Gran parte de aquel esplendor ha desaparecido. Los muros de adobe se deshicieron, la madera de las techumbres se perdió y los colores que cubrían relieves y revestimientos apenas se conservan. Las piezas expuestas, contempladas hoy de forma aislada, nos obligan por ello a realizar un pequeño ejercicio de imaginación: debemos devolverlas mentalmente a unos interiores llenos de color, objetos preciosos y escenas concebidas para proclamar la riqueza del imperio. Incluso aquello que podríamos considerar más «doméstico» —un pavimento, una vasija o una pieza de mobiliario— contribuía a construir la imagen del poder real.
La primera pieza permite comenzar el recorrido literalmente desde el suelo. Es un umbral de piedra caliza procedente del Palacio Norte de Asurbanipal en Nínive, fechado hacia 645-640 a. C. No constituía un pavimento completo, sino que se colocaba en el paso entre dos estancias. Sin embargo, su superficie fue tallada cuidadosamente para imitar una rica alfombra extendida sobre el suelo. Sus dimensiones —aproximadamente 127 por 124 centímetros— permiten imaginarlo encajado en una puerta monumental, marcando el tránsito entre los distintos ámbitos del palacio.
La decoración se organiza mediante franjas sucesivas. En el centro, pequeñas formas geométricas entrelazadas crean una trama continua; alrededor aparecen hileras de rosetas, flores de loto y capullos unidos mediante tallos curvos. El relieve es poco profundo, adecuado para una superficie destinada a ser pisada, pero posee la minuciosidad de una labor textil. Quizá lo más interesante sea precisamente esa transformación: un material duro y pesado como la piedra intenta reproducir la apariencia delicada de una alfombra, conservándola de forma permanente como parte de la arquitectura.
Además, no debemos imaginarlo con el color desnudo que presenta en la actualidad. Al igual que los relieves de las paredes, estos elementos estuvieron probablemente pintados, de modo que las flores, los entramados y las distintas bandas destacarían con mucha mayor claridad. Quien atravesaba aquella puerta no entraba simplemente en otra habitación: cruzaba un límite cuidadosamente señalado por formas vegetales y geométricas. Es una magnífica pieza para comenzar el interior del palacio, porque nos recuerda que el lujo asirio no se encontraba solamente ante los ojos, en sus grandes relieves, sino también bajo los pies.




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