Tras recorrer en una entrada anterior parte de la célebre Colección Farnesio del Museo Arqueológico de Nápoles, en esta ocasión nos detenemos en otro conjunto de esculturas que muestran la enorme diversidad artística conservada en el MANN. Dioses y emperadores, musas, héroes y figuras idealizadas comparten aquí un mismo espacio en el que el mármol y el bronce parecen transformar la piedra y el metal en movimiento, solemnidad o emoción humana.
Muchas de estas obras proceden de Pompeya y Herculano, ciudades sepultadas por la erupción del Vesubio en el año 79 d.C., mientras que otras forman parte del vasto universo artístico reunido durante siglos en Nápoles. Algunas transmiten todavía la tensión del instante previo a una acción; otras reflejan el poder imperial romano o el ideal de belleza heredado del mundo griego. Juntas permiten recorrer, aunque sea brevemente, algunos de los temas fundamentales del arte clásico: el mito, la política, el conocimiento y las pasiones humanas.
Entre los grandes bronces conservados, pocas esculturas transmiten una sensación de movimiento tan intensa como el llamado Apollo Saettante. El dios aparece representado en el instante previo al disparo de una flecha: el cuerpo se adelanta, los brazos se tensan y toda la figura parece suspendida en un equilibrio momentáneo, como si el movimiento fuese a continuar un segundo después. El modelado del torso y la torsión del cuerpo reflejan plenamente el ideal atlético heredado del arte griego.
La estatua fue hallada entre 1817 y 1818 en el recinto sagrado del Templo de Apolo de Pompeii, donde probablemente formaba parte de un conjunto escultórico acompañado por una Diana arquera, que veremos a continuación.
En las últimas décadas, diversos estudios técnicos y restauraciones han permitido conocer mucho mejor la escultura. Investigaciones realizadas por el Getty Museum analizaron su fundición en bronce, antiguas reparaciones y restauraciones modernas realizadas tras su descubrimiento. Más allá de estos estudios, el Apollo Saettante sigue impresionando por algo muy difícil de transmitir en imágenes: la sensación de presencia y dinamismo que conserva una obra creada hace casi dos mil años para uno de los principales templos de Pompeya.
La compañera del Apollo Saettante es esta incompleta pero fascinante figura de Artemisa —o Diana para los romanos— también hallada en el Templo de Apolo de Pompeii. Del conjunto original solo se conserva la parte superior del cuerpo, pero aun así la escultura mantiene una enorme fuerza expresiva gracias a la tensión de los brazos extendidos y, sobre todo, a la intensidad casi inquietante de su mirada, cuyos ojos originales aún se conservan realizados en pasta vítrea y otros materiales.
El antiguo catálogo del museo ya señalaba que esta Diana “hacía juego” con el Apollo Saettante, y que ambas esculturas fueron concebidas en el acto de disparar sus flechas contra los desdichados hijos de Níobe, el célebre episodio mitológico narrado por Ovidio. Según el mito, Níobe se burló de Latona por haber tenido solo dos hijos —Apolo y Artemisa—, provocando así la venganza de los dioses gemelos.
Los estudios modernos realizados durante la restauración y análisis del conjunto en el Getty Museum confirmaron además la estrecha relación entre ambas esculturas, probablemente concebidas como pareja dentro del santuario pompeyano. Aunque incompleta, la figura conserva todavía una extraordinaria elegancia en el modelado del rostro y los pliegues del vestido, recordando hasta qué punto los grandes bronces antiguos debieron de producir una impresión casi teatral dentro de los templos romanos.
Esta colosal estatua sedente representa al emperador Claudio, uno de los gobernantes más singulares de la dinastía Julio-Claudia. Considerado durante años un personaje débil y apartado de la vida política romana, terminó accediendo inesperadamente al poder tras el asesinato de Calígula en el año 41 d.C. Durante su reinado impulsó importantes obras públicas, reformas administrativas y la expansión del Imperio, incluyendo la conquista romana de Britania.
La escultura, procedente de Herculaneum y fechada hacia mediados del siglo I d.C., muestra al emperador idealizado siguiendo modelos inspirados en el arte griego clásico. Claudio aparece sentado con una postura solemne y serena, sosteniendo probablemente atributos hoy perdidos relacionados con el poder imperial o el culto religioso. A pesar de tratarse de un retrato oficial, el escultor todavía dejó entrever algunos rasgos reconocibles del emperador, especialmente en el rostro y el peinado.
Contemplar hoy esta figura produce además una sensación curiosa: la de encontrarse no solo ante una representación política, sino ante una imagen concebida para impresionar a los habitantes de una ciudad romana que desaparecería poco después bajo las cenizas del Vesubio.
Esta imponente escultura representa probablemente a Augustus identificado con Jupiter, el dios supremo del panteón romano. El emperador aparece sentado de forma solemne, con el torso desnudo y atributos hoy parcialmente perdidos, siguiendo una iconografía inspirada directamente en las representaciones clásicas de Júpiter Capitolino. Más que un simple retrato, la obra buscaba transmitir una idea política muy concreta: la asociación simbólica entre el poder imperial y la máxima divinidad protectora de Roma.
La estatua procede de Herculaneum y probablemente estuvo vinculada al llamado Colegio de los Augustales, dedicado al culto imperial. Durante la época julio-claudia fue frecuente representar a los emperadores bajo atributos divinos, especialmente asociados a Júpiter, como forma de reforzar la legitimidad y autoridad del princeps. Diversos estudios sobre propaganda augústea señalan precisamente que Claudio reutilizó en Herculano este tipo de imágenes de Augusto “jupiterizado”, convertido casi en una encarnación terrenal del dios supremo romano. Las esculturas sedentes de Claudio y Augusto parecen dialogar entre sí dentro de la misma sala del museo. Ambas muestran a los emperadores siguiendo modelos inspirados en Júpiter y formaban parte probablemente de espacios vinculados al culto imperial en Herculano.
Más allá de su significado político, la escultura impresiona también por su equilibrio entre idealización y serenidad clásica. El tratamiento anatómico del torso, la disposición relajada de las piernas y la majestuosidad de la figura recuerdan claramente modelos heredados del arte griego, adaptados aquí al lenguaje propagandístico del Imperio romano. Contemplar hoy esta imagen permite comprender cómo el arte romano no solo buscaba representar a sus gobernantes, sino elevarlos visualmente a una dimensión casi divina.
Esta estatua representa probablemente a Eumachia, una de las mujeres más influyentes de la Pompeii romana. Sacerdotisa pública y perteneciente a una poderosa familia local, Eumachia financió importantes construcciones en la ciudad y estuvo estrechamente vinculada al mundo del comercio textil y de los fullones, los lavadores y tintoreros de togas. El antiguo catálogo del museo recordaba precisamente que fueron estos fullones quienes levantaron una estatua en su honor, reflejo del prestigio social y religioso que alcanzó en la Pompeya del siglo I d.C.
La figura aparece cubierta con el manto o palla sobre la cabeza, siguiendo la iconografía habitual de las mujeres dedicadas al culto religioso. Más que un retrato puramente realista, la escultura transmite el ideal femenino promovido durante la época augustea: serenidad, dignidad y una belleza inspirada directamente en los modelos clásicos griegos. El propio catálogo señalaba que el rostro recuerda a las llamadas “Herculanesas”, especialmente a la denominada Vesta herculanense, y que el conjunto se inspira en modelos asociados al arte de Praxíteles. Incluso se conservaban restos de policromía rojiza en el cabello, recordándonos hasta qué punto estas esculturas antiguas estuvieron originalmente pintadas.
Contemplada hoy, la estatua conserva todavía esa mezcla de elegancia y solemnidad propia de la gran escultura romana. Más allá de la identidad concreta de la figura, la obra permite asomarse al papel que algunas mujeres de las ciudades vesubianas llegaron a desempeñar en la vida pública, religiosa y económica del Imperio romano.








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