Las cacerías de Asurbanipal: la victoria del rey y la agonía del león


 En la entrada anterior dejamos al león caminando serenamente entre árboles frutales, integrado en el paraíso terrenal creado por el soberano. Ahora el mismo animal aparece bajo una luz completamente distinta. Ya no representa una naturaleza fecunda y reconciliada, sino una fuerza salvaje que amenaza con romper el orden y que el rey debe vencer. Los célebres relieves de la cacería de leones de Asurbanipal, tallados hacia 645-635 a. C. para el Palacio Norte de Nínive, desarrollaban esta idea mediante una sucesión extraordinariamente viva de preparativos, carreras, ataques, heridas y muertes.

No se trataba de una cacería improvisada en campo abierto. Los animales eran capturados, transportados en jaulas y liberados dentro de un recinto rodeado por soldados. Ante la corte y los espectadores, Asurbanipal los abatía con el arco, la lanza o la espada. El espectáculo demostraba su valor y su destreza física, pero poseía también un significado político y probablemente ritual: al enfrentarse al más poderoso de los animales salvajes, el rey se presentaba como defensor de su pueblo y garante del orden establecido por los dioses. Los relieves convertían aquella violencia cuidadosamente organizada en una proclamación de poder destinada a permanecer para siempre sobre los muros del palacio.

La imagen que abría la exposición —una réplica realizada en 2023 de un original fechado hacia 645-640 a. C.— condensa perfectamente todo ese mensaje. Un león ya herido se ha incorporado sobre las patas traseras y se abalanza contra Asurbanipal. Durante un instante, ambos cuerpos quedan unidos en una especie de abrazo mortal. El animal apoya las patas delanteras sobre los brazos del soberano, mientras este lo sujeta firmemente y le atraviesa el pecho con la espada. El contacto es tan estrecho que la escena parece situarnos en el momento de máximo peligro, cuando ya no existe distancia entre el cazador y su presa.

La oposición entre ambos resulta extraordinaria. El león se retuerce, ruge y concentra en su cuerpo toda la tensión del combate; el rey, en cambio, permanece completamente erguido, con el rostro impasible y cada gesto bajo control. Ni siquiera sus ricas vestiduras pierden su perfecta ordenación. Naturalmente, no estamos ante una crónica neutral de lo sucedido: el artista construyó una imagen ideal del monarca. Asurbanipal debía parecer capaz de dominar a la fiera sin esfuerzo, aunque el animal tuviera la fuerza suficiente para alzarse frente a él.

Detrás del soberano permanece un eunuco que sostiene flechas de repuesto, aunque no interviene en el combate. Su quietud refuerza la imagen del enfrentamiento individual: pese a que el espectáculo estuviera rodeado de soldados y ayudantes, la gloria de la victoria correspondía exclusivamente al rey. Asurbanipal aparece además con un estilete de escritura, un pequeño detalle cargado de significado. El soberano no deseaba presentarse únicamente como guerrero capaz de mantener el caos bajo control, sino también como un monarca culto, orgulloso de sus conocimientos y de sus realizaciones intelectuales.

Y, sin embargo, la grandeza de estos relieves no reside únicamente en la exaltación del soberano. El escultor observó al león con una sensibilidad excepcional: la musculatura todavía poderosa, las patas crispadas, las arrugas del hocico y la boca abierta transmiten una mezcla de furia, dolor y agotamiento. El rey fue representado como un símbolo inmutable; el animal, en cambio, parece dolorosamente vivo. Esa contradicción recorrerá toda la cacería: los relieves fueron concebidos para glorificar a Asurbanipal, pero son los leones quienes, casi veintisiete siglos después, continúan despertando nuestra emoción. 

Antes de seguir paso a paso el desarrollo de la cacería, contemplamos el gran panel completo, todavía sin iluminar. La reproducción reúne en tres registros superpuestos distintos episodios de las cacerías reales de Asurbanipal, tallados originalmente para el Palacio Norte de Nínive hacia 645-640 a. C. Sobre la superficie aparecen el rey, sus servidores y soldados, carros, caballos, jaulas y numerosos leones, formando una de las composiciones narrativas más complejas y célebres del arte neoasirio.

Estas escenas decoraban algunas de las estancias privadas del palacio y estaban destinadas a una audiencia restringida, capaz de comprender su significado político y ceremonial. No narraban una persecución espontánea por la naturaleza, sino un espectáculo cuidadosamente organizado: los animales eran conducidos hasta un recinto vigilado, liberados desde jaulas y abatidos por el soberano ante la corte. Todo estaba preparado para convertir a Asurbanipal en protagonista absoluto y mostrarlo como un rey valeroso, físicamente poderoso y protegido por los dioses.

El relieve utiliza la llamada narración continua: los mismos personajes y animales pueden aparecer varias veces dentro de un mismo registro, representados en momentos sucesivos. De ese modo, una sola superficie contiene toda una historia, desde la preparación de la caza hasta la muerte de los leones y la ceremonia final. Sin embargo, ante el panel sin iluminar resulta difícil reconocer a primera vista el orden de los acontecimientos. La abundancia de figuras, la ausencia del color antiguo y el tono uniforme de la piedra hacen que las diferentes acciones parezcan confundirse unas con otras.

Por ahora, esta imagen nos sirve para comprender la magnitud del conjunto. Más adelante, la iluminación interactiva de la exposición irá destacando cada episodio y nos permitirá leer el relieve casi como una secuencia animada. Entonces seguiremos con detalle la salida de los leones, su carrera hacia el monarca, la intervención de los carros y el desenlace ritual. Aquí basta con detenernos ante la visión general: una gran crónica de piedra concebida para transformar una cacería organizada por la corte en una demostración eterna del poder de Asurbanipal.

La iluminación animada de la exposición nos permitía comenzar a leer el relieve por su registro superior, siguiendo la acción de derecha a izquierda. La escena se inicia junto a la gran jaula de madera situada en el extremo derecho. Un servidor, protegido sobre una plataforma, acciona el mecanismo que levanta la puerta y libera al león. El animal aparece primero agazapado, casi pegado al suelo, pero inmediatamente se lanza hacia el espacio abierto donde lo espera Asurbanipal. Así comprendemos que no se trataba de una persecución en plena naturaleza: la fiera había sido capturada y era soltada deliberadamente dentro del recinto preparado para la cacería.

El relieve recurre a la narración continua, representando al mismo animal varias veces para mostrar momentos sucesivos de su carrera. En la primera fase iluminada vemos al león abandonar la jaula y avanzar hacia el rey; después, la animación lo muestra acelerando, con el cuerpo extendido y las patas proyectadas hacia delante y hacia atrás. No son varios leones corriendo simultáneamente, sino una secuencia comparable a distintos fotogramas de una misma acción. La proyección resultaba muy eficaz precisamente porque devolvía movimiento a unas imágenes que, contempladas únicamente sobre la piedra, podían parecer confusas o superpuestas.

En el extremo izquierdo aguarda Asurbanipal, vestido con su túnica azul y la tiara real. Sostiene el arco tensado y apunta hacia la fiera mientras varios ayudantes permanecen tras él con armas y flechas de repuesto. Delante del monarca se sitúa un servidor provisto de un gran escudo, encargado de protegerlo si el león lograba acercarse demasiado. El rey aparecía, por tanto, rodeado por todo un dispositivo de seguridad, aunque la composición procura concentrar en él el protagonismo: es su flecha la que se dispone a detener al animal y su victoria la que quedará proclamada sobre el muro.

El recurso de la exposición era especialmente acertado porque no se limitaba a colorear el relieve, sino que ayudaba a comprender su lenguaje narrativo. Al sucederse las figuras iluminadas, el león parecía salir realmente de la jaula, lanzarse a la carrera y aproximarse al arquero. Por unos instantes, aquella antigua crónica de piedra recuperaba el ritmo para el que había sido concebida: la puerta se abre, la fiera queda libre y avanza velozmente hacia un Asurbanipal que, inmóvil y sereno, ya tiene preparado el arco.

En el registro central, la animación de la exposición vuelve a descomponer una escena que, sobre la piedra desnuda, resulta difícil de interpretar. La acción parece comenzar en el sector derecho, donde un carro tirado por dos caballos transporta a varios servidores armados. Junto a él cabalga un joven jinete que se adelanta hacia el león. No es Asurbanipal —el rey aparecerá después, a la izquierda, con su característica tiara—, sino uno de los participantes en la cacería, encargado de distraer al animal y conducirlo hacia el lugar donde aguarda el soberano.

El jinete se aproxima peligrosamente a la fiera, que vuelve la cabeza hacia él y parece disponerse a perseguirlo. La figura ecuestre introduce una gran sensación de movimiento: el caballo avanza al galope, mientras el joven gira el cuerpo hacia el león y levanta uno de sus brazos. A cierta distancia lo sigue el carro, ocupado por el auriga y varios ayudantes provistos de lanzas. La cacería vuelve a mostrarse como una acción perfectamente organizada: aunque la victoria debía pertenecer únicamente al rey, numerosos hombres participaban en la preparación, vigilancia y conducción de los animales.

La segunda fase iluminada nos lleva hasta el desenlace, situado a la izquierda. El león ha llegado ante Asurbanipal, pero aparece de espaldas al monarca y todavía dirige su atención hacia el jinete que lo ha distraído. El rey aprovecha entonces la posición del animal para sujetarlo por la cola y levantar la maza con la que se dispone a asestarle el golpe definitivo. El episodio no debe confundirse con el combate cuerpo a cuerpo de la imagen que abría la exposición: allí Asurbanipal atravesaba con la espada el pecho de un león erguido; aquí lo mata golpeándole la cabeza con una maza.

Sobre la escena aparece una inscripción cuneiforme que permite conocer la interpretación oficial del episodio. En ella, Asurbanipal se proclama rey del mundo y rey de Asiria y afirma que, durante su «deporte principesco», agarró por la cola a un león nacido en la estepa y, siguiendo la orden de los dioses Ninurta y Nergal, le destrozó el cráneo con la maza que llevaba en la mano. El texto convierte así un acto de extraordinaria violencia en una hazaña sancionada por los dioses: el monarca no mata movido únicamente por el placer de la caza, sino como soberano dotado de una fuerza sobrenatural y encargado de dominar aquello que amenaza el orden.

También aquí la proyección resultaba enormemente esclarecedora. Primero destacaba el carro, el jinete y el león atraído hacia él; después iluminaba al animal junto al rey, revelando el desenlace de la maniobra. La piedra contiene todos los momentos simultáneamente, pero el movimiento de la luz recuperaba su sucesión: el jinete distrae a la fiera, la conduce hasta Asurbanipal y el rey, dueño absoluto de la escena, la agarra por la cola y levanta la maza para darle muerte.

El registro inferior abandona por fin la tensión de la cacería y nos conduce hacia su desenlace ceremonial. La primera fase de la animación iluminaba, en el extremo derecho, la llegada de Asurbanipal en su carro, acompañado por arqueros, lanceros y servidores. El vehículo lleva todavía los arcos, las lanzas y el resto del equipo empleado durante la jornada. En el centro yace uno de los leones abatidos, mientras a la izquierda aparecen ya los objetos necesarios para el ritual: una mesa de ofrendas, un alto quemador de incienso y un músico que toca un arpa horizontal. Tras la carrera y la violencia, todo parece encaminarse hacia una ceremonia cuidadosamente ordenada.

La segunda fase permitía contemplar mejor el desarrollo del rito. Desde la izquierda, varios servidores llevan los cuerpos de los animales muertos, mientras el arpista interpreta probablemente una música triunfal. En el centro, Asurbanipal, reconocible por la tiara real y destacado en azul y amarillo por la proyección, aparece ante cuatro leones tendidos en el suelo. El monarca sostiene un recipiente y vierte vino sobre sus cuerpos; delante de él se encuentran la mesa cargada con ofrendas y el quemador de incienso. A su espalda esperan varios cortesanos armados, y en el extremo derecho dos caballos ricamente enjaezados son conducidos por sus cuidadores.

La animación ayudaba a comprender cómo todos los participantes convergían en torno al acto final. Primero llegaban el rey y su comitiva; después eran presentadas las presas y se celebraba la libación. La escena ya no muestra al cazador enfrentado al animal, sino al soberano oficiando una ceremonia solemne ante los cuerpos de sus víctimas. Incluso la disposición de las figuras contribuye al cambio de atmósfera: desaparecen las carreras y los ataques, los caballos permanecen quietos y los servidores avanzan con la gravedad propia de una procesión.

La inscripción situada sobre la escena pone palabras a su significado oficial. Asurbanipal se proclama nuevamente «rey del mundo y rey de Asiria» y afirma que los dioses Assur y Mullissu le concedieron una fuerza extraordinaria. Después explica que colocó sobre los leones abatidos el poderoso arco de Ishtar, señora de la batalla, realizó una ofrenda y derramó vino sobre ellos. El arma no aparece aquí únicamente como un instrumento de caza: al asociarse con la diosa guerrera, la victoria del monarca queda presentada como una acción sancionada por el mundo divino.

La cacería terminaba así como había comenzado: no con una simple diversión, sino con una representación del deber real. Los leones habían sido liberados, perseguidos y muertos por Asurbanipal; ahora sus cuerpos eran ordenados ante él y recibían una libación. El monarca devolvía ritualmente a los dioses la victoria que estos le habían concedido y proclamaba que el caos había vuelto a quedar sometido. La música, el incienso, las ofrendas y el vino transformaban la matanza en ceremonia: el cazador victorioso se convertía, en el último acto, en oficiante de su propio triunfo.

Este fragmento de panel mural, procedente del Palacio Norte de Nínive y fechado hacia 645-640 a. C., representa a un león herido de muerte. Una flecha le ha atravesado el cuerpo justo por encima del hombro, pero el animal todavía intenta mantenerse erguido. Las patas delanteras permanecen tensas, con las garras aferradas al suelo, mientras los cuartos traseros han comenzado a vencerse bajo su propio peso.

El escultor supo captar con una precisión extraordinaria el último esfuerzo de la fiera. Los músculos del lomo y de las patas se contraen, la cabeza cae hacia delante y la boca se abre en un gesto que parece reunir el rugido, el dolor y la falta de aire. De ella brotan varios regueros de sangre, representados mediante líneas que descienden hasta el suelo. La abundante melena, formada por hileras de mechones cuidadosamente labrados, conserva todavía toda su majestuosidad, pero el cuerpo ya no puede sostenerla: estamos ante el instante en que la fuerza abandona al animal.

Oficialmente, este sufrimiento servía para engrandecer al soberano. El león encarnaba las fuerzas peligrosas y caóticas que amenazaban el orden, y su derrota proclamaba la capacidad del rey para dominarlas. El artista no representó su agonía movido por la compasión, sino para hacer más admirable la victoria de Asurbanipal: cuanto más poderosa, resistente y temible pareciera la fiera, mayor sería la gloria de quien había conseguido abatirla.

Sin embargo, la imagen produce hoy un efecto muy distinto del que seguramente buscaban quienes encargaron el relieve. Asurbanipal apenas necesita aparecer: su victoria está implícita en la flecha que atraviesa el cuerpo del león. Toda nuestra atención se dirige hacia el animal, hacia su último esfuerzo por permanecer en pie y hacia una agonía descrita con un naturalismo estremecedor. El rey, siempre sereno e inmutable, representa una idea; el león, por el contrario, parece un ser vivo que sufre ante nosotros.

Quizá ahí resida la paradoja y la grandeza de estos relieves. Fueron concebidos para inmortalizar el valor del monarca y convertir una matanza cuidadosamente preparada en símbolo del orden restaurado. Pero, casi veintisiete siglos después, son los cuerpos heridos, las patas que ya no responden y la sangre que brota de la boca los que permanecen en nuestra memoria. Asurbanipal quiso dejar esculpida para siempre su victoria; el artista, acaso sin proponérselo, terminó haciendo inmortal la agonía del vencido.

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