De Patavium a Aquileia: un viaje por la vía Annia


 La integración de Patavium en el mundo romano también transformó sus comunicaciones. La ciudad quedó enlazada con los principales centros del norte de Italia mediante una red de caminos que favorecía el movimiento de personas, mercancías y noticias. Entre ellos destacó la vía Annia, que comunicaba Padua con Altino, Concordia y Aquileia. Los romanos adaptaban la construcción de sus carreteras al terreno y reservaban con frecuencia los pavimentos más sólidos para las proximidades de las ciudades y los tramos sometidos a mayor tránsito. Este fragmento de calzada permite acercarse a esa infraestructura cotidiana, menos llamativa que una escultura, pero esencial para comprender el desarrollo de Patavium.

Las carreteras romanas estaban jalonadas por miliarios, grandes columnas de piedra que indicaban las distancias y recordaban también la autoridad bajo la cual se construía o reparaba el camino. Este ejemplar, encontrado en Camin, señalaba mediante el número III que el centro de Patavium se encontraba a tres millas romanas, aproximadamente 4,4 kilómetros.

Su inscripción permite fecharlo entre los años 293 y 305 d. C., pues menciona a los cuatro gobernantes de la primera Tetrarquía: Diocleciano y Maximiano como augustos, y Constancio Cloro y Galerio como césares. El miliario no era, por tanto, únicamente una señal para el viajero. También convertía el camino en un espacio de representación política, llevando los nombres y títulos de los emperadores hasta los confines del Imperio.

El recorrido de la vía Annia nos conduce finalmente hasta Aquileia, de donde procede esta estatua femenina de mármol, fechada en el siglo III d. C. La mujer aparece vestida con quitón y un amplio himation cuyos pliegues envuelven casi por completo el cuerpo. Su postura responde al modelo denominado Gran Herculanesa, inspirado en un prototipo griego y ampliamente reproducido durante la época imperial para representar a mujeres de elevada posición social. Desconocemos su identidad, pero la serenidad del rostro, el gesto contenido y la riqueza del manto proyectaban las virtudes de dignidad y respetabilidad asociadas a la matrona romana.

También procede de Aquileia esta ara votiva del siglo I d. C., dedicada a Silvano, divinidad protectora de los bosques y del mundo rural. La inscripción conserva el nombre de quien la ofreció, Cayo Petronio Andrónico, y concluye con las palabras ex visu: «tras una visión». Probablemente el dedicante creyó que el dios se le había manifestado durante un sueño y quiso dejar constancia de aquella experiencia mediante el altar. Apenas unas palabras grabadas en la piedra nos permiten así acercarnos a un episodio íntimo de la vida religiosa de un habitante de Aquileia hace casi dos mil años.

Esta singular pieza reúne dos momentos muy alejados de su historia. Su núcleo es un fragmento de columna romana del siglo I a. C., en el que todavía puede leerse una breve dedicatoria a Júpiter realizada por Tampia, hija de Lucio. Muchos siglos después, la piedra fue reelaborada y decorada con figuras de leones, adquiriendo el aspecto con el que ha llegado hasta nosotros.

La pieza apareció en el atrio de la iglesia de Santa Maria di Peraga, en la provincia de Padua. Como aquella propiedad perteneció al patriarca de Aquileia, se considera verosímil que la columna procediera originalmente de esa ciudad. Su historia resume así la larga vida de muchas obras antiguas: creadas para un contexto religioso romano, trasladadas y transformadas durante la Edad Media y, finalmente, convertidas en piezas de museo.

Entre los testimonios de los cultos practicados en Patavium destaca esta ara votiva cilíndrica, realizada en mármol entre finales del siglo I a. C. y comienzos del I d. C. En su parte frontal se desarrolla una escena de sacrificio: un joven ayudante se aproxima al altar portando una posible cesta de frutos, mientras el encargado de ejecutar el rito conduce un carnero destinado a la ofrenda. En el reverso, tres bucráneos unidos por guirnaldas evocan nuevamente el mundo del sacrificio.

La pieza fue descubierta en 1927 durante unas excavaciones en la plaza Cavour, a más de seis metros de profundidad. La riqueza de su decoración y la calidad del mármol hacen pensar que pudo formar parte de un espacio sagrado relevante situado en las proximidades del foro de la antigua Patavium.

Este pequeño recorrido por la vía Annia nos ha llevado desde el pavimento de una calzada y el miliario de Camin hasta algunos testimonios procedentes de Aquileia. La estatua femenina, el altar levantado por Cayo Petronio Andrónico después de una visión y la antigua columna dedicada por Tampia a Júpiter muestran que las carreteras romanas transportaban mucho más que viajeros y mercancías: por ellas circulaban también modelos artísticos, cultos e historias personales. Incluso después de la desaparición del Imperio, aquellas piedras continuaron viajando y transformándose, reutilizadas durante la Edad Media antes de encontrar un nuevo destino en las salas del museo.

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