Tras las huellas de Belzoni: la sala egipcia del Museo Eremitani


La presencia de Egipto en el Museo Eremitani tiene un nombre propio: Giovanni Battista Belzoni. Nacido en Padua en 1778, su vida parece sacada de una novela de aventuras. Después de recorrer Europa y trabajar en Inglaterra como hombre forzudo y artista de espectáculos, llegó a Egipto en 1815. Allí puso su extraordinaria fuerza y sus conocimientos técnicos al servicio del cónsul británico Henry Salt, participando en el traslado de grandes esculturas y en algunas de las exploraciones más célebres de su tiempo.

Belzoni consiguió despejar la entrada del templo de Ramsés II en Abu Simbel, penetró en la pirámide de Kefrén y descubrió en el Valle de los Reyes la magnífica tumba de Seti I. Sus métodos estaban todavía muy lejos de los de la arqueología moderna y respondían al afán coleccionista del siglo XIX, pero sus hallazgos contribuyeron decisivamente al conocimiento y, también, a la fascinación europea por el antiguo Egipto.

Cuando regresó a su ciudad natal en 1819, donó a Padua dos monumentales estatuas de la diosa Sejmet procedentes del templo de Mut, en Karnak. Aquellas piezas estuvieron en el origen de la colección egipcia que hoy ocupa dos salas del Museo Eremitani. Por eso, antes de contemplar sarcófagos, papiros y amuletos, el recorrido se detiene ante el busto del hombre que estableció este inesperado puente entre Padua y las orillas del Nilo.

El montaje de la sala recuerda el lugar que ocuparon originalmente las dos estatuas de Sejmet en Padua. Belzoni había pedido que fueran instaladas a ambos lados de la puerta oriental del gran salón del Palazzo della Ragione, donde permanecieron hasta su traslado al Museo Eremitani en 1985. Sobre aquella puerta todavía se conserva el medallón con su retrato, realizado por el escultor Rinaldo Rinaldi. 

La escenografía del museo reproduce ese rincón del palacio: en el centro aparece el medallón de Belzoni, rodeado por los frescos medievales, mientras las dos diosas leoninas asoman a ambos lados. Aunque solo veamos una parte de ellas, la imagen permite comprender que durante más de un siglo aquellas figuras procedentes de Karnak formaron parte de uno de los espacios civiles más importantes de Padua.

El vínculo más visible entre Belzoni y su ciudad natal se encuentra en las dos monumentales estatuas de Sejmet que donó a Padua en 1819. La diosa aparece sentada en un trono, con cuerpo femenino y cabeza de leona, cubierta por una peluca tripartita y vestida con una larga túnica ajustada. Esta estatua, de unos 2,25 metros de altura y fechada en la dinastía XVIII, fue hallada por Belzoni en el templo de la diosa Mut, dentro del gran complejo religioso de Karnak, en la antigua Tebas. 

Hija del dios solar Ra, Sejmet encarnaba la fuerza abrasadora del Sol. Su nombre significa «la Poderosa» y reunía una naturaleza doble: podía destruir a los enemigos del faraón, propagar enfermedades y epidemias, pero también detenerlas y favorecer la curación. Esa combinación de violencia y protección explica la presencia imponente de la leona, uno de los animales más temidos del paisaje egipcio.

La inscripción latina del pedestal recuerda la llegada de la estatua a Italia: «Giovanni Battista Belzoni, padovano, la envió como regalo desde Tebas, en Egipto, en el año 1819. La ciudad, agradecida».  

Entre los objetos traídos por Belzoni se conservan tres pequeños papiros procedentes de la isla de Elefantina. Escritos en arameo durante el siglo V a. C., pertenecieron a la comunidad judía establecida en aquel enclave fronterizo del sur de Egipto. Su aspecto es modesto, pero sus líneas nos acercan de manera extraordinaria a la vida cotidiana de quienes las escribieron: en ellas se habla de un salario que aún no ha sido abonado, de una túnica, de un viaje, de un pleito y del bienestar de varios miembros de una familia.

Después de tantos siglos, aquellas preocupaciones continúan resultando sorprendentemente cercanas. Una de las cartas menciona incluso el templo de Yahvé que poseía la comunidad de Elefantina. Son voces muy lejanas que han sobrevivido sobre frágiles fragmentos de papiro y que llegaron a Padua gracias a los viajes de Belzoni.

Más que un libro dedicado a la muerte, el llamado Libro de los Muertos era una guía para continuar viviendo en el más allá. Su nombre egipcio podría traducirse como Libro para salir a la luz del día, y reunía fórmulas destinadas a proteger al difunto, conservar su cuerpo, proporcionarle alimento, librarlo de trabajos y peligros y permitirle superar las pruebas que encontraba después de morir. No existía una versión única: cada rollo podía reunir una selección diferente de textos e imágenes, preparada para su propietario.  

El ejemplar conservado en el Museo Eremitani perteneció a Horo, hijo de Taesi, cuyo nombre ha sobrevivido gracias a este frágil papiro de época tardía. La escena representa la psicostasia, el juicio del difunto mediante la pesada de su corazón. En las dos filas superiores aparecen los numerosos jueces divinos ante los que Horo debía proclamar su inocencia, mientras que en la parte inferior se desarrolla el ritual. Entre las figuras se reconoce con facilidad a Anubis por su cabeza de chacal, encargado de conducir al fallecido y supervisar la prueba.

El corazón —considerado la sede de la conciencia y de los actos realizados en vida— debía compararse con la pluma de Maat, símbolo de la verdad y la justicia. Para superar el juicio no bastaba con haber vivido rectamente: una fórmula mágica impedía que el propio corazón declarase contra su dueño. Si el resultado era favorable, Horo era reconocido como “justificado” y podía acceder al reino de Osiris; si fracasaba, le aguardaba la destrucción definitiva. El papiro no era, por tanto, una simple decoración funeraria, sino una auténtica garantía escrita para alcanzar la eternidad.

La pieza principal de la sala es la caja antropoide de Meretamon, hija del “príncipe” Harwa, procedente de la región tebana y fechada en la dinastía XXVI, entre mediados y finales del siglo VII a. C. Está realizada en madera recubierta por una tela enyesada y pintada, una técnica que permitía transformar el ataúd en una imagen idealizada de la difunta.

Meretamon aparece tocada con una pesada peluca que cae sobre el pecho en dos largas bandas. Bajo el amplio collar usekh extiende sus alas la diosa Nut, mientras que el resto de la superficie se cubre con una escena de embalsamamiento, figuras de genios funerarios y columnas de jeroglíficos. Entre ellas se incluyó el capítulo 89 del Libro de los Muertos, una fórmula destinada a reunir nuevamente el alma con el cuerpo y garantizar que el difunto pudiera recuperar su plena existencia en el más allá.

La decoración no terminaba en la superficie visible. El interior de la caja también fue concebido como un espacio sagrado destinado a envolver y proteger el cuerpo. En la cara interna de la tapa aparece de nuevo la diosa Nut, esta vez con los brazos abiertos, como si abrazara a Meretamon desde arriba. En el fondo de la caja se repite su figura con los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, acompañada por fórmulas jeroglíficas relacionadas con las ofrendas funerarias.

De este modo, la difunta quedaba simbólicamente encerrada dentro del cuerpo de la diosa del cielo. Nut la cubría por ambos lados y garantizaba su renacimiento, del mismo modo que cada noche recibía al Sol y cada mañana lo devolvía renovado al mundo. El sarcófago no era solo un recipiente para conservar el cadáver: constituía una envoltura mágica que protegía a Meretamon y hacía posible su regreso a la vida eterna.

Esta estela funeraria de piedra caliza perteneció a Seneb, un funcionario que vivió durante la dinastía XIII. Su título lo identifica como supervisor del establecimiento del pan —probablemente responsable de controlar alguna dependencia dedicada a la producción o distribución de alimentos—, un cargo administrativo que nos devuelve por un instante al funcionamiento cotidiano de la sociedad egipcia.

En la parte superior aparecen los dos ojos udjat, símbolos de protección y regeneración, flanqueando el signo circular de la eternidad. Bajo ellos, dos líneas de jeroglíficos contienen la tradicional fórmula de ofrenda: el rey y Osiris debían proporcionar al ka de Seneb pan, cerveza, ganado, aves, incienso, aceite, vestidos y «toda cosa buena y pura de la que vive un dios». No se trataba de una simple lista: escribir y representar aquellos bienes garantizaba mágicamente que el difunto nunca careciera de ellos.

Más abajo, Seneb y su esposa aparecen sentados ante una mesa cargada de panes y recipientes para las libaciones. Las restantes escenas reúnen a varias figuras masculinas y femeninas, probablemente miembros de su familia, participando en el culto funerario y presentando nuevas ofrendas. Aunque muchos detalles se han debilitado con el paso del tiempo, la estela continúa cumpliendo el propósito para el que fue creada: conservar el nombre de Seneb y mantener viva su memoria.

Antes de abandonar la sala egipcia encontramos una pieza que, en realidad, nos conduce hacia otra de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Esta pequeña figura masculina de piedra caliza procede de Mesopotamia y está fechada en la segunda mitad del IV milenio a. C., durante el periodo de Uruk. Se cuenta, por tanto, entre los ejemplos más antiguos de escultura exenta conservados del Próximo Oriente.

El personaje aparece desnudo, erguido y con las manos reunidas ante el pecho. Su rostro, de grandes ojos almendrados, transmite la actitud concentrada y solemne que caracteriza a muchas figuras mesopotámicas de oración. Sus piernas y pies, de formas muy robustas, indican que probablemente fue concebido para permanecer en pie, aunque hoy su identidad continúa siendo un misterio.

Se conocen otras tres estatuillas casi idénticas —dos conservadas en el Louvre y otra en la Universidad de Zúrich—, pero todas llegaron al mercado de antigüedades durante el siglo XIX y carecen de un contexto arqueológico seguro. El donante del ejemplar de Padua afirmó que había sido encontrado en Nínive, dato que no ha podido comprobarse. Su desnudez tampoco ayuda a identificarlo: podría representar a un oferente de alto rango, quizá un sacerdote o gobernante, a un difunto o incluso haber formado parte de un pequeño grupo destinado a un templo.

Precisamente esa incertidumbre aumenta su fascinación. La figura pertenece a un momento en que nacían las primeras ciudades-Estado mesopotámicas y comenzaban a definirse nuevas imágenes del poder, la religión y la realeza. Su nombre y su función se han perdido, pero su gesto recogido continúa imponiendo silencio más de cinco mil años después.

Las salas egipcias del Museo Eremitani no son demasiado grandes, pero permiten recorrer milenios de historia a través de objetos que fueron creados, en buena medida, para vencer al olvido. Las fórmulas del Libro de los Muertos, el rostro pintado de Meretamon y la estela de Seneb consiguieron preservar aquello que sus propietarios más deseaban: su identidad, su nombre y la esperanza de continuar existiendo más allá de la muerte.

También aquí permanece la memoria de Giovanni Battista Belzoni, el aventurero padovano que tendió un inesperado puente entre su ciudad natal y las orillas del Nilo. Sus dos monumentales Sejmet continúan custodiando la colección, mientras los papiros de Elefantina conservan preocupaciones mucho más cercanas: un salario pendiente, una prenda de vestir o el bienestar de una familia. Y, como última sorpresa, una enigmática figura llegada desde la antigua Mesopotamia nos recuerda que el museo todavía guarda historias cuyo significado completo permanece por descubrir.

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