Egipto llevaba años representando una amenaza para la frontera occidental del Imperio asirio. Asarhaddón, padre de Asurbanipal, había conquistado Menfis en 671 a. C., aunque el faraón kushita Taharqo consiguió escapar y recuperar posteriormente parte del territorio. Asarhaddón murió en 669 a. C. mientras preparaba una nueva campaña, de modo que correspondió a su hijo continuar la guerra. Las tropas de Asurbanipal volvieron a derrotar a Taharqo, que huyó hacia el sur, mientras los asirios trataban de asegurar su dominio mediante gobernantes egipcios sometidos a su autoridad.
La lucha, sin embargo, no terminó entonces. Tras la muerte de Taharqo, su sobrino Tanutamani intentó restaurar el poder de la dinastía kushita y avanzó nuevamente hacia el norte. La respuesta asiria culminó en 663 a. C. con el saqueo de Tebas, una de las ciudades más antiguas, ricas y prestigiosas de Egipto. Sus habitantes fueron deportados y sus tesoros conducidos como botín; incluso algunos obeliscos metálicos fueron trasladados o fundidos para adornar los templos asirios. Para Asurbanipal, la victoria demostraba que su poder podía alcanzar uno de los territorios más célebres y venerados del mundo antiguo.
El relieve condensa esa conquista en una narración abigarrada. En la parte superior aparecen dos núcleos de combate alrededor de ciudades fortificadas, mientras que la zona inferior muestra las consecuencias de la derrota: grupos de cautivos, soldados, animales y bienes avanzan junto a una corriente de agua poblada de peces, un recurso paisajístico que permite situar inmediatamente la acción en el valle del Nilo. No estamos, por tanto, ante la reproducción exacta de un único instante, sino ante una síntesis visual de la campaña, organizada para mostrar desde el ataque inicial hasta el sometimiento de la población.
Como ocurría en Hamanu, la imagen fue concebida desde la perspectiva del vencedor. El relieve transformaba una guerra larga e incierta en una sucesión ordenada que conducía inevitablemente al triunfo de Asiria. Sin embargo, al acercarnos a sus diferentes zonas, esa gran proclamación imperial se descompone en multitud de historias: hombres que defienden las murallas, soldados que ascienden por las escalas, figuras que caen, familias conducidas al cautiverio y animales arrastrados lejos de su lugar de origen. Para comprender mejor esa compleja narración, recorreremos por separado los dos focos superiores del asedio y, finalmente, la procesión inferior junto al Nilo.
Vamos a utilizar recreaciones coloreadas del original solo con una finalidad didáctica. Los colores, añadidos de forma interpretativa, no pretenden reconstruir fielmente la policromía original del relieve, sino facilitar la identificación de las figuras y la lectura de la escena.
En este primer núcleo de la composición contemplamos el momento culminante del asalto a una ciudad fortificada. La arquitectura aparece reducida a sus elementos esenciales: una elevada muralla, torres, puertas y remates almenados que permiten reconocer inmediatamente un recinto defensivo. Los soldados asirios atacan desde varios puntos al mismo tiempo, creando una escena abigarrada en la que cada grupo desempeña una función diferente. La ciudad todavía resiste, pero el relieve presenta su caída como algo ya inevitable.
Dos grandes escalas apoyadas contra la muralla concentran buena parte de la acción. Por ellas ascienden los atacantes mientras otros soldados permanecen en la base, protegiendo el avance y preparándose para seguirlos. La desproporción entre las figuras y los edificios no responde a un error: los escultores necesitaban que cada personaje y cada gesto pudieran reconocerse con claridad. La arquitectura se adapta así a la narración y no al contrario.
Algunos combatientes avanzan protegidos por enormes escudos redondos, mientras arqueros y lanceros cubren el asalto desde abajo. No estamos ante una masa indiferenciada, sino ante distintas unidades que actúan de manera coordinada. Los arqueros hostigan a quienes defienden la parte superior; los hombres de las escalas intentan alcanzar las murallas; y otros soldados atacan los puntos más vulnerables de la fortificación. El relieve quería mostrar no solo el valor de los combatientes, sino también la disciplina y la capacidad técnica del ejército asirio.
En la zona inferior, varios hombres parecen actuar directamente contra la estructura defensiva. La descripción del British Museum señala que unos soldados tratan de incendiar la puerta, mientras otros socavan la base de los muros. Esta última tarea correspondía a los zapadores: protegidos por grandes escudos, retiraban piedras o debilitaban los cimientos hasta abrir una brecha. La ciudad era atacada, por tanto, desde arriba mediante las escalas y desde abajo mediante el fuego y la demolición.
La resistencia egipcia se concentra sobre las murallas. Algunos defensores todavía combaten desde lo alto, pero otros aparecen precipitándose al vacío. Sus cuerpos giran y caen con posturas muy expresivas; uno de ellos lleva incluso el cabello suelto, extendido por efecto de la caída. El escultor ha congelado esos instantes para aumentar el dramatismo, aunque también para dejar claro quién controla ya el desarrollo de la batalla: mientras los asirios ascienden de forma ordenada, sus enemigos pierden pie y desaparecen detrás de las defensas que intentaban proteger.
Como ocurre tantas veces en los relieves palaciegos, el espacio está completamente ocupado por la acción. Escudos, armas, cuerpos, escalas y murallas se superponen hasta transmitir la sensación de que el ataque se produce simultáneamente en todas partes. Sin embargo, bajo ese aparente desorden existe una dirección muy clara: los asirios avanzan desde la parte inferior hacia lo alto de la fortaleza, mientras los defensores retroceden o caen.
La recreación coloreada nos ayuda precisamente a reconocer esa estructura. Al separar los escudos, las vestimentas, las armas y las figuras humanas, comprendemos mejor cómo las distintas unidades colaboran en el asalto. Pero el mensaje original sigue siendo el mismo: la fortaleza parece sólida y elevada, aunque ninguna muralla puede detener definitivamente al ejército de Asurbanipal.
No sabemos qué ciudad concreta quiso representar el escultor ni si estamos ante la reproducción fiel de un asedio determinado. Probablemente la escena condensa y ordena diversos acontecimientos de la campaña egipcia. Para quienes recorrían el palacio de Nínive, esa precisión geográfica resultaba secundaria: lo importante era contemplar cómo incluso las fortalezas de Egipto podían ser escaladas, incendiadas y derribadas por las tropas del rey. La ficha del British Museum identifica prudentemente la pieza como la captura asiria de una fortaleza en Egipto.




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