Padua antes de Roma: tumbas y ajuares en el Museo de los Eremitani

Nuestra visita al Museo Arqueológico de los Eremitani comienza en una Padua muy anterior a los monumentos que hoy reconocemos al pasear por sus calles. Las primeras salas nos acercan al mundo de los antiguos vénetos, cuya cultura se desarrolló durante el primer milenio antes de Cristo, antes de la integración de este territorio en el mundo romano.

Los relatos antiguos envolvieron aquellos orígenes en la leyenda. Virgilio vinculó la fundación de Padua con Antenor, un troyano que habría llegado a estas tierras tras la caída de su ciudad. La arqueología ofrece una perspectiva diferente: los hallazgos muestran una continuidad entre las comunidades locales de la Edad del Bronce y la posterior cultura véneta de la Edad del Hierro. Bajo las calles de la ciudad actual se conservan las huellas de aquel pasado, con restos de asentamientos, lugares de culto y necrópolis.

Nos detenemos primero en sus tumbas y en los objetos que acompañaron a los difuntos. Son testimonios que permiten acercarse a las costumbres funerarias, pero también a la vida de quienes los utilizaron. De esas personas rara vez conoceremos el nombre; aun así, lo que dejaron tras de sí nos permite recuperar algo de su historia.

La primera tumba ante la que nos detenemos es la llamada «de los vasos con tachuelas» —Tomba dei vasi borchiati—, fechada entre finales del siglo VIII y comienzos del VII a. C. Fue descubierta en 1974, en la zona de las actuales vías Tiepolo y San Massimo de Padua. La exposición reconstruye su estructura de caja de madera reforzada con bloques de traquita, en cuyo interior se dispuso un ajuar extraordinariamente rico. El museo la atribuye a una pareja de rango principesco, un hombre y una mujer.

Lo más sugerente es que ambos llegaron a esta sepultura en momentos distintos. Tras el primer enterramiento, quizá el de la mujer, la tumba se abrió de nuevo para acoger al segundo difunto y reunir los huesos cremados de ambos en una misma urna. En aquella segunda intervención se rompieron los vasos del primer ajuar para dar cabida a los nuevos objetos. Los fragmentos formaban, por tanto, parte de la propia historia antigua del enterramiento.

Destaca el gran recipiente de bronce situado a la izquierda, una sítula que contenía el osario y cuya tapa se realizó con una lámina de escudo. Estuvo adornada con un tejido: el vaso se «vestía» como representación simbólica del difunto. A su alrededor se dispusieron recipientes y objetos personales, mientras que las pequeñas tachuelas de bronce que decoran las cerámicas dieron nombre a la tumba. Parte de esta vajilla formaba tres servicios destinados al consumo de alimentos y bebidas durante la ceremonia funeraria. Todo el conjunto habla del prestigio de aquella pareja y de la importancia que su comunidad concedió a su despedida.

Una de las presentaciones que más me llamó la atención fue esta reconstrucción, en la que una tela clara sugiere una figura humana junto a varios recipientes cerámicos y pequeños objetos de adorno. La disposición invita a pensar en la persona a la que acompañaron aquellas piezas, más allá de su interés como objetos arqueológicos.

Los paneles del museo explican que la cremación era el rito funerario habitual entre los antiguos vénetos: tras quemar el cuerpo, los restos se recogían en un vaso osario. También se documentan inhumaciones en Padua y Este, aunque las razones de esta coexistencia no están claras. Los ajuares aportan otro detalle sugerente: las cerámicas solían depositarse nuevas, fabricadas para ese destino, mientras que algunos recipientes metálicos y objetos de adorno conservan señales de uso e incluso reparaciones antiguas. Eran piezas con una historia anterior a la tumba, vinculadas a la vida de quienes acabaron siendo enterrados con ellas.

Entre los ajuares expuestos me llamó especialmente la atención el de la llamada «tumba del carpintero», identificada como Emo 318 y fechada entre los años 650 y 625 a. C. Fue descubierta en 2002 en el actual corso Umberto I de Padua, en el palacio Emo Capodilista. Los restos cremados de un hombre se habían depositado en una urna cerámica, cerrada con una copa utilizada como tapadera, dentro de una caja de madera.

Lo que distingue esta sepultura es el conjunto de herramientas para trabajar la madera: un hacha, una sierra, una lima, una escofina, tres cuchillos y un martillo. Originalmente estaban distribuidas a lo largo de los lados de la caja, quizá algunas dentro de un estuche de material perecedero. En la fotografía pueden verse varias de estas piezas delante de los recipientes. Su presencia permite entrever una identidad vinculada al trabajo artesanal, mientras que la riqueza del ajuar indica el elevado rango del difunto. Según explica el museo, estos conjuntos de herramientas podían expresar un prestigio aristocrático, situando al artesano junto a figuras como el guerrero y el jinete.

La sepultura guardaba además otro detalle: sobre la tapa de la caja se encontró un enterramiento infantil de cremación, con una pequeña urna y un ajuar que incluía una tacita y un brazalete de plomo. Es posible que estuviera estrechamente relacionado con el enterramiento principal, aunque desconocemos qué vínculo unía a ambos. De nuevo, los objetos nos permiten acercarnos a unas vidas de hace más de veintiséis siglos, pero dejan sin respuesta algunas de las preguntas más humanas.

Una de las imágenes más impactantes de estas salas es el esqueleto de un caballo, depositado de costado y con las patas recogidas. Procede de la necrópolis del Piovego y está fechado en el siglo V a. C. Ante él, la visita adquiere una dimensión diferente: junto a los recipientes y los objetos que acompañaban a las personas fallecidas, encontramos también animales que recibieron una sepultura propia.

Resulta tentador imaginar a este animal acompañando a su dueño después de la muerte. Lo que tenemos ante nosotros es el testimonio de una comunidad que reservó también a un caballo un lugar entre sus muertos, hace unos dos mil quinientos años.

Más adelante encontramos una sepultura todavía más sorprendente, también procedente de la misma necrópolis del Piovego y fechada en el siglo V a. C. En ella fueron enterrados juntos un joven y un caballo. La disposición resulta sobrecogedora: el cuerpo humano descansa sobre el del animal, con la cabeza próxima a la suya. El esqueleto humano que vemos es una reproducción; el original fue desmontado para su estudio.

La excavación permitió reconstruir una deposición cuidadosamente preparada. Primero se colocó al caballo, con las patas recogidas y el cuello curvado; después se rellenaron parcialmente los espacios de la fosa para disponer encima el cuerpo del joven, cuya edad se ha estimado entre los dieciséis y los veinte años. El caballo presenta una lesión craneal interpretada como evidencia de su muerte intencionada, mientras que en los restos humanos no se reconocieron señales evidentes de muerte violenta.

¿Quién era aquel joven y qué relación tenía con el animal? Se ha propuesto que pudiera ser su cuidador, pero esa identidad no está demostrada. También se ha planteado una interpretación sacrificial del conjunto, que debe mantenerse como hipótesis. Lo que sí revela la excavación es que ambos cuerpos fueron colocados juntos de forma deliberada. El significado último de aquel gesto sigue siendo una de las preguntas que acompañan a esta singular tumba.

En esta necrópolis se documentaron seis enterramientos individuales de caballos. Su presencia muestra la importancia de estos animales en el mundo funerario de los antiguos vénetos. Los enterramientos individuales se han relacionado con grupos de tumbas humanas, lo que sugiere vínculos entre los caballos y las personas allí sepultadas, aunque no podamos reconstruir la historia de cada uno.

Este conjunto pertenece a la tumba 28 de la necrópolis de vía Tiepolo, fechada a comienzos del siglo VI a. C. Aunque el museo presenta las piezas separadas para que podamos contemplarlas, originalmente formaban una disposición mucho más compacta. Una gran vasija, un dolio, servía como contenedor de la sepultura, y el recipiente de cuerpo ancho que vemos a la izquierda se colocó invertido para cerrar su boca.

En el fondo del dolio estaba el vaso alto situado a su derecha, utilizado como osario. Dentro de él se depositaron pequeños objetos de bronce, entre ellos una aguja de coser, fíbulas, anillos y un colgante en forma de media luna. Bajo su pie se encontraba una fusayola, una pieza perforada utilizada en el hilado. Otro vaso, decorado con bandas rojas y negras, se encajaba con el pie dentro del primer osario, mientras que a su alrededor se distribuían otros recipientes del ajuar.

La vitrina permite apreciar las formas de cada objeto, pero la cartela nos ayuda a recuperar algo que se pierde al separarlos: el lugar preciso que ocupaban en el enterramiento. Además de escoger qué piezas acompañarían a los difuntos, quienes prepararon la tumba decidieron cuidadosamente cómo disponerlas.

Otro conjunto especialmente vistoso es el de la llamada tumba «del vaso de bandas en forma de peonza», de la primera mitad del siglo VI a. C., recuperada en 1963 en la vía Tiepolo de Padua. Su nombre alude al gran osario con tapadera, decorado mediante franjas rojas y negras. Aunque hoy se presenta de pie, el informe del hallazgo señala que apareció colocado horizontalmente dentro de un gran dolio, acompañado por su ajuar.

Delante destaca una pequeña copa de dos asas opuestas. Fregonese, responsable de la recuperación, la describió con entusiasmo como una especie de «kílix paleovéneta», comparándola con las copas griegas de dos asas, y llegó a considerarla posiblemente única. Es una apreciación recogida en su informe de entonces, que conserva algo de la sorpresa del descubrimiento. Junto al osario se exponen también tazas, cuencos y dos fíbulas de bronce: un conjunto que permite apreciar el cuidado dedicado tanto a las formas como a la decoración de los objetos funerarios.

Entre los objetos expuestos también llaman la atención estos collares de cuentas rojizas, de tamaños y formas diversos. Algunas dejan pasar la luz, mientras que otras presentan superficies oscuras y desgastadas. Después de tantos recipientes funerarios, estos adornos nos acercan a una escala más íntima: la de los objetos elegidos para llevar sobre el cuerpo, con los que aquellas personas también construían su apariencia.

Los caballos vuelven a aparecer en este ajuar, ahora convertidos en figuras modeladas en cerámica. La llamada «tumba de los caballos», de la primera mitad del siglo VI a. C., fue recuperada en 1963 en la vía Tiepolo. Entre sus piezas destaca el gran recipiente de la izquierda, utilizado posiblemente como osario. Su parte superior está decorada con una escena en relieve de tres jinetes alternados con íbices, y presenta orificios en los que se insertaban cabezas de animales.

Todavía más singular resulta el objeto situado en primer plano, en el centro: una posible bandeja de uso ritual, con una estructura vertical calada rematada por cabezas de caballo. Su función no se conoce con certeza, pero su forma basta para distinguirla de los cuencos y vasos que la rodean. El conjunto incluía también pequeñas representaciones de carneros, bóvidos, otros caprinos y una lechuza. Esta variedad de figuras animales añade una dimensión diferente a los ajuares que hemos contemplado: junto a los recipientes y adornos personales, encontramos imágenes cuyo significado completo se nos escapa.

Terminamos este primer recorrido por los Eremitani con la sensación de habernos acercado a una Padua poco visible en sus calles. Las herramientas del carpintero, los adornos personales y las sepulturas de caballos conservan fragmentos de un mundo del que todavía nos separan muchas preguntas. Casi nunca conocemos los nombres de aquellas personas, pero los objetos que las acompañaron permiten entrever sus trabajos, sus gustos y el cuidado con que preparaban la despedida de sus muertos.

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