Entre el 9 de abril y el 4 de octubre de 2026, CaixaForum Madrid presenta la exposición Soy Asurbanipal, rey del mundo, rey de Asiria, organizada en colaboración con el British Museum. La muestra reúne más de ciento cincuenta piezas —relieves, esculturas, tablillas cuneiformes, objetos de marfil, cerámicas y elementos decorativos— para reconstruir el mundo del último gran monarca del Imperio asirio. Es también la décima exposición surgida de la colaboración entre ambas instituciones y una oportunidad excepcional para contemplar obras que, en muchos casos, no forman parte de la exhibición habitual del museo británico.
El título procede de las propias inscripciones reales, en las que el soberano se presentaba como «gran rey», «rey poderoso», «rey del universo», «rey de Asiria» y «rey de las cuatro regiones del mundo». Estas fórmulas, que hoy pueden parecernos desmesuradas, expresaban una concepción del poder en la que el monarca debía gobernar los territorios conquistados, proteger el orden establecido por los dioses y someter cualquier fuerza que amenazara con alterarlo. La exposición nos introduce así en una civilización en la que la guerra, la religión, el conocimiento y la propaganda política estaban estrechamente unidos.
Asurbanipal gobernó entre 669 y 631 a. C., durante el último periodo de esplendor del Imperio neoasirio, cuyos dominios llegaron a extenderse desde Egipto y las costas orientales del Mediterráneo hasta el oeste del actual Irán. Su personalidad parece contener todas las contradicciones de aquel imperio: fue guerrero, cazador de leones y responsable de campañas de una violencia extrema, pero también un monarca orgulloso de su educación, capaz de leer y escribir y decidido a reunir en Nínive los textos que conservaban el saber de su tiempo. Precisamente por ello, la muestra evita presentarlo únicamente como conquistador o como rey erudito: ambos rostros formaban parte de una misma manera de ejercer y representar el poder.
La primera pieza del recorrido nos presenta a Asurbanipal mediante una imagen cuidadosamente concebida para condensar las cualidades del soberano. Se trata de una réplica de un relieve procedente del Palacio Norte de Nínive, cuyo original fue realizado hacia 645-640 a. C. El rey aparece enfrentándose cuerpo a cuerpo con un león herido: mientras sujeta al animal con firmeza, le hunde la espada en el pecho. Detrás de él, un servidor —probablemente un eunuco de la corte— permanece preparado con un haz de flechas de repuesto. Todo está dispuesto para que Asurbanipal ocupe el centro de la acción y aparezca sereno, poderoso y dueño absoluto de la situación.
Estas escenas no deben interpretarse como el recuerdo de una cacería corriente. En la ideología asiria, el león representaba las fuerzas salvajes y caóticas que amenazaban el orden del mundo; al vencerlo, el monarca demostraba que poseía la fuerza y el favor de los dioses necesarios para proteger su reino. La composición acentúa deliberadamente esa idea: el animal, aun atravesado por varias flechas, se alza casi hasta la altura del rey, pero Asurbanipal no retrocede. Frente a la violencia y el movimiento del león, su figura permanece rígida e impasible, como si la victoria estuviera decidida de antemano.
Sin embargo, la imagen introduce también otro de los rasgos esenciales del personaje. Junto a las armas, el rey lleva sujetos a su cintura unos estiletes de escritura, alusión a su educación y a la dimensión intelectual de su reinado. Asurbanipal quería ser reconocido al mismo tiempo como guerrero invencible y como soberano instruido, capaz de dominar tanto las armas como la palabra escrita. La exposición acompañaba esta réplica con un recurso accesible formado por textos en braille, un diagrama simplificado y una reproducción táctil del relieve. De este modo, las personas invidentes o con baja visión podían seguir mediante el tacto las figuras del rey y del león y percibir una escena en la que el volumen, las texturas y el contacto físico entre ambos personajes resultan fundamentales.
Esta estela de arenisca, fechada entre 668 y 665 a. C., nos muestra un rostro de Asurbanipal muy distinto al del relieve anterior. Ya no aparece como cazador y vencedor de las fuerzas salvajes, sino como rey constructor y hombre piadoso. Sobre la cabeza sostiene un cesto con tierra destinado a fabricar el primer ladrillo ceremonial de las obras del templo de Nabu en Borsippa, ciudad próxima a Babilonia. Con este gesto ritual, el propio soberano participaba simbólicamente en el comienzo de la construcción y demostraba que la restauración del santuario se realizaba bajo su autoridad y con la aprobación de los dioses.
Asurbanipal aparece ricamente vestido, con una larga túnica decorada, una barba cuidadosamente trabajada y una elevada tiara real. Sin embargo, pese a la solemnidad de su atuendo, adopta aquí la actitud de quien presta un servicio a la divinidad. Nabu era el dios mesopotámico de la escritura y la sabiduría, por lo que su culto debió de poseer una significación especial para un monarca que presumía de su formación intelectual y de su capacidad para leer textos complejos. La imagen vuelve a unir así dos dimensiones inseparables de la realeza asiria: el poder terrenal del soberano y su dependencia del favor divino.
La inscripción añade además un interesante componente familiar y político. En ella, Asurbanipal pide a Nabu que bendiga a su hermano mayor, Shamash-shum-ukin, a quien su padre, Esarhaddon, había colocado en el trono de Babilonia mientras él heredaba el de Asiria. La estela pertenece, por tanto, a los primeros años de una relación que todavía se presentaba bajo el signo de la cooperación entre ambos hermanos. Con el tiempo, sin embargo, Shamash-shum-ukin se rebelaría contra Asurbanipal y aquella aparente armonía terminaría en una guerra devastadora. La pieza conserva así la imagen solemne de un equilibrio familiar y político que acabaría quebrándose pocos años después.
El siguiente objeto es el Prisma de Esarhaddón, una pieza de arcilla, procedente de Kuyunjik, la antigua Nínive, en el actual Irak, y fechada entre 673 y 672 a. C. Fue hallada en las proximidades de la denominada «Casa del hijo de Senaquerib» y se conserva en el British Museum. Mide algo más de 33 centímetros de altura y sus caras están cubiertas por centenares de líneas de escritura cuneiforme.
El prisma contiene una extensa narración del reinado de Esarhaddón, padre de Asurbanipal, y relata tanto sus campañas y logros como la construcción de su palacio en Nínive. Estos documentos no eran libros destinados a una lectura cotidiana, sino inscripciones reales concebidas para conservar la memoria del soberano. Solían depositarse en los cimientos de los edificios, donde quedaban protegidas y vinculaban para siempre la obra arquitectónica con el nombre y las hazañas del rey que la había ordenado levantar. Su forma prismática permitía distribuir un texto extraordinariamente largo por varias caras sin interrumpir la narración.
El relato dedica especial atención a la turbulenta llegada de Esarhaddón al trono. Aunque no era el hijo mayor, Senaquerib lo había designado heredero, provocando el resentimiento de sus hermanos. Ante el peligro, Esarhaddón se retiró a las provincias occidentales del imperio; tras el asesinato de su padre en 681 a. C., regresó, derrotó a sus rivales y entró victorioso en Nínive. La inscripción convierte aquel conflicto dinástico en una historia de legitimidad y elección divina: Esarhaddón no aparece como un simple vencedor de una guerra entre hermanos, sino como el heredero escogido por los dioses para restaurar el orden.
El final de su reinado, sin embargo, estuvo marcado por una enfermedad de naturaleza incierta y por un miedo creciente a las conspiraciones. La traumática experiencia de su propia sucesión explica que intentara dejar cuidadosamente organizado el futuro del imperio: nombró a Asurbanipal heredero del trono de Asiria y a su hijo mayor, Shamash-shum-ukin, rey de Babilonia. Por eso este prisma encaja muy bien después de la estela anterior: aquella nos presentaba a los dos hermanos al comienzo de su relación; este documento nos permite retroceder una generación y comprender cómo se creó el reparto de poder que acabaría enfrentándolos.
Este gran panel de yeso, procedente del Palacio Norte de Asurbanipal en Nínive y fechado hacia 645-640 a. C., nos ofrece algo excepcional: una representación de la propia capital asiria. La ciudad ocupa la parte superior, protegida por un impresionante sistema de tres líneas de murallas, reforzadas con torres y almenas. En una de ellas se distingue incluso una pequeña puerta secundaria. Aunque la imagen no pretende reproducir Nínive con exactitud topográfica, sí transmite la impresión que debía causar aquella enorme ciudad fortificada, concebida como centro del poder imperial y protegida por defensas prácticamente inexpugnables.
Sobre las murallas aparece parte de un edificio monumental, probablemente un palacio, con una galería de columnas cuyas bases adoptan la forma de leones. A su alrededor se insinúa un paisaje arbolado, quizá uno de los jardines o parques reales situados dentro de la ciudad. En la zona inferior de las fortificaciones discurre una corriente de agua, representada mediante las características líneas onduladas entre las que nadan varios peces. El relieve reúne así algunos de los elementos que definían Nínive: murallas, palacios, agua y vegetación, es decir, una capital poderosa pero también fértil y cuidadosamente ordenada.
Aunque la escena inferior puede parecernos a primera vista una especie de desfile, ya que las figuras avanzan organizadas en franjas superpuestas. Sin embargo, se trata más propiamente del ejército asirio en campaña: vemos carros de guerra lanzados al galope, jinetes y soldados a pie, todos desplazándose en la misma dirección. La repetición de caballos y figuras genera una extraordinaria sensación de velocidad, especialmente en las patas estiradas de los animales y en las túnicas agitadas de los guerreros. Más que una procesión ceremonial, parece una columna militar que parte de Nínive o regresa a ella; la parte conservada no permite precisar con absoluta seguridad el momento. En cualquier caso, la composición establece una relación muy clara entre la ciudad y el ejército: bajo la capital amurallada avanza la fuerza que hacía posible su riqueza y sostenía el dominio de Asurbanipal.
Con esta imagen de Nínive concluye el primer tramo de nuestro recorrido. Hasta ahora hemos conocido al soberano que da nombre a la exposición, pero también el complejo mundo político, religioso y familiar del que surgió su reinado. Ante nosotros aparece ya la gran capital asiria: una ciudad protegida por poderosas murallas, recorrida por canales, embellecida con jardines y sostenida por un ejército que avanzaba mucho más allá de sus fronteras.




No hay comentarios:
Publicar un comentario