La llamada Casa con impluvio de mármol se encuentra junto al foro romano, en una posición privilegiada dentro de la trama urbana. Aunque hoy apenas se conservan los muros inferiores, el trazado de las habitaciones permite imaginar una residencia acomodada, organizada en torno a un patio central abierto al cielo. Como ocurre en muchos yacimientos arqueológicos, las estructuras visibles son solo una pequeña parte de edificios que en su día contaban con varias estancias, cubiertas decoradas y una intensa actividad doméstica.
El elemento más destacado de la vivienda es el elegante impluvium revestido de mármol que da nombre al conjunto. En las casas romanas, el impluvium era una pila situada en el centro del atrio destinada a recoger el agua de lluvia que caía a través de una abertura practicada en el tejado, conocida como compluvium.
Más allá de su función práctica, el impluvium constituía uno de los elementos representativos de la casa. Su revestimiento de mármol indica un cierto nivel de riqueza y prestigio por parte de sus propietarios. El agua recogida podía almacenarse en cisternas subterráneas para el abastecimiento doméstico, un sistema sencillo pero extraordinariamente eficaz que encontramos en numerosas ciudades del mundo romano.
Junto a la Casa con impluvio de mármol se conservan los restos de otra amplia construcción organizada alrededor de un gran espacio abierto. Aunque hoy apenas permanecen las cimentaciones y las basas de las columnas, resulta fácil reconocer la presencia de un patio porticado que habría constituido el centro de la actividad del edificio.
Los numerosos apoyos distribuidos en torno al espacio central indican la existencia de una galería cubierta que protegía a sus ocupantes del sol y la lluvia. Este tipo de disposición arquitectónica era frecuente en las residencias acomodadas y en algunos edificios públicos de época romana, donde el patio actuaba como elemento de distribución y lugar de encuentro.
Contemplar hoy este espacio vacío exige un pequeño ejercicio de imaginación. Donde ahora solo quedan hierba y piedra debieron levantarse columnas, cubiertas y estancias decoradas. Sin embargo, la regularidad de la planta permite reconstruir mentalmente la geometría original del edificio y comprender mejor cómo era la vida cotidiana en la Paestum romana.
Muy cerca de la Casa con impluvio de mármol se conservan los restos de otro edificio. Su proximidad al foro no parece casual, las calles que rodeaban la plaza principal concentraban buena parte de la actividad comercial y artesanal de la ciudad.
Entre los restos del edificio destaca un pavimento decorado con motivos geométricos. Aunque el paso de los siglos ha borrado parte de su superficie original, todavía pueden reconocerse las cenefas formadas por grecas y otros diseños realizados con pequeñas teselas. Frente a los grandes mosaicos figurativos que hicieron célebre a Pompeya, este suelo representa una decoración más sobria, pero igualmente elegante.
Resulta fácil imaginar este espacio cuando aún estaba cubierto por un techo y protegido por sus muros completos.
Entre las viviendas del barrio romano aparecen numerosos patios y dependencias cuya función exacta no siempre resulta evidente. La excavación ha sacado a la luz muros, espacios abiertos y diversas instalaciones que formaban parte de la vida cotidiana de la ciudad.
Más allá de los edificios identificados por los arqueólogos se extiende una amplia zona residencial conocida como el hábitat romano de Paestum. Aquí no encontramos grandes templos ni monumentos espectaculares, sino las huellas de la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad.
Las excavaciones han sacado a la luz calles, patios y viviendas que permiten reconstruir el aspecto de un auténtico barrio romano. Aunque muchas de estas construcciones resultan difíciles de identificar individualmente, en conjunto ofrecen una valiosa imagen del tejido urbano que se desarrolló alrededor del foro durante los siglos de dominación romana.
Dejamos atrás las viviendas y talleres de la Paestum romana. Entre la hierba y los muros derruidos apenas resulta posible distinguir dónde terminaba una casa y comenzaba la siguiente. Sin embargo, este aparente desorden es engañoso. Bajo nuestros pies se extiende el trazado de un auténtico barrio urbano, formado por calles, patios, comercios y viviendas que durante siglos dieron vida a la ciudad.
A diferencia de los grandes templos, construidos para impresionar a dioses y visitantes, estas modestas ruinas nos hablan de las personas corrientes que habitaron la ciudad: familias, artesanos y comerciantes cuya existencia cotidiana transcurrió entre estos mismos muros. Nuestro camino continúa ahora hacia los espacios públicos de la ciudad, donde la vida privada daba paso a la vida colectiva.

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