Hay lugares que se visitan… y hay otros que se viven. El anfiteatro de El Djem pertenece claramente a los segundos.
Desde lejos, su silueta domina la llanura tunecina con una presencia casi imposible. No es una ruina más: es una afirmación de poder, de riqueza y de ambición en plena provincia africana del Imperio romano. Y, sin embargo, lo que uno encuentra al acercarse no es solo monumentalidad… es también silencio, desgaste y tiempo acumulado.
Se piensa que fue construido en 238 d. C. por el procónsul Gordiano, bajo el reinado del emperador Maximino el Tracio, en la antigua ciudad de Thysdrus, año de la revolución contra el poder de Roma. Aquel episodio marcó el destino de la ciudad y, probablemente, del propio anfiteatro. A pesar de todo, lo más sensato es datar su construcción entre el 230 - 250 d. C.
No estamos en una capital imperial, sino en una ciudad rica gracias al comercio del aceite de oliva. Esa riqueza permitió levantar un edificio descomunal, con capacidad para 35.000 espectadores, en un lugar donde hoy cuesta imaginar tal concentración humana. Este anfiteatro es uno de los mayores del mundo romano, solo superado por el Coliseo de Roma y el de Capua. Thysdrus llegó a contar con hasta tres anfiteatros, siendo este el último y mejor conservado, algo prácticamente único en el mundo romano
La fachada, organizada por 64 arcadas superpuestas en tres niveles, responde a un esquema clásico de la arquitectura romana. Arcos, pilastras, ritmo… todo está pensado para transmitir estabilidad y grandeza.
Al entrar en el interior, todo cobra sentido. Impresiona sentirte allí. La arena central, hoy vacía, fue el escenario de luchas de gladiadores, cacerías de animales y ejecuciones públicas. Las gradas, organizadas por jerarquía social, reflejaban la estructura misma del mundo romano.
La escala es abrumadora. Y, sin embargo, la presencia de algunas personas caminando o sentadas devuelve el edificio a una dimensión humana: permite imaginar el ruido, la tensión, la expectación.
Pero el anfiteatro no es solo lo que se ve desde las gradas. Al adentrarse en sus pasillos, el espacio cambia radicalmente. La luz desaparece, los muros se estrechan, los recorridos se vuelven laberínticos. Aquí es donde uno empieza a sentir el edificio.
Corredores oscuros, galerías abovedadas, accesos ocultos… todo diseñado para mover personas, animales y maquinaria sin interferir en el espectáculo. Es la arquitectura invisible, la que no se mostraba, pero hacía posible todo lo demás de una forma tan eficiente que nos sorprende todavía hoy en día.
Caminar por estos espacios no es solo observar ruinas: es recorrer un sistema perfectamente pensado hace casi dos mil años.
El anfiteatro no llegó intacto hasta nosotros. Se cree que a partir del siglo XVII, fue utilizado como cantera para construir la propia ciudad de El Djem. Sus muros muestran cicatrices: bloques arrancados, estructuras incompletas, zonas colapsadas. Y, sin embargo, esa destrucción forma parte de su historia.
Lo que vemos hoy no es el edificio romano original, sino el resultado de siglos de uso, abandono y transformación. Eso es, en esencia, la arqueología: leer el tiempo en la materia.
En algunos puntos, el anfiteatro se abre hacia la ciudad actual. A través de los arcos, se cuelan calles, coches, vida cotidiana. Ese contraste es uno de los momentos más potentes de la visita: el mundo moderno aparece enmarcado por una arquitectura de hace casi dos mil años.
No hay ruptura, sino continuidad.
Con la iluminación nocturna, el edificio adquiere otra dimensionalidad aún más impactante.
Hay algo difícil de explicar cuando uno recorre el anfiteatro de El Djem con calma. No es solo su tamaño. No es solo su historia. Es la sensación de estar dentro de un lugar que todavía conserva su lógica, su estructura, su intención.
Al atardecer, desde el propio anfiteatro, se escucha la llamada a la oración desde las mezquitas, recordándonos que la historia es una sucesión de generaciones a través de civilizaciones. Los edificios permanecen, los propios habitantes también.... La historia se construye a través de la magia del tiempo.




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