Pequeños objetos, grandes historias: la vida cotidiana en el Museo Eremitani


Entre las piezas más pequeñas del Museo Eremitani encontramos esta ampolla de terracota, procedente de Adria y fechada entre los siglos VI y VII. En sus dos caras aparece representado san Menas entre dos camellos, la imagen característica de este mártir cristiano ejecutado en el año 304, durante las persecuciones del emperador Diocleciano.

Cerca de Alejandría se levantaba el santuario que custodiaba sus reliquias, convertido en uno de los grandes centros de peregrinación de la Antigüedad tardía. Quienes llegaban hasta allí podían regresar con pequeñas ampollas como esta, conocidas como «bendiciones», que contenían aceite de las lámparas encendidas junto a la tumba del santo o agua a la que se atribuían propiedades milagrosas.

Su hallazgo en Adria demuestra la extraordinaria distancia que podían recorrer estos modestos recuerdos de peregrinación. La aparición de otros ejemplares semejantes en el Véneto podría estar relacionada con la difusión del culto a san Menas por los bizantinos durante la guerra gótica del siglo VI. Así, una sencilla vasija de barro nos conduce desde el norte de Italia hasta las costas de Egipto y nos recuerda que, incluso en aquellos siglos de profundos cambios, el Mediterráneo continuaba uniendo lugares, personas y creencias.

Existen varios recipientes de vidrio procedentes de Montegrotto Terme, la antigua localidad termal situada al sur de Padua. Las piezas más antiguas —los pequeños balsamarios, las copas y el plato— se fechan entre mediados del siglo I y el siglo II, mientras que el recipiente identificado como aryballos pertenece ya a los siglos II-III.

Los cuencos y el plato formaban parte del servicio de mesa, mientras que las pequeñas botellas y los balsamarios podían contener perfumes, ungüentos, aceites o preparados medicinales. El aryballos, de cuerpo redondeado y cuello estrecho, estaba especialmente relacionado con los aceites empleados en el cuidado corporal, por lo que resulta fácil imaginar su presencia en un lugar tan vinculado desde la Antigüedad con las aguas termales.

Frágiles y aparentemente cotidianos, estos recipientes han sobrevivido durante casi dos mil años. Sus tonalidades verdosas, las pequeñas irregularidades del vidrio y la sencillez de sus formas nos acercan a una dimensión mucho más íntima del mundo romano: la mesa, el aseo y los gestos diarios de quienes los utilizaron.

Junto a los pequeños recipientes anteriores aparecían estas botellas y jarras de vidrio soplado. Algunas presentan un cuerpo globular y otras adoptan formas más rectangulares, pero casi todas comparten una boca estrecha, pensada para controlar la salida del líquido, y una pequeña asa añadida cuando el vidrio aún estaba caliente.

Sin conocer su contexto exacto resulta difícil precisar qué contuvo cada una. Recipientes semejantes podían utilizarse para conservar y verter aceites, perfumes, preparados medicinales u otros líquidos de uso doméstico. Más que su contenido concreto, hoy nos sorprenden la delicadeza de sus paredes, las tonalidades azuladas y verdosas del vidrio y la habilidad necesaria para fabricar unos objetos destinados a formar parte de la vida cotidiana.

El vidrio también se utilizó para fabricar recipientes de mayor capacidad, como esta olla del siglo II encontrada en Vanzo, cerca de Conselve. Su boca ancha permitía guardar y extraer con facilidad alimentos, líquidos u otros productos. Lejos de ser una pieza destinada a cocinar, habría cumplido una función de almacenamiento doméstico, mostrando hasta qué punto este material estaba presente en distintos ámbitos de la vida cotidiana romana.

No todos los pequeños objetos de esta vitrina estaban relacionados con el cuidado corporal o la conservación de líquidos. Entre ellos aparecían también dos estatuillas de bronce que nos acercan a las creencias y preocupaciones cotidianas de sus propietarios.

A la izquierda se encuentra Asclepio, dios griego de la medicina, representado en un bronce votivo hallado en Este y fechado en la segunda mitad del siglo II. La figura, de aspecto maduro y barbado, viste el manto característico con el que solía representarse a la divinidad. Una ofrenda de este tipo podía expresar una petición de curación o el agradecimiento por haber recuperado la salud.

A la derecha aparece Júpiter, en una pequeña estatua procedente de Monselice y realizada a finales del mismo siglo. Aunque ha perdido una mano y los atributos que permitían reconocerlo con mayor facilidad —el cetro o el rayo—, su postura reproduce a escala reducida un célebre modelo griego de Zeus atribuido al escultor Leocares. Estatuillas como esta se colocaban en los lararia, los pequeños altares domésticos donde la familia veneraba a los Lares y a otras divinidades protectoras. Estos bronces nos recuerdan que, en el mundo romano, la religión también formaba parte de los espacios y preocupaciones más íntimos del hogar.

Esta parte de la colección quizá no deslumbre como las grandes estelas, los sarcófagos o las esculturas monumentales, pero nos permite acercarnos de otra manera al pasado. La ampolla de san Menas recorrió el Mediterráneo en manos de algún peregrino; los delicados recipientes de vidrio acompañaron gestos tan cotidianos como beber, guardar alimentos o aplicarse un perfume; y las pequeñas figuras de Asclepio y Júpiter dieron forma a esperanzas, temores y creencias personales.

Son objetos concebidos para caber en una mano, colocarse sobre una mesa o presidir discretamente un altar doméstico. Precisamente por eso, contemplarlos después de tantos siglos produce una sensación especial: las grandes obras nos hablan de ciudades, emperadores y monumentos, pero estas piezas pequeñas nos devuelven a las personas que habitaron aquel mundo.

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