El rostro posee unos rasgos muy simplificados y casi geométricos: grandes ojos circulares, cejas arqueadas, nariz recta y una boca pequeña que parece esbozar una leve sonrisa. Sobre la frente discurre una trenza, diadema o cinta decorativa marcada por una sucesión de diminutas perforaciones. En ellas se alojaban pequeñas piezas de vidrio coloreado, como las numerosas incrustaciones encontradas entre las ruinas de los palacios de Nimrud. Es posible que también los orificios de los ojos recibieran algún material añadido, aunque la ficha de la exposición solo confirma las incrustaciones de la diadema.
Su aspecto actual, desgastado y casi monocromo, oculta por tanto una apariencia original mucho más rica. El contraste entre la piedra clara y los pequeños puntos de vidrio habría dado color y luminosidad al rostro, haciendo destacar la pieza sobre la madera del mueble. La superficie, además, conserva huellas de una intensa exposición al fuego, probablemente relacionada con la destrucción sufrida por Nimrud a finales del siglo VII a. C.
Piezas como esta nos permiten imaginar aquello que los restos monumentales apenas pueden mostrar: el interior de los palacios no estaba ocupado únicamente por grandes relieves y columnas, sino también por muebles cuidadosamente trabajados y cubiertos de pequeños adornos. Aunque hoy solo haya sobrevivido esta cabeza de pocos centímetros, originalmente formó parte de un conjunto mucho más elaborado en el que se combinaban madera, piedra y vidrio de colores. En cierto modo, es uno de esos modestos fragmentos capaces de acercarnos al lujo cotidiano de la corte mejor que una arquitectura monumental.




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