Los tesoros de los palacios asirios: lujo y conexiones entre culturas


 Con esta pequeña cabeza femenina abandonamos ya los grandes elementos arquitectónicos para acercarnos al mobiliario que ocupaba las estancias palaciegas. Tallada en piedra caliza y procedente de Nimrud, está fechada entre 875 y 850 a. C., probablemente durante el reinado de Asurnasirpal II. No fue concebida como una escultura independiente: una varilla de madera permitía sujetarla a un mueble, quizá una silla, un trono, un lecho o algún otro elemento suntuoso cuya estructura, fabricada con materiales perecederos, no se ha conservado.

El rostro posee unos rasgos muy simplificados y casi geométricos: grandes ojos circulares, cejas arqueadas, nariz recta y una boca pequeña que parece esbozar una leve sonrisa. Sobre la frente discurre una trenza, diadema o cinta decorativa marcada por una sucesión de diminutas perforaciones. En ellas se alojaban pequeñas piezas de vidrio coloreado, como las numerosas incrustaciones encontradas entre las ruinas de los palacios de Nimrud. Es posible que también los orificios de los ojos recibieran algún material añadido, aunque la ficha de la exposición solo confirma las incrustaciones de la diadema.

Su aspecto actual, desgastado y casi monocromo, oculta por tanto una apariencia original mucho más rica. El contraste entre la piedra clara y los pequeños puntos de vidrio habría dado color y luminosidad al rostro, haciendo destacar la pieza sobre la madera del mueble. La superficie, además, conserva huellas de una intensa exposición al fuego, probablemente relacionada con la destrucción sufrida por Nimrud a finales del siglo VII a. C.

Piezas como esta nos permiten imaginar aquello que los restos monumentales apenas pueden mostrar: el interior de los palacios no estaba ocupado únicamente por grandes relieves y columnas, sino también por muebles cuidadosamente trabajados y cubiertos de pequeños adornos. Aunque hoy solo haya sobrevivido esta cabeza de pocos centímetros, originalmente formó parte de un conjunto mucho más elaborado en el que se combinaban madera, piedra y vidrio de colores. En cierto modo, es uno de esos modestos fragmentos capaces de acercarnos al lujo cotidiano de la corte mejor que una arquitectura monumental.


Aunque esta gran vasija aparece en el recorrido dedicado al lujo y a los objetos ornamentales, conviene aclarar que no es una pieza asiria ni procede de los palacios de Nínive. Fue fabricada en Chipre entre 600 y 500 a. C., algunas décadas después del reinado de Asurbanipal, y apareció en Achna, en la parte oriental de la isla. Pertenece al periodo Chipriota Arcaico II y al estilo cerámico denominado Bicromo V, caracterizado por la combinación de pintura roja y negra sobre el fondo claro de la arcilla. Realizada a torno, alcanza con su tapa unos 36 centímetros de altura y debió de utilizarse para guardar alguna sustancia valiosa, aunque se desconoce su contenido concreto.

Su forma, de cuerpo ancho y redondeado, se completa con dos pequeñas asas laterales y una gran tapa cónica rematada por un pomo. La decoración invade prácticamente toda la superficie: bandas geométricas, rosetas, flores de pétalos apuntados, espirales, triángulos y motivos trenzados se distribuyen en registros sucesivos, creando una impresión de extraordinaria riqueza. En la tapa, estos frisos se disponen de manera concéntrica y acompañan visualmente su progresiva elevación hasta el remate superior. No encontramos aquí el espacio vacío que destacaba las figuras en los grandes relieves asirios; el artesano chipriota prefirió llenar la vasija con un repertorio ornamental denso, minucioso y perfectamente ordenado.

La franja principal está ocupada por esfinges enfrentadas por parejas, separadas por motivos vegetales. Bajo las asas, el esquema varía y una esfinge aparece frente a una cabra, mientras flores y pequeñas formas geométricas completan los espacios restantes. Estas criaturas híbridas, provistas de cuerpo animal, alas y cabeza humana, formaban parte de un lenguaje visual compartido por numerosas culturas del Mediterráneo oriental. Su origen remoto se encontraba en Egipto y el Próximo Oriente, pero cada región las adaptó a sus propias tradiciones artísticas. En Chipre, situada en una posición privilegiada entre Levante, Anatolia, Egipto y el mundo griego, aquellas imágenes adquirieron formas nuevas y pasaron a decorar cerámicas, esculturas y objetos de carácter suntuario.

Precisamente por ello, la vasija encaja en el discurso de la exposición a pesar de no haber pertenecido al palacio de Asurbanipal. El Imperio asirio no fue un mundo cerrado: a través de sus conquistas, tributos y rutas comerciales llegaron a sus centros de poder materias primas, artesanos y objetos procedentes de territorios muy diversos. Al mismo tiempo, sus formas artísticas circularon mucho más allá de las fronteras imperiales y fueron reinterpretadas por otras culturas. La esfinge que habíamos visto sosteniendo simbólicamente una columna del palacio reaparece ahora, a una escala mucho menor, recorriendo la superficie de una cerámica chipriota.

Esta pieza nos obliga así a ampliar la mirada. Hemos abandonado la arquitectura monumental y nos acercamos a objetos que podían ser contemplados, manipulados o utilizados para conservar productos valiosos. Pero también empezamos a descubrir un universo de conexiones: detrás de su apariencia decorativa, la vasija conserva el testimonio de un Mediterráneo oriental recorrido continuamente por mercancías, técnicas e imágenes. El lujo de las grandes cortes y residencias no dependía únicamente de lo que se producía dentro de sus territorios, sino también de ese incesante intercambio cultural que enlazaba Chipre con las antiguas civilizaciones del Próximo Oriente.


Estas dos pequeñas jarras esmaltadas nos devuelven de las grandes conexiones mediterráneas de la pieza anterior a un ámbito mucho más íntimo: el cuidado personal de las élites asirias. Ambas proceden de Assur, una de las principales ciudades del imperio, y fueron fabricadas en distintos momentos del periodo neoasirio. La de la izquierda se fecha entre los siglos VIII y VI a. C., mientras que la de la derecha pertenece, de manera más amplia, al periodo comprendido entre 850 y 612 a. C. Por su reducido tamaño y por la delicadeza de su acabado, probablemente contenían aceites perfumados, ungüentos o sustancias cosméticas de cierto valor.

Las dos comparten una forma semejante, con cuerpo globular, cuello estrecho y un grueso borde vuelto hacia el exterior. Esta disposición permitía sujetarlas cómodamente y verter su contenido en pequeñas cantidades, algo especialmente apropiado para productos aromáticos o cosméticos. No son simples recipientes utilitarios: su cuidada decoración indica que también fueron concebidos para ser contemplados y formar parte del ajuar personal de quienes habitaban los espacios palaciegos o pertenecían a los grupos privilegiados de la sociedad asiria.

La superficie fue recubierta con esmaltes de tonos azules, verdes y amarillos, hoy muy apagados por el paso del tiempo. La jarra de la izquierda presenta una decoración más geométrica, formada por bandas horizontales que rodean el cuerpo y acentúan su volumen. En la de la derecha, en cambio, se distingue un motivo vegetal compuesto por pétalos alargados que descienden desde los hombros de la vasija. Aunque actualmente predominan los tonos grisáceos y terrosos, originalmente los colores debieron de destacar con mucha mayor intensidad, haciendo de estos modestos recipientes pequeños objetos de lujo.

El esmaltado no solo embellecía la cerámica, sino que creaba una superficie más lisa y menos porosa, adecuada para conservar aceites y preparados aromáticos. Al mismo tiempo, reproducía en objetos de uso personal el gusto por el color que ya habíamos encontrado en los ladrillos y placas de las paredes palaciegas. El mismo mundo cromático que envolvía la arquitectura aparecía, a una escala mucho menor, en piezas destinadas a sostenerse entre las manos.


Estos dos cuencos de aleación de cobre, probablemente bronce, proceden del Palacio Noroeste de Nimrud y están fechados entre 900 y 700 a. C. Su forma es sencilla —recipientes anchos, poco profundos y con el borde ligeramente elevado—, pero sus superficies aparecen cubiertas por una delicada decoración incisa y repujada. Debieron de formar parte de una vajilla de lujo, destinada quizá al servicio de alimentos o bebidas durante los banquetes, aunque también pudieron utilizarse en ceremonias o para realizar libaciones.

El cuenco de la izquierda es el más complejo. En torno al medallón central se distribuyen cuatro parejas de esfinges aladas con cabeza de halcón, colocadas frente a frente y separadas por motivos vegetales. Las criaturas llevan faldellines y coronas de tradición egipcia, aunque la composición no es propiamente egipcia: combina elementos procedentes de distintos repertorios culturales en una imagen nueva. La reiteración de las figuras alrededor del centro crea un ritmo circular que obliga a girar la mirada para recorrer toda la escena.

El cuenco de la derecha presenta una ornamentación más geométrica y serena. En el centro se abre una gran flor de loto, organizada radialmente mediante pétalos triangulares, rodeada por varias bandas concéntricas de puntos y líneas incisas. Pequeños remaches o elementos metálicos resaltan algunos puntos del diseño y reflejarían la luz cuando el objeto se encontraba recién fabricado. El loto, estrechamente relacionado con el arte egipcio, se difundió ampliamente por el Mediterráneo oriental y el Próximo Oriente como motivo asociado a la regeneración, la vida y la fertilidad.

Aunque fueron encontrados en un palacio asirio, probablemente estos cuencos no se fabricaron en Nimrud. Su iconografía y su estilo apuntan al Levante mediterráneo, quizá a talleres fenicios, cuyos artesanos combinaron con extraordinaria libertad elementos egipcios, sirios y mesopotámicos. Es posible que llegaran a Asiria como tributo, regalo diplomático o parte del botín obtenido durante alguna campaña militar. Junto con otras vajillas refinadas halladas en el palacio, muestran cómo la riqueza de la corte se alimentaba de objetos procedentes de numerosos territorios.

Por ello, estos recipientes son mucho más que simples piezas de una vajilla. Sobre sus superficies se encuentran culturas muy diferentes: esfinges, halcones, coronas egipcias y flores de loto viajaron lejos de sus lugares de origen y fueron reinterpretados por artesanos levantinos antes de terminar en una residencia real asiria. En las mesas del palacio, incluso un pequeño cuenco podía convertirse así en una imagen del alcance internacional del imperio y de la diversidad de objetos que llegaban hasta su corte.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

La caída de Babilonia: el triunfo de Asurbanipal y el destino de los vencidos

 El relieve procede del Palacio Norte de Nínive y fue realizado hacia 645-640 a. C. , pocos años después de los acontecimientos que conmemo...