Carmen Laffón. Variaciones

La exposición «Carmen Laffón. Variaciones», que puede visitarse este verano (23 de junio - 27 de septiembre de 2026) en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, constituye la primera gran retrospectiva dedicada a la artista sevillana tras su fallecimiento en 2021. Reúne setenta y siete obras —entre óleos, dibujos, pasteles y esculturas— organizadas no de forma estrictamente cronológica, sino en torno a los grandes motivos que acompañaron toda su trayectoria: los interiores domésticos, los objetos cotidianos, los jardines, Sanlúcar de Barrameda, el Coto de Doñana o las salinas. Ese planteamiento permite descubrir cómo un mismo tema fue transformándose a lo largo de más de seis décadas de trabajo, desde un realismo íntimo hasta una pintura cada vez más esencial, donde la luz, el horizonte y la atmósfera terminan imponiéndose sobre la descripción.

Nacida en Sevilla en 1934, Carmen Laffón desarrolló una de las trayectorias más personales del arte español contemporáneo. Formada entre Sevilla, Madrid y París, nunca sintió la necesidad de seguir las modas ni de romper con la tradición figurativa. Su pintura encontró un camino propio, basado en la observación paciente de aquello que la rodeaba: una habitación silenciosa, una cuna, una mesa, un armario, un jardín o el horizonte inmenso del Guadalquivir y Doñana. En sus manos, esos lugares y objetos cotidianos dejaron de ser simples escenas de la vida diaria para convertirse en espacios de contemplación, donde la luz, el tiempo y la memoria adquirían tanto protagonismo como las propias formas. Su reconocimiento culminó con distinciones como el Premio Nacional de Artes Plásticas y su ingreso como académica de número en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, siendo una de las escasas mujeres que alcanzaron ese puesto.

Recorrer esta exposición es, en cierto modo, acompañar a Carmen Laffón en ese proceso de depuración de la mirada. Sus cuadros no buscan el efecto inmediato ni el virtuosismo llamativo; invitan a detenerse, a contemplar cómo la luz transforma un objeto humilde o cómo un horizonte casi vacío puede contener toda la emoción de un paisaje. A través de las fotografías que siguen intentaremos recorrer ese mismo camino, desde la intimidad de los interiores hasta la inmensidad serena de las salinas y el Coto de Doñana.

La cuna (1969-1974) pertenece a una etapa en la que Carmen Laffón aún mantiene una clara base realista. La escena es perfectamente reconocible: una pequeña cuna de madera ocupa el centro de la composición, frente a una ventana cubierta por unas delicadas cortinas translúcidas. A la derecha apenas aparecen algunos objetos cotidianos sobre una repisa y un radiador, elementos sencillos que sitúan la escena en un ambiente doméstico sin ningún artificio. Sin embargo, más que la descripción minuciosa de cada detalle, lo que verdaderamente parece interesar a la artista es la luz que invade la estancia y envuelve todos los objetos con una atmósfera de calma y silencio.

La figura de la niña dormida ocupa un lugar sorprendentemente pequeño dentro del cuadro. La habitación respira alrededor de ella: las amplias paredes, las cortinas iluminadas y los espacios vacíos adquieren tanto protagonismo como la propia cuna. Es una característica que acompañará toda la obra de Carmen Laffón. El vacío nunca es ausencia, sino un elemento compositivo cargado de serenidad, capaz de transmitir la sensación de que el tiempo se ha detenido durante unos instantes.

Aunque la pintura conserva todavía un lenguaje figurativo muy reconocible, ya se advierte esa evolución que marcará su trayectoria posterior. Las formas comienzan a suavizarse, los contornos pierden rigidez y la luz se convierte en la auténtica protagonista del cuadro. No es un realismo preocupado únicamente por reproducir fielmente una habitación, sino por capturar una emoción: la intimidad, el silencio y la delicada belleza de un instante cotidiano convertido en algo casi atemporal.

Si en La cuna el verdadero protagonista era el espacio que rodeaba a la niña, en Inés Laffón en la cuna la mirada de Carmen Laffón se concentra casi exclusivamente en ella. La habitación apenas se insinúa mediante una pared desnuda y una cortina por la que penetra una luz tenue, mientras que la robusta cuna de madera ocupa el centro de la composición y dirige inmediatamente la atención hacia el rostro sereno de la pequeña. Es como si la artista hubiese eliminado todo lo accesorio para conservar únicamente aquello que considera esencial.

La niña retratada es Inés Laffón, sobrina nieta de la pintora. Aunque Carmen Laffón nunca formó una familia propia ni tuvo hijos, mantuvo siempre un estrecho vínculo con los suyos, y ese entorno familiar aparece con frecuencia, de manera discreta, en su obra. Más que retratos de encargo, son escenas nacidas de la convivencia cotidiana, donde el afecto se expresa sin gestos grandilocuentes, a través de la calma, la intimidad y la observación paciente.

Desde el punto de vista pictórico, resulta especialmente interesante comparar este lienzo con La cuna, realizado décadas antes. Allí la habitación respiraba alrededor de la niña; aquí, en cambio, el espacio se reduce al mínimo. La inmensa pared clara, prácticamente desprovista de elementos, actúa como un gran campo de luz que envuelve la escena y hace destacar la cuna y el delicado rostro infantil. Carmen Laffón comienza así un proceso de depuración que será una constante en toda su trayectoria: cada vez prescinde de más detalles descriptivos para quedarse únicamente con aquello capaz de transmitir la emoción del instante.

Con Mesilla de noche (1973), Carmen dirige su atención hacia uno de esos objetos humildes que forman parte de la vida cotidiana y que normalmente pasan desapercibidos. No hay figuras humanas ni una narración evidente. La protagonista es una sencilla mesilla de madera, ligeramente desgastada por el paso del tiempo, sobre la que descansan una jarra y una pequeña caja. La puerta entreabierta deja entrever el interior del mueble, un detalle que introduce una discreta sensación de intimidad, como si el espectador estuviera contemplando un rincón privado de la casa.

Aunque la pintura mantiene todavía un lenguaje claramente realista, no se trata de un ejercicio de descripción minuciosa. La madera, la porcelana o las paredes aparecen suavizadas por una luz cálida que unifica toda la escena y atenúa los contornos. Más que representar un mueble concreto, parece querer transmitir la serenidad y la memoria que encierran los objetos que nos acompañan durante toda una vida. Es una mirada que recuerda que lo cotidiano también puede convertirse en motivo artístico cuando se observa con paciencia y sensibilidad.

Este interés por los objetos domésticos constituye uno de los rasgos más personales de la primera etapa de la artista. Frente a la espectacularidad o el simbolismo tradicional de otros géneros, Carmen Laffón encuentra belleza en aquello que forma parte de la experiencia diaria. 

Con Mesa con flores en el jardín, Carmen abandona momentáneamente el interior de la casa para trasladar su mirada al exterior, aunque sin romper con la intimidad que caracteriza toda su pintura. La sencilla mesa blanca, sobre la que descansa un cuenco de cerámica rodeado de flores recién cortadas, actúa como un discreto eje de la composición. No hay artificio ni escenografía: son objetos cotidianos contemplados con la misma delicadeza con la que antes observaba una cuna o una humilde mesilla.

Lo más llamativo del cuadro es el contraste entre la precisión del primer plano y el tratamiento del jardín que ocupa el fondo. Mientras la mesa y el cuenco conservan todavía una sólida presencia figurativa, la vegetación comienza a deshacerse en una sucesión de pinceladas sueltas, transparencias y pequeños destellos de color. El jardín deja de ser un lugar descrito con exactitud para convertirse en una impresión luminosa, casi vibrante, donde la luz parece filtrarse entre las hojas y envolver toda la escena. Esa manera de construir el paisaje recuerda, por momentos, a la sensibilidad impresionista, aunque siempre interpretada desde su propio lenguaje personal.

Esta obra marca, además, un paso importante en su evolución. Si en sus cuadros anteriores predominaba la serenidad de los espacios domésticos, aquí la naturaleza empieza a adquirir un protagonismo creciente.  Puede adivinarse el camino que seguirá después: una pintura cada vez más interesada por la atmósfera, la luz y el color que por la descripción detallada de las formas. El motivo continúa siendo sencillo; la emoción nace, una vez más, de la contemplación pausada de lo cotidiano.

Con Sanlúcar de Barrameda (1977-1978), Carmen Laffón abre una de las etapas más importantes de toda su trayectoria artística. La ciudad gaditana había formado parte de su vida desde la infancia y, con el paso de los años, terminó convirtiéndose en mucho más que un lugar de veraneo: fue un auténtico refugio creativo. Desde la azotea de su casa contempló una y otra vez el perfil urbano, las cubiertas de las viviendas, los jardines, el río Guadalquivir y, al fondo, el horizonte del Coto de Doñana. Aquellas vistas terminaron convirtiéndose en uno de los grandes temas de su pintura.

La ciudad aparece representada desde un punto elevado, desde la terraza de su propia casa. Aunque todavía es posible reconocer la trama urbana, las azoteas y algunos edificios característicos de Sanlúcar, el interés de Carmen ya no reside únicamente en describir la arquitectura. La luz cálida del atardecer difumina los contornos y unifica todo el paisaje bajo una atmósfera casi vaporosa, donde el aire parece tener tanto peso como las construcciones. La ciudad deja de ser un conjunto de edificios para convertirse en una impresión luminosa.

Esta forma de mirar anuncia claramente la evolución que seguirá durante las décadas siguientes. Poco a poco, los elementos arquitectónicos irán perdiendo protagonismo frente al espacio, el horizonte y la luz. Sanlúcar será el punto de partida de ese camino que acabará conduciéndola hacia los paisajes del Guadalquivir.

Con Sevilla desde el río (1982-1992), Carmen regresa a la ciudad donde nació, pero lo hace desde el mismo punto de vista que marcará buena parte de su pintura madura: el Guadalquivir. En el documental que acompaña esta exposición, explicaban que toda su vida estuvo ligada al río, un paisaje que para ella nacía en Sevilla y concluía su recorrido en Sanlúcar de Barrameda. Entre ambos extremos transcurrió también buena parte de su universo creativo. El Guadalquivir no era solo un elemento geográfico, sino el hilo conductor de su mirada y el escenario que unía los lugares más importantes de su vida.

La ciudad aparece envuelta en una atmósfera casi etérea. En primer término emerge la Torre del Oro, iluminada por una luz cálida que la convierte en el eje de la composición, mientras que, al fondo, la silueta de la Giralda se eleva suavemente entre una neblina luminosa. Más que representar con precisión el perfil urbano de Sevilla, parece interesarse por la impresión que la ciudad deja en la memoria. Los edificios se difuminan, los contornos pierden definición y el aire adquiere una presencia casi tangible, como si la luz fuese capaz de fundir arquitectura y paisaje en una única imagen.

Este cuadro resume muy bien la evolución de su pintura. El realismo sigue presente, porque reconocemos inmediatamente la Torre del Oro y la Giralda, pero ya no es un realismo descriptivo. La artista ha comenzado a desprenderse de lo accesorio para quedarse con la atmósfera, con la vibración de la luz sobre el río y con la emoción que despierta un paisaje profundamente conocido. Es el mismo camino que la llevará después a los grandes horizontes del Coto y de las salinas, donde la arquitectura desaparecerá casi por completo.

Confieso que esta obra despertó en mí un recuerdo muy especial. Durante mi infancia, mis tíos vivían Sevilla y desde su casa se contemplaba una vista muy parecida: el Guadalquivir, la Torre del Oro y, al fondo, la Giralda vigilando el horizonte de la ciudad. Al contemplar este lienzo .tuve la sensación de regresar por un instante a aquellos años.

Con El Coto desde Sanlúcar I (2005), Carmen Laffón alcanza una de las expresiones más depuradas de toda su pintura. Frente a ella se extiende la desembocadura del Guadalquivir y, al otro lado, la estrecha línea del Parque Nacional de Doñana. La composición resulta aparentemente sencilla: agua, tierra y cielo. Sin embargo, esa extrema economía de elementos encierra una enorme riqueza visual y emocional.

El horizonte apenas ocupa una franja estrecha que separa dos inmensas superficies dominadas por los tonos azules y grisáceos. El río refleja la luz del cielo con tanta fidelidad que ambos planos parecen fundirse en una única atmósfera. Solo la delicada línea de vegetación del Coto establece una frontera entre dos espacios que, en realidad, comparten la misma materia luminosa. Más que contemplar un paisaje, el espectador tiene la sensación de encontrarse ante una inmensa extensión de aire, agua y silencio.

Esta es la culminación de un proceso iniciado décadas antes. Los interiores domésticos, los objetos cotidianos y las vistas urbanas han ido desapareciendo poco a poco hasta quedar reducidos a lo esencial. Carmen Laffón ya no necesita describir el mundo; le basta sugerirlo. Como ella misma reconocía, el Guadalquivir fue el eje de su vida, un río que nacía en Sevilla y encontraba su final en Sanlúcar. En ese recorrido unía los paisajes que marcaron su existencia, y en estas pinturas el río deja de ser un accidente geográfico para convertirse en un espacio de contemplación, donde la luz y el tiempo son los verdaderos protagonistas.

Con El Coto desde Sanlúcar XII (2013-2014), Carmen Laffón vuelve al mismo horizonte que había pintado durante años, pero lo hace desde una mirada todavía más esencial. El paisaje permanece prácticamente inalterable: la estrecha línea del Coto separa el agua del cielo. Sin embargo, la verdadera protagonista ya no es la geografía, sino la luz cambiante del atardecer, que transforma todo el espacio en una inmensa superficie de reflejos.

El intenso predominio de los rojos, violetas y magentas envuelve el cuadro en una atmósfera casi irreal. El cielo incendia el río y el río devuelve ese mismo resplandor al cielo, hasta el punto de que ambos parecen confundirse en una única masa de color. La línea del horizonte apenas basta para mantener unida la composición y recordar al espectador que sigue contemplando un paisaje real, aunque éste se encuentre ya profundamente interpretado por la emoción y la memoria.

Esta obra resume perfectamente el sentido de las Variaciones. Carmen Laffón no buscaba lugares nuevos, sino regresar una y otra vez al mismo paisaje para descubrir cómo cambiaba con la luz, las estaciones o la hora del día. Cada cuadro es una nueva mirada sobre un escenario conocido. No asistimos a una evolución hacia la abstracción, sino hacia la esencia: el motivo permanece, pero todo aquello que no resulta imprescindible desaparece para dejar paso a la atmósfera, al color y al silencio.

Con La sal (2019),  culmina una búsqueda artística iniciada varias décadas atrás. Desde comienzos del siglo XXI dedicó una parte muy importante de su trabajo a las salinas de Bonanza, en Sanlúcar de Barrameda, un paisaje austero y aparentemente sencillo que la fascinó hasta el final de su vida. Allí encontró el motivo perfecto para seguir explorando aquello que siempre había perseguido: la luz, el horizonte y el paso del tiempo.

La composición vuelve a organizarse en tres grandes planos horizontales. En primer término aparece la tierra oscura; en el centro, los montículos de sal, reflejados en las tranquilas aguas de las balsas; sobre ellos, un cielo gris y luminoso que envuelve toda la escena. La geometría de las pirámides de sal aporta un delicado ritmo visual, mientras que los reflejos duplican las formas y acentúan la sensación de quietud. Todo parece suspendido en un instante de silencio absoluto.

Apenas hay color. Los blancos, los grises y las suaves tonalidades ocres reducen el paisaje a su esencia, como si la artista hubiera eliminado cualquier elemento superfluo para concentrarse únicamente en la materia, la luz y el espacio. Es difícil no recordar aquí las palabras del Museo Patio Herreriano al hablar de una pintura que invita a una contemplación lenta: estas obras no buscan impresionar al espectador, sino invitarlo a permanecer frente a ellas hasta descubrir las infinitas variaciones de la luz sobre una realidad aparentemente inmutable.

Hay algo profundamente simbólico en saber que las salinas ocuparon los últimos años de la vida de Carmen Laffón. Se cuenta que falleció serenamente mientras dormía, después de haber estado pintando la tarde anterior. Hasta el final continuó regresando una y otra vez a este mismo paisaje, convencida de que nunca terminaba de agotarse. Quizá por eso estas salinas no representan un final, sino la culminación de toda una vida dedicada a mirar el mundo con una sensibilidad extraordinaria.

Terminamos con el gran díptico La sal. Salinas de Bonanza, Sanlúcar de Barrameda. Esteros y caños III (2017-2019), una de las obras realizadas durante los últimos años de Carmen Laffón. Dividido en dos paneles que funcionan como una única composición, el paisaje se abre ante el espectador con una amplitud que invita a una contemplación pausada. La mirada recorre lentamente los caños, los esteros, las balsas y el horizonte, siguiendo el mismo ritmo con el que el agua atraviesa las salinas.

Después de la extraordinaria depuración de las obras anteriores, sorprende comprobar cómo la artista recupera aquí una mayor definición del paisaje. Los canales de agua, los taludes de tierra y la estructura geométrica de las salinas vuelven a hacerse claramente reconocibles. No supone un regreso al realismo de sus primeras obras, sino una síntesis de toda su trayectoria: la precisión del dibujo convive con una atmósfera luminosa que sigue situando la luz por encima de la descripción. No es un regreso al punto de partida, sino la síntesis de todo un recorrido.

Quizá esa sea la gran enseñanza que deja esta exposición. Carmen Laffón pasó toda una vida regresando una y otra vez a los mismos lugares: una habitación, un jardín, Sanlúcar, el Guadalquivir, el Coto, las salinas. Nunca necesitó paisajes extraordinarios, sino descubrir cómo la luz transformaba aquello que conocía profundamente. Por eso sus cuadros no hablan únicamente de esos lugares; hablan del tiempo, de la contemplación y de la belleza silenciosa de lo cotidiano.

Al abandonar la exposición tuve la sensación de haber recorrido también la vida de la artista. Desde la intimidad de una casa hasta la inmensidad del horizonte, todo parecía formar parte de un mismo viaje. Por eso estas pinturas transmiten tanta calma: porque no pretenden deslumbrar, sino enseñarnos a mirar. Y cuando uno sale, resulta difícil contemplar un río, un cielo o un paisaje sin hacerlo, aunque solo sea por un instante, con los ojos de Carmen Laffón.


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