La biblioteca de Asurbanipal: el saber escrito en arcilla

 Después de contemplar a Asurbanipal como constructor, cazador y soberano victorioso, entramos ahora en la dimensión más singular de su reinado: la del monarca que quiso reunir y conservar por escrito los conocimientos heredados de la antigua Mesopotamia. La llamada Biblioteca de Asurbanipal, formada en Nínive durante el siglo VII a. C., no fue una biblioteca en el sentido moderno, con libros ordenados en estanterías y destinados a la lectura pública, sino un gran conjunto de tablillas de arcilla conservadas en distintas dependencias palaciegas. En ellas quedaron registrados textos religiosos, literarios, médicos, mágicos, astronómicos y administrativos, además de cartas, listas léxicas, presagios y obras copiadas durante siglos por generaciones de escribas.

La relación personal de Asurbanipal con la escritura fue excepcional entre los reyes asirios. Como hijo menor de Asarhaddón, inicialmente no estaba destinado a ocupar el trono y recibió una formación que incluía la lectura y la escritura, saberes reservados habitualmente a los escribas profesionales. Cuando fue elegido heredero, aquella educación intelectual se completó con la preparación política, diplomática y militar necesaria para gobernar el imperio. El futuro rey estudió en la llamada Casa de la Sucesión, conoció las tradiciones eruditas mesopotámicas y acompañó a su padre en la corte, donde también participó en la recopilación de información procedente de agentes distribuidos por los territorios asirios. Para gobernar un imperio tan extenso, el conocimiento era otra forma de poder.

Asurbanipal heredó numerosos textos reunidos durante reinados anteriores, pero amplió considerablemente la colección. En su palacio trabajaban escribas y sabios —entre ellos especialistas babilónicos versados en astrología, adivinación, magia y medicina—, mientras desde otros lugares de Mesopotamia se enviaban originales o copias de obras consideradas importantes. Después de la conquista de Babilonia en 648 a. C., miles de nuevas tablillas llegaron a Nínive. Algunas conservaban marcas de propiedad que las vinculaban directamente con el «Palacio de Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria»; otras incluían invocaciones a Nabu, dios mesopotámico de la escritura y de los escribas.

La biblioteca no era solamente fruto de la curiosidad personal de un monarca culto. Sus textos proporcionaban conocimientos indispensables para el funcionamiento de la corte: servían para interpretar presagios, diagnosticar y tratar enfermedades, celebrar rituales, consultar modelos lingüísticos y comprender los signos celestes que podían afectar al destino del reino. Ciencia, religión y gobierno no constituían entonces ámbitos separados. Observar un eclipse, estudiar el hígado de un animal sacrificado o copiar una antigua composición literaria formaba parte de un mismo esfuerzo por descifrar el mundo y actuar correctamente dentro del orden establecido por los dioses.

La destrucción de Nínive en 612 a. C. acabó también con la biblioteca. Sin embargo, el incendio que arrasó los palacios produjo una consecuencia paradójica: el calor coció parcialmente muchas tablillas de arcilla y favoreció su conservación durante milenios. Cuando sus restos comenzaron a excavarse a mediados del siglo XIX, aparecieron miles de tablillas y fragmentos dispersos, sin que los primeros arqueólogos dejaran registros suficientemente precisos sobre su posición original. Por ello, todavía hoy resulta difícil reconstruir cómo se encontraba organizada la colección y qué ocurrió exactamente durante sus últimos días.

Desde entonces, investigadores de todo el mundo han trabajado para leer los fragmentos, identificar las obras a las que pertenecen y unir piezas separadas de una misma tablilla, en una labor semejante a la reconstrucción de un inmenso rompecabezas. El British Museum ha fotografiado y digitalizado el conjunto, pero todavía quedan numerosos textos por estudiar y fragmentos por relacionar. La biblioteca tuvo así una inesperada segunda vida: nacida para conservar el saber de Mesopotamia al servicio del rey, se ha convertido en una de nuestras principales fuentes para conocer la literatura, la ciencia, la religión y la vida intelectual del antiguo Próximo Oriente.

Antes de acercarnos a las tablillas de la biblioteca, la exposición nos invitaba a detenernos en el instrumento que hizo posible la conservación de todos aquellos conocimientos: la escritura cuneiforme. El panel reproducía un silabario simplificado en el que cada combinación de sonidos aparecía asociada a un signo. No se trataba, por tanto, de un alfabeto como el nuestro, formado por letras aisladas, sino de un sistema mucho más complejo cuyos signos podían representar sílabas, palabras completas o ideas y adquirir valores diferentes según el contexto.

La escritura cuneiforme había sido desarrollada por los sumerios hacia 3400 a. C., inicialmente para llevar la contabilidad de productos, animales y transacciones. Con el tiempo se extendió a casi todos los ámbitos de la vida y fue adaptada por diferentes pueblos y lenguas de Mesopotamia, entre ellas el acadio y sus variantes babilónica y asiria. Su nombre moderno procede del latín cuneus, «cuña», debido a la forma de las marcas producidas al presionar sobre la arcilla húmeda la punta biselada de un estilete de caña.

La tablilla podía sostenerse con una mano mientras el escriba imprimía cuñas verticales, horizontales y diagonales, combinándolas en signos de notable complejidad. Una vez terminado el texto, la arcilla se dejaba secar o, en algunas ocasiones, se cocía. Gracias a este material resistente han llegado hasta nosotros desde modestos recibos y cartas privadas hasta tratados médicos, observaciones astronómicas, presagios, himnos, mitos y grandes composiciones literarias. Buena parte de lo que sabemos sobre Mesopotamia procede precisamente de esas pequeñas superficies de barro.

Debajo del panel se había instalado una pizarra en la que los visitantes podían ensayar algunos signos siguiendo el silabario. La propuesta estaba muy bien pensada: convertía una escritura que puede parecernos lejana e indescifrable en una experiencia manual. Al intentar reproducir aquellas cuñas se comprendía mejor que escribir no consistía en dibujar líneas sobre la arcilla, sino en controlar la inclinación, la presión y la orientación del estilete.

Era también una manera sencilla de acercarnos al largo aprendizaje de los escribas. Dominar cientos de signos y sus distintos valores exigía años de formación, mediante la copia repetida de listas de palabras, nombres, fórmulas y textos tradicionales. La biblioteca de Asurbanipal no fue solamente una acumulación de tablillas: detrás de cada una estaban las manos de especialistas capaces de leer, copiar y transmitir un sistema de escritura con casi tres milenios de historia. Antes de conservar el conocimiento había que aprender a convertirlo en cuñas sobre la arcilla.

Esta tablilla de arcilla, procedente de Nínive y fechada entre los siglos VII y VI a. C., contiene el capítulo 104 de una extensa colección de augurios terrestres conocida por sus primeras palabras, Šumma ālu ina mēlê šakin, «Si una ciudad está situada sobre una altura». La serie llegó a reunir alrededor de 120 tablillas y varios miles de presagios, relacionados con todo aquello que podía observarse en ciudades, viviendas, ríos, campos y pantanos, pero también con el comportamiento de animales y seres humanos. Era, en cierto modo, un enorme catálogo destinado a reconocer los mensajes que los dioses dejaban ocultos en la vida cotidiana.

Los augurios solían organizarse mediante una estructura condicional muy sencilla: «si ocurre esto, entonces sucederá aquello». Una conducta extraña, la aparición inesperada de un animal, un ruido dentro de una casa o una anomalía del cuerpo podían anunciar prosperidad, enfermedad, conflictos familiares o desgracias políticas. En esta tablilla se reunían presagios relacionados con la conducta sexual humana, aunque el ejemplo seleccionado por la exposición resulta bastante más pintoresco: si un hombre orinaba en una taberna delante de su esposa, no prosperaría.

Lo más curioso es que el texto no se limita a anunciar la desgracia, sino que ofrece también un procedimiento para neutralizarla: el hombre debía rociar su orina a ambos lados de las jambas de la puerta de la taberna. El episodio puede provocarnos una sonrisa —y seguramente fue elegido por la exposición precisamente por eso—, pero revela una idea fundamental de la mentalidad mesopotámica. El presagio no siempre anunciaba un destino inevitable: una vez reconocido el peligro, era posible recurrir a un ritual apotropaico, es decir, a una acción destinada a alejar el mal y restablecer la relación adecuada con el mundo divino.

Estas colecciones muestran una forma de conocimiento muy diferente de la nuestra, en la que observación, religión y magia todavía no constituían ámbitos separados. Los especialistas reunían casos, los clasificaban por materias, los copiaban y los transmitían de generación en generación. No buscaban necesariamente una explicación física de los acontecimientos, sino descubrir las correspondencias existentes entre un signo observable y sus posibles consecuencias. Bajo una lógica que hoy consideraríamos supersticiosa encontramos, sin embargo, una verdadera voluntad de ordenar la experiencia y hacer previsible un mundo incierto.



Esta tablilla de arcilla, hallada en Nínive y fechada entre los siglos VII y VI a. C., contiene una lista de sueños considerados funestos. Entre las visiones conservadas aparecen animales muertos, el contacto con carnes prohibidas y diferentes actos sexuales. Como ocurría con otros repertorios de presagios, cada entrada debía constar de dos partes: primero se describía el sueño y después se indicaba el acontecimiento que anunciaba. Sin embargo, el deterioro ha conservado únicamente la primera mitad de varios augurios. Podemos saber qué había soñado alguien hace más de dos mil seiscientos años, pero no qué destino creían los sabios que le aguardaba.

Para los mesopotámicos, los sueños podían ser mucho más que imágenes nacidas de la mente durante el descanso. En determinadas circunstancias constituían un canal de comunicación con el mundo divino: los dioses podían advertir de un peligro, comunicar su voluntad o impulsar al soñador a realizar una acción. Los textos mesopotámicos recogen sueños que influyeron sobre reyes desde el tercer milenio a. C., mientras que los especialistas de épocas posteriores recopilaron e interpretaron sistemáticamente sus posibles significados. La biblioteca de Asurbanipal conservaba así verdaderos manuales de oniromancia, destinados a descifrar un lenguaje que se consideraba enviado desde otra esfera.

No obstante, una pesadilla no significaba que la desgracia fuese inevitable. Después de la lista de sueños ominosos, la tablilla incluye una plegaria dirigida a Shamash, dios del Sol y de la justicia, a quien se solicitaba protección. La elección de esta divinidad resultaba especialmente apropiada: del mismo modo que la luz solar disipa la oscuridad, Shamash podía iluminar el significado de aquellas visiones nocturnas y apartar el mal que anunciaban. El sueño revelaba la amenaza, pero la oración y el ritual podían tratar de neutralizarla.

Estas tablillas vuelven a mostrarnos hasta qué punto los eruditos mesopotámicos intentaron clasificar incluso las experiencias más inciertas. Los sueños, aparentemente desordenados y personales, fueron convertidos en series de casos, fórmulas e interpretaciones transmitidas por generaciones de escribas. Su método no era científico en el sentido moderno, pero sí respondía a una voluntad sistemática: reunir experiencias anteriores para reconocer patrones y hacer comprensible aquello que escapaba al control humano.

Esta tablilla de arcilla, hallada en Nínive y fechada entre 700 y 600 a. C., formaba parte de un manual de diagnóstico utilizado por los especialistas mesopotámicos. El texto reúne observaciones relacionadas con el aspecto del rostro y presta atención a signos como su color, la temperatura corporal, las lesiones, los sarpullidos, la sudoración y la hinchazón. El cuerpo del paciente se convertía así en una superficie que debía ser examinada y leída cuidadosamente, casi como si sus alteraciones formasen otro sistema de signos.

Sin embargo, quizá sea más exacto hablar de un manual de diagnóstico y pronóstico. En muchas anotaciones, el objetivo principal no consistía en identificar una enfermedad concreta como haría un médico moderno, sino en determinar cuál sería el desenlace: si el paciente se recuperaría o moriría. La tablilla establece, por ejemplo, que un rostro blanco anunciaba la curación, mientras que un rostro de color rojo oscuro presagiaba la muerte. A partir de la observación visible se formulaba, por tanto, una conclusión sobre el futuro del enfermo.

Estas asociaciones no procedían de la medicina científica actual, pero tampoco debemos reducirlas a una acumulación arbitraria de supersticiones. Los sabios mesopotámicos recopilaron síntomas, los clasificaron y los organizaron en largas series condicionales: «si el paciente presenta estos signos, entonces ocurrirá aquello». En ese método reconocemos una voluntad de comparar casos y transmitir la experiencia adquirida durante generaciones, aunque sus interpretaciones mezclaran observaciones físicas, tradición erudita y explicaciones religiosas o sobrenaturales.

La medicina mesopotámica no establecía una frontera clara entre enfermedad corporal, influencia divina y acción de fuerzas malignas. Junto al examen del enfermo podían intervenir plegarias, encantamientos y rituales, pero también se empleaban remedios preparados con plantas, minerales y sustancias animales. Diagnosticar significaba interpretar todos esos indicios para conocer el origen del mal, anticipar su evolución y decidir si todavía era posible combatirlo.

La pieza resulta especialmente valiosa porque nos acerca a una actividad muy reconocible: alguien situado ante un enfermo, observando su piel, su temperatura, su sudoración y el color de su rostro para intentar comprender qué le sucedía. Sus conclusiones pertenecen a una concepción del mundo muy distinta de la nuestra, pero la preocupación que las originó sigue siendo profundamente humana: leer las señales del cuerpo para saber si el paciente tenía posibilidades de sobrevivir. La existencia de manuales tan extensos demuestra, además, que la biblioteca de Asurbanipal no conservaba el conocimiento como simple curiosidad intelectual; reunía saberes destinados a afrontar algunos de los problemas más angustiosos de la vida.


Esta tablilla de arcilla, identificada como K.1282 y procedente de la biblioteca de Asurbanipal en Nínive, conserva parte de la quinta y última sección del llamado Poema de Erra, una extensa composición babilónica escrita en acadio probablemente durante la primera mitad del primer milenio a. C. Sus protagonistas son Erra, divinidad relacionada con la guerra, la destrucción y las epidemias, y su consejero Ishum, que intenta contener su violencia y conducirlo finalmente hacia la calma.

El poema comienza cuando Erra, deseoso de volver a demostrar su poder, decide abandonar el reposo y desencadenar la guerra. Para lograrlo convence a Marduk, dios protector de Babilonia y soberano del panteón babilónico, de que deje temporalmente su lugar. La ausencia de Marduk rompe el equilibrio del mundo y permite que Erra extienda la violencia por ciudades y campos. El orden establecido por los dioses se descompone: las poblaciones se rebelan, los ejércitos combaten, los santuarios quedan profanados y la muerte alcanza indiscriminadamente tanto a culpables como a inocentes.

A diferencia de las inscripciones reales asirias, que presentaban la guerra como una sucesión de victorias legítimas y ordenadas, el Poema de Erra ofrece una visión mucho más oscura. La violencia, una vez desatada, resulta difícil de controlar y termina adquiriendo una dinámica propia. Erra llega a reconocer que su furia le ha impedido distinguir entre quienes merecían el castigo y quienes no habían cometido ninguna falta. La guerra deja así de ser únicamente una demostración heroica de fuerza para convertirse en una calamidad que arrasa cuanto encuentra a su paso.

Ishum actúa como contrapeso del dios guerrero. No puede impedir el estallido de la destrucción, pero trata de limitarla y acaba persuadiendo a Erra para que deponga su cólera. En la quinta tablilla, a la que pertenecía este fragmento, la violencia comienza finalmente a extinguirse y el orden puede ser restaurado. Erra promete nuevamente prosperidad a Babilonia y bendice a quienes conserven y difundan su poema. El propio texto adquiría así una función protectora: conocer y recitar la historia del dios destructor podía servir para apaciguar su furia y alejar de las casas la guerra y las epidemias.

La obra no era una crónica de un conflicto concreto, aunque probablemente conservaba el recuerdo de los periodos de inestabilidad, invasiones y luchas sufridos por Babilonia durante los siglos anteriores. Como ocurría con los presagios, los sueños o los manuales médicos, el poema intentaba comprender una amenaza difícil de dominar. La guerra podía explicarse como la irrupción de una fuerza divina en el mundo humano; pero, al convertirla en relato, también se hacía posible reconocer su desarrollo, darle un sentido y confiar en que finalmente llegaría a su término.

Su presencia en la biblioteca de Asurbanipal resulta especialmente sugerente. El rey asirio conservó una obra babilónica que describía la destrucción de ciudades y el sufrimiento provocado por una violencia sin límites. Sin embargo, su propio reinado estaría marcado por la rebelión de Babilonia, la guerra contra su hermano Shamash-shum-ukin y numerosas campañas cuyas consecuencias quedaron representadas con crudeza en los relieves palaciegos. El poema era mucho más antiguo y no anunciaba aquellos acontecimientos, pero, situado en nuestro recorrido, parece proyectar anticipadamente su sombra sobre ellos.

Después de los presagios, los sueños, la medicina y la guerra, llegamos a la literatura y a la obra más célebre recuperada entre las ruinas de la biblioteca de Asurbanipal: la Epopeya de Gilgamesh. Los fragmentos expuestos, identificados como K.913 y K.2756a-b, proceden de Nínive y fueron escritos entre aproximadamente 680 y 630 a. C. Formaban parte de la primera tablilla de la versión babilónica estándar del poema, copiada en acadio por los escribas de la corte asiria.

La epopeya era ya muy antigua cuando estos ejemplares ingresaron en la biblioteca. Gilgamesh había sido probablemente un rey de Uruk durante el tercer milenio a. C., pero su figura histórica quedó pronto envuelta por la leyenda. Desde comienzos del segundo milenio circularon relatos sumerios independientes sobre sus hazañas; siglos después, aquellas tradiciones se integraron en una composición más extensa en lengua acadia. La versión estándar, atribuida por la tradición al sabio Sîn-lēqi-unninni, quedó organizada en once tablillas narrativas, a las que se añadió una duodécima relacionada de manera más indirecta con la historia principal.

La primera tablilla presenta a Gilgamesh como un soberano extraordinario, «dos tercios dios y un tercio hombre», dotado de una fuerza incomparable, pero también arrogante y opresivo con los habitantes de Uruk. Ante las súplicas de su pueblo, los dioses crean a Enkidu, un hombre salvaje destinado a convertirse primero en su rival y después en su compañero inseparable. De su encuentro nace una amistad que transforma al protagonista y da comienzo a las grandes aventuras del poema: el viaje al Bosque de los Cedros, el combate contra Humbaba y la muerte del Toro Celeste.

La tablilla K.6899, procedente de Nínive y fechada aproximadamente entre 680 y 630 a. C., conserva parte del duelo de Gilgamesh por la muerte de Enkidu y de los ritos funerarios celebrados en su honor.

Después de matar a Humbaba, guardián del Bosque de los Cedros, Gilgamesh y Enkidu dan muerte también al Toro Celeste enviado por la diosa Ishtar. Los dioses consideran que los héroes han traspasado los límites permitidos y deciden que uno de ellos debe morir. La sentencia recae sobre Enkidu, que enferma y, tras doce días de agonía, fallece ante la impotencia de su compañero. 

La reacción de Gilgamesh constituye una de las expresiones de dolor más intensas de toda la literatura antigua. El rey se niega inicialmente a aceptar la muerte, permanece junto al cuerpo de su amigo y recorre la estancia dominado por la desesperación. Después se arranca los cabellos, se desprende de sus vestiduras y convoca a toda la creación para que participe en el lamento: deben llorar los habitantes de Uruk, los montes y los caminos que ambos recorrieron, el Éufrates, los pastores y agricultores y hasta los animales de la estepa entre los que Enkidu había crecido. El duelo adquiere así una dimensión universal, como si la muerte hubiera roto no solo la vida de Gilgamesh, sino también el orden del mundo que ambos compartían.

Gilgamesh ordena que los artesanos fabriquen una imagen funeraria de Enkidu y prepara un gran banquete en su memoria. También reúne objetos preciosos y ofrendas destinadas a distintas divinidades del inframundo, con la esperanza de que reciban favorablemente a su compañero y lo protejan en el más allá. Aquellos dones muestran que los funerales mesopotámicos no servían únicamente para despedir al difunto: debían facilitar su incorporación al mundo de los muertos y mantener la relación entre quienes partían y quienes continuaban vivos.

Pero la muerte de Enkidu transforma para siempre al protagonista. Hasta entonces, Gilgamesh había buscado la gloria mediante hazañas extraordinarias; a partir de este momento comprende que ni su fuerza ni su origen parcialmente divino podrán librarlo del mismo destino. El dolor por el amigo se convierte en miedo por su propia muerte y lo empuja a abandonar Uruk para buscar a Utnapishtim y descubrir el secreto de la inmortalidad. Enkidu ya no podrá acompañarlo físicamente, pero continuará presente en cada etapa del viaje.

Esta tablilla resulta especialmente emocionante porque conserva uno de los primeros grandes duelos de la literatura universal. Entre sus cuñas no encontramos ya al rey arrogante que deseaba engrandecer su nombre, sino a un hombre paralizado ante el cuerpo de alguien a quien amaba y dispuesto a movilizar a toda la naturaleza para llorarlo. Gilgamesh había vencido monstruos y atravesado bosques prohibidos, pero la muerte de Enkidu lo enfrentó por primera vez a un enemigo contra el que su fuerza no servía de nada.

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