciudadanos para participar en las asambleas y en la actividad política. Al otro se alzaba el anfiteatro, destinado a los espectáculos que congregaban a buena parte de la población. En apenas unos pasos se pasaba del espacio del debate al del entretenimiento, dos facetas inseparables de la sociedad romana.
Resulta llamativo comprobar el excelente estado de conservación del pavimento y de los bordillos que delimitan la calzada. Son elementos mucho más modestos que los grandes templos dóricos, pero precisamente por ello permiten imaginar con mayor facilidad la vida cotidiana de la ciudad. Por esta misma calle caminaron magistrados, comerciantes, soldados y espectadores que se dirigían al anfiteatro. Hoy seguimos recorriendo el mismo itinerario, convertido en uno de los testimonios más elocuentes de la organización urbana de la antigua Paestum.
La entrada principal al anfiteatro conserva todavía uno de sus grandes arcos abovedados, una de las partes mejor preservadas del edificio. Al atravesarlo resulta fácil imaginar el ir y venir de los espectadores que, hace casi dos mil años, accedían a las gradas para presenciar espectáculos públicos. La sólida bóveda de mampostería, reforzada en algunos puntos con ladrillo, es un magnífico ejemplo de la capacidad constructiva romana y de cómo este tipo de estructuras distribuían el peso hacia los muros laterales, permitiendo cubrir amplios espacios con una notable resistencia. Aunque el graderío ha llegado hasta nosotros muy incompleto, este acceso monumental transmite la sensación de entrar en un edificio concebido para acoger a miles de personas.
Desde el interior del anfiteatro, la vista del gran arco de acceso permite apreciar la monumentalidad de una construcción que, aunque hoy solo la podamos ver muy incompleta, nos explica con claridad la ambición de la arquitectura romana. El arco principal constituía una de las entradas al recinto y daba paso a las galerías que distribuían a los espectadores hacia las diferentes zonas del graderío. La combinación de mampostería y refuerzos de ladrillo visibles en distintos puntos permite reconocer las diferentes intervenciones constructivas que experimentó el anfiteatro a lo largo de su historia, desde su construcción inicial hasta las reparaciones realizadas en época romana.
Esta perspectiva también permite comprender el enorme espesor de los muros que sustentaban la cavea, el graderío semicircular donde se acomodaba el público. El anfiteatro de Paestum, construido hacia mediados del siglo I a. C. y ampliado décadas después con un anillo exterior para incrementar su capacidad, figura entre los anfiteatros romanos más antiguos que se conservan. Lamentablemente, una parte importante del edificio desapareció durante el siglo XIX con la apertura de la carretera que atraviesa el yacimiento, dividiendo el monumento en dos. Aun así, los restos conservados permiten reconstruir mentalmente su disposición original y hacerse una idea de la intensa vida pública que acogió este espacio durante la época romana
Aunque el anfiteatro de Paestum ha perdido buena parte de su graderío, los restos conservados permiten comprender con bastante claridad la disposición de la cavea, el espacio destinado a los espectadores. Las sucesivas hileras de gradas ascendían aprovechando la pendiente de la estructura y ofrecían una visión completa de la arena, donde se desarrollaban los espectáculos públicos. Desde esta perspectiva resulta fácil apreciar la potente base de sillares que sostenía el conjunto y la robustez de una obra concebida para soportar el peso de miles de personas.
La imagen permite además relacionar dos de los elementos fundamentales del edificio: el graderío y el sistema de accesos. A la derecha puede verse el gran arco que comunicaba el exterior con las galerías interiores, desde donde el público se distribuía hacia las distintas zonas de la cavea. La parte conservada sigue ofreciendo una magnífica lección de arquitectura romana. Basta contemplar estas gradas para imaginar el ambiente que debieron vivir los habitantes de Paestum cuando acudían a presenciar juegos, exhibiciones o espectáculos que formaban parte de la vida pública de la ciudad
La parte exterior del anfiteatro permite apreciar otro de los aspectos más interesantes de su arquitectura: la combinación de grandes sillares de piedra con estructuras de mampostería y ladrillo. La sólida base de bloques calizos, perfectamente escuadrados, recorría todo el perímetro del edificio y actuaba como un poderoso muro de contención sobre el que descansaba el graderío. A pesar de la pérdida de buena parte de la cavea, este basamento sigue transmitiendo la sensación de solidez característica de las grandes obras públicas romanas.
Sobre esa base pétrea se conservan varios arcos y muros construidos en opus caementicium y revestidos con ladrillo, que formaban las galerías interiores por donde circulaban los espectadores antes de acceder a sus asientos. La imagen permite distinguir perfectamente esa superposición de técnicas constructivas, reflejo del extraordinario dominio que los ingenieros romanos alcanzaron en el uso de distintos materiales según la función de cada elemento. Incluso muy arruinado, el edificio continúa mostrando cómo la funcionalidad y la resistencia primaban sobre cualquier otro criterio en este tipo de construcciones destinadas a albergar a miles de personas
El recorrido concluye junto a una de las galerías abovedadas que recorrían el interior del anfiteatro. Estas estructuras no estaban pensadas para el espectáculo, sino para hacerlo posible: por ellas circulaban los espectadores, se distribuía el acceso a las distintas zonas del graderío y se garantizaba una evacuación rápida del recinto. Aunque hoy solo se conservan algunos tramos, basta observar la sucesión de arcos y pilares para comprender la complejidad de la organización interna de estos edificios, concebidos para albergar a miles de personas con una sorprendente eficacia.
Podemos apreciarse también el característico empleo del ladrillo en la construcción de las bóvedas, apoyadas sobre robustos pilares y combinadas con los grandes sillares de piedra que conforman la estructura exterior. Esta mezcla de materiales refleja una de las grandes virtudes de la ingeniería romana: utilizar cada técnica allí donde ofrecía mejores prestaciones. Los ladrillos permitían levantar arcos resistentes y relativamente ligeros, mientras que la piedra garantizaba la estabilidad de los muros principales. Más de dos mil años después, estas galerías siguen siendo uno de los testimonios más elocuentes del extraordinario dominio que Roma alcanzó en el arte de construir.



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