Mientras gran parte de Nápoles se expresa a través del barroco exuberante, las fachadas desgastadas y las estrechas calles llenas de vida, aquí domina un lenguaje completamente distinto: el del neoclasicismo monumental inspirado directamente en la antigua Roma. La enorme cúpula, el pórtico con columnas y la planta circular recuerdan inevitablemente al Panteón de Agripa, como si durante unos momentos la capital del antiguo Reino de Nápoles quisiera dialogar con la arquitectura imperial romana.
Sin embargo, este edificio pertenece a una etapa mucho más reciente de la historia napolitana. Su origen se encuentra en los años convulsos de comienzos del siglo XIX, durante el periodo napoleónico. Joaquín Murat, cuñado de Napoleón y rey de Nápoles, proyectó remodelar toda esta zona de la ciudad con una gran plaza monumental inspirada en los modelos urbanísticos franceses. Tras la caída del dominio napoleónico y el regreso de los Borbones, Fernando I decidió transformar aquel proyecto en una basílica votiva dedicada a San Francisco de Paula, dejando así también un símbolo político y religioso de la restauración borbónica.
El resultado fue este enorme templo inaugurado en 1836, donde la sobriedad clásica, las proporciones monumentales y la geometría de la gran rotonda contrastan con la imagen más caótica y vibrante que normalmente asociamos con Nápoles. Y, aun así, la ciudad sigue presente en cada rincón de la plaza: turistas, familias, niños jugando y el constante movimiento cotidiano que rodea a esta especie de “Panteón napolitano” abierto frente al mar.
A medida que uno se aproxima a la basílica, la sensación cambia. La plaza desaparece poco a poco y el edificio comienza a imponerse como una gran masa clásica dominada por la cúpula central y el amplio pórtico columnado. El hemiciclo porticado que abraza la fachada acentúa todavía más esa teatralidad monumental concebida durante el siglo XIX.
Resulta difícil no pensar en la arquitectura de la antigua Roma. Las columnas, el frontón triangular y la enorme rotonda evocan deliberadamente modelos clásicos como el Panteón, aunque reinterpretados bajo el lenguaje sobrio y geométrico del neoclasicismo. En cierto modo, la basílica parece menos una iglesia barroca napolitana y más un gran templo cívico levantado para celebrar poder, orden y estabilidad tras décadas de guerras y cambios políticos.
Incluso el color grisáceo de la piedra y la luz difusa del cielo napolitano parecen reforzar esa impresión de monumentalidad austera, muy distinta de la exuberancia decorativa que domina tantos otros rincones de la ciudad.






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