Pompeya VII – Un paseo por la Via dell’Abbondanza

Al salir de la Fullonica de Stephanus y continuar por la Via dell’Abbondanza, la calle vuelve a ofrecernos uno de esos detalles que, a primera vista, podrían pasar desapercibidos. Esta fachada corresponde a una pequeña taberna, identificada hoy como la Taberna delle quattro divinità (Regio IX, 7, 1).

Sobre el dintel se conservan cuatro bustos pintados, muy deteriorados, que han dado nombre al lugar. Tradicionalmente se han interpretado como divinidades protectoras del negocio, aunque en realidad no existe una identificación segura. Podrían ser también figuras simbólicas o simplemente decorativas, pensadas para llamar la atención de quienes transitaban la calle.

Sea cual sea su significado exacto, estas imágenes nos recuerdan que las tabernae no eran espacios neutros. Sus fachadas estaban pensadas para comunicar, para atraer, para formar parte del bullicio visual de la ciudad. Hoy apenas quedan fragmentos sobre el fondo ocre, pero bastan para imaginar la Via dell’Abbondanza llena de color, de rostros y de mensajes dirigidos a quienes pasaban frente a estas puertas abiertas.

Seguimos avanzando por la Via dell’Abbondanza y, casi sin darnos cuenta, aparece otro de esos detalles que sorprenden al visitante moderno. En un pequeño relieve, un falo ocupa el centro de la escena, enmarcado como si se tratara de un elemento casi sagrado.

A menudo se dice que estos símbolos servían como indicaciones hacia el lupanar, una especie de señal urbana que guiaba a los clientes por la ciudad. Y no es del todo descabellado: en Pompeya existen ejemplos que se han interpretado así. Sin embargo, la realidad es más compleja.

Para los romanos, el falo era ante todo un símbolo protector, un amuleto contra el mal de ojo y un signo de prosperidad. Aparecía en casas, tiendas y espacios públicos, no necesariamente vinculados al mundo de la prostitución.

Quizá señalaba un camino… o quizá simplemente protegía este rincón de la ciudad. Como tantas veces en Pompeya, la respuesta no es única, y ese margen de duda forma parte del encanto del lugar.

Dejamos atrás la pequeña taberna y continuamos por la Via dell’Abbondanza. Apenas unos pasos más allá, el ambiente cambia: frente a nosotros aparece la entrada de una domus identificada como Regio II, Insula 2, nº 4, una vivienda privada abierta directamente a la calle principal de la ciudad.

En este punto de Pompeya aparecen a menudo nombres pintados en los muros —como el de Messius Ampliatus, documentado en esta zona—, lo que podría hacernos pensar que estamos ante la casa de su propietario. Sin embargo, estos nombres suelen corresponder a inscripciones electorales o grafitos públicos, no necesariamente a quienes vivían en cada vivienda.

La entrada, hoy protegida por una reja, conserva sobre el dintel un elemento especialmente llamativo: un medallón circular enmarcado por una corona, un motivo conocido como clípeo. Más que un simple adorno, este tipo de decoración sugiere cierto estatus, una voluntad de presentarse ante la calle con una imagen cuidada y reconocible.

Tras este umbral se abría un pasillo que conducía hacia el interior de la casa, probablemente a un peristilo con jardín, el verdadero centro de la vida doméstica. Como tantas otras domus pompeyianas, la vida no se mostraba hacia el exterior, sino que se reservaba para ese espacio interior, protegido y silencioso.

Y así, casi sin darnos cuenta, la mirada se abre de nuevo a la calle. El pavimento irregular, marcado por el paso de los carros, conserva aún las huellas de una circulación constante. A los lados, los bordillos elevados protegían a los peatones, y más adelante se intuyen los pasos de piedra que permitían cruzar la calle sin pisar el agua o el barro. Todo responde a una lógica urbana sorprendentemente moderna.

Pero lo más fascinante no es lo que vemos, sino lo que podemos imaginar. Porque esta calle no está vacía: está llena de pasos, de voces, de encuentros cotidianos. Comerciantes, vecinos, viajeros… todos dejaron aquí su rastro, invisible pero persistente.

Hoy el silencio domina la escena, pero basta detenerse un instante para que Pompeya vuelva a latir. Como una postal detenida en el tiempo, esta calle sigue guardando, intacta, la vida del siglo I.

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