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Brescia romana: del templo de la Tríada al museo


 Después de recorrer  sin detenernos las dos primeras salas del antiguo Capitolium, llegamos al espacio situado en el lado derecho del templo. Allí comenzaba propiamente la visita museística y allí nos esperaba la pieza más célebre de todo el conjunto: la Victoria alada de Brescia.

La primera impresión resultaba espectacular. La estatua recortada contra el muro de ladrillo y envuelta en una penumbra que acentuaba su silueta. Apenas se distinguían los detalles del rostro, la túnica o las alas, pero precisamente esa oscuridad hacía que la figura pareciera suspendida entre el pasado y el presente, como si acabara de regresar al lugar para el que fue concebida.

La Victoria fue descubierta el 20 de julio de 1826, durante las excavaciones realizadas en el templo, junto con otras esculturas y numerosos fragmentos de bronce. Originalmente sostenía un escudo apoyado sobre la rodilla izquierda, en cuya superficie podían grabarse los nombres de los vencedores. La estatua que hoy contemplamos es el resultado de una compleja restauración, pero conserva intacta la fuerza de aquella imagen romana de la victoria.

En ese primer momento estaba la silueta oscura, las alas extendidas y los brazos adelantados, como si la diosa estuviera a punto de depositar su escudo ante nosotros.

Pero la escena todavía guardaba una sorpresa. Cuando la iluminación se encendió, la figura pareció transformarse ante nosotros. La silueta oscura dio paso a una Victoria mucho más compleja, llena de matices metálicos, reflejos verdosos y tonos dorados que recorrían el rostro, los brazos, la túnica y las plumas de las alas.

La luz permitía apreciar ahora la delicadeza del trabajo: los mechones cuidadosamente trazados, los pliegues del vestido, la tensión de los brazos extendidos y el movimiento de las alas, abiertas detrás del cuerpo. También revelaba las huellas del tiempo sobre el bronce, con sus diferentes tonalidades y zonas de oxidación, que no ocultaban la escultura, sino que formaban parte de su larga historia.

El efecto fue realmente espectacular. Hasta ese momento habíamos contemplado una presencia casi fantasmal; de pronto, la Victoria recuperaba volumen, materia y expresión. El museo había convertido la iluminación en parte de la visita, y el cambio resultaba espectacular: primero la aparición en la penumbra y después la revelación de una de las grandes obras maestras de la Brescia romana.

En la misma sala encontramos este altar de mármol, una pieza de aspecto sobrio pero ricamente decorada. Su superficie frontal está recorrida por una gran guirnalda vegetal, sostenida en los extremos por pequeñas figuras aladas, mientras que los laterales muestran motivos de hojas y roleos.

El relieve, muy gastado en algunas zonas, conserva todavía la elegancia de la composición: las cintas caen formando curvas, las hojas se abren a ambos lados y las figuras parecen sostener el conjunto con sus brazos. El blanco del mármol, intensamente iluminado, hace que algunos detalles sean difíciles de distinguir, pero también transmite la solemnidad de la pieza.

Desde el aula dedicada a la Victoria alada pasamos a la sala central del antiguo Capitolium, probablemente el espacio principal del templo, consagrado a Júpiter. Aquí la impresión cambia por completo: ya no encontramos una única escultura dominando la estancia, sino las paredes cubiertas por inscripciones, lápidas y fragmentos de mármol.

La gran inscripción situada en la parte superior recuerda al emperador Vespasiano, bajo cuyo reinado se levantó el Capitolium e inauguró el edificio en el año 73 d. C. Su monumentalidad hace que funcione casi como un friso arquitectónico. Las letras, originalmente coloreadas, proclaman los títulos y cargos del emperador y convierten la propia pared en una declaración de poder romano.

Debajo y a ambos lados se organizan inscripciones de naturaleza muy diversa. El museo las agrupó en varias categorías: dedicatorias honorarias, documentos históricos, homenajes a emperadores y miembros de la familia imperial, inscripciones religiosas y epitafios funerarios. Algunas proceden del propio conjunto monumental; otras fueron encontradas en Brescia o en su territorio y reutilizadas posteriormente en los muros del Museo Patrio.

El resultado es una especie de archivo de piedra de la ciudad romana. Junto a los nombres de los emperadores aparecen magistrados, sacerdotes, soldados, familias y ciudadanos anónimos. Cada fragmento conserva una pequeña parte de la vida pública de Brixia: una carrera política, una donación, una dedicación a los dioses o la memoria de una persona fallecida.

La sala tiene además un interés especial porque muestra cómo se entendía el patrimonio arqueológico en el siglo XIX. Las inscripciones fueron colocadas siguiendo un orden temático y decorativo, integradas en una arquitectura clasicista que buscaba devolver dignidad y unidad a unos restos encontrados dispersos. El visitante actual contempla, por tanto, dos tiempos superpuestos: el de la ciudad romana que grabó estos textos y el del museo que decidió conservarlos y reunirlos.

Entre todas las inscripciones de la sala, esta llamó especialmente nuestra atención. En el centro aparece una placa dedicada a Germánico César, uno de los personajes más queridos y trágicos de la primera familia imperial romana. El texto, breve y solemne, conserva la fórmula de dedicación pública: Germanico Caesari, seguido de sus cargos y honores, y las letras finales D. D., abreviatura de decreto decurionum, que indica que la decisión fue tomada por el consejo de la ciudad.

A su alrededor se agrupan otras inscripciones relacionadas con la familia imperial. Podemos reconocer los nombres de Druso, Germánico, Augusto y varios emperadores posteriores. Más que una simple colección de lápidas, el conjunto parece reconstruir la memoria oficial de la dinastía julio-claudia y de sus sucesores, una genealogía de poder escrita sobre mármol.

Germánico ocupaba un lugar especial dentro de esa memoria. Hijo de Druso el Mayor y sobrino de Tiberio, fue adoptado por este y se convirtió en uno de los herederos más prestigiosos de la casa imperial. Su matrimonio con Agripina la Mayor lo vinculó directamente con la descendencia de Augusto, y entre sus hijos estuvieron Calígula y Agripina la Menor. Por eso, al leer su nombre en esta sala, no estamos ante una figura aislada, sino ante uno de los principales nexos de la familia imperial del siglo I.

La placa central, con sus letras grandes y espaciadas, contrasta con las pequeñas inscripciones que la rodean. Unas proclaman títulos y honores; otras recuerdan cargos, parentescos y dedicaciones concretas. Todas juntas muestran cómo el poder romano también se construía mediante la escritura pública y cómo las ciudades del Imperio participaban en la creación de la memoria imperial.

Las paredes laterales de la sala estaban cubiertas por lápidas y monumentos funerarios. Frente a las inscripciones imperiales de la pared principal, estos mármoles nos devuelven a una escala mucho más cercana: la de las familias de Brixia, sus nombres, sus vínculos y la memoria que quisieron dejar de sí mismas.

Entre todas ellas nos llamó especialmente la atención este monumento funerario. En el centro, sobre la inscripción, aparecen los bustos de un hombre y una mujer. El texto identifica a Quinto Egnatio y a su esposa, Philistia Paula, y parece indicar que el monumento fue preparado para ambos. La imagen y las palabras se completan mutuamente: el nombre fija su identidad, mientras que los retratos conservan, aunque desgastados por el tiempo, algo de su presencia física.

No sabemos nada más de ellos, pero precisamente ahí reside el interés de estas piezas. No fueron emperadores ni personajes célebres, sino habitantes de una ciudad romana que quisieron ser recordados juntos. Durante siglos, sus nombres permanecieron grabados en la piedra, esperando que alguien volviera a detenerse ante ellos.

A su lado aparece otro monumento con dos rostros jóvenes, probablemente pertenecientes a una misma familia. Los rasgos están muy erosionados, pero todavía se percibe la intención de representar a personas concretas, no a figuras ideales. Cada lápida conserva así una pequeña historia, una de tantas vidas anónimas que formaron la comunidad de Brixia.

Entre las numerosas lápidas de la sala nos detuvimos en este conjunto, donde las inscripciones aparecen mezcladas con pequeños relieves y fragmentos de monumentos funerarios. Cada pieza parece formar parte de una historia distinta, aunque todas comparten la misma voluntad de conservar un nombre.

En la lápida ovalada situada en la parte superior derecha se recuerda a Quintia Valeria y a Cecilio Secundo, su esposo. La inscripción menciona también a los herederos, que se encargaron de realizar el monumento funerario. Es una fórmula aparentemente sencilla, pero detrás de ella se percibe una relación familiar concreta: una mujer, su marido y quienes, después de su muerte, asumieron el deber de mantener viva su memoria.

A diferencia de las grandes inscripciones imperiales, aquí no se proclaman títulos ni victorias. Solo aparecen nombres, parentescos y una responsabilidad familiar. Sin embargo, precisamente por eso la pieza resulta tan cercana. Nos habla de personas que vivieron en la Brixia romana, formaron una familia y quisieron dejar constancia de su existencia en una piedra que ha llegado hasta nosotros.

Junto a ella se conserva otro monumento con un relieve de varios personajes y una inscripción más extensa, probablemente vinculada a un miembro de la élite local y a sus familiares. Los rostros están muy erosionados, pero todavía se reconoce la intención de representar a personas reales. Entre las fórmulas latinas y las abreviaturas aparece así algo que las hace especialmente valiosas: la huella de individuos concretos, casi anónimos para nosotros, pero no para quienes los quisieron y los recordaron.

Este nuevo grupo de lápidas nos muestra otra cara de la sociedad de Brixia. Junto a los monumentos funerarios aparecen inscripciones relacionadas con asociaciones profesionales y con la vida pública de la ciudad.

En la parte inferior izquierda se distingue la expresión fabricae centonariae, probablemente vinculada a una corporación de centonarii. Estos trabajadores se ocupaban de la fabricación de tejidos y paños, aunque en muchas ciudades romanas sus asociaciones también podían desempeñar funciones prácticas, como la intervención en caso de incendio. Una breve inscripción basta para recordarnos que detrás de la monumentalidad del Capitolium existía una sociedad organizada en oficios, colegios y grupos profesionales.

En el centro destaca un monumento funerario más elaborado, enmarcado por columnas y relieves. La inscripción parece recordar a un ciudadano que desempeñó responsabilidades municipales y participó en la vida pública de la colonia. A su alrededor se disponen lápidas más sencillas, algunas dedicadas a matrimonios, familiares o miembros del ámbito doméstico.

Entre todas ellas, estas piedras forman un retrato fragmentario pero muy vivo de la ciudad romana. Aparecen trabajadores, magistrados, esposas, libertos y familias enteras. Sus nombres han perdido para nosotros casi toda su historia, pero las inscripciones conservan todavía el lugar que ocuparon dentro de su comunidad.

En la sala situada más a la izquierda del templo se conservan tres cabezas de divinidades, descubiertas durante las excavaciones del siglo XIX. La cartela indica que dos de ellas representarían probablemente a Minerva, mientras que la tercera corresponde a Sileno, identificado por la corona de hojas de hiedra y pámpanos que rodea su cabeza.

Las esculturas están realizadas en mármol blanco griego y son copias romanas de modelos más antiguos. Aunque han llegado separadas de sus cuerpos originales, todavía conservan parte de la expresividad que debieron de tener cuando formaban parte de la decoración del Capitolium.

La imagen permite contemplar también el entorno en el que se exponen: los restos de los muros, el pavimento de mármoles policromos y la sobria museografía contemporánea. Frente a la acumulación de nombres e historias familiares de las salas anteriores, estas tres cabezas nos devuelven a la dimensión más solemne y religiosa del templo.

Con esta última sala terminamos nuestro recorrido por el antiguo templo de la Tríada Capitolina de Brixia. Lo que comenzó al contemplar sus columnas desde el exterior se ha convertido ahora en una visita por el interior del edificio: la Victoria alada, el aula de Júpiter, los mármoles policromos, los altares, las esculturas y, sobre todo, las innumerables inscripciones que devuelven su nombre a emperadores, magistrados, sacerdotes, trabajadores, familias y personas anónimas.

El templo ya no conserva su función religiosa, pero el museo ha conseguido que siga siendo un lugar de memoria. Entre sus muros conviven los dioses de Roma y quienes vivieron a su alrededor; las grandes proclamaciones imperiales y las palabras sencillas de quienes solo quisieron ser recordados por sus seres queridos. Quizá esa sea la mayor riqueza de Brixia: que después de casi dos mil años todavía podamos acercarnos, a través de una estatua o de unas pocas líneas grabadas en piedra, a la vida de quienes hicieron suyo este lugar.

Brescia romana: los frescos del santuario republicano


Tras contemplar el Capitolium desde el exterior, entramos en el recorrido arqueológico situado bajo Casa Pallaveri. La primera sala nos permite descubrir algo que desde la plaza pasa inadvertido: la superposición de edificios de distintas épocas en este mismo lugar.

Los grandes restos de cimentación que vemos corresponden al pórtico occidental del Capitolium, levantado sobre las estructuras del santuario republicano anterior. Entre muros, bloques de piedra y desniveles, la excavación muestra cómo la construcción del conjunto de época de Vespasiano transformó este espacio religioso, incorporando bajo sus nuevas obras parte de lo que ya existía.

El santuario republicano se había construido en las primeras décadas del siglo I a. C. y estaba formado por cuatro salas de culto contiguas sobre un podio común. Nuestro recorrido nos irá acercando a sus restos hasta alcanzar la sala occidental, donde se conserva una de las grandes sorpresas de la visita: las pinturas que decoraban sus paredes hace más de dos mil años.

La siguiente parada nos acerca a un personaje bien conocido de la historia romana: el emperador Calígula. Esta inscripción, realizada en mármol de Proconeso y fechada por el museo entre los años 37 y 41 d. C., conserva buena parte de su texto, aunque la placa ha llegado fragmentada e incompleta. Sobre la superficie grisácea destacan las letras teñidas de rojo, cuya coloración original ha sobrevivido al paso de los siglos.

La dedicatoria fue promovida por una sacerdotisa de la divinizada Drusila, hermana de Calígula, fallecida en el año 38. El texto invoca la salud, el regreso y la victoria del emperador, y reúne varios de sus títulos honoríficos. Es un testimonio de cómo el culto a la familia imperial estaba presente en la vida religiosa de las ciudades romanas.

Contemplada de cerca, la pieza conserva algo más que los nombres y honores de un gobernante: también nos permite apreciar cómo se presentaban estas inscripciones ante sus lectores. Las letras rojas facilitaban su lectura y daban a la dedicatoria una presencia visual que todavía hoy, casi dos mil años después, sigue llamando la atención.

Antes de llegar a las pinturas, una inscripción nos acerca a quienes contribuyeron a embellecer el santuario. Aunque le falta parte del lado derecho, sus grandes letras permiten reconocer los nombres de Lucio Hostilio Frontón y Cayo Clodio Merga, recordados por su aportación económica a la decoración del edificio.

La pieza fue hallada sobre el pavimento de la primera sala y probablemente estuvo colocada encima de la puerta de acceso. En su última línea se conserva el comienzo de la expresión opus albarium, que hace referencia a los trabajos de revestimiento blanco y estuco.

No es frecuente que una inscripción conserve los nombres de quienes financiaron una decoración mural. Por eso, este fragmento añade una dimensión humana a la visita: antes de contemplar los colores y detalles del santuario, conocemos a dos de las personas que hicieron posible su ornamentación y quisieron dejar constancia de ello.

Entre los fragmentos decorativos expuestos nos detenemos en este relieve de motivos vegetales. Flores de grandes pétalos, hojas y frutos ocupan la superficie conservada, mientras las fracturas interrumpen una composición que originalmente debió de prolongarse más allá. La iluminación lateral acentúa los volúmenes y permite apreciar el cuidado dedicado a cada detalle.

También merece la pena detenerse en el pavimento, que, según nos explicaron durante la visita, es original. Sobre un fondo rojizo de textura menuda se distribuyen fragmentos de piedra de distintos tamaños y colores: blancos, oscuros y algunos verdosos. Sus formas irregulares crean una superficie moteada en la que cada pequeño detalle es diferente.

La fotografía permite apreciar de cerca esa combinación de materiales, discreta en la distancia y mucho más rica cuando bajamos la mirada. Antes de detenernos ante las pinturas, el suelo ya nos invita a observar con calma la decoración del santuario.

Después de recorrer los restos del santuario, llegamos a la sala que conserva sus pinturas murales. La impresión es inmediata: frente a nosotros aparece un espacio decorado con intensos tonos rojos, verdes, ocres y blancos, organizado mediante columnas, pilastras y paneles que imitan distintos tipos de mármol.

La decoración fue realizada entre los años 89 y 75 a. C., cuando se construyó el santuario republicano. En ella trabajaron artesanos llegados desde el centro y el sur de Italia, llamados para dotar al nuevo edificio de una riqueza acorde con la importancia que Brixia estaba adquiriendo dentro del mundo romano. Los frescos pertenecen al llamado segundo estilo pompeyano, caracterizado por convertir las paredes en una arquitectura pintada.

En esta vista se aprecia muy bien ese juego visual. Las columnas dividen los paneles y parecen prolongar la estructura de la sala, mientras que las placas de colores imitan superficies de mármol. En la parte inferior, una gran decoración de telas, guirnaldas y bandas ondulantes recorre las paredes como si fuera un elemento colgado. La pintura no se limita a cubrir el muro: crea la ilusión de un espacio más amplio y solemne.

El mosaico blanco del pavimento, formado por pequeñas teselas dispuestas con gran regularidad y rodeado por un marco oscuro, completa la decoración. En el centro se distinguen también varias piezas circulares, probablemente relacionadas con la organización del espacio y con los elementos que se apoyaban en él. Todo el conjunto muestra hasta qué punto este santuario republicano fue concebido como un espacio de culto cuidado hasta el último detalle.

Esta segunda vista presenta la decoración de frente y permite apreciar con claridad la organización de la pared. Dos columnas estriadas enmarcan una serie de paneles rectangulares, separados por bandas rojas y verdes y rematados por una cenefa de meandros. A primera vista parecen placas de mármol encajadas en el muro, pero se trata de una imitación pintada.

El efecto es especialmente llamativo porque los pintores no se limitaron a reproducir colores y vetas. También crearon una arquitectura ficticia: las columnas, las pilastras y los marcos parecen ordenar la sala y darle una profundidad que el muro desnudo no tendría. La decoración real y la decoración pintada se responden entre sí, como si ambas formaran parte de un mismo proyecto.

En la zona inferior aparece de nuevo el motivo de la tela suspendida, con sus pliegues, flecos y guirnaldas vegetales. El blanco dominante contrasta con los rojos, ocres y verdes de los registros superiores, mientras que el mosaico del suelo prolonga visualmente la luminosidad de la pared.

 Las superficies que imitaban mármoles y otras piedras fueron pulidas con cera de abeja y aceite de oliva para hacerlas más brillantes. Incluso después de más de dos mil años, la pintura conserva suficiente color y detalle para transmitir algo del impacto que debió de producir cuando el santuario estaba en uso.

En esta tercera imagen podemos detenernos en uno de los detalles más singulares de la decoración: la gran cortina blanca pintada en la parte inferior de la pared. El artista simuló sus pliegues mediante líneas ondulantes y la animó con guirnaldas vegetales, cintas y pequeñas franjas de colores. El resultado recuerda a un tejido suspendido entre las columnas, como si pudiera moverse suavemente con el aire.

La cortina estaba decorada con ondas rojas, guirnaldas de hojas y bandas polícromas: violetas con flores amarillas, grises con pequeñas almenas y rojas con un perfil dentado. En algunos puntos, la pintura deja entrever el fondo verde que imitaba un muro construido con grandes bloques.

Sobre esta zona se conserva parte del registro medio, con el zócalo dorado y los paneles que fingían placas de mármol. La columna estriada de la derecha ayuda a entender el juego entre arquitectura real y arquitectura pintada: el muro se convierte en un escenario compuesto por elementos superpuestos, telas, piedras, molduras y columnas.

También se aprecia aquí la relación con el pavimento. El mosaico blanco, delimitado por una banda de piedra rosada y un marco oscuro, se prolonga hasta la pared y refuerza la sensación de que toda la sala fue concebida como un conjunto decorativo unitario.

Terminamos el recorrido por los frescos con este detalle, en el que se aprecia mejor la imitación de las placas de mármol. Los grandes paneles centrales reproducen superficies de brecha marmórea, con fragmentos blancos, grises, rosados y amarillos encajados en una composición irregular. La pintura busca imitar el lujo de los revestimientos pétreos, aunque aquí todo está creado sobre el enlucido de la pared.

Las pilastras rojas y las columnas estriadas ordenan la composición, mientras la cenefa de meandros marca la transición hacia la parte superior. Debajo, la cortina blanca vuelve a aparecer con sus guirnaldas, cintas y pliegues. En el centro se distingue además el fondo verde que simulaba un muro de grandes bloques, parcialmente oculto por la tela pintada.

Después de observar estas pinturas, resulta más fácil comprender la intención del santuario: no era un espacio austero, sino un edificio público y religioso cuidadosamente decorado para impresionar a quienes entraban. Hace más de dos mil años, sus paredes ofrecían una arquitectura de colores, mármoles brillantes, telas y columnas; hoy, los restos conservados todavía permiten reconstruir mentalmente aquella primera impresión.

Brescia romana: una mirada al teatro desde el exterior


 A pocos pasos del Capitolium se encuentran los restos del teatro romano de Brixia. Durante nuestra visita estaba cerrado por mantenimiento, de modo que tuvimos que conformarnos con contemplarlo desde el exterior. Su proximidad al templo permitía asomarse y obtener esta vista del graderío y de los altos muros que todavía delimitan parte del recinto.

El origen del edificio se remonta a época de Augusto. A lo largo de los siglos siguientes fue ampliado y enriquecido, hasta la renovación de la decoración arquitectónica de la escena entre los siglos II y III d. C. Junto al foro y al Capitolium, el teatro completaba un sector de la ciudad donde se reunían la vida pública, la religión y los espectáculos.

En la fotografía se reconoce la curvatura de la cávea, el espacio destinado a los espectadores, asentada parcialmente sobre la pendiente de la colina Cidneo. Los restos escalonados de la zona inferior permiten seguir la disposición del graderío, mientras que los muros del fondo muestran una construcción mucho más compleja, transformada con el paso del tiempo. Tenía una capacidad para unos 15.000 espectadores.

Aunque no pudimos recorrerlo, esta mirada desde fuera basta para despertar la curiosidad. Ante las gradas vacías cuesta evitar el ejercicio de imaginar al público ocupando sus asientos, las conversaciones previas y el momento en que la atención de todos se dirigía hacia la escena.

Esta vista acerca la mirada a uno de los grandes muros conservados en el recinto. Las hiladas rojizas de ladrillo recorren la fábrica de piedra, interrumpidas por aberturas, grietas y zonas donde el aparejo cambia. En el extremo derecho destacan varios bloques claros de mayor tamaño, mientras la vegetación ocupa algunas de las juntas y coronaciones.

La altura que todavía alcanza esta pared ayuda a comprender el volumen del edificio, difícil de imaginar observando únicamente los restos del graderío. Sus superficies reúnen huellas de construcción, reparaciones y transformaciones que requieren una lectura arqueológica para distinguir sus distintas etapas. Desde fuera podemos apreciar esa complejidad: el teatro que ha llegado hasta nosotros conserva también las marcas de todo lo que ocurrió después de sus representaciones.

Esta última imagen permite observar cómo los restos del teatro conviven con las construcciones que fueron ocupando su entorno. Sobre las líneas curvas del graderío se levanta un frente de muros donde destacan una gran abertura oscura, un pequeño arco a sus pies y restos de revestimientos en tonos ocres y rojizos. A la derecha, una ventana enrejada introduce un detalle cotidiano entre las antiguas estructuras.

La historia del recinto continuó mucho después de sus últimas representaciones. El teatro se utilizó hasta finales del siglo IV o comienzos del V; siglos después, entre el XI y el XII, el edificio escénico se derrumbó, probablemente a causa de un terremoto, y sus materiales se aprovecharon como piedra de construcción. Las sucesivas ocupaciones fueron transformando el lugar hasta darle esa mezcla de ruina antigua y arquitectura posterior que hoy contemplamos.

Aquí terminamos nuestra mirada al teatro romano de Brescia. El cierre por mantenimiento nos dejó con las ganas de recorrerlo, pero estas vistas desde el exterior merecieron la parada. Queda pendiente regresar y conocer desde dentro lo que esta vez solo pudimos entrever.

Brescia romana: entre las columnas del Capitolium

 

Entre las calles y los edificios de Brescia, la antigua Brixia romana conserva un espacio donde resulta fácil detenerse e imaginar otra ciudad. Aquí se extendía el foro, centro de la vida pública, donde se cruzaban los asuntos políticos, los negocios y las prácticas religiosas. Una plaza alargada, de unos 120 metros de longitud y 40 de anchura, articulaba este conjunto, flanqueada por pórticos y presidida en su extremo norte por el Capitolium.

Esta primera vista nos sitúa frente al templo, levantado bajo Vespasiano en el año 73 d. C. sobre un santuario anterior de época republicana. Su posición elevada y la escalinata de acceso contribuían a destacar su presencia sobre el resto del foro. Al otro extremo de la plaza se encontraba la basílica civil, vinculada a la administración de justicia y a las actividades públicas y comerciales de la ciudad.

La fachada permite reconocer las tres entradas correspondientes a las salas de culto, o cellae, dedicadas a Júpiter, Juno y Minerva, la tríada capitolina. Ante ellas se alzan las columnas del pórtico, con sus fustes acanalados y capiteles corintios. Por encima, entre los fragmentos del entablamento, todavía puede leerse el nombre de Vespasiano: una referencia que une estas piedras con un momento concreto de la historia de Roma.

El aspecto que contemplamos es también resultado de la recuperación arqueológica y de la reconstrucción parcial del siglo XX. Los fragmentos claros de piedra antigua alternan con las partes de ladrillo que restituyen el volumen perdido de las columnas y de la fachada. Esa diferencia, tan visible en la fotografía, permite apreciar tanto lo que ha sobrevivido como el trabajo realizado para devolver al templo parte de su presencia monumental. Estas antiguas salas de culto albergan hoy espacios museísticos, a los que se accede por las puertas de la fachada, donde los cerramientos acristalados introducen una discreta presencia contemporánea entre los restos romanos.

Al ampliar la mirada hacia la zona inferior del recinto, se comprende mejor la posición elevada del Capitolium. En primer plano aparece un tramo del muro que sostenía la terraza del templo, adornado con arcadas ciegas. Sus arcos de ladrillo dibujan una sucesión de relieves sobre la pared, hoy conservada de forma desigual, entre superficies de piedra y restos de revestimiento.

Estos muros flanqueaban la escalinata que comunicaba el área sagrada con el decumano, la calle romana cuyo trazado sigue la actual Via dei Musei. El acceso al templo se organizaba así mediante una sucesión de niveles: desde la actividad cotidiana de la ciudad se ascendía hacia el recinto presidido por las columnas y las salas de culto. La arquitectura aprovechaba el desnivel para reforzar la presencia del santuario.

La fotografía reúne esos distintos planos: el muro en primer término, los fragmentos arquitectónicos depositados sobre el terreno y, al fondo, la fachada del Capitolium. Junto a ellos se levantan edificios de épocas posteriores, recordándonos cuánto ha cambiado este rincón de Brescia alrededor de sus restos romanos.

Al pie de la escalinata, las columnas del Capitolium adquieren una presencia imponente. Las acanaladuras conducen la mirada hacia los capiteles corintios y, sobre ellos, hacia las molduras y los relieves que enriquecían la fachada. Desde este ángulo se aprecian incluso los motivos florales bajo la cornisa, detalles que pueden pasar inadvertidos al contemplar el conjunto desde lejos.

En lo alto, la inscripción monumental, conservada parcialmente y completada durante la restauración, recuerda a Vespasiano. Su nombre presidía el acceso al santuario, haciendo visible la autoridad imperial en el corazón religioso de Brixia. Arquitectura, culto y poder compartían así una misma fachada.

La cercanía también permite seguir las irregularidades de cada fragmento antiguo: las estrías desgastadas, las fracturas y los bordes que lo separan del ladrillo añadido. Esas piezas recuperadas vuelven a ocupar una posición desde la que podemos imaginar la escala del edificio. Basta levantar la cabeza para sentir algo de la impresión que debió de producir el templo sobre quienes se acercaban a él hace casi dos mil años.

Junto a la fachada, un fragmento de columna permite apreciar de cerca el trabajo de la piedra. Sobre la basa de molduras redondeadas se conserva la parte inferior del fuste, cuyas acanaladuras todavía mantienen un trazado regular cerca del pie. Más arriba, la superficie aparece profundamente deteriorada, con fracturas y pérdidas que interrumpen el dibujo original.

Detrás se eleva otra columna, más esbelta por la perspectiva, con restos de su capitel. La proximidad de ambas permite pasar de la silueta arquitectónica al detalle material: seguir un surco, observar una moldura y reconocer, en lo que ha sobrevivido, la precisión de quienes tallaron estas piezas para el templo.

Entre los fragmentos conservados en el recinto, esta pieza invita a detenerse en la ornamentación. Un tallo central organiza el relieve y se ramifica a ambos lados en curvas que rodean pequeñas flores. Las hojas acompañan ese movimiento, formando una composición simétrica enmarcada por una estrecha cenefa.

La luz lateral acentúa la profundidad de la talla y las sombras bajo los salientes. Aunque faltan partes y algunos contornos están desgastados, todavía se reconoce la delicadeza del dibujo. Después de contemplar las grandes columnas, este fragmento nos acerca a otra escala del monumento: la del artesano que fue dando forma, hoja a hoja, a su decoración.

Antes de abandonar el exterior del Capitolium, volvemos la mirada hacia la plaza. Desde el pórtico, las columnas enmarcan las fachadas de la Brescia actual, mientras sus sombras se alargan sobre el pavimento. A contraluz, los restos del frontón se recortan contra las nubes y dejan entrever el espacio que ocupaba la antigua ciudad a sus pies.

Después de acercarnos a las inscripciones, las acanaladuras y los relieves, esta perspectiva devuelve al templo su relación con el entorno. Entre las columnas aparecen ventanas, tejados y personas que continúan dando vida al lugar. La visita permite imaginar el foro romano, pero también apreciar cómo Brescia ha seguido creciendo alrededor de él.

Con esta mirada hacia la ciudad cerramos nuestro recorrido exterior. Tras las puertas del Capitolium nos espera otra parte de la visita, que dejaremos para la siguiente entrada.

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