La colección Farnesio (I): El Museo Arqueológico de Nápoles. Un diálogo entre civilizaciones


Hay lugares que no se visitan: se experimentan. El Museo Arqueológico de Nápoles es uno de ellos. No es solo una colección de piezas, sino un auténtico viaje en el tiempo donde cada sala parece abrir una puerta distinta al pasado. Poco a poco iremos desgranando sus secretos. De momento empezaremos por el principio. Esta es solo la primera toma de contacto con uno de los grandes museos del mundo clásico

Esta cabeza colosal de caballo es uno de esos momentos en los que uno se detiene. La obra, atribuida a Donatello, formaba parte de un ambicioso proyecto ecuestre que nunca llegó a completarse. Fundida en bronce entre 1456 y 1466, la llamada Testa Carafa conserva, sin embargo, toda la fuerza del conjunto que pudo haber sido: un animal en tensión, con las mandíbulas entreabiertas y la mirada casi viva, como si aún respondiera al impulso de su jinete ausente.

Pero más allá de su historia, lo que impresiona es su presencia. No es una pieza que se contemple a distancia: te obliga a acercarte, a rodearla, a fijarte en cada pliegue del cuello, en la tensión de los músculos, en ese instante congelado entre movimiento y reposo. Es, en cierto modo, un fragmento de algo mayor… y precisamente por eso resulta aún más evocador.

Y así empieza la visita. Con una sola obra que ya contiene siglos de historia, de arte y de preguntas sin respuesta. Solo una pequeña muestra de lo que guarda el museo… pero suficiente para entender que aquí cada pieza tiene algo que decir.

El bárbaro prisionero, nos sitúa en el mundo romano, pero desde una perspectiva distinta: la del vencido. Tallada en mármol proconnesio —procedente de la isla de Mármara, en la actual Turquía— y datada a inicios del siglo III d.C., representa a un hombre de origen oriental, reconocible por su gorro frigio, su túnica larga y los pantalones ajustados que se introducen en botas de cuero.

Pero más allá de la descripción, lo que atrapa es la actitud. No hay dramatismo exagerado, ni gesto heroico. La figura parece recogida sobre sí misma, con una leve inclinación que sugiere cansancio, resignación… o quizá dignidad. No es un enemigo caricaturizado, sino alguien real, alguien que existió en la mirada de quienes lo esculpieron.

El museo empieza a mostrar su verdadera profundidad. Porque no solo conserva obras: conserva perspectivas. Nos permite ver cómo una civilización miraba a otra, cómo representaba al “otro”, al extranjero, al derrotado. Y en ese juego de miradas, siglos después, somos nosotros quienes observamos… y quienes intentamos comprender.

Estos relieves, procedentes del Hadrianeum, el templo dedicado al emperador Adriano en el Campo de Marte de Roma, formaban parte de un programa decorativo profundamente simbólico. En ellos, las provincias del Imperio eran representadas como figuras humanas, reconocibles por sus vestimentas, sus atributos y su aire “exótico” a ojos romanos. No eran retratos, sino ideas esculpidas en mármol.

La primera de las figuras se presenta de forma casi discreta, pero cargada de significado. Su postura es estable, ligeramente desplazada, como si no estuviera completamente en reposo. No hay tensión en el gesto, pero tampoco abandono: simplemente está.

Lo que realmente la define es su vestimenta. La túnica larga, ceñida a la cintura, y esos pantalones ajustados que se introducen en botas hablan claramente de un origen no romano. Para un espectador de la época, esos detalles eran suficientes para situarla en un lugar concreto del mapa: Oriente, las fronteras del Imperio, lo distinto.

La segunda figura, en cambio, se vuelve más explícita. Aquí ya no solo vemos una forma de vestir, sino también atributos concretos. El objeto que sostiene —esa especie de hacha doble— no es un detalle decorativo: es un marcador de identidad, una señal que permitía reconocer la provincia representada.

El gesto es más abierto, casi más elegante. El brazo elevado, el drapeado más elaborado, la composición más cuidada… todo parece indicar una intención distinta. No se trata solo de representar, sino de dignificar, de integrar esa alteridad dentro de un lenguaje visual común.

Observamos que estas figuras no están humilladas ni sometidas. Están ordenadas, clasificadas, incorporadas. Forman parte de un sistema en el que cada territorio tiene su lugar… siempre bajo la mirada de Roma.

Algo que realmente impresiona es esta figura, conocida como Apolo citarista, aparece sentada, sosteniendo la cítara y el plectro, instrumentos que lo identifican como dios de la música y de la armonía. Pero lo que realmente impresiona no es solo el tema, sino la propia materialidad de la obra. El cuerpo, tallado en pórfido oscuro, transmite una sensación de peso, de solidez casi terrenal. Sin embargo, la cabeza, las manos y los pies —en mármol blanco— introducen un contraste que parece deliberado: lo humano frente a lo divino, lo terrenal frente a lo ideal.

Sabemos, además, que estas partes claras son restauraciones posteriores, realizadas siglos después por el escultor Carlo Albacini. Y, sin embargo, lejos de romper la obra, la transforman en algo aún más fascinante: un diálogo entre épocas. Una escultura romana del siglo II d.C. reinterpretada en la modernidad, reconstruida para devolverle su forma… y, quizá, su voz.

Porque hay algo profundamente silencioso en esta imagen. Apolo no está tocando. No hay movimiento. La música no suena… pero se intuye. Es una presencia contenida, una armonía suspendida en el tiempo.

Frente al poder del Imperio o la representación del otro, aquí encontramos otra forma de dominio: la del orden, la proporción, la belleza. No la conquista del territorio, sino la del espíritu.

Estas esculturas de perros —probablemente lebreles o perros de caza— forman parte de ese amplio repertorio romano que decoraba villas, jardines y espacios domésticos. No eran simples adornos: representaban valores muy concretos. El perro, en el mundo romano, era símbolo de fidelidad, de vigilancia, de protección. Un guardián tanto del hogar como, en muchos casos, del más allá.

Por su estilo y tipología, encajan bien en el periodo imperial, donde este tipo de esculturas era relativamente común como elemento decorativo en peristilos o jardines de las domus.

Lo interesante aquí no es solo su función original, sino su actitud. No están en reposo completo. Alzan la cabeza, tensan el cuello, parecen atentos a algo que nosotros no vemos, casi parece que podemos escuchar sus aullidos. No son figuras pasivas: son presencias. Devuelven algo muy reconocible: la relación directa entre el ser humano y su entorno, entre la vida cotidiana y la representación.


Aquí podemos sumergirnos en la escena de la iniciación de Heracles en los misterios eleusinos, uno de los cultos más importantes y, al mismo tiempo, más secretos del mundo antiguo. Celebrados en Eleusis, cerca de Atenas, estos ritos estaban dedicados a Deméter y a su hija Perséfone (aquí identificada como Kore), y prometían a los iniciados algo que iba más allá de la vida cotidiana: una forma de esperanza frente a la muerte.

La escena es contenida, casi silenciosa. A la izquierda, Kore sostiene dos antorchas encendidas, símbolo de búsqueda, de tránsito, de paso entre mundos. En el centro, Heracles aparece sentado, con la cabeza velada: no es el héroe de las hazañas, sino el iniciado, el que se somete al rito. A su lado, el sacerdote ejecuta el gesto de purificación.

No hay violencia, no hay espectáculo. Todo sucede en un registro bajo, casi íntimo. Y quizá por eso resulta tan poderoso. Porque lo que aquí se representa no era para ser visto por cualquiera. Era conocimiento reservado, experiencia personal, transformación interior.

Esta figura, identificada como bárbaro arrodillado, pertenece también a la colección Farnese y está datada en la primera mitad del siglo I d.C. A diferencia de las representaciones anteriores, aquí no hay ambigüedad ni simbolismo abstracto: hay sometimiento.

El cuerpo, tallado en mármol pavonazzetto —procedente de Frigia, en la actual Turquía—, parece casi vivo en sus vetas, como si la propia piedra conservara el movimiento detenido de la figura. La cabeza y las manos, en mármol oscuro, crean un contraste violento, casi dramático. No es una elección casual: intensifica la expresión, subraya la condición del personaje, lo convierte en algo más que una escultura.

La postura lo dice todo. Arrodillado, cargando un peso, con el torso inclinado… no hay dignidad serena aquí, sino esfuerzo, tensión, derrota. Es el otro no como símbolo, ni como alegoría, sino como cuerpo sometido.

Hay algo profundamente humano en la escena. No es una caricatura, ni una figura grotesca. Es alguien que soporta, que resiste, que existe incluso en su caída.


Y entonces, casi sin darnos cuenta, llegamos a un punto donde todo converge.

Esta figura, identificada como Isis-Fortuna, no pertenece ya a un único mundo. No es solo romana, ni solo egipcia. Es el resultado de algo más complejo: la fusión de creencias, de símbolos, de formas de entender la vida. Un sincretismo que define, quizá mejor que nada, la esencia del mundo romano en su madurez.

Por un lado, encontramos a Isis, diosa egipcia vinculada a la magia, a la maternidad y a los ciclos de la vida y la muerte. Por otro, a Fortuna, encarnación del destino, del azar, de aquello que escapa al control humano. Unidas en una sola figura, ambas divinidades dejan de ser opuestas para convertirse en complementarias.

La escultura refuerza esa dualidad. El cuerpo, en mármol oscuro, transmite una presencia casi terrenal, sólida, tangible. La cabeza, las manos y los pies —en mármol blanco— introducen una dimensión distinta, más idealizada, más distante. Como si la figura habitara simultáneamente dos planos: el de lo humano y el de lo divino.

Después de recorrer héroes, imperios, dioses y misterios, lo que queda no es una única respuesta, sino una convivencia de significados. Un mundo en el que todo se mezcla: culturas, creencias, identidades… igual que en este museo.

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