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Santa Maria del Giglio: una iglesia veneciana entre familias, santos y esplendor barroco


Continuamos la visita a Santa Maria del Giglio pasando a la zona del coro, detrás del altar mayor. Desde aquí, la mirada asciende desde los asientos y paneles de madera oscura hasta una sucesión de lienzos rodeados de grandes marcos dorados. Las pinturas ocupan las paredes y se prolongan por la parte inferior de la tribuna del órgano, entre tallas, guirnaldas y volutas. La cercanía obliga a levantar la cabeza para abarcar una decoración que desde la nave apenas podíamos distinguir. Antes de detenernos en algunas de sus obras, merece la pena contemplar este rincón en su conjunto.

En el centro del conjunto encontramos la Anunciación de Giuseppe Porta, conocido como Salviati, pintor del siglo XVI. Gabriel se acerca por la izquierda con una vara de azucenas y una mano levantada, mientras María se vuelve hacia él desde su reclinatorio. Sus manos abiertas y el movimiento del cuerpo transmiten la sorpresa de una escena que irrumpe en la intimidad de la oración. Sobre ambos, la paloma del Espíritu Santo aparece rodeada de luz.

Las azucenas que lleva el ángel nos devuelven al nombre de la iglesia: giglio, en italiano, significa lirio o azucena, una flor asociada a la pureza de María. El gran marco dorado enlaza visualmente el lienzo con la decoración superior, donde aparece Dios Padre junto a un globo. Desde nuestra posición, las pinturas parecen prolongar la escena hacia lo alto.

Al levantar la mirada encontramos al Padre Eterno, pintado por Antonio Zanchi como parte de la decoración de la tribuna del órgano, realizada entre 1696 y 1698. Envuelto en amplios ropajes y rodeado de nubes, apoya una mano sobre el globo que simboliza el mundo. Su rostro inclinado hacia la escena inferior refuerza la continuidad visual con la Anunciación.

Esta Sagrada Familia con santa Catalina, atribuida a Andrea Celesti (1637–1712), nos acerca a una escena de gestos delicados. Santa Catalina sostiene al Niño sobre una tela clara, bajo la mirada de María, mientras san José se inclina desde la derecha. En primer término, el pequeño san Juan Bautista, reconocible por su cruz de caña, acerca los labios al pie de Jesús.

Las miradas y las manos reúnen a los personajes alrededor del Niño. Entre tanta decoración monumental, este pequeño gesto de ternura invita a detenerse y mirar el cuadro de cerca.

En La Dolorosa, de Francesco Solimena (1657–1747), toda la atención se concentra en el rostro y las manos de María. Una mano se recoge sobre el pecho mientras la otra queda abierta, en un gesto de desamparo. La mirada elevada y los labios entreabiertos expresan el dolor sin necesidad de mostrar la escena de la Crucifixión. La luz destaca su figura sobre el fondo oscuro, donde apenas asoma la cabeza de un pequeño ángel.

Entre las pinturas aparece el monumento de Giulio Contarini, procurador de San Marcos, obra de Alessandro Vittoria en la segunda mitad del siglo XVI. Su busto, de larga barba y mirada elevada, ocupa el centro de una arquitectura sostenida por dos figuras femeninas que hacen de cariátides.

El nombre de Contarini ya nos resulta familiar: fue él quien quiso perpetuar en esta misma iglesia el recuerdo de su amigo, el poeta Girolamo Molin. Ahora podemos poner rostro al hombre que encargó aquel homenaje. Los dos monumentos conservan así algo más que la memoria individual de sus protagonistas: también el testimonio de una amistad.

La inscripción inferior puede traducirse, de manera aproximada: «Quien dedicó sus votos al cielo y a la patria, he aquí que se eleva, perdurable, entre manos virginales». Las palabras encuentran su eco en las dos figuras que flanquean el retrato y en esa voluntad de permanecer que anima todo el conjunto.

Desde la zona del altar nos volvemos hacia la entrada. La perspectiva permite apreciar el pavimento de motivos geométricos, las dos hileras de bancos y los revestimientos rojos y dorados de los pilares. Al fondo, las pinturas se distribuyen alrededor de la puerta principal y ascienden hasta el gran arco superior. También merece la pena mirar hacia atrás: al entrar, con la atención puesta en el altar, toda esta decoración había quedado a nuestra espalda.

Ya de vuelta en la nave principal encontramos este altar dedicado a san Anastasio. El conjunto reúne columnas de mármol veteado, un frontal dorado, candelabros y una pequeña bóveda decorada con relieves y pinturas. En el centro, dentro de un marco mucho más sobrio que el resto del conjunto, aparece el lienzo identificado en la cartela como Cristo y los santos Francisco de Paula y Justina, obra de Jacopo Robusti, el Tintoretto, y su taller.

La arquitectura del altar casi compite con la pintura: las columnas y la decoración de la bóveda conducen la mirada hacia Cristo, que aparece en la parte superior, suspendido entre nubes y ángeles, mientras abajo san Francisco de Paula y santa Justina dirigen hacia él sus miradas. La santa se reconoce por la espada que atraviesa su pec

ho, símbolo de su martirio; el santo, vestido con el hábito oscuro, levanta las manos en actitud de oración. El fondo, con el agua y la línea de la ciudad, abre la escena hacia un paisaje veneciano.

Otro de los altares laterales nos sorprende por su arquitectura, casi más que por la figura que ocupa la hornacina central. Las cuatro columnas de mármol enmarcan una composición de aire monumental, rematada por un frontón quebrado y una decoración radial que recuerda a un gran resplandor. Los candelabros dorados destacan sobre la sobriedad de la piedra, mientras que el altar conserva también pequeñas piezas devocionales y relicarios.

Aunque no hemos podido identificar con seguridad la santa representada, el conjunto resume bien el gusto barroco de Santa Maria del Giglio: mármol, simetría, luz y una escenografía concebida para atraer la mirada hacia la imagen sagrada.

A lo largo de las paredes de la nave se desarrolla un Vía Crucis compuesto por catorce lienzos, realizados entre 1755 y 1756 por varios pintores venecianos. En uno de ellos vemos a Cristo camino del Calvario, rodeado de soldados y de una multitud que lo empuja y lo acompaña. La cruz asoma detrás de las figuras, mientras el gesto de Jesús, vuelto hacia un lado y con las manos atadas, concentra toda la tensión de la escena.

Más que una sucesión de imágenes aisladas, el conjunto convierte las paredes de la iglesia en un recorrido narrativo por la Pasión. Cada cuadro tiene un autor distinto, pero todos participan de ese movimiento continuo que conduce al espectador hacia la muerte de Cristo.

Entre los lienzos del Vía Crucis encontramos esta escena especialmente dramática: Cristo ha caído bajo el peso de la cruz mientras avanza hacia el Calvario. Los soldados y quienes lo acompañan forman un grupo agitado a su alrededor, en contraste con la figura de Jesús, vencida por el cansancio y el sufrimiento. El paisaje del fondo amplía la escena y recuerda que no se trata de un episodio aislado, sino de un camino que conduce hacia la crucifixión.

Otro de los altares conserva una escena de gran dramatismo: el Martirio de san Antonio, obra de Antonio Zanchi, fechada en el siglo XVII. En la parte superior, la Virgen con el Niño aparece entre nubes y angelitos, como una visión celestial; debajo, la composición se transforma en una violenta escena de martirio, con los cuerpos de los verdugos y del santo cruzándose en un torbellino de diagonales, espadas y paños de intenso color.

El contraste entre ambos mundos —la serenidad de lo divino y la brutalidad de la muerte— es uno de los recursos más característicos de la pintura barroca. Incluso desde cierta distancia, el lienzo consigue imponerse dentro del marco marmóreo del altar.

En uno de los muros encontramos también esta imagen de la Virgen con el Niño, presentada como una icono de tradición greco-bizantina y protegida por un revestimiento metálico. La cartela la fecha en el siglo XVII, aunque no proporciona el nombre de su autor. Más que una obra espectacular, transmite la continuidad de una devoción sencilla: ante la imagen, unas flores y una cinta parecen recordar que todavía sigue siendo objeto de oración.

Bajo la representación puede leerse la inscripción latina «Ave gratia plena», comienzo del saludo del arcángel Gabriel a María: «Dios te salve, llena eres de gracia».

En una de las hornacinas de la iglesia encontramos esta elegante escultura de una religiosa que contempla y estrecha contra su pecho un crucifijo. La corona de espinas sobre la frente, el hábito monástico y el rosario permiten identificarla probablemente como santa Rita de Casia, la religiosa agustina asociada a los casos imposibles y a una intensa devoción por la Pasión de Cristo.

La escultura no necesita una escena compleja para transmitir su mensaje: todo se concentra en el gesto de acercar la cruz al corazón. Vista desde abajo, dentro de su marco arquitectónico, la santa parece elevarse silenciosamente sobre el visitante.

En el centro del techo se encuentra una de las grandes composiciones de Antonio Zanchi: la Asunción de la Virgen. María ocupa el eje de la escena, elevada hacia el cielo mientras Cristo y los ángeles la reciben en la gloria. A su alrededor se arremolina una multitud de figuras —santos, ángeles y personajes terrenales— que convierte la pintura en una auténtica visión barroca del mundo celestial.

La obra forma parte de un ciclo mariano que recorre el techo de la iglesia junto a la Natividad y la Coronación de la Virgen. Vista desde abajo, la pintura parece abrir la arquitectura hacia un espacio luminoso e infinito, en uno de los efectos más característicos de la decoración barroca.

Cerramos el recorrido por el techo con esta Alegoría de Venecia, obra de Antonio Zanchi. En el centro aparece la personificación femenina de la ciudad, rodeada por otras figuras y acompañada por el león de San Marcos, apenas visible entre las sombras de la parte inferior.

La composición combina la solemnidad de la alegoría con el movimiento y el claroscuro propios del Barroco veneciano. Así, el ciclo pictórico de Santa Maria del Giglio no se limita a representar episodios sagrados: también celebra la ciudad, su identidad y el poder simbólico de Venecia.

Santa Maria del Giglio resulta mucho más que una iglesia monumental situada en el corazón de Venecia. Su fachada recuerda el poder y las ambiciones de la familia Barbaro; en el interior, los altares, las pinturas y los monumentos funerarios nos devuelven a las devociones, amistades y memorias de quienes la hicieron posible.

Entre obras de Zanchi, Tintoretto, Salviati, Solimena y otros artistas, el visitante recorre un auténtico compendio del arte veneciano entre los siglos XVI y XVIII. Y, por encima de todo, queda la sensación de haber seguido las huellas de muchas personas concretas: nobles, religiosos, artistas, santos y fieles anónimos que durante siglos contemplaron estas mismas imágenes.

Con esta última mirada al techo pintado y a la Alegoría de Venecia termina nuestro recorrido por Santa Maria del Giglio. Salimos de la iglesia con la impresión de haber visitado, en pleno centro de la ciudad, una pequeña historia de Venecia reunida en un único espacio.

Santa Maria del Giglio: arte y memoria en una iglesia de Venecia


Fotografiar la fachada de Santa Maria del Giglio requiere buscar el sitio con cierta paciencia. Desde allí, las columnas, esculturas y relieves se levantan como un enorme escenario de piedra, encajado entre los edificios de Venecia.

Su aspecto corresponde a la gran renovación del templo en la segunda mitad del siglo XVII. La fachada fue diseñada por Giuseppe Sardi gracias al legado de Antonio Barbaro, un noble veneciano que, al morir en 1679, destinó treinta mil ducados a su construcción. Con aquel dinero quiso dejar una memoria duradera de sí mismo y de su familia. Y, a juzgar por el resultado, se aseguró de que difícilmente pasara inadvertida.

En el centro del cuerpo superior aparece el propio Antonio, representado con indumentaria militar sobre su monumento funerario. Más abajo, cuatro estatuas ocupan los nichos situados a ambos lados de la puerta: son sus hermanos. Alrededor se despliega un repertorio de figuras alegóricas, trofeos y escenas de batalla; en lo alto, el escudo familiar preside el conjunto. La fachada entera proclama el prestigio de los Barbaro.

Uno de los detalles más curiosos se encuentra casi a la altura de los transeúntes. En los basamentos aparecen seis planos de ciudades tallados en relieve: Zara, Candia, Padua, Roma, Corfú y Spalato, vinculadas a la trayectoria de Antonio Barbaro. Entre tanta figura monumental, estas pequeñas ciudades de piedra invitan a acercarse y buscar murallas, calles y fortificaciones. Forman una especie de biografía geográfica desplegada a los pies del edificio.

Mientras algunos visitantes descansan junto a sus muros, sobre sus cabezas continúa aquella exhibición de gloria familiar concebida hace más de tres siglos. La puerta abierta, en el centro, nos invita a dejar por un momento a los Barbaro y descubrir lo que guarda la iglesia.

Al entrar en Santa Maria del Giglio, la mirada se dirige hacia el altar mayor, enmarcado por un gran arco y presidido, al fondo, por la caja dorada del órgano. Los paños rojos con motivos dorados que revisten los pilares, las esculturas blancas y la luz que penetra por las ventanas componen un interior de una riqueza que invita a recorrerlo despacio.

La historia de esta iglesia comienza mucho antes de la fachada que acabamos de contemplar. Sus orígenes se remontan a la Edad Media y la tradición vincula su fundación a la familia Jubanico, cuyo nombre pervive en la denominación veneciana de Santa Maria Zobenigo. El edificio sufrió incendios y sucesivas reconstrucciones, hasta que su deterioro hizo necesaria una profunda renovación en el siglo XVII. Los trabajos del interior, dirigidos por Giuseppe Benoni, quedaron terminados en 1680.

El templo tiene una sola nave, acompañada por tres capillas a cada lado. En esta fotografía, el altar mayor concentra la atención: a ambos lados del tabernáculo, el arcángel Gabriel y la Virgen representan la Anunciación. Son esculturas de Heinrich Meyring, conocido en Italia como Enrico Merengo. Separadas por la estructura central del altar, las dos figuras mantienen un diálogo de gestos que atraviesa el espacio entre ellas.

Detrás se alza el órgano, con sus tubos plateados rodeados de columnas y adornos dorados. Aunque el instrumento actual es del siglo XX, la caja que lo envuelve pertenece al XVIII. Es una muestra de cómo estos templos fueron incorporando obras y reformas de distintas épocas, hasta formar el conjunto que hoy vemos.

Desde los bancos, la vista permite apreciar la armonía del presbiterio, pero también deja entrever cuánto queda por descubrir: pinturas sobre las cornisas, monumentos en los muros y altares laterales que reclaman su propio momento. Vamos a acercarnos a algunos de ellos.

Junto a la entrada encontramos este Cristo bendiciendo, una escultura en mármol de Giulio del Moro, realizada entre finales del siglo XVI y comienzos del XVII. La luz lateral destaca el rostro, la anatomía y los pliegues del manto, mientras proyecta sobre la pared una sombra que acompaña a la figura. Es una obra anterior a la gran reconstrucción que dio a la iglesia su aspecto actual.

A sus pies hay un pequeño detalle que invita a acercarse: «IVLII MAVRI OPVS», es decir, «obra de Giulio del Moro». El escultor dejó su nombre en la misma piedra que trabajó. Cuatro siglos después, esa breve inscripción nos permite poner nombre a las manos que dieron forma a la imagen.

En el primer altar de la derecha encontramos una composición de Carlo Loth (1632–1698): la Virgen con el Niño, san Antonio de Padua y el martirio de san Eugenio. El lienzo reúne dos ámbitos muy distintos: en lo alto, María sostiene al Niño entre las nubes; abajo se desarrolla el martirio, entre cuerpos en movimiento, gestos intensos y fuertes contrastes de luz y sombra. Las grandes columnas de mármol veteado enmarcan la escena y acentúan su teatralidad. Ante el cuadro, una imagen más pequeña de la Virgen con el Niño añade al conjunto una presencia serena y cercana.

Sobre una puerta nos contempla Girolamo Molin (1500–1569), poeta veneciano cuyo busto se atribuye a Alessandro Vittoria. Pertenecía a una familia noble, pero sus intereses se orientaron hacia la literatura, la música y la filosofía. Frecuentó los círculos literarios de su ciudad y compartió sus versos con sus amigos, aunque no llegó a reunirlos en un libro publicado en vida. Tras su muerte, Giulio Contarini promovió su sepultura y este homenaje; en 1573, sus amigos y discípulos hicieron posible la edición de sus rimas.

La inscripción situada sobre su cabeza lo llama «verdadero discípulo de las Musas» y expresa una hermosa distribución de su legado: sus cenizas para la tierra, su imagen para nosotros y su alma para el cielo. Al detenernos ante este rostro, marcado por el tiempo, encontramos también el recuerdo de una amistad. Alguien quiso que aquel hombre y sus palabras siguieran presentes cuando él ya no estuviera.

En esta imagen de la Virgen con el Niño, rodeada por un marco dorado, merece la pena detenerse en las palabras de la base: «INTER RVBETA LILIVM», «Un lirio entre las zarzas». La expresión pertenece a la tradición litúrgica mariana y evoca el pasaje del Cantar de los Cantares que compara a la amada con un lirio entre espinas. Aplicada a María, la flor se convierte en una imagen de su pureza.

La frase adquiere aquí una resonancia especial: estamos en Santa Maria del Giglio, y giglio significa precisamente lirio o azucena. Entre los dorados, los dos pequeños ángeles y la mirada de la Virgen inclinada hacia el Niño, esas pocas palabras ofrecen una clave para contemplar la imagen.

En otro de los altares encontramos a san Gregorio Barbarigo (1625–1697), representado por Giovanni Maria Morlaiter en una escultura del siglo XVIII. Con una mano levantada y rodeado de pequeños ángeles, el cardenal destaca sobre una ornamentación dorada de curvas y motivos vegetales. Merece la pena fijarse en la delicadeza con que están trabajados los encajes de su vestimenta.

Barbarigo fue obispo de Bérgamo y después de Padua, donde dedicó especial atención a la formación del clero. Su proyecto educativo incluyó biblioteca, imprenta y enseñanza de lenguas, pero también una escuela de matemáticas con una pequeña specola provista de telescopios, compases y globos. Una conexión inesperada con la astronomía y con nuestra reciente visita a Padua, aunque se trataba de una institución distinta del observatorio universitario.

A los pies de la escultura se conserva un pequeño relicario acristalado en el que pudimos ver una reliquia ósea. Su etiqueta todavía lo presenta como beato: recibió ese reconocimiento en 1761 y no fue proclamado santo hasta 1960. Es un detalle discreto que añade otra referencia temporal a este altar.

La Visitación, de Palma el Joven, nos acerca al encuentro de María con su pariente Isabel. El pintor concentra la escena en las dos mujeres: María, envuelta en un amplio manto azul, se inclina hacia Isabel, que sale a recibirla. Sus rostros próximos y sus manos convierten el episodio religioso en un gesto reconocible de bienvenida y afecto. Alrededor, otras figuras acompañan el encuentro, mientras los escalones y la arquitectura del fondo dan profundidad a la composición. Merece la pena detenerse en ese diálogo silencioso entre una mujer joven y otra anciana, que ocupa el centro de toda la escena.

Al acercarnos al altar mayor, la Anunciación adquiere otra presencia. Gabriel, a la izquierda, avanza con las alas desplegadas y una mano levantada; María, a la derecha, responde con un gesto abierto. Entre ambos se eleva la pequeña arquitectura del tabernáculo, con columnas de tonos rojizos, un fondo azul y detalles dorados. Desde esta distancia también se aprecia el frontal de la mesa del altar, donde una escena de numerosas figuras está compuesta con piezas de distintos colores. La vista general apenas dejaba adivinar esta riqueza de detalles.

Terminamos esta primera visita junto al altar mayor. Desde aquella fachada que obligaba a buscar sitio en la acera contraria, hemos ido descubriendo historias de devoción, ambición y amistad: nombres grabados en mármol, gestos pintados y pequeños detalles que invitan a detenerse. Quedan obras por mirar en Santa Maria del Giglio, pero las dejamos para otra entrada. También las iglesias se disfrutan mejor sin querer verlo todo de una vez.

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