Hay ciudades que se explican por sus grandes momentos: la Córdoba romana, la Córdoba califal. Pero entre ambas existe un tiempo más silencioso, menos visible, y sin embargo decisivo. Un tiempo en el que el mundo antiguo no desaparece, sino que comienza a transformarse.
Durante los siglos IV al VII, mientras el Imperio romano se descompone y nuevas realidades políticas toman forma, el cristianismo deja de ser una fe discreta para ocupar el espacio público, las ciudades y, poco a poco, también las imágenes. Pero este cambio no se produce de forma brusca. No hay ruptura, sino continuidad.
Las piezas que vamos a ver se expusieron en el año 2023 dentro de la exposición "Cambio de era. Córdoba y el Mediterráneo Cristiano" en la Sala Vimcorsa y hablan precisamente de ese momento: desde el norte de África hasta la península, el mismo repertorio simbólico se repite. El lenguaje visual romano sigue vivo mientras adquiere un nuevo significado, poco a poco los símbolos cristianos comienzan a aparecer en contextos cotidianos y funerarios y casi sin darnos cuenta, un mundo se está convirtiendo en otro.
Ante nosotros aparece una figura solemne, frontal, casi hierática: la dama de Cartago. Su rostro, enmarcado por una aureola, nos mira directamente desde el pasado, mientras su mano derecha se alza en un gesto que recuerda inevitablemente a la bendición. En la izquierda sostiene un largo cetro, símbolo de autoridad. Todo en ella habla de poder, de dignidad, de presencia.
El mosaico, procedente de Cartago (colina de Santa Mónica) y fechado entre los siglos V y VI, decoraba el vestíbulo de una rica residencia. Está ejecutado con una delicadeza extraordinaria: el marco, con sus gemas, perlas y motivos geométricos, refuerza la idea de lujo y prestigio. La figura viste una capa bordada sujeta por una fí bula de tipo imperial, dejando entrever una túnica ricamente decorada. El peinado, recogido en un moño y ceñido por una diadema, junto con las joyas, refuerza su carácter aristocrático.
Pero aquí surge el enigma. ¿Estamos ante una mujer… o ante un hombre?
Los estudios coinciden en algo tan inquietante como sugerente: mientras el rostro parece claramente femenino, el cuerpo —por la forma de vestir y la tipología de la indumentaria— responde a modelos masculinos de representación imperial. Esta dualidad ha dado lugar a múltiples interpretaciones: desde una alegoría del poder hasta la identificación con figuras imperiales como la emperatriz Teodora, pasando por la hipótesis de una obra influida por modelos orientales. Ninguna explicación resulta completamente satisfactoria.
Porque esta imagen no pertenece ya del todo al mundo clásico… pero tampoco es plenamente medieval. Es una obra nacida en un tiempo de transición, cuando los códigos visuales del Imperio romano siguen vigentes, pero empiezan a adquirir nuevos significados. La aureola, el gesto de la mano, la frontalidad… todo apunta a un lenguaje que ya no es únicamente político, sino también religioso.
En ella conviven dos universos: el del poder imperial y el de la nueva cultura cristiana que está tomando forma.
Si la imagen anterior nos situaba en un territorio ambiguo, casi simbólico, este relieve nos devuelve de golpe a un lenguaje perfectamente reconocible. Hay movimiento, hay violencia, hay acción. Hay un mundo que conocemos bien: el de la tradición romana.
El frontal de este sarcófago, hallado en la finca El Castillo (Córdoba) y fechado entre el siglo VI y los inicios del VII, representa una escena de caza desarrollada, de manera poco habitual, de derecha a izquierda. La composición se despliega como una narración continua: un carro tirado por cuatro caballos avanza con varios personajes —entre ellos, uno tocado con el característico pileus pannonicus de las tropas tardoantiguas—, seguido por una reala de perros, mientras dos jinetes persiguen a un ciervo de largos cuernos.
La escena culmina en el instante decisivo: uno de los cazadores ya ha lanzado su lanza, que se clava en el animal, mientras el otro se dispone a hacer lo mismo. Todo está captado en ese momento de tensión contenida, en ese equilibrio entre el movimiento y su desenlace.
Nada en esta imagen parece cristiano y sin embargo, lo es. Porque este relieve no decora un edificio civil ni un espacio público, sino un sarcófago. Es decir, forma parte de un contexto funerario en el que el cristianismo ya está plenamente implantado. Y, aun así, el lenguaje visual sigue siendo el heredado de Roma: la caza, el dinamismo, la representación narrativa, incluso la posible alusión al estatus militar del difunto.
El mundo romano no desaparece con la llegada del cristianismo. Continúa, se adapta, se reinterpreta. La caza puede seguir siendo un símbolo de poder, de virtud o de dominio, pero ahora acompaña a alguien que será enterrado en un contexto cultural y religioso distinto al de sus antepasados.
Este relieve, con su fuerza y su claridad, nos recuerda algo esencial: los cambios históricos no se producen de forma inmediata. Durante generaciones, los mismos gestos, las mismas imágenes y los mismos símbolos siguen vivos… aunque su significado empiece a cambiar.
Apenas conservada, fragmentada, con su superficie erosionada por el tiempo, esta inscripción funeraria parece, a primera vista, una más entre tantas. Y, sin embargo, es probablemente una de las piezas más importantes de todo el conjunto.
La inscripción de Victoria, hallada en Córdoba y fechada en torno al año 313, nos sitúa en los inicios mismos de la presencia cristiana en la ciudad. Es un tiempo en el que el cristianismo comienza a emerger tras siglos de discreción, favorecido por el edicto que reconoce la libertad religiosa en el Imperio. Pero ese cambio aún no se traduce en una ruptura clara en el lenguaje.
El soporte es ya significativo: un bloque de mármol reutilizado, probablemente un quicio de puerta, cuyo hueco central obligó al lapicida a adaptar la composición. Incluso en esto se percibe ese mundo que se construye sobre lo anterior, que no destruye, sino que reaprovecha.
El texto, en latín, sigue fórmulas tradicionales: bonae memoriae, “a la feliz memoria”, o el uso de términos afectivos como dulcissima, “queridísima”, habituales en la epigrafía romana. Nada en estas palabras delata, por sí mismo, una ruptura.
Y, sin embargo, hay algo nuevo. Apenas unas palabras: recepta in pace. “Recibida en la paz”.
Esa fórmula, sencilla pero cargada de significado, introduce ya una concepción distinta de la muerte. No es solo un recuerdo, no es solo una memoria: es la idea de acogida, de tránsito, de esperanza. Es una de las expresiones más antiguas del cristianismo en la Bética.
Los símbolos que acompañan la inscripción refuerzan esa lectura. En el centro, una crátera —el recipiente— que remite a la idea del creyente como instrumento de la palabra divina. A su lado, el pez, uno de los primeros signos de identificación cristiana. Y, emergiendo de la base, los pámpanos y racimos de uva, evocando la eucaristía. El cristianismo está ahí… pero casi susurrado.
Esta inscripción no proclama una nueva religión. No impone un nuevo lenguaje. Apenas deja entrever una forma distinta de entender la muerte y la vida.
Si la inscripción de Victoria nos hablaba de un cristianismo aún discreto, casi insinuado, el epitafio de Catosa nos sitúa ya en un escenario muy distinto. Aquí la fe se nombra.
La placa, procedente de una necrópolis paleocristiana en el entorno de Zahara de la Sierra y fechada en el año 514, presenta todos los elementos de un lenguaje ya plenamente consolidado. En la parte superior, el monograma de Cristo —el crismón— se despliega acompañado del alfa y el omega, símbolo de Cristo como principio y fin de todas las cosas. A ambos lados, dos palomas afrontadas evocan la esperanza de la resurrección, retomando una imagen profundamente arraigada en la tradición bíblica.
El mensaje es claro. Y el texto lo refuerza sin rodeos: Catosa, sierva de Dios… se marchó en la paz.
Aquí el cristiano ya no es simplemente recordado. Se define como tal: famula Dei, “sierva de Dios”. La identidad religiosa deja de ser implícita para convertirse en el eje central del epitafio. La fórmula recessit in pace, que ya aparecía de forma temprana en inscripciones como la de Victoria, se consolida ahora como una expresión plenamente integrada en el lenguaje funerario cristiano.
Todo está ordenado, estructurado, reconocible: nombre, condición, edad aproximada, fecha exacta de la muerte según la era hispánica. Este tipo de inscripción podría figurar en cualquier manual como modelo de epitafio cristiano entre los siglos V y VII.
Sin embargo, bajo esa aparente claridad, sigue latiendo la continuidad. El latín es el mismo. La estructura epigráfica hunde sus raíces en la tradición romana. Incluso la forma de recordar al difunto mantiene ese tono afectivo y humano que ya veíamos en inscripciones anteriores.
Pero algo ha cambiado de forma definitiva. Si en Victoria el cristianismo apenas se dejaba entrever, aquí lo ocupa todo. No es ya una posibilidad, ni una sugerencia, ni una señal discreta: es el lenguaje en el que se expresa la memoria.
Entre ambas piezas apenas median dos siglos y el mundo ya ha cambiado.
El epitafio de Fortunatiana, procedente de una iglesia rural en la región de Thelepte y fechado en el año 517, se encontraba en una sala aneja a un baptisterio. Este detalle no es menor. Ya no estamos únicamente en el ámbito de la necrópolis, sino en un espacio vinculado directamente a la vida de la comunidad cristiana.
La pieza, de gran tamaño, conserva el texto en relieve —una técnica poco habitual— distribuido en varias líneas. En la parte superior, una composición circular enmarca una cruz acompañada por el alfa y el omega, afirmando con claridad el significado del conjunto: Cristo como principio y fin.
El mensaje es directo: Fortunatiana, fiel en Cristo, vivió en paz…
Aquí la identidad cristiana no se sugiere, no se deduce: se declara abiertamente. La fórmula fidelis in Christo define a la difunta en vida, mientras que el habitual in pace vuelve a aparecer como expresión de su tránsito.
Pero hay algo más. La datación no se realiza mediante referencias tradicionales, sino por el reinado de un monarca: el rey vándalo Trasamundo. Este detalle nos sitúa en un mundo ya plenamente transformado, en el que las estructuras políticas del Imperio han sido sustituidas por nuevas realidades, aunque el lenguaje —el latín, la epigrafía, los símbolos— siga siendo heredero directo de Roma.
El texto, los símbolos, la disposición… todo responde a un código ya establecido, reconocible para la comunidad. El cristianismo no solo ha encontrado su forma de expresarse: ha construido un lenguaje común.
El mosaico de Rufo, procedente de la necrópolis de Coscojuela de Fantova, es una de las piezas más elocuentes de este cambio. La inscripción superior mantiene la fórmula afectiva tradicional —“Rufo dulcissimo coniugi suo…”—, donde Vivencia dedica el sepulcro a su esposo. Pero lo verdaderamente interesante es cómo esa tradición epigráfica empieza a transformarse.
Debajo del texto aparece la figura del orante, con los brazos elevados en actitud de plegaria. No es un retrato realista, sino una imagen simbólica del difunto en su nueva condición: no muerto, sino vivo en la fe, en diálogo con lo divino. A su alrededor, los elementos refuerzan ese mensaje: Motivos vegetales → alusión a la vida que renace. También vemos palomas → símbolo del alma y de la paz en Cristo. Y finalmente discos radiados → luz, trascendencia, quizá una lectura solar de la salvación
Y, casi como un umbral entre texto e imagen, el crismón aparece discretamente al final de la inscripción: ya no es un símbolo aislado, sino parte de un lenguaje visual plenamente integrado.
Su conexión con los talleres norteafricanos no es casual. Igual que en Cartago o Tabarka, aquí vemos cómo el Mediterráneo cristiano comparte no solo ideas, sino también formas de representarlas. Es el mismo lenguaje, extendido de una orilla a otra.
En definitiva, con Rufo entramos en un nuevo terreno: no solo leemos epitafios… los contemplamos.










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