El subsuelo del Museo Carmen Thyssen Málaga alberga uno de los hallazgos arqueológicos más interesantes de la ciudad en los últimos años: un amplio complejo romano de carácter suburbano, activo entre los siglos I y IV d.C.
Este yacimiento, de unos 700 m², combina espacios domésticos e industriales, reflejando la vida cotidiana de la antigua Malaca.
En el caso concreto de la domus, se han identificado elementos constructivos como muros de opus quadratum (grandes sillares bien escuadrados), accesos y espacios de recepción vinculados al propietario, lo que sugiere una vivienda de cierto estatus dentro de este entorno productivo.
Lo que vemos aquí es la estructura de una domus romana, organizada en torno a un patio central pavimentado que actuaba como núcleo de la vivienda. Este espacio proporcionaba luz y ventilación, y a su alrededor se distribuían las distintas estancias, hoy visibles en forma de muros bajos, cimentaciones y restos de pavimento.
Entre los elementos más reconocibles destacan los pilares de ladrillo, que probablemente sostenían una zona porticada, permitiendo el tránsito cubierto por la casa. También se diferencian áreas con funciones concretas: una posible estancia principal o comedor, espacios domésticos como la cocina —donde se han identificado restos de estructuras de fuego— y zonas de conexión con el área productiva del complejo.
Aunque gran parte de los restos corresponden a una remodelación del siglo III d.C., el conjunto conserva la organización original del siglo I, lo que permite entender la evolución de la vivienda a lo largo del tiempo. Más que una casa aislada, esta domus formaba parte de un entorno donde convivían la vida cotidiana y la actividad económica, reflejando cómo era realmente la Malaca romana.
Aquí cambia completamente la sensación: ya no estamos en la vivienda, sino en la zona productiva del complejo. Lo que vemos es una batería de piletas destinadas a la elaboración de conservas de pescado, probablemente relacionadas con la producción de garum, uno de los productos más característicos y valiosos de la economía romana.
Las piletas, impermeabilizadas y parcialmente revestidas, se utilizaban para macerar el pescado con sal, un proceso que requería tiempo y control. Su disposición en serie indica una producción organizada, casi industrial, que encaja perfectamente con la importancia comercial de Malaca como enclave costero.
Este espacio estaba claramente separado de la zona doméstica, aunque conectado a ella, lo que refleja una realidad muy romana: la convivencia entre vivienda y actividad económica. Con el tiempo, ya en el siglo III, esta actividad parece desaparecer o reducirse, quedando algunas estructuras reutilizadas para consumo doméstico.
Aquí dejamos de ver una casa o una fábrica aislada y empezamos a entender la organización urbana de la Malaca romana. Los restos muestran claramente dos calles que se cruzan en ángulo recto, delimitando los espacios del complejo y evidenciando una planificación bastante ordenada, típica del urbanismo romano incluso en zonas periféricas.
Entre esos muros se intuyen no solo los límites de la vivienda y la zona productiva, sino también la vida cotidiana que se desarrollaba a su alrededor. En uno de estos cruces se ha identificado incluso la entrada a una posible taberna, un pequeño comercio vinculado a la venta de productos como las conservas de pescado, lo que refuerza la idea de un espacio donde vivienda, industria y comercio convivían estrechamente.
Además, se aprecia la presencia de elementos relacionados con la gestión del agua, como conducciones o sistemas de recogida, fundamentales en cualquier núcleo urbano romano. Con el paso del tiempo, estas calles fueron estrechándose al ser parcialmente ocupadas por nuevas construcciones, reflejando la evolución natural de la ciudad y su adaptación a nuevas necesidades.
Este espacio muestra una fase más tardía del conjunto, ya en el siglo IV d.C., cuando las estructuras anteriores se transforman para adaptarse a nuevas necesidades. Sobre edificaciones previas se instalan nuevas piletas, más profundas, lo que sugiere una intensificación o reorganización de la actividad productiva en un momento en el que Malaca seguía siendo un enclave portuario de gran importancia.
A diferencia de las fases anteriores, aquí se aprecia claramente la reutilización de los espacios, aprovechando construcciones existentes en lugar de levantar nuevas desde cero. Este tipo de adaptación es muy habitual en época tardorromana y refleja una ciudad en evolución, más práctica y menos monumental.
Más que aportar una imagen completamente nueva, este sector ayuda a entender el conjunto en el tiempo: no estamos ante una fotografía fija, sino ante un lugar que fue cambiando durante siglos, ajustándose a las necesidades económicas y urbanas de cada momento.
En esta última fase, ya en la segunda mitad del siglo IV d.C., el espacio vuelve a transformarse por completo. La antigua casa-fábrica se desmonta y sobre sus restos se levanta una nueva vivienda, reutilizando parte de las estructuras anteriores pero con una concepción claramente más doméstica.
A diferencia de las fases iniciales, aquí se aprecia un mayor cuidado en los acabados, con suelos mejor trabajados e incluso restos de pavimentos decorados, como los mosaicos geométricos que caracterizan muchas viviendas tardorromanas. Es un cambio significativo: del espacio productivo al residencial, de la funcionalidad a una cierta búsqueda de confort.
Este proceso culmina poco después, ya en época bizantina, cuando el lugar pierde definitivamente su carácter habitacional y pasa a convertirse en una necrópolis. Así, en un mismo espacio se concentran siglos de historia: de casa a fábrica, de nuevo a vivienda… y finalmente a lugar de enterramiento.
Junto a las estructuras, algunos objetos ayudan a completar la escena y acercarnos a la vida cotidiana del lugar. Entre ellos destacan las ánforas, fundamentales para el almacenamiento y transporte de productos como las salazones o el garum, lo que refuerza la importancia comercial de este enclave dentro de la Malaca romana.
Otros utensilios, más pequeños y sencillos, nos hablan de las tareas diarias, del trabajo y del consumo. Son piezas discretas, pero esenciales para entender que estos espacios no eran solo muros y piletas, sino lugares vivos, llenos de actividad.
Este yacimiento, oculto durante siglos bajo la ciudad actual, permite recorrer de forma casi continua la evolución de Malaca desde época romana: de vivienda a espacio productivo, de nuevo a casa y, finalmente, a lugar de enterramiento. Un mismo lugar que se transforma con el tiempo, adaptándose a las necesidades de cada momento.
Más allá de los muros, lo realmente interesante es lo que nos cuenta: cómo se vivía, se trabajaba y se comerciaba en la ciudad. Un pequeño fragmento de historia que, bajo nuestros pies, sigue revelando la complejidad y riqueza del pasado de Málaga.

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