La Cappella dei Santi Martiri, concluida a comienzos del siglo XVII, fue promovida por Ascanio Muscettola, príncipe de Leporano, y constituye uno de los ejemplos más refinados del programa decorativo desarrollado en el templo jesuita. La arquitectura combina columnas de mármol oscuro, relieves y una compleja decoración pictórica que envuelve por completo el espacio, creando esa sensación tan característica del barroco napolitano: la de un escenario pensado para emocionar al visitante.
Los frescos y ornamentos de la capilla, junto a la riqueza cromática de los mármoles, convierten este rincón del Gesù Nuovo en un pequeño universo autónomo dentro de la iglesia, donde cada superficie parece participar en la construcción de una experiencia visual y espiritual unitaria.
El eje visual de la capilla se concentra en la gran pala de altar, atribuida a Giovan Bernardo Azzolino y realizada hacia 1615, donde la Virgen con el Niño aparece rodeada por los santos mártires. Las figuras emergen desde una penumbra cálida y densa, mientras los ángeles suspendidos sobre la escena refuerzan esa sensación ascendente tan característica de la pintura napolitana del Seicento
Bajo la pintura, el espacio adquiere además un marcado carácter devocional gracias a la presencia del Cristo yacente, dispuesto en una urna iluminada que introduce un contraste casi dramático entre la serenidad de la escena superior y la representación tangible de la muerte sagrada. El resultado resume perfectamente el espíritu barroco del Gesù Nuovo: un arte concebido no solo para contemplarse, sino también para conmover al fiel.
La Cappella della Natività introduce un barroco aún más dinámico y monumental. El retablo se eleva como una compleja arquitectura de mármoles policromados, columnas y esculturas que parecen superponerse unas sobre otras hasta fundirse con la propia estructura de la iglesia.
En el centro se sitúa la escena de la Natividad, pintada por Girolamo Imparato en 1602, mientras que sobre ella aparece una pequeña representación de la Sagrada Familia que prolonga verticalmente el discurso visual de la capilla. El conjunto crea un efecto profundamente escenográfico, característico de la decoración napolitana del Seicento, donde pintura, escultura y arquitectura dejan de entenderse como elementos separados para formar un único espacio devocional.
Las esculturas laterales añaden además un enorme interés artístico: a la izquierda aparece Sant’Andrea, realizado por Michelangelo Naccherino, mientras que a la derecha se encuentra el grupo de San Matteo e l’Angelo, obra de Pietro Bernini, padre del célebre Gian Lorenzo Bernini. Sobre ellos, las figuras de San Gennaro y San Nicola completan el complejo programa iconográfico de la capilla.
La atmósfera cambia por completo al llegar a la capilla dedicada a San Francesco De Geronimo. Frente a la exuberancia pictórica y marmórea de otras zonas del Gesù Nuovo, aquí domina una sensación más íntima y casi sobrecogedora, acentuada por la penumbra, la luz de las velas y el brillo dorado de los grandes relicarios barrocos que cubren las paredes laterales.
En los laterales vemos unas monumentales estructuras, conocidas como lipsanoteche, albergan decenas de reliquias de mártires cristianos y constituyen uno de los conjuntos devocionales más singulares de toda la iglesia. Realizadas a finales del siglo XVII bajo la dirección de Giovan Domenico Vinaccia, transforman la capilla en una especie de gran teatro de la memoria sagrada, donde cada busto parece emerger de la oscuridad iluminado únicamente por las llamas de las velas.
En el centro se sitúa el altar dedicado a San Francesco De Geronimo, jesuita napolitano muy venerado en la ciudad, mientras que la bóveda conserva todavía restos de la fastuosa decoración barroca que cubría originalmente todo el espacio. La combinación de mármoles policromados, bronces, dorados y sombras crea aquí una de las imágenes más intensas y evocadoras del interior del Gesù Nuovo.
La Cappella del Crocifisso constituye uno de los espacios más espectaculares del Gesù Nuovo. En el centro se alza el gran Crucificado realizado a finales del siglo XVI por Francesco Mollica, acompañado por la Virgen Dolorosa y San Giovanni Evangelista en una composición concebida para reforzar el impacto emocional sobre el fiel.
Las altas columnas oscuras y la iluminación de las velas acentúan todavía más el dramatismo de la escena, haciendo que el grupo escultórico emerja desde la penumbra como si formara parte de una representación sacra. El barroco napolitano alcanza aquí una de sus expresiones más directas y devocionales: no busca únicamente decorar el espacio, sino provocar una respuesta emocional inmediata.
En las hornacinas laterales aparecen San Ciro y San Giovanni Edesseno —también conocido como San Juan Soldado—, vinculados ambos al culto de las reliquias conservadas en la capilla. Bajo el altar se custodian además restos sagrados que reforzaban el carácter profundamente devocional de este rincón del templo.
La combinación entre mármoles policromados, esculturas de tamaño casi natural y la cálida luz de los cirios convierte esta capilla en uno de los lugares más sobrecogedores de toda la iglesia.
La siguiente parada nos conduce al espacio dedicado a San Francisco Javier, uno de los grandes nombres de la espiritualidad jesuita. Frente al mármol policromado y las luces de las velas aparece el cuerpo yacente del santo, convertido en centro de devoción dentro del Gesù Nuovo. Resulta emocionante encontrarte allí.
Francisco Javier fue uno de los primeros compañeros de Ignacio de Loyola y una de las figuras más importantes de la expansión misionera de la Compañía de Jesús durante el siglo XVI. Sus viajes lo llevaron desde la India hasta Japón, convirtiéndolo en uno de los grandes símbolos universales del mundo jesuita.
La escena resulta especialmente sobrecogedora por el contraste entre el silencio de la urna y el brillo dorado de los exvotos que cubren el fondo, testimonio de la profunda religiosidad popular napolitana. Más que una simple capilla barroca, el lugar transmite la sensación de encontrarse ante un espacio vivido y todavía intensamente venerado.
El recorrido continúa en la Cappella di San Carlo Borromeo, uno de los espacios más monumentales del lateral del Gesù Nuovo. Las columnas oscuras, los mármoles policromados y la compleja superposición de frontones y esculturas crean una composición típicamente barroca.
La capilla está dedicada a San Carlos Borromeo, gran figura de la Contrarreforma y uno de los santos más influyentes del siglo XVI. Su presencia dentro del Gesù Nuovo encaja perfectamente con el espíritu espiritual y reformador que definió a la Compañía de Jesús tras el Concilio de Trento.
Sobre el altar, la gran pintura central domina el espacio bajo una bóveda cubierta de frescos y relieves, mientras las figuras escultóricas laterales parecen acompañar visualmente la ascensión de la mirada hacia la parte superior de la capilla.
La gran pintura central, realizada entre 1618 y 1620 por Giovanni Bernardino Azzolino, muestra a San Carlos Borromeo envuelto en una visión celestial dominada por ángeles y figuras sagradas. La composición contrapone el espacio oscuro y terrenal de la parte inferior con la luminosidad dorada del ámbito celeste, un recurso muy característico de la pintura barroca napolitana.
Más que representar el poder de un cardenal, la escena insiste en la espiritualidad y la humildad del santo, convertido tras el Concilio de Trento en uno de los grandes modelos de la renovación católica. El conjunto arquitectónico y escultórico de la capilla, ligado al círculo de Cosimo Fanzago, refuerza además esa sensación ascendente tan propia del barroco napolitano.
Antes de abandonar el Gesù Nuovo, una última imagen parecía resumir el ambiente espiritual de toda la iglesia. Entre mármoles barrocos y luces temblorosas aparecía este lienzo dedicado a San Antonio de Padua con el Niño Jesús, una de las representaciones devocionales más difundidas del santo franciscano.
Más allá de su atribución artística, lo que realmente llamaba la atención era la atmósfera creada por las velas y el marco dorado, casi suspendidos en la penumbra del templo. Después del esplendor de las grandes capillas y de los mármoles monumentales, la escena transmitía una sensación mucho más íntima y cercana, como si el recorrido terminara no en el barroco triunfal de la iglesia, sino en el silencio de la devoción napolitana.










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