La conquista de Egipto: guerra y cautiverio en los relieves de Asurbanipal


Antes de detenernos en cada escena, conviene contemplar el relieve en su conjunto. Esta reproducción corresponde a un panel mural del Palacio Norte de Nínive, cuyo original fue tallado entre 645 y 635 a. C. para conmemorar las campañas de Asurbanipal en Egipto. Como en el relieve de Hamanu, la pared del palacio se convertía en una crónica visual de las victorias del rey; pero aquí la narración no aparece dividida en registros claramente delimitados, sino distribuida por un espacio continuo en el que se suceden combates, asedios, huidas y deportaciones.

Egipto llevaba años representando una amenaza para la frontera occidental del Imperio asirio. Asarhaddón, padre de Asurbanipal, había conquistado Menfis en 671 a. C., aunque el faraón kushita Taharqo consiguió escapar y recuperar posteriormente parte del territorio. Asarhaddón murió en 669 a. C. mientras preparaba una nueva campaña, de modo que correspondió a su hijo continuar la guerra. Las tropas de Asurbanipal volvieron a derrotar a Taharqo, que huyó hacia el sur, mientras los asirios trataban de asegurar su dominio mediante gobernantes egipcios sometidos a su autoridad.

La lucha, sin embargo, no terminó entonces. Tras la muerte de Taharqo, su sobrino Tanutamani intentó restaurar el poder de la dinastía kushita y avanzó nuevamente hacia el norte. La respuesta asiria culminó en 663 a. C. con el saqueo de Tebas, una de las ciudades más antiguas, ricas y prestigiosas de Egipto. Sus habitantes fueron deportados y sus tesoros conducidos como botín; incluso algunos obeliscos metálicos fueron trasladados o fundidos para adornar los templos asirios. Para Asurbanipal, la victoria demostraba que su poder podía alcanzar uno de los territorios más célebres y venerados del mundo antiguo.

El relieve condensa esa conquista en una narración abigarrada. En la parte superior aparecen dos núcleos de combate alrededor de ciudades fortificadas, mientras que la zona inferior muestra las consecuencias de la derrota: grupos de cautivos, soldados, animales y bienes avanzan junto a una corriente de agua poblada de peces, un recurso paisajístico que permite situar inmediatamente la acción en el valle del Nilo. No estamos, por tanto, ante la reproducción exacta de un único instante, sino ante una síntesis visual de la campaña, organizada para mostrar desde el ataque inicial hasta el sometimiento de la población.

Como ocurría en Hamanu, la imagen fue concebida desde la perspectiva del vencedor. El relieve transformaba una guerra larga e incierta en una sucesión ordenada que conducía inevitablemente al triunfo de Asiria. Sin embargo, al acercarnos a sus diferentes zonas, esa gran proclamación imperial se descompone en multitud de historias: hombres que defienden las murallas, soldados que ascienden por las escalas, figuras que caen, familias conducidas al cautiverio y animales arrastrados lejos de su lugar de origen. Para comprender mejor esa compleja narración, recorreremos por separado los dos focos superiores del asedio y, finalmente, la procesión inferior junto al Nilo.

Vamos a utilizar recreaciones coloreadas del original solo con una finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.

En este primer núcleo de la composición contemplamos el momento culminante del asalto a una ciudad fortificada. La arquitectura aparece reducida a sus elementos esenciales: una elevada muralla, torres, puertas y remates almenados que permiten reconocer inmediatamente un recinto defensivo. Los soldados asirios atacan desde varios puntos al mismo tiempo, creando una escena abigarrada en la que cada grupo desempeña una función diferente. La ciudad todavía resiste, pero el relieve presenta su caída como algo ya inevitable.

Dos grandes escalas apoyadas contra la muralla concentran buena parte de la acción. Por ellas ascienden los atacantes mientras otros soldados permanecen en la base, protegiendo el avance y preparándose para seguirlos. La desproporción entre las figuras y los edificios no responde a un error: los escultores necesitaban que cada personaje y cada gesto pudieran reconocerse con claridad. La arquitectura se adapta así a la narración y no al contrario.

Algunos combatientes avanzan protegidos por enormes escudos redondos, mientras arqueros y lanceros cubren el asalto desde abajo. No estamos ante una masa indiferenciada, sino ante distintas unidades que actúan de manera coordinada. Los arqueros hostigan a quienes defienden la parte superior; los hombres de las escalas intentan alcanzar las murallas; y otros soldados atacan los puntos más vulnerables de la fortificación. El relieve quería mostrar no solo el valor de los combatientes, sino también la disciplina y la capacidad técnica del ejército asirio.

En la zona inferior, varios hombres parecen actuar directamente contra la estructura defensiva. La descripción del British Museum señala que unos soldados tratan de incendiar la puerta, mientras otros socavan la base de los muros. Esta última tarea correspondía a los zapadores: protegidos por grandes escudos, retiraban piedras o debilitaban los cimientos hasta abrir una brecha. La ciudad era atacada, por tanto, desde arriba mediante las escalas y desde abajo mediante el fuego y la demolición.

La resistencia egipcia se concentra sobre las murallas. Algunos defensores todavía combaten desde lo alto, pero otros aparecen precipitándose al vacío. Sus cuerpos giran y caen con posturas muy expresivas; uno de ellos lleva incluso el cabello suelto, extendido por efecto de la caída. El escultor ha congelado esos instantes para aumentar el dramatismo, aunque también para dejar claro quién controla ya el desarrollo de la batalla: mientras los asirios ascienden de forma ordenada, sus enemigos pierden pie y desaparecen detrás de las defensas que intentaban proteger.

Como ocurre tantas veces en los relieves palaciegos, el espacio está completamente ocupado por la acción. Escudos, armas, cuerpos, escalas y murallas se superponen hasta transmitir la sensación de que el ataque se produce simultáneamente en todas partes. Sin embargo, bajo ese aparente desorden existe una dirección muy clara: los asirios avanzan desde la parte inferior hacia lo alto de la fortaleza, mientras los defensores retroceden o caen.

La recreación coloreada nos ayuda precisamente a reconocer esa estructura. Al separar los escudos, las vestimentas, las armas y las figuras humanas, comprendemos mejor cómo las distintas unidades colaboran en el asalto. Pero el mensaje original sigue siendo el mismo: la fortaleza parece sólida y elevada, aunque ninguna muralla puede detener definitivamente al ejército de Asurbanipal.

No sabemos qué ciudad concreta quiso representar el escultor ni si estamos ante la reproducción fiel de un asedio determinado. Probablemente la escena condensa y ordena diversos acontecimientos de la campaña egipcia. Para quienes recorrían el palacio de Nínive, esa precisión geográfica resultaba secundaria: lo importante era contemplar cómo incluso las fortalezas de Egipto podían ser escaladas, incendiadas y derribadas por las tropas del rey. La ficha del British Museum identifica prudentemente la pieza como la captura asiria de una fortaleza en Egipto.

La parte derecha continúa el mismo ataque mostrado en la escena anterior. Aunque el deterioro central hizo conveniente dividir el relieve para observarlo mejor, la ficha del British Museum interpreta toda la zona superior como la toma de una fortaleza egipcia. No parece, por tanto, que debamos hablar con seguridad de una segunda ciudad o de otro asedio diferente, sino de un nuevo sector de una misma narración, en el que los escultores desarrollaron otras acciones simultáneas del ataque.

La composición está dominada por una gran escala inclinada que conduce nuestra mirada desde los soldados situados en la parte inferior hasta la fortificación. Varios asirios ascienden por ella armados, algunos con escudos redondos y lanzas. La postura resulta especialmente difícil: deben trepar, protegerse y combatir al mismo tiempo, expuestos a los proyectiles lanzados desde lo alto. Sin embargo, el relieve no insiste en su vulnerabilidad, sino en su determinación. Los atacantes continúan ascendiendo ordenadamente, como si ni la altura de los muros ni la resistencia de los defensores pudieran detenerlos.

Uno de los aspectos más interesantes es la coordinación entre quienes suben y los arqueros apostados en el extremo derecho. Estos aparecen alineados, con los cuerpos orientados en una misma dirección y los arcos tensados hacia la fortaleza. Su función sería mantener ocupados a los defensores y ofrecer cobertura a los soldados de las escalas. Mientras unos intentaban alcanzar la parte superior del recinto, otros disparaban desde una posición más segura para impedir que el enemigo pudiera concentrarse contra ellos.

La repetición de los arqueros produce un ritmo visual muy característico. Brazos, arcos y cuerpos adoptan posiciones semejantes, convirtiendo al grupo en una unidad perfectamente coordinada. No se representa a cada combatiente como un héroe individual: lo importante es el funcionamiento conjunto del ejército asirio. La victoria procede de esa combinación de especialidades —arqueros, lanceros, portadores de escudos y tropas de asalto— que actúan simultáneamente alrededor de la fortificación.

En lo alto todavía se distinguen algunos defensores. Unos parecen enfrentarse a quienes alcanzan la muralla, mientras otros han perdido el equilibrio o caen desde ella. Como en la parte izquierda, el escultor contrapuso dos movimientos: los asirios ascienden y los egipcios caen. Esa dirección opuesta resume por sí sola el resultado de la batalla. Los primeros avanzan desde abajo hacia el interior de la ciudad; los segundos son expulsados del espacio que intentaban defender.

La arquitectura vuelve a estar subordinada a la narración. Torres, muros, almenas y accesos no forman una representación topográfica precisa, sino una especie de escenario abierto que nos permite contemplar al mismo tiempo lo que sucede fuera, sobre las murallas e incluso entre sus estructuras. El objetivo no era enseñarnos cómo era realmente una ciudad egipcia determinada, sino hacer visible todo el proceso de su conquista.

La recreación coloreada ayuda especialmente a comprender esa coordinación. La diagonal de la escala organiza una escena que en la piedra desnuda parece inicialmente confusa, mientras los diferentes tonos permiten separar a los arqueros, los soldados que ascienden y los defensores de la fortaleza. Bajo la acumulación de figuras aparece entonces una estrategia perfectamente legible: unos disparan, otros escalan y, sobre las murallas, la resistencia comienza a derrumbarse. Para el visitante del palacio de Nínive, el mensaje era inequívoco: incluso en el lejano Egipto, ninguna fortificación podía contener el avance del ejército de Asurbanipal.

La franja inferior nos muestra las consecuencias inmediatas del asedio representado sobre ella. La acción militar ha quedado atrás y el protagonismo pasa ahora a la población civil egipcia, conducida fuera de la fortaleza junto con sus animales y sus escasas pertenencias.

La procesión ocupa casi toda la anchura del relieve y parece prolongarse más allá de sus límites. Hombres y mujeres avanzan en pequeños grupos, algunos cargando objetos sobre los hombros o transportando recipientes y fardos. No contemplamos aquí un botín formado por tronos, armas o riquezas palaciegas, como ocurría en Hamanu, sino algo mucho más íntimo: las pertenencias que una familia podía llevar consigo al abandonar forzosamente su hogar. El escultor convierte así una multitud anónima en una sucesión de pequeñas historias individuales.

Entre los cautivos destaca un asno sobre el que viajan dos niños, identificados expresamente en la descripción de la escena. Es un detalle diminuto, pero transforma por completo nuestra percepción del relieve. Los niños no aparecen caminando como los adultos, probablemente porque no podían mantener el ritmo de la marcha, y son transportados entre los bienes familiares. Su presencia confirma que no estamos ante una columna de soldados derrotados, sino ante el desplazamiento de una comunidad entera, con mujeres, menores y animales.

Los animales también formaban parte esencial de cuanto aquellas personas poseían. Asnos y otros animales de carga permitían transportar a los niños, los recipientes y los objetos recuperados antes de abandonar la ciudad. Para el ejército vencedor constituían además recursos aprovechables: podían ser requisados, redistribuidos o llevados junto con la población deportada. En el relieve, personas, animales y cargas forman una sola corriente en movimiento, como si todo el mundo que existía tras las murallas estuviera siendo vaciado y conducido hacia otro lugar.

Aunque algunas figuras parecen avanzar sin una vigilancia inmediata, no se trata de una huida libre. La presencia de soldados asirios y la propia organización de la marcha muestran que los civiles están siendo conducidos después de la conquista. Las deportaciones constituían una práctica habitual del Imperio neoasirio: servían para castigar la resistencia, impedir nuevas rebeliones y trasladar mano de obra hacia otras regiones. No conocemos el destino de estas personas, pero probablemente serían obligadas a comenzar una nueva vida lejos de Egipto y bajo la autoridad del vencedor.

La escena se desarrolla junto a una corriente de agua representada mediante varias líneas onduladas. En su interior nadan numerosos peces y aparecen también algunos cangrejos, un detalle señalado por la ficha del British Museum. La abundancia de vida acuática permite identificar el río con el Nilo y no solo sitúa geográficamente la campaña: crea una auténtica franja de paisaje que acompaña a la procesión de un extremo al otro. El agua unifica una composición que carece de las divisiones horizontales habituales en otros relieves asirios.

Resulta significativo que los escultores dedicasen tanta atención a los peces y crustáceos. No necesitaban representar cada especie con exactitud para comunicar su mensaje; bastaba con mostrar un río ancho y rebosante de vida, inmediatamente asociado con Egipto. Para quienes contemplaban el relieve en Nínive, el Nilo era además el símbolo de un territorio remoto y extraordinario. Su inclusión demostraba visualmente hasta dónde había llegado el poder militar de Asurbanipal.

La recreación coloreada nos permite seguir mejor esa larga marcha: distinguir a los adultos, localizar a los niños sobre el asno, separar las cargas y reconocer los animales, mientras el tono contenido del agua hace visible el curso del Nilo sin apartar la atención de los cautivos. También conserva los fragmentos del asedio situados sobre ellos, estableciendo una relación directa entre ambas acciones: arriba se conquista la fortaleza; abajo, sus habitantes son expulsados de ella.

Para la propaganda de Asurbanipal, aquella columna constituía una prueba más de la victoria. La población, los animales y los bienes de la ciudad pasaban a disposición del conquistador. Sin embargo, vista de cerca, la escena habla menos de la gloria militar que del desarraigo: adultos cargados con cuanto han podido conservar, niños transportados sobre un asno y familias obligadas a avanzar junto al río, sin saber quizá dónde terminaría su camino. El Nilo continúa fluyendo y los peces nadan bajo ellos con absoluta normalidad, mientras sobre sus orillas todo el mundo de aquellas personas acaba de desaparecer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

La caída de Babilonia: el triunfo de Asurbanipal y el destino de los vencidos

 El relieve procede del Palacio Norte de Nínive y fue realizado hacia 645-640 a. C. , pocos años después de los acontecimientos que conmemo...