Seguimos avanzando por Pompeya, dejando atrás el Foro, los templos y el bullicio del Macellum que vimos en la primera parte. Poco a poco, la ciudad cambia de escala. Las grandes construcciones dan paso a espacios más cercanos, más cotidianos… más humanos.
Nos encontramos ahora en una zona próxima a la Via Stabiana, uno de los ejes principales de la ciudad, donde se abre la Casa de Sirico, resultado de la unión de dos viviendas con accesos distintos: una hacia esta vía y otra hacia el cercano Vicolo del Lupanare.
Su ubicación, muy próxima al Foro, no es casual. Estamos en un punto donde la actividad económica era constante, donde el tránsito de personas, mercancías y oportunidades marcaba el ritmo de la ciudad. Y esta casa parece haber sabido aprovecharlo.
Su nombre procede de Sirico, probablemente su propietario. La identificación del último dueño de la casa, Publius Vedius Siricus, se debe al descubrimiento de un sello de bronce con dicho nombre. Al entrar nos da la bienvenida una inscripción cargada de significado:
No es solo una frase. Es una forma de vida.
La vivienda, de origen entre los siglos II y I a.C., fue transformándose con el tiempo, adaptándose a nuevas necesidades y combinando espacios domésticos con otros claramente vinculados al comercio. Como tantas otras en Pompeya, también estaba en proceso de adaptación tras el terremoto del año 62 d.C., cuando la erupción del Vesubio detuvo todo para siempre.
Entramos en el atrio de la casa, el corazón de la vivienda romana, el lugar donde todo comenzaba. Aquí, la luz cae desde arriba, como lo hacía hace dos mil años, a través del compluvium. Bajo ella, el impluvium —ese estanque rectangular que vemos— recogía el agua de lluvia, pero también organizaba el espacio. Todo gira en torno a él: la casa, la vida, la mirada.
El atrio era la carta de presentación de la casa. Aquí se recibía a los clientes, a los visitantes, a quienes entraban desde la calle. Aquí comenzaba la relación entre lo público y lo privado. Y en una casa como esta, vinculada al negocio, ese límite debía de ser especialmente difuso.
No vemos ya los frescos completos, ni los muebles, ni el movimiento que debió de llenar este espacio. Pero la estructura sigue hablando: proporción, apertura, funcionalidad. Una casa pensada no solo para vivir… sino para mostrarse.
En primer plano, el impluvium revela toda su importancia. No es solo un elemento arquitectónico más: es el corazón práctico de la casa. Aquí se recogía el agua de lluvia que caía desde el compluvium, almacenándola para su uso diario.
La forma, el acabado en mármol, incluso ese pequeño pedestal central —probablemente destinado a sostener algún elemento decorativo o funcional— nos hablan de un equilibrio muy característico de la arquitectura romana: utilidad y estética unidas en un mismo gesto.
Porque incluso algo tan cotidiano como el agua estaba integrado en el diseño de la vivienda.
Avanzamos hacia uno de los espacios más íntimos de la casa: el triclinium, el comedor. Aquí se celebraban los banquetes, las conversaciones largas, los momentos de descanso tras el día. Era un lugar de encuentro, de sociabilidad, de vida.
En este mismo espacio se conservan varios moldes, protegidos tras un vidrio, que nos devuelven a los primeros momentos de la arqueología en Pompeya. No son hallazgos recientes: pertenecen a las excavaciones del siglo XIX, cuando comenzaron a comprenderse esos vacíos en la ceniza que habían dejado los cuerpos al descomponerse.
Fue en 1863 cuando Giuseppe Fiorelli perfeccionó la técnica: rellenar esos huecos con yeso para recuperar la forma exacta de las víctimas. El resultado, como vemos aquí, no es una interpretación… es la huella directa de sus últimos instantes .
Este era un lugar para la vida —para el disfrute, para la conversación— y hoy se ha convertido en un espacio de memoria. Donde antes hubo comida, risas y vino… ahora solo queda el silencio.
Desde el atrio avanzamos hacia un espacio más reservado, casi escenográfico: la exedra. Aunque el comedor tradicional romano era el triclinium, en muchas casas como esta la exedra asumía también esa función, convirtiéndose en un espacio de banquete más amplio y escenográfico. Una estancia donde los invitados comían en lechos triclinarios situados alrededor de un valioso pavimento con placas de mármol y rodeados por frescos refinados. Y lo primero que los envolvía era el color.
Los muros conservan una decoración pictórica que, pese al paso del tiempo, sigue transmitiendo una intención clara: crear un ambiente cuidado, casi teatral. Paneles enmarcados, arquitecturas fingidas, escenas figuradas… todo organizado con una precisión que no es casual.
Este tipo de decoración corresponde al llamado cuarto estilo pompeyano, caracterizado por composiciones más elegantes y refinadas, donde la pared deja de intentar imitar espacios reales para convertirse en un juego visual, casi decorativo.
Según los estudios, esta estancia fue restaurada tras el terremoto del año 62 d.C.. Es decir, lo que estamos viendo no es solo una decoración antigua… es una casa que estaba adaptándose, renovándose, tratando de recuperar su esplendor en los últimos años de vida de Pompeya.
En esta misma exedra, el programa decorativo se centra en una escena mitológica que, aunque deteriorada, sigue siendo perfectamente reconocible. En el panel central aparece una figura recostada, visiblemente vencida, mientras a su alrededor se agrupan otros personajes en una composición dinámica y casi teatral.
Todo apunta a una representación de Hércules en uno de sus episodios más humanos… y más inesperados. No vemos aquí al héroe invencible, al ejecutor de los trabajos imposibles. Lo vemos derrotado, abatido, probablemente bajo los efectos del vino. Una imagen que, lejos de restarle grandeza, lo acerca. Lo convierte en alguien vulnerable, casi cotidiano.
A su alrededor, las figuras parecen participar de la escena como en un pequeño teatro: algunos observan, otros intervienen, otros simplemente forman parte del ambiente. No es una composición solemne, sino narrativa, casi anecdótica.
En el muro este de la exedra aparece otra escena mitológica, más difícil de leer a primera vista, pero cargada de significado. Según las interpretaciones, representa a Vulcano en su taller, en el momento en que presenta las armas de Aquiles a su madre, Tetis.
La escena es especialmente interesante. Vulcano —dios del fuego y de la forja— aparece asociado a su yunque, al trabajo, a la creación material. Frente a él, Tetis contempla las armas destinadas a su hijo, el héroe Aquiles, mientras una figura alada señala o destaca la obra terminada. No es solo un episodio mitológico: es un momento de entrega, de preparación, casi de anticipación de un destino.
Desde la exedra, un paso más… y la casa vuelve a cambiar. Este pequeño vano, casi discreto, actúa como un límite. No es una gran puerta monumental, ni un acceso pensado para impresionar. Es, más bien, un paso funcional. Un umbral que separa dos realidades dentro de una misma vivienda.
Al atravesarlo, dejamos atrás los espacios de representación —el atrio, las salas decoradas, la imagen que la casa ofrecía hacia el exterior— y nos adentramos en una zona distinta. Más reservada. Más práctica.
Aquí la arquitectura se simplifica. Los muros son más desnudos, los espacios menos escenográficos. Todo parece responder a otra lógica, más directa, más cotidiana.
Y al cruzar ese pequeño umbral… la casa revela su otra cara. Aquí ya no hay frescos ni escenas mitológicas. Lo que aparece ante nosotros es algo mucho más directo: un espacio de trabajo. Y en el centro, claramente reconocible, el horno.
Su forma lo delata. Esa estructura abovedada, abierta en la parte frontal, no deja lugar a dudas. Aquí se cocía el pan, uno de los elementos esenciales de la vida romana. Un alimento cotidiano… pero también un negocio.
Sabemos que en este espacio existía una panadería completa, con horno y elementos para moler el grano. Es decir, aquí no solo se vivía. Aquí se producía. Se trabajaba. Se generaba ese lucrum que ya nos daba la bienvenida en la entrada.
Y en medio de este espacio funcional, casi escondido en un rincón del muro, aparece algo inesperado: un pequeño altar. Un larario. Un lugar dedicado al culto doméstico.
Aquí, en esta sencilla hornacina, se rendía culto a los dioses del hogar —los lares— protectores de la casa, de la familia… y también del negocio. Porque en Pompeya, incluso en los espacios de trabajo, lo sagrado tenía su lugar.
Si nos acercamos, aún se adivina la pintura en su interior. Muy deteriorada, casi desvanecida, pero suficiente para reconocer una figura. Tal vez un lar, tal vez una divinidad protectora. No importa tanto la identificación exacta como lo que representa: la necesidad de protección, de equilibrio, de favor divino.
Y más allá del horno, la casa se abre de nuevo. Al fondo aparecen estas dependencias difíciles de definir a primera vista. No son estancias decoradas, ni espacios pensados para impresionar. Son otra cosa. Un área más abierta, articulada en torno a columnas, donde la arquitectura parece responder a una lógica más práctica que estética.
Probablemente nos encontramos ante un pequeño patio o espacio de servicio, vinculado a esta parte productiva de la casa. Un lugar de tránsito, de trabajo, de actividad cotidiana. Aquí el espacio se organiza sin necesidad de grandes decoraciones: lo importante no era mostrarse… sino funcionar.
Esto encaja perfectamente con lo que ya hemos visto. Porque la Casa de Sirico no es una domus tradicional. Es una casa transformada, ampliada, adaptada a nuevas necesidades. Sabemos que en realidad es el resultado de la unión de dos propiedades, modificadas a lo largo del tiempo, lo que explica esta sucesión de espacios distintos, casi fragmentados.
Y así termina nuestro paso por la Casa de Sirico, una de esas viviendas que permiten entender Pompeya más allá de su imagen más monumental.
Aquí hemos visto mucho más que una casa. Hemos visto un modo de vida. Desde el atrio y su impluvium, donde la casa se mostraba, hasta las salas decoradas con escenas mitológicas que hablaban de cultura y aspiración… y, más allá, los espacios donde todo se hacía posible: el horno, el trabajo, el día a día. Y entre esos muros, aún hoy, parece quedar el eco de ese equilibrio.




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